Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 9. Storm
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Capítulo 9. Storm

No es la situación ideal conducir por Crimson Ridge de noche, con un frío glacial.

La nieve es lo peor. Sí, es muy bonita cuando caen los copos y el suelo queda cubierto por una capa esponjosa; pero luego se derrite y se convierte en hielo… y, bueno, en este pueblo nieva a toneladas durante meses.

Aun así, estar aquí, incluso con los montones de nieve apilados a los lados de la carretera, es mejor que seguir encerrado en esa cabaña. Estoy cada vez más desesperado por tocar a esa chica a la que ni siquiera debería mirar.

Quizá lo que tendría que hacer es cavar una fosa para enterrar mi alma sucia y acabar de una puta vez con esta situación.

La mitad del pueblo ya piensa lo peor de mí. Y la otra mitad siente una curiosidad morbosa.

Sin duda merezco el escarnio público y la vergüenza por los jodidos pensamientos que me despierta mi propia sobrina.

¿Qué coño me pasa? Es como si alguien hubiera accionado un interruptor que ha transformado mi existencia, y hubiera pasado de disfrutar de la idea de divertirme un rato con cualquiera que estuviera dispuesta, a obsesionarme enfermizamente con el recuerdo de Briar Lane desnuda.

Con una mano me aferro al volante y con la otra me limpio la boca.

Me cago en mi puta vida.

Es imposible saber cuánto tiempo va a quedarse. No lo sé y, si soy sincero, no he querido preguntárselo porque me aterraba la posibilidad de que clavara en mí esos ojos brillantes, entreabriera esos labios carnosos y me dijera que no piensa irse a ninguna parte.

Que piensa quedarse para siempre.

¿Qué coño voy a hacer si eso ocurre? No puedo pasarme la vida durmiendo en el sofá y preguntándome cuánta experiencia tendrá mi sobrina en el sexo oral.

Si le gustará que juegue con su culo mientras le paso la lengua por el clítoris.

Y desde luego no puedo pasarme todos los días imaginando el sabor de sus pezones endurecidos entre mis dientes.

Joder, tengo que dejar de pensar en sus tetas.

A estas alturas se ha convertido en un riesgo laboral. Casi me atravieso el pulgar con un clavo por distraerme mirándola trabajar en el granero.

Cuando empezó a hablar de decorar y comprar porquerías para la cabaña…, algo se agitó dentro de mí, pero soy demasiado imbécil para detenerme a analizar qué pudo haber sido.

La única opción era salir corriendo.

El teléfono vibra en uno de los posavasos, junto a unos alicates que siempre llevo ahí. Toco la pantalla y veo el mensaje de Beau.

Aparto la camioneta del camino y bajo la música para responderle antes de salir de la zona de cobertura. Esa es una de las ventajas de venir a Crimson Ridge a estas horas: puedo recibir mensajes. Aunque solo sea un compañero del rodeo diciendo alguna gilipollez, me ayudará a distraerme.

BEAU: Salvaje, ¿qué posibilidades hay de que te escapes del rancho para venir a ayudarme con unas reformas?

STORM: Ya me conoces. Siempre estoy disponible para ese bigote tan sensual que tienes.

Pon fecha y allí estaré.

BEAU: ¿Qué te parece la semana que viene?

Primero tengo que terminar unos trámites de mierda con los abogados para sellar el trato.

STORM: Oh, pobre Beau Hartford.

No sabe qué hacer con tanto dinero y ese bigote de estrella del porno.

BEAU: No todos podemos retirarnos e irnos a vivir en mitad de la montaña, como el Yeti.

Algunos tenemos obligaciones.

STORM: Oh, sí, tu vida es muy difícil. Apuesto a que lloras abrazado a fajos de billetes.

¿Cómo lleva Mandy la idea de retirarse y vivir en un rancho?

Unos puntos parpadean en la pantalla y luego se detienen.

BEAU: Como se te ocurra decirle algo a alguien, te corto los huevos mientras duermes.

Hemos roto…

Los medios no lo saben. Su equipo recomendó que no trascendiera nada hasta el lanzamiento de su nuevo álbum.

STORM: Joder. Lo siento, tío. ¿O debería felicitarte?

Sabes que puedes contar conmigo. Para lo que necesites.

¿Estás bien?

BEAU: Sí. Hacía tiempo que estábamos mal.

Estoy deseando que termine todo este circo. Tengo que aguantar unos meses más y luego vendrán las ruedas de prensa de siempre.

Ya sabes cómo es…

Sí, sé cómo es. Pero el caso de Beau es aún peor, teniendo en cuenta que está casado con la chica de oro de la música country y vive bajo el foco mediático desde que lo conozco. Todo el mundo estaba pendiente de cualquier mínima señal que indicara cuándo y dónde empezarían a tener hijos.

Joder, cuando compró el rancho aquí, hasta yo pensé que, por fin, había llegado el momento de entregarse a la fantasía de mierda de la familia feliz con una valla blanca alrededor.

Algunos incluso se atreven a decir que debe su carrera al hecho de salir con una superestrella. Le llovieron patrocinadores y oportunidades con las que los simples mortales solo podemos soñar; no pararon de acecharlo desde aquella vez que los pillaron caminando de la mano.

Se hizo viral enseguida.

Eso no cambia el hecho de que es un jinete y un atleta con muchísimo talento. Pero estar casado con una estrella fue una ventaja enorme.

Aunque la mayor parte del tiempo haya sido un infierno.

BEAU: Entonces, ¿la semana que viene?

Trae esa cabecita talentosa y el lugar es todo tuyo. Puedes quedarte el tiempo que necesites.

Solo tienes que prometerme que no traerás a ninguna de tus conejitas, salvaje. No quiero que esa clase de escándalos me persigan hasta Crimson Ridge.

Voy a tener suficientes dolores de cabeza con la prensa durante los próximos meses.

STORM: ¿No puedo convencerte de que te subas a tu jet privado y me traigas ese bigote tan sensual?

Te prometo que te trataré bien, cariño.

BEAU: Vete a la mierda, eres una puta.

STORM: Haría cualquier cosa por un solo pelo de tu bigote.

BEAU: Idiota.

¿No llegas tarde al happy hour de los paletos? ¿O estás dentro de tu camioneta, aparcado frente a la casa de alguna chica, intentando recordar si ya te la has follado?

¿Seguro que no te has dejado ningún jardín sin regar en todo Crimson Ridge?

STORM: Joder, Hartford. ¿Por qué no vienes aquí y te enseño a usar esa boquita para algo más útil?

BEAU: No estás a mi altura.

Me tengo que ir, tío. Ve a buscar las llaves a casa de mi gestor, en el pueblo, y carga en mi cuenta de la ferretería lo que necesites.

Podemos hacer una videollamada o alguna mierda por el estilo y te explico lo que hay que hacer, pero es bastante sencillo.

Lijar y pintar. Nada que no seas capaz de hacer.

STORM: De acuerdo. Sueña conmigo.

BEAU: Vete a cagar.

STORM: :-*

Vuelvo a dejar el teléfono en el posavasos. Ya es tarde; me he pasado la noche entera conduciendo y conduciendo.

Aunque no sé si estoy preparado para volver a la montaña, tengo ganas de hacerlo. ¿De dónde coño sale este estado de contradicción permanente? Es como si no pudiera deshacerme de estas extrañas sensaciones que llegaron, se instalaron y ahora se niegan a desaparecer.

Así que supongo que por eso regreso directamente a la cabaña. Cuando bajo de la camioneta y entro arrastrando los pies, me duele el cuello, siento la espalda como si me la hubieran pasado por una picadora de carne y tengo las caderas de un octogenario.

Por mucho que quiera, no hay forma de que pueda tener sexo con nadie esta noche; tendrían que hacerlo todo ellas y montarme mientras yo permanezco tumbado boca arriba como una estrella de mar.

Por suerte para mi cordura y mi cerebro pervertido, la cabaña está en silencio cuando cruzo el umbral y me quito el sombrero, el abrigo y las botas para dejarlos tirados junto a la puerta. Cuando miro hacia el pasillo, no veo ninguna luz en el dormitorio. Espero que esté profundamente dormida.

No me ha pasado desapercibida la expresión de dolor que le ha cruzado el rostro cuando me he ido.

Pero prefiero que esté enfadada conmigo antes que enfrentarme al otro problema: que estaba demasiado cerca de hacer algo de lo que podría arrepentirme incluso más que de haberla espiado mientras se desnudaba.

Muevo los hombros y noto las tensiones y las contracturas; inclino el cuello hacia un lado y hacia el otro.

Mi mente repasa todo lo que tengo que hacer antes de pasar otra noche sin dormir en el sofá.

Avivar el fuego y echar algo de leña a las llamas solo me recuerda lo agotado y dolorido que estoy.

Nada que no pueda solucionar con pastillas y un masaje.

Levanto los brazos por encima de la cabeza para quitarme la camiseta y voy hacia el baño a oscuras, preparándome mentalmente, jugando a ese famoso juego en el que aprietas los dientes e intentas convencerte de que el dolor de espalda no va a matarte.

Lo jugaba mucho al terminar una monta complicada. Es divertidísimo.

Enciendo la luz sobre el espejo y abro el botiquín intentando localizar los analgésicos que sé que guardo ahí y una crema antiinflamatoria que creo haber visto la última vez que lo abrí.

—Oh, joder… Lo siento —dice una voz ronca y adormilada a mi espalda.

Cuando me giro, Briar está en la puerta.

Mierda, solo lleva un jersey holgado y unos pantalones diminutos; se masajea las cejas con los ojos hinchados y entrecerrados por la luz—.

Me he despertado y pensaba que me había dejado la luz encendida.

Empieza a retroceder y, cuando aparta las manos de los ojos, los abre de golpe; se despierta de inmediato al darse cuenta de que ambos estamos medio desnudos. O tal vez solo sea mi sucia imaginación, pero es muy fácil imaginar una forma de mejorar esta escena.

Preferiría tenerla sentada sobre el lavabo, con las rodillas abiertas y esos pantalones diminutos apartados hacia un lado mientras me hundo dentro de ella y gime contra mi cuello.

Cierro el puño alrededor del tubo de crema y las pastillas, haciendo crujir el blíster. Supongo que la única salida es ignorarla y marcharme enfurruñado hacia el salón con una erección que no puedo evitar y que me haría sentir culpable si me atreviera a tocarla.