Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 8. Briar
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Capítulo 8. Briar

Ha pasado una semana desde que hice pedazos mi vida, crucé el país en avión y llegué a Crimson Ridge.

Una semana.

Siete días desde aquella noche en la que mi tío no solo me agarró del cuello con su mano tatuada, sino que además se instaló para siempre en mi cerebro y alteró los engranajes y la química de mi mente.

No he vuelto a ser la misma.

Desde aquel encuentro, no dejo de desear volver a sentir lo que provocó en mí… y me enfurece no saber siquiera qué es lo que mi cuerpo necesita.

Además, tengo demasiado claro lo diminuta que es esta maldita cabaña, así que no he podido hacer nada para aliviar esta incomodidad creciente que no deja de acumularse dentro de mí.

Empiezo a pensar que necesito buscarme un vaquero en Crimson Ridge para divertirme un poco, aunque sea una sola noche. Alguien que no necesite un mapa y un manual de instrucciones para encontrar el clítoris de una mujer.

¿Qué dice de mí ser una mujer de veintiséis años que ha tenido que soportar una relación con alguien sin ningún interés en el sexo?

Bueno, más concretamente, sin ningún interés en tener sexo conmigo.

No diría que soy inexperta, pero tampoco una experta.

Estoy atrapada justo en medio: sé perfectamente lo que quiero en la cama y, al mismo tiempo, no tengo ni la más remota idea de cómo pedirlo.

Soy muy tímida. Pienso demasiado las cosas.

Pero tal vez en una ciudad nueva y con un completo desconocido, por fin se alineen las estrellas y consiga disfrutar de un sexo un poco sucio y muy ardiente.

Aunque un revolcón de una noche tampoco me parece lo más interesante, no estoy en posición de ser quisquillosa.

¿Y qué importa si no vuelvo a verlo nunca más?

Al menos me lo pasaré bien y habré empezado, de una vez, a disfrutar del sexo.

Claro que Antoine sí sabía conseguir lo que quería sin pensar ni un segundo en nadie más que en sí mismo.

No hay nada como un hombre que se levanta de la cama en cuanto termina.

Tampoco es que yo quisiera que se quedara, pero eso no justifica el absoluto desinterés que mostraba después de llenar el condón y darse una palmadita en la espalda.

El muy cretino tenía un talento admirable para hacerme sentir que era culpa mía no llegar nunca al orgasmo.

Dios. No me extraña estar tan jodida en todo lo relacionado con el sexo y con los deseos reprimidos de mi cuerpo.

Lo que sí sé es que necesito a alguien que me folle y me saque de esta locura de no poder dejar de tener pensamientos inapropiados con mi tío.

Creo que estoy encontrando mi lugar aquí, ahora que han pasado algunos días: lo acompaño al rancho, lo ayudo con las herraduras y sigo recibiendo clases de equitación con Kayce. Pero, por Dios, no estaba preparada para lo difícil que iba a ser pasar tanto tiempo cerca de Stôrmand Lane.

Cada vez que me doy la vuelta, está ahí, y mis ovarios empiezan a gritar como si presidieran oficialmente su club de fans. Según ellos, es un diez. Un espécimen perfecto de su categoría.

Por otro lado, la cabaña —que sigue sin nombre— es tan pequeña que no dejamos de chocarnos el uno con el otro.

Y, para complicar todavía más mis hormonas alborotadas, si no estamos tropezándonos mientras preparamos el desayuno por las mañanas o una cena sencilla después del trabajo en el rancho, vamos apretados dentro de la cabina de su camioneta.

Ese asiento corrido que se extiende entre nosotros me resulta demasiado tentador. Es como si gritara mi nombre para que me acerque más.

Estoy segura de que quien diseñó aquello tenía una sola cosa en mente.

Y desde luego no era conducir.

Otro detalle importante de esta convivencia tan cercana es que he descubierto que mi tío es la personificación de la terquedad.

Basta con decirle que no haga algo para que lo haga dos veces y además te mande una foto enseñando el dedo corazón.

Y basta con pedirle que haga algo para que se resista con la obstinación de una mula.

No me sorprende que pasara años dedicándose a ser lanzado por los aires como un muñeco de trapo encima de toros con pinta de asesinos. Este hombre no podría ser más obstinado.

Sí, he desarrollado cierta obsesión por encontrar cualquier oportunidad para escabullirme y ver grabaciones antiguas de su época en el circuito profesional. El otro día, Kayce me enseñó algunos vídeos en el rancho cuando admití que no sabía nada sobre rodeos ni sobre la carrera de mi tío.

Me miró con una expresión tan dramática que parecía a punto de llevarse las manos al pecho en versión vaquera.

Así que las clases de equitación acabaron convirtiéndose en clases improvisadas sobre rodeo.

Pero no puedo culpar a Kayce de que una exposición completamente inocente a vídeos de ocho segundos y montajes a cámara lenta de Stôrmand «Storm» Lane me llevara esa misma noche a revisar de arriba abajo sus redes sociales abandonadas.

Oficialmente tengo un sucio secreto.

Por las noches me tumbo en la cama, a oscuras, con los auriculares y el volumen lo más bajo posible porque me da miedo que haya desarrollado un oído supersónico y morirme de vergüenza si llegara a escuchar lo que estoy viendo.

O, mejor dicho, a quién estoy viendo.

Es una sensación indescriptible compartir este espacio diminuto con un casi desconocido y, al mismo tiempo, tenerlo dentro de la pantalla de mi móvil.

Como la cabaña es vieja, aprendí desde la primera noche que amanecí en la cama al borde de la congelación que, para sobrevivir en esta montaña, hay que dormir con la puerta del dormitorio completamente abierta para que entre el calor de la chimenea.

Así que, cuando me arropo por las noches, el hombre que aparece en la pantalla de mi teléfono —esa deidad del rodeo en la cima de su carrera— está tumbado en el sofá a apenas unos metros de distancia.

Un sofá en el que no debería seguir durmiendo teniendo en cuenta el castigo brutal al que somete su cuerpo todos los días.

He aprendido que el trabajo de herrador es agotador.

Hay que retirar las herraduras gastadas —¿quién iba a decirme que los caballos necesitan pedicura regularmente?

—, luego utiliza herramientas que parecen artefactos de tortura; y, aunque debe dolerles, siempre he visto a los animales bastante dóciles y alegres mientras él los manipula con seguridad.

Nunca antes había deseado tanto ser un caballo.

Hay otras tareas complicadas que implican fuego y calentar metal hasta dejarlo de un naranja vibrante, para luego seguir martilleándolo hasta que adquiere la forma adecuada.

Todo el proceso es fascinante. Yo me quedo allí, sujetando al caballo y acariciándole el largo hocico mientras él lleva a cabo todo el procedimiento.

Parece que algunos se ponen un poco nerviosos cuando tienen que cambiarles las herraduras y necesitan que un amigo les sostenga la mano…

, por así decirlo. Otros tienen sus manías, como un punto exacto donde hay que rascarles —en este caso, detrás de las orejas— para que se relajen.

Les dan una bolsita con comida para que mastiquen y yo tengo que acompañarlos, pasarles los dedos por las crines, acariciarlos e intentar convencerlos de que, aunque no lo parezca —a juzgar por los golpes, las limaduras y los martillazos—, están en buenas manos.

Me cuesta creer que, por lo general, a los caballos no les moleste que les incrusten auténticos clavos en los cascos para colocarles las herraduras.

Para mi tío son horas y horas encorvado, martilleando, moldeando el metal y clavando. No hay atajos, y ahora me resulta aún más evidente por qué tiene ese cuerpo esculpido a mano. No necesita ningún gimnasio con un trabajo tan físico.

¿Y si le sumamos a la mezcla caballos y este rancho tan pintoresco? O sea, a cualquier chica se le aflojarían las piernas viendo ese espectáculo una y otra vez.

Y mejor no mencionar el sombrero.

No.

He decidido ignorar la imagen de mi tío con sombrero de vaquero, aunque me provoque mariposas en el estómago.

La imagen congelada en la pantalla lo muestra en plena doma.

Es de una de las competiciones de los inicios de su carrera: levanta un brazo en el aire y los flecos de sus chaparreras siguen el movimiento.

Lleva el mentón echado hacia atrás y el sombrero, sobre la cabeza, le queda tan bien como todo lo demás.

El tatuaje que le sube por el cuello hace que se me tensen los muslos involuntariamente.

Más adelante, en su brillante carrera profesional, empezó a usar casco, lo que apenas le resta un poco de peligrosidad a todo el asunto. Bien sabe Dios que esa fina capa de plástico no será de mucha ayuda para prevenir lesiones fatales si las cosas salieran mal en el ruedo.

Su valentía me derrite por dentro.

No es la primera vez esta semana que me descubro deslizándome hacia pensamientos peligrosos. Preguntándome qué haría falta para que un hombre como él, siempre y cuando no fuera mi tío, se fijase en mí.

Un hombre rudo, salvaje y caótico, pero que desprende encanto y carisma de una forma hosca y sutil.

Su tozudez no hace más que añadirle capas de complejidad. Hay algo en eso que me enfurece, pero también me resulta cautivador.

Con lo cabezota que es, ha rechazado mis múltiples ofertas de cambiar de cama. Aunque solo fuera por una noche. Llegué a suplicárselo durante la cena. Yo estaría encantada de dormir en el sofá, pero mi tío sigue empeñado en decir que está bien, cuando es evidente que no lo está.

Veo las ojeras bajo sus ojos de un azul imposible.

No las tenía la semana pasada.

Las luces de la camioneta iluminan el porche de la cabaña —¿debería ponerle un nombre antiguo? ¿Quizá Clarabelle? ¿O algo que evoque el bosque, como Acres de Cedro?—. Estoy más que preparada para una ducha caliente, algo de comida y acurrucarme bajo una manta gruesa.

Hoy lo he ayudado todo lo que pude en el granero: he limpiado establos, he movido pilas de estiércol de caballo… Básicamente, he sido un peón de rancho: la definición precisa de alguien que no tiene ni idea de lo que hace, pero le pone empeño.