Capítulo 8. Briar #2
También he conocido a Layla y Colt, que acaban de volver de su viaje.
Creo que he tenido un flechazo lésbico con esa preciosidad que debe de tener más o menos mi edad: rizos cobrizos, ojos verdes y una energía que dan ganas de seguirla como una sombra todo el día para que te enseñe qué hacer con los caballos.
Mi enamoramiento estaba en su punto más alto cuando Layla me miró y dijo:
—Gracias a Dios hay otra mujer viviendo en esta montaña. ¿Me prometes que vendrás a la hoguera el próximo invierno, si sigues aquí?
No sé qué es esa hoguera ni qué implica, pero asiento con entusiasmo.
Y entiendo por qué su hosco vaquero, Colton Wilder, no puede quitarle los ojos de encima vaya donde vaya.
Estoy cien por cien de acuerdo. Está claro que Layla, además de ser un bombón, es muy amable; sentí ganas de abrazarla cuando nos despedimos al anochecer.
¿Hubiese sido raro? Tal vez, pero qué más da.
Pocas veces he conocido a una mujer que no tuviera segundas intenciones, o que se acercara a mí por mi familia o, peor aún, que solo quisiera estar conmigo para llegar hasta Antoine.
Que les den a todas esas zorras.
Me alivia mucho haber salido de esa pecera.
Después de ducharme y ponerme ropa que no huele a culo de caballo, voy hacia la cocina esperando, en silencio, encontrarla vacía. Para mi sorpresa, veo a un gigante sentado frente a una abundante ración de comida humeante, y hay otro plato igual de rebosante esperándome al otro lado de la mesa.
Parece carne, puré de patatas y litros de salsa que huele a gloria bendita después de un día entero trabajando en el establo.
El frío debe de haberme alterado las papilas gustativas, porque he tenido mis épocas de ser vegana y jamás en la vida me había apetecido comer algo con este aroma.
Y, sin embargo, aquí estoy, lista para abalanzarme sobre el plato, devorarlo e ir a servirme más.
—No hacía falta que te molestaras. —Me deslizo en el asiento al otro lado de la mesa. Mi tío casi ha terminado de comer en el tiempo que a mí me ha llevado ducharme. Él se ha duchado primero. No sé cómo, pero conseguí ganar esa discusión y no he cedido desde el primer día que volvió del rancho.
Es él quien está con los caballos y quien machaca su cuerpo todo el día. Me parecía lógico insistir en que se duchara primero. Pero cualquier otro intento de negociar con él ha sido inútil.
—Dios, huele de maravilla. En serio, gracias.
—No es nada. —Se encoge de hombros.
Caemos en el silencio habitual mientras terminamos de comer.
Ahora que lo pienso, sentados aquí por las noches, nunca hablamos demasiado.
Y, si soy sincera, no me molesta; incluso puedo entenderlo.
He venido a destrozar la paz y el aislamiento de este hombre, y todavía no tengo claro cómo voy a solucionarlo.
Yo suelo mirar el móvil y él hace lo mismo; después me retiro al dormitorio mientras él ve algo en el pequeño televisor que tiene en una esquina del salón.
Por ahora, ignoro el elefante en la habitación; me refiero al momento en que por fin reúna el valor para decidir qué hacer con mi vida.
Si soy sincera, ni siquiera sé cuánto tiempo voy a quedarme en Crimson Ridge, así que no quiero que él sienta que tiene que irse, mudarse o alguna estupidez por el estilo.
¿Quizá use esta cabaña como un lugar al que venir de vacaciones de vez en cuando? Tengo dinero suficiente para mantenerme una temporada. Una de las ventajas de trabajar en la empresa familiar desde los dieciséis años es haber podido ahorrar durante todo ese tiempo.
Cuánto me alegro de haber escuchado a mi instinto cuando me decía que jamás confiara en un hombre y de contar con la tranquilidad de una década de ahorros a mi disposición —por mucho que me moleste que sea dinero de Lane— para mantenerme hasta que siente la cabeza y encuentre trabajo.
Aun así, mientras tomo algunas decisiones, me gustaría conseguir que este lugar resultara un poco más… Ni siquiera sé cómo explicarlo. ¿Acogedor? ¿Menos austero?
Por eso disparo la pregunta después de tragar, con voracidad y sin pensar, una cucharada de puré de patatas.
—¿Dónde están tus cosas?
Sus ojos azules se clavan en los míos desde el otro lado de la mesa. Cada vez que me mira así, siento que la habitación se encoge. Como si yo fuera un acertijo; pero no de los divertidos, sino de esos que aparecen bajo tortura o en situaciones de vida o muerte.
En esos momentos me siento como un enigma que tiene que resolver para salvarse de la horca.
—¿Qué cosas? —Alza las cejas. Cada rasgo de su rostro me resulta tentador. Es tan fuerte y anguloso, como una estatua de piedra que quiero acariciar para apreciar con las manos la delicadeza con la que ha sido esculpida a lo largo del tiempo.
—Ya sabes… Objetos… Pertenencias. ¿No dijiste que llevas años viviendo aquí? —Señalo con el tenedor la estancia vacía y su aspecto desolado. No me extrañaría encontrar un matojo rodante entre estas paredes.
—¿Para qué voy a llenarme de mierdas?
—Pero… ¿no te gustaría que pareciera más un hogar?
—Briar. —Respira hondo, aparta el plato vacío y se apoya contra el respaldo de la silla—.
Me he pasado casi toda la vida viajando.
Es una rutina peculiar, pero te acostumbras a vivir con una bolsa y sin llenarte de mierda inútil.
Así son las cosas, y no espero que lo comprendas si nunca has vivido así. A la mayoría le cuesta comprenderlo.
Se pasa ambas manos por el pelo. Los mechones rubio ceniza se le rizan de un modo caótico, formando ángulos extraños. Dios, siempre se ve espectacular, y tengo que bajar la mirada para que mi cuerpo no reaccione a la sensualidad de este hombre.
Sobre todo, en este estado de somnolencia nocturna que encaja con la espesa oscuridad que ha invadido la cabaña.
—Además, no sé de qué hablas, Espinita. Llegaste con una sola maleta. —Curva los labios en una sonrisa ladeada cuando me atrevo a devolverle la mirada, burlándose de mí de esa forma que me hace estremecer.
También me niego a reconocer que me acelera un poco el corazón.
¿Me ha puesto un apodo? Lo ha dicho con naturalidad, sin vacilar, y, Dios, me gusta que me llame así. Más de lo que debería.
—Bueno, ¿te molesta si hago este lugar un poco más… acogedor? —Tengo que pellizcarme el muslo bajo la mesa para evitar desmayarme.
—¿Quieres construir tu nidito o alguna mierda por el estilo?
—No. —Me acomodo en el asiento y lo miro con el ceño fruncido—. Solo… quizá unas mantas para el sofá. Algunos cojines. Hay una galería de arte en el pueblo que parecía muy bonita; me encantaría comprar algunas cosas para decorar.
Sacude la cabeza con una sonrisa hosca. Empieza a recoger los platos en cuanto ve que termino de comer. Me doy cuenta de que siempre hace eso: espera a que termine antes de levantarse.
Estaba tan acostumbrada a que me ignorasen… De hecho, podría jurar que mi familia y el hombre con el que vivía jamás comieron en la misma mesa que yo.
Cuando vuelve unos minutos después, lleva una cerveza en cada mano y me ofrece una.
—Oh. Gracias. —Otra vez tengo que bajar la cabeza antes de cogerla, porque me da un vuelco el estómago con solo ver sus nudillos tatuados rodeando el cuello de la botella.
Me recuerda a cuando los tenía sobre mi garganta.
La ligera inclinación del cristal ambarino, acariciado por sus dedos, está prendiendo un fuego salvaje en lo más profundo de mi cuerpo.
Miradme. Sexualizando el hecho de que mi tío me ofrezca una cerveza.
Eso debería ser mi última advertencia. No admite interpretaciones y no puedo seguir ignorándolo. Mañana mismo me descargo una aplicación de citas.
También podría buscar por aquí a alguien a quien le apetezca un poco de sexo sin compromiso. A los hombres les gusta eso, ¿no?
Vuelve a sentarse con las piernas abiertas y es tan atractivo… Mirarlo no ayuda en absoluto a calmar el infierno que se desata entre mis muslos.
—¿Es por eso que tenemos una taza con ramitas en el centro de la mesa?
No llego a beber de la botella que me acerco a los labios y acabo soltando un balbuceo ininteligible.
—No son ramitas. Es… es…
Sus ojos azules brillan por encima de la cerveza que inclina hacia la boca mientras me observa con intensidad.
—No lo vas a entender —murmuro antes de dar un sorbo. Otra cosa que hacía muchísimo tiempo que no hacía: beber cerveza. El sabor ligeramente amargo y refrescante se siente bien sobre la lengua.
Ayer salí a buscar por el parque algo parecido a unas flores, pero en pleno comienzo de la primavera no había muchas opciones donde elegir.
Así que tuve que conformarme con un ramillete de una planta con brotes en las puntas.
Con el tiempo florecerán, pero tengo que admitir que, en su estado actual, sí parecen un puñado de ramitas cuidadosamente colocadas en un vaso de agua.
—Por supuesto que puedes decorar la cabaña —dice esta vez con más suavidad—. Después de todo, es tuya.
—No quiero imponerme. Es tu casa. —Me muerdo el labio inferior. Joder, entre la comida deliciosa, el alcohol y el sonido melodioso de su voz cuando baja a ese tono, noto las mejillas ardiendo.
La luz ha abandonado la habitación mientras permanecíamos sentados aquí y ahora solo queda un resplandor anaranjado acariciándonos la piel. Toda la escena resulta muy íntima y alcanzo a percibir el instante exacto en que cambia su expresión.
Sus ojos azules se endurecen. Aprieta la mandíbula.
Es como si hubiera dicho o hecho algo incorrecto.
Se pone en pie de repente y deja sobre la mesa la cerveza a medio terminar.
—No me esperes despierta. Tengo que salir un rato… a ver a un amigo.
Y con eso, mi tío desaparece como un suspiro en la oscuridad. Apenas le da tiempo a ponerse el abrigo y las botas antes de cruzar la puerta con una urgencia que me deja aferrada a la cerveza, sintiéndome una idiota. El rugido de la camioneta al arrancar es una puñalada en mitad del pecho.
Por supuesto que tiene que irse.
Por supuesto que hay alguien con quien quiere pasar la noche.
Y esa persona no soy yo.