Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 7. Storm
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Capítulo 7. Storm

—Sé buena. Tranquila y obediente —murmuro en voz baja—. Así, muy bien.

La yegua resopla a mi espalda antes de seguir mis indicaciones.

Sujeto la pata de Peaches justo por encima del casco, la acomodo entre mis muslos sobre los zahones y me pongo manos a la obra.

Siempre me ha gustado el trabajo de herrador. Es metódico. Duro. Físico. Pasarme horas entre caballos me tranquiliza.

Dame un establo lleno de relinchos, resoplidos, dientes mascando heno y gruñidos satisfechos, y lo preferiré mil veces antes que interactuar con personas.

Pero, joder, decir que este trabajo es exigente se queda corto.

Hay que pasarse horas inclinado, quitando herraduras, limpiando y revisando cascos, calentando y moldeando metal para volver a colocarlo.

Después de un par de noches durmiendo en un sofá demasiado pequeño y mirando las vigas del techo hasta el amanecer… siento que tengo cien años.

Me duele el cuerpo en sitios que solo recordaba de los tiempos en que los toros estaban más embravecidos.

Esos días infernales en la arena, cuando el guante se me enredaba en la cuerda, casi me dislocaba un hombro durante una monta o salía despedido contra el suelo en cuanto sonaba la campana y me destrozaba la espalda.

Ahora siento el mismo dolor y cansancio mental que en mis días como profesional.

Y, por mucho que intente centrarme, lo cierto es que estoy muy distraído.

Desde que llegamos, el maldito Kayce Wilder, con su encanto de niño bonito, se ha pegado a Briar como una maldita lapa. Ella se ofreció a ayudarme con las herraduras aunque no tuviera ni idea del proceso, pero yo no estaba preparado para pasar el día entero tan cerca de ella.

Sobre todo, después de pasarme la noche apretando los dientes, sin apenas pegar ojo, con mi polla medio dura, y sin poder hacerla bajar sabiendo que ella estaba durmiendo en mi cama al otro lado de esa puta pared.

Aunque no quiera darle demasiadas vueltas, lo cierto es que Kayce es la persona indicada para enseñarle a manejarse con los caballos.

Es un profesional. Está abriéndose camino en el circuito de doma de caballos salvajes a pelo. Lleva montando y compitiendo en rodeos desde que aprendió a caminar.

Entonces, ¿por qué tengo unas ganas irracionales de ir allí y ser yo quien le enseñe un par de cosas a mi preciosa sobrina?

¿Por qué tuve que apretar los puños y casi partirme los molares de tanto tensar la mandíbula cuando ayer lo vi tocarla?

¿Por qué soy incapaz de sacar a Briar Lane de mi mente y devolverla a la caja etiquetada como «familia», que es exactamente donde debería estar?

Limpio el sudor de la frente con la manga y me recoloco el sombrero. Me cuesta contener el gruñido que amenaza con escapar cuando muevo los hombros y me estiro.

El sonido de las herraduras llama mi atención y, al otro extremo del establo, Kayce cruza las puertas. Es pura sonrisa con dientes, ojos azules brillantes y esa frescura de los veinticinco años pavoneándose hacia una de las caballerizas.

Ollie es un alma dulce. Una de las yeguas más tranquilas del rancho. Nada la perturba.

El caballo perfecto para que Briar aprenda lo básico.

Y en cuanto levanto la vista hacia la chica sentada sobre su lomo, se me olvida qué demonios estaba haciendo.

Tiene las mejillas sonrosadas por el calor y la emoción de montar.

Es una amazona de pelo largo, oscuro y recogido, con algunos mechones rebeldes pegados al rostro.

Su energía me tiene atrapado: irradia entusiasmo, satisfacción y felicidad; vibra como un diapasón.

Es imposible estar cerca de alguien haciendo algo por primera vez y no contagiarse de esa emoción.

Es adictivo.

Quiero dejar de mirarla, de verdad, y sé que no debería ser tan evidente. Pero, joder.

He visto a miles de mujeres montar a caballo. Jinetes profesionales, corredoras, principiantes… lo que quieras.

Jamás me había sentido tan cautivado como observando a Briar sujetar las riendas. Me alegro de haber estado ocupado aquí todo el día. Pero también me jode muchísimo que haya sido Kayce quien ha disfrutado de sus risas y de esa felicidad.

Ya se la ve distinta; eso es lo que le pasa a la gente después de pasar un día en el rancho. Es como una inyección de felicidad pura, una mezcla de aire fresco y cielos inmensos entrando directamente en el torrente sanguíneo.

Y estoy perdido. Porque quiero verla así constantemente y, al mismo tiempo, no tengo ningún derecho a ser quien saque esa parte de ella a la superficie.

Ningún derecho.

Más allá del que me concede ser su maldito tío.

Así que quizá por eso camino hacia ellos, acortando la distancia, aunque sé que debería estar haciendo lo contrario.

Antes de que Kayce pueda volver a tocarla, me detengo junto al hombro de Ollie y le doy unas palmadas en el cuello. Paso la mano por su pelaje brillante.

—Mírate. Un día en el rancho y ya montas como si vivieras aquí.

Briar baja la vista hacia mí y trata de transformar la sonrisa en un pequeño ceño burlón. Joder, ¿por qué tiene que ser tan adorable y tan condenadamente sexi?

Por el bien de mi salud mental, ¿por qué no podía ser aburrida o molesta o poco interesante?

—Kayce es un profesor increíble. —Se gira para mirarlo, plantado al otro lado del caballo con el pelo rubio despeinado y esa sonrisa perfecta que me recuerda demasiado a mí mismo hace muchos años—. En serio, has tenido muchísima paciencia conmigo. Gracias.

—Tiene talento natural, Storm. A la urbanita le ha salido todo a la primera.

Joder. No voy a permitir que le ponga motes cariñosos a mi sobrina. Hay demasiadas mujeres en Crimson Ridge para que vaya detrás precisamente de esta.

—Kayce, ¿puedes revisar la herradura que le he puesto a Winnie? Delantera izquierda. Quiero asegurarme de que estás conforme con el resultado, porque ya sabemos lo quisquilloso que puede ponerse el capullo de Colt.

Utilizo la primera excusa que se me ocurre para quitármelo de encima. Es mentira de principio a fin. Las herraduras están perfectas y la yegua está en la otra punta del establo.

—Claro, viejo. Aunque a estas alturas tú conoces mejor que yo a estos caballos. —Me pasa las riendas, sacude la cabeza y se marcha hacia la caballeriza de Winnie.

—Vamos a bajarte. Lo divertido ya ha terminado. Ahora toca trabajar. Hay que quitarle los arreos a Ollie, darle de comer y agua antes de irnos. —Le doy unas palmadas en la rodilla para indicarle que pase la pierna al otro lado.

Se estremece un poco por el contacto. Sus ojos oscuros bajan hacia mi mano, luego suben hasta mi cara y finalmente vuelven al caballo que monta.

—No me dejes caer —murmura.

—¿Tu tío sería capaz de hacer algo así? —Alzo una ceja mirándola bajo el ala del sombrero.

¿Por qué hago esto? Quizá la estoy poniendo a prueba, llevando las cosas deliberadamente al límite porque esa es mi manera de ser.

Tengo curiosidad. Quiero ver de cerca cómo reacciona cuando dejo caer esa palabra entre nosotros.

—No sé si confío en ti.

—Bien. Se nota que aprendes rápido.

—Uf. —Pone los ojos en blanco, pero obedece. Gira el cuerpo sobre la montura y pasa una pierna por detrás mientras se sujeta al borrén.

—Eso es. Te tengo.

Cuando su peso se desliza hacia abajo, la sujeto por la cintura para amortiguar la caída hasta el suelo.

Joder… Estoy tan jodido que, en cuanto toco su abrigo —mi abrigo, que sigue llevando puesto desde que se lo di ayer; y no estoy preparado para analizar por qué me gusta tanto verla desaparecer dentro de él—, me muero de ganas de atraerla contra mi pecho.

—Gracias. —Le tiembla ligeramente la voz y, durante un momento, nos acercamos mucho más de lo necesario.

Briar inclina apenas la cabeza hacia un lado, tan cerca que alcanzo a distinguir sus pestañas largas. Tan cerca que podría acariciarle la oreja con los labios si me inclinara un poco más.

Las cosas que le susurraría a esta chica si fuera cualquier otra persona.

Qué promesas diabólicas sería capaz de hacer para persuadir a esta joven preciosa de que hiciera cosas muy inapropiadas conmigo detrás de las puertas de madera de la caballeriza más cercana.

La imagino arrodillada, mirándome con esos ojos avellana brillantes. Pienso en cómo se vería su bonita lengua rosada ante mí, dispuesta, entre unos labios abiertos y lujuriosos.

Ahora mismo, el perfume a vainilla y melocotón llena mis pulmones y deslizo los pulgares sobre el espacio justo encima de su cintura.

Briar alza y deja caer los hombros y los segundos se alargan. El aire que llena el espacio entre su espalda y mi pecho parece cargado de electricidad, y allí donde su coleta cae entre los omóplatos las moléculas parecen crepitar.

O quizá sea simplemente la sangre golpeándome en los oídos.

Los rizos largos caen por su nuca y soy un hombre tan perverso y retorcido que me vuelvo loco de ganas de agarrar esa coleta con el puño. Necesito saber qué sonido haría si tirara de ella con fuerza. Creo que a esta chica le gusta que la traten así.

Mierda. Oficialmente acabo de descubrir un nuevo límite de depravación que ni siquiera sabía que existía… y lo he cruzado sin miramientos. Ahora ya sé exactamente qué va a ocupar mi mente mientras me paso la noche dando vueltas en ese sofá de mierda.

El sonido de unas botas y el tarareo de Kayce me arrancan del trance. Toso contra el puño para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta y retrocedo, poniendo una distancia sana (es decir, apropiada para un tío y su sobrina) entre nosotros.

Briar agacha la cabeza.

Se inclina para acariciar el cuello de Ollie, abriendo bien los dedos de uñas pintadas en rosa pastel, pero habla tan bajo que solo yo puedo oírla. No sé si lo hace a propósito o si me lo estoy imaginando, pero parece no querer que Kayce la escuche.

—Me encantaría verte montar algún día.