Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 9. Storm #2
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Capítulo 9. Storm #2

Porque ese capullo no debería endurecerse al ver a mi sobrina. Y, sin embargo, aquí estoy, pensando en ella completamente desnuda, inclinada sobre la encimera, con las tetas colgando y… Dios mío, la situación en mis pantalones no va a mejorar si sigo aquí plantado.

—El baño es todo tuyo. Buenas noches —gruño con voz de hombre de las cavernas, apretando la mandíbula mientras me preparo para pasar junto a ella.

Controla la mirada. No le mires las tetas, ni el culo, ni los muslos desnudos. Por Dios.

—Espera, ¿qué te ha pasado? ¿Estás herido? —Una de sus manos sale disparada hacia mi hombro, pero se detiene a mitad de camino antes de volver junto a su cuerpo.

—No es nada.

Mira lo que llevo en la mano.

—Oh, Dios mío. Lo sabía.

Me rasco la nuca. No puedo quedarme aquí con ella. No puedo estar tan cerca. No a estas horas.

—Déjalo, Briar.

—Te duele, ¿no? Me ignoras cada vez que te pregunto. No seas idiota con esto y déjame ayudarte.

Quizá sea porque estoy demasiado cansado o porque soy un hombre muy muy malo, pero dudo. En este momento, me parece la enfermera más tentadora del mundo.

A la mierda Halloween y las chicas que se embuten las tetas y el culo en vestiditos blancos diminutos y se cuelgan un estetoscopio del cuello.

Esto es más peligroso… Mil veces más atractivo.

—Siéntate. —Señala con un dedo hacia el dormitorio, arreándome como si fuera una mula testaruda.

—Te pones mandona a estas horas, Espinita. —Una mueca de dolor me atraviesa el rostro antes de que pueda disimularla cuando me inclino para sentarme en el borde de mi cama. Mi puta cama. Con las mantas revueltas porque ella estaba durmiendo aquí hace apenas unos segundos.

Su aroma me envuelve, suave, atravesando con sutileza mis defensas en cuanto me siento.

—Bueno, me pillas en el punto álgido de mis habilidades sociales. De madrugada soy especialmente tolerante con los tíos idiotas que acechan en la oscuridad.

Me arranca una carcajada.

—¿Puedo valorar tu servicio? Tengo la sensación de que hay margen de mejora.

—No. Pero puedes tragarte esas pastillas, pasarme la pomada y hacer lo que te diga.

—¿Dónde prefieres que deje mi valoración? ¿Tienes página web?

Briar me quita todo de las manos y pone los ojos en blanco.

Mientras me burlaba de ella, se ha ido acercando hasta quedar casi entre mis rodillas.

Saca dos pastillas del blíster, las deposita en mi mano y me entrega una botella rosa pastel.

Combina con el esmalte de sus uñas. Tiene pegatinas y accesorios, pero estoy demasiado distraído por la chica que tengo entre las piernas como para fijarme en esos detalles.

Ni siquiera me había dado cuenta de que la había cogido de la mesilla de noche, demasiado absorto en esta versión al natural de la chica que tengo delante.

—Adorable —murmuro. La miro mientras me dejo las pastillas sobre la lengua y dejo que el agua se las lleve. Con un poco de suerte, pensará que me refiero a la botella. Debería referirme a la botella.

—¿Qué parte te duele más? —Me observa tragar los analgésicos sin apartar los ojos de mi cara.

Mi sobrina está haciendo un esfuerzo enorme por no mirarme el torso desnudo. Y yo soy tan imbécil que disfruto de cada segundo de su sufrimiento.

—Te he dicho que estoy bien. —Dejo la botella a mis pies. Cuando me inclino hacia delante, un dolor intenso y punzante me atraviesa el espacio entre los hombros y el cuello, como si me hubieran marcado con un hierro al rojo vivo.

—Aaaagh. Mierda.

No llego ni a registrar del todo que está tocando mi cuerpo desnudo porque me clava los nudillos justo en ese nudo que lleva una semana formándose.

—Ah, claro. Estás perfectamente bien. Impecable. —Briar resopla—. Dios mío, eres igual de terco que esas criaturas que domabas. Quédate quieto.

La tapa de la pomada hace clic, la cama se hunde y mi mente se queda en blanco.

Siento las manos suaves de Briar sobre mí. Me toca los músculos doloridos arrodillada detrás de mí sobre la cama, tan cerca que su ropa roza mi espalda una y otra vez.

—Dime si hay algún sitio en particular que quieras que te masajee.

Me muerdo la lengua con tanta fuerza que acabaré con sangre en los dientes cuando esto termine. O tal vez me la parta por la mitad.

—Lo siento —murmura—, pero te lo mereces un poco por no admitir que te dolía.

Sí, vivo en una agonía insoportable provocada por mi espalda, el sofá de mierda y la sobrina preciosa que duerme en mi cama.

—¿Así mejor? —Acaricia un nudo especialmente inflamado, lo trabaja, lo afloja, frota y aprieta con dedicación, y yo estoy a punto de volverme loco por lo bien que me siento cuando me toca.

Miles de chispas recorren mis nervios. Cada lugar por el que pasan sus palmas y sus dedos gime de puro alivio.

Cierro los ojos con fuerza.

—Mmmmm. —Es oficial. Briar me ha convertido en un ser incapaz de hablar o razonar. Solo puedo pensar en lo bien que me parece esto.

No recuerdo la última vez que alguien me tocó así… Por favor, que no se detenga. No quiero que pare. Ha habido mujeres que me han recorrido cada centímetro del cuerpo, pero siempre con una intención clara: sexo.

Pero esto… esto es territorio desconocido. Un lugar donde la realidad parece deformada, como reflejada en un espejo antiguo. No sé por qué esta chica deslumbrante, a la que no debería mirar y mucho menos desear, ha decidido borrar los límites que nos separan.

Tal vez este sea el precio que debería estar dispuesto a pagar. Castigaría mi cuerpo todos los días si la recompensa (o el tortuoso castigo) fueran las manos de mi sobrina sobre mi cuerpo desnudo.

Porque es un gesto amable, pero también tremendamente íntimo. Y vuelve a encender una pequeña chispa sobre la idea de que Briar está mucho más interesada en su tío de lo que debería.

Mierda. Hasta pensar algo así me hace sentir fuera de lugar.

Debo de estar drogado por su cercanía, por una atención que jamás he recibido sin que hubiera algo a cambio.

Resulta irónico, porque hace mucho tiempo que perdí la cuenta de todas las veces que unas pestañas postizas se me acercaron con propuestas nada sutiles de subir a mi habitación de hotel y hacerme masajes después de una competición; pero cambiaría cualquiera de esos momentos por la preciosa chica que tengo a mi espalda, con las manos sobre mí.

Una chica que está completamente fuera de mi alcance.

Me siento como un caballo al que están cepillando; mis músculos se abandonan a ese estado de somnolencia… relajados y pesados. Estoy en una especie de trance, bajo el hechizo de su contacto y de su habilidad para aflojar la tensión y este dolor salvaje que llevo soportando tanto tiempo.

—¿Mejor, tío Storm? —Su voz suena más ronca que antes. Dios, ¿así suena cuando está excitada? Soy un pervertido sin remedio, porque oírla llamarme «tío» con esa voz hace que mi polla reaccione.

El pulso se me acelera cuando baja de la cama y se coloca frente a mí.

Dios. ¿Por qué se me seca la garganta? ¿Qué ha pasado con mi capacidad para formar palabras?

Se han borrado de mi cerebro todas las letras del abecedario.

Tengo que apretar los puños para contener el impulso de agarrarla por la parte de atrás de los muslos.

Está justo ahí. Al alcance de mi mano, tan cerca que la tela de mis pantalones roza la suavidad de su piel.

Mi sobrina está tan cerca que podría darle las gracias como es debido.

Un agradecimiento que no necesitaría palabras, porque tendría muy ocupadas la boca y la lengua.

—¿Necesitas algo más? —susurra.

Joder, ¿está jugando conmigo?

—No. Gracias, estoy mucho mejor. —Santo cielo. Gruño. El aire entre nosotros se vuelve denso y Briar no se mueve.

Alzo la mirada hacia ella. Los ojos oscuros enmarcados por una espesa cortina de pestañas. Las mejillas ligeramente ruborizadas. La boca carnosa apenas entreabierta.

—Muy bien —exhala y se muerde el labio un instante. El movimiento de sus ojos es tan rápido que intento convencerme de que no ha ocurrido. Pero sí ha ocurrido. Claro que sí. Sus ojos bajan hasta mi boca y vuelven a subir—. Que duermas bien. Buenas noches.

Se marcha antes de que pueda responder nada. Desaparece por el salón y me deja allí, sentado en mi propia cama, con una erección dolorosa, el fantasma de sus caricias todavía en la piel y envuelto en su aroma embriagador.