Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 6. Briar
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Capítulo 6. Briar

Mis botas hacen crujir la grava suelta mientras el frío helado de la mañana me golpea las mejillas. Con los dedos aferrados al termo de café, avanzo hacia el vaquero que me espera apoyado en la parte trasera de su camioneta.

Kayce me dedica una sonrisa ladeada y baja de un salto. Lleva unos vaqueros claros, una sudadera gastada con el logo de una herradura y un sombrero vaquero color crema.

Se le ve demasiado alegre para ser tan temprano.

—Buenos días, Stôrmand. Es un placer verte… tan guapo como siempre —grita mientras le hace un saludo militar al hombre que entra en el establo.

Como única respuesta recibe un dedo corazón levantado y la espalda de Storm.

—Vamos, acompáñame a dar de comer a esas malditas muertas de hambre y luego te prepararé para montar. —Kayce sacude la cabeza con aire presumido y cierra la caja de la camioneta de un golpe.

Mi ceño fruncido deja claro que no he entendido ni una palabra de lo que acaba de decir.

—Sube. Vamos a conocer a las vacas.

—Ah, claro. —Me deslizo en el asiento del copiloto.

Hay envoltorios de comida esparcidos por todas partes y vasos vacíos de café acumulados en los portavasos.

—Parece que un adolescente te haya robado la camioneta sin que te enteraras. —Tuerzo la boca.

—No empieces… Suenas igual que mi padre cuando dices esas cosas.

Empujo con la bota el cementerio de envoltorios de caramelos y bolsas de papel arrugadas hacia un lado.

—¿Qué es exactamente lo que vamos a hacer? Y, por favor, no esperes que sirva para algo más que estorbar.

—En esta época del año seguimos alimentando al ganado. Si nieva mucho vamos a caballo hasta esa parte del rancho, pero ahora el camino está bastante despejado y podemos llegar cómodamente en camioneta.

Arranca el motor y emprendemos la marcha, rebotando por un camino embarrado y desigual que nos aleja de la casa grande y del establo.

A lo lejos, Devil’s Peak custodia el rancho.

Los pinos crecen entre las formaciones rocosas a ambos lados y enormes extensiones de campo se pierden hasta donde alcanza la vista.

Es un entorno hostil, pero también precioso.

—¿Cómo sobreviven con tanto frío? —Teniendo en cuenta que yo ya estoy frotándome los dedos delante de la calefacción, me da pena imaginar a esas vacas ahí fuera soportando este invierno brutal.

—Están hechas para esto. Criamos una raza angus que soporta el frío y la nieve. Da igual lo duro que se ponga el tiempo: resisten. La nieve se acumula en capas gruesas sobre su pelaje y les sirve de aislamiento extra.

—¿Como un abrigo de piel?

Kayce se ríe.

—Sí. Las mantiene bien calentitas.

—¿Y aun así tenéis que alimentarlas todos los días?

—Hasta que la nieve se derrita y vuelva a crecer bien la hierba con la llegada de la primavera, sí.

Mientras Kayce me explica todo aquello, nos acercamos a una fila de hocicos negros y orejas peludas asomando sobre la valla para recibirnos. Algunas retroceden inquietas al ver llegar la camioneta; otras prácticamente se cuelgan de la cerca saludándonos con entusiasmo.

—Sabían que ibas a venir. —No puedo evitar sonreír—. Como te he dicho…, unas malditas muertas de hambre. Llevan mejor la cuenta del tiempo que nosotros.

—¿Eso es lo que esperan? —Señalo unos enormes fardos redondos, mucho más altos que yo, colocados en fila junto a la valla. Ya hay un tractor aparcado allí abajo, con dos largas horquillas en la parte delantera. Si esa maquinaria cayera en manos inexpertas, sin duda podría ser mortal.

—Cortamos y empaquetamos durante el verano para tener comida en invierno. Facilita las cosas, así no tenemos que traer alimento de fuera.

—¿Y usas el tractor para empujarlo o algo así? —Me imagino inmediatamente esos pinchos atravesando los fardos gigantes para moverlos.

—Exacto. O sea, los caballos son muy útiles para el trabajo del rancho, pero a veces hace falta un poco de maquinaria moderna para facilitarnos las cosas. Así puedo revisarlas bien y comprobar si alguna tiene heridas o está enferma.

Kayce tamborilea los dedos sobre el volante, no por nerviosismo, sino porque parece tener demasiada energía constantemente. Es increíblemente paciente conmigo. Siento que no dejo de bombardearlo con preguntas y él responde a todas sin mostrar el menor fastidio.

Es agradable no sentirme idiota por tener curiosidad.

—¿Cómo consigues ocuparte de todo esto? ¿O de tantas vacas a la vez? —Parece haber tanto trabajo que me cuesta imaginar que tenga tiempo siquiera para dormir.

—Oh, contratamos un refuerzo de personal cuando tenemos que revisarlas una por una. En esas épocas, Storm nos viene de maravilla. Ese cabrón sabe lanzar el lazo como nadie.

La sola mención de su nombre hace que me imagine a mi tío montando a caballo… El vaquero al completo: chaparreras con sombrero de cuero y guiando a su caballo con plena seguridad. El calor invade mi cuerpo traicionero y no tiene nada que ver con la calefacción.

—¿Quieres conducir el tractor? —Kayce interrumpe mis pensamientos.

Lo miro horrorizada y me escondo detrás del termo.

—No, gracias. Me da pánico chocarme o atropellar a una pobre vaca. —Miro hacia la fila de ganado que espera impaciente, probablemente preguntándose por qué demonios se retrasa tanto el desayuno.

Kayce resopla.

—Vale. Quédate aquí calentita. No tardaré mucho.

Mientras sale del asiento del conductor, vuelve a inclinar la cabeza hacia dentro y golpea la consola para llamar mi atención sobre lo que parece ser una radio con micrófono.

—Si alguien habla por la radio, responde, ¿vale?

Lo miro.

—¿Y qué digo? —Está claro que, si alguien usa esa radio, será por algo importante, y yo no tengo ni idea de cómo funciona nada de esto.

—Lo que sea. Lo más probable es que sea el sheriff Hayes para saber si estamos bien, y no muerde.

Con esa respuesta nada tranquilizadora y un guiño, Kayce se dirige hacia el tractor.

Me acomodo en el asiento y lo observo mientras siento que mi mundo entero se ha convertido en algo que jamás habría imaginado cuando llegué a Crimson Ridge.

Que le den a Los Ángeles.

Me quedaré aquí encantada, escuchando los sonidos suaves del ganado y contemplando el vapor que emana de su pelaje negro.

Quizá, solo quizá, este sea el lugar donde consiga curar mi corazón roto.

He tenido mi primera lección oficial de equitación y Ollie, la yegua que voy a montar hoy, ya me tiene completamente enamorada.

No hace falta ni que me suba a su lomo; me conformo con quedarme aquí acariciándola y mimándola. Es preciosa. Tiene un tono dorado pálido, como la espuma de un latte , y unos ojos azules impresionantes.

Kayce me pasa las riendas y me indica con la barbilla que lo acompañe afuera, guiando a Ollie entre las caballerizas alineadas a ambos lados del establo.

Chasquea la lengua; no sé si dirigido a mí o al caballo.

—Vamos, chicas.

Ollie relincha y avanza. Sabe mucho mejor que yo lo que tiene que hacer.

Seguramente este caballo sería capaz de sacarme a pasear a mí y no al revés.

—Entonces, Briar Lane. ¿De dónde vienes exactamente?

Se me escapa un resoplido.

—¿Esto forma parte de lo que haces con los turistas? ¿Vas a darme la charla de manual del rancho Devil’s Peak? —Alzo una ceja en su dirección, sin estar muy segura de querer seguir por ese camino.

—Nah, para nada. Solo me ha dado curiosidad. —Rodea el cuello de Ollie, que no deja de balancearse mientras caminamos hacia la zona cercada junto a las puertas del establo.

—¿Has oído hablar de Lane Enterprises?

—No.

—Menos mal.

Kayce guarda silencio un momento.

—¿No te caen bien?

Llegamos a lo que parece una pequeña pista para entrenar a los caballos.

Cuando nos detenemos junto a la valla de madera, Kayce apoya un codo y espera mi respuesta.

Es fácil hablar con él. No sé si alguna vez había sentido algo parecido: consigue que me salgan palabras que jamás habría imaginado decirle a alguien a quien conocí ayer.

—¿Alguna vez has sentido que naciste en el lugar equivocado? ¿Que no encajas en ninguna parte cuando miras a tu alrededor? Como si llevaras una camiseta tres tallas más pequeña que te rozara por todas partes y no supieras cómo quitártela.

Acaricio el cuello de Ollie. Le estoy hablando más al caballo que a Kayce, pero ambos parecen escuchar atentamente mi torpe confesión.

—Muy específico, urbanita. —Entorna los ojos—. ¿Estamos hablando de picor de lana de oveja o de cuando se te mete paja en la ropa interior?

Pongo los ojos en blanco.

—Sabes a qué me refiero.

Esta vez es Kayce quien acaricia al caballo. Se coloca delante del hocico de Ollie y le pasa ambas manos por la cara como si estuvieran manteniendo una conversación secreta.

Le sonríe de lado y Ollie mueve los labios como si le devolviera la sonrisa en un intercambio absurdamente tierno. El vínculo entre ellos resulta evidente en cuanto los observas juntos.

Kayce recoloca una de las riendas antes de hablar.

—Yo no tuve la oportunidad de crecer aquí.

Mi padre me abandonó porque solo tenía diecisiete años y creyó que era lo mejor para mí en aquel momento.

El problema es que no podría haber escogido peor persona que mi madre para dejarme a su cargo.

—Le rasca las orejas a Ollie con dedicación—.

Así que, sí, lo entiendo. Creo que mi vida habría sido mucho mejor si hubiera podido crecer aquí con él, pero nunca lo sabré con seguridad.

Lo único que puedo hacer es aprovechar esta segunda oportunidad y tomar mejores decisiones cada día.

—Siento mucho que no te lleves bien con tu madre.

—Me da la impresión de que tienes algo de experiencia con padres de mierda.

Consigue hacerme reír.

—¿Cómo lo has sabido?

—Has acabado en Crimson Ridge… y prefieres aguantar a Stôrmand Lane antes que volver con la gente que dejaste atrás.

El corazón se me acelera en cuanto oigo su nombre.

—¿Eso fue lo que te trajo aquí? ¿Escaparte? —pregunto.

—Algo así… Aunque quizá sea más bien intentar dejar atrás mis propios demonios y toda mi mierda.

—¿Volverás pronto al circuito de rodeo?

—Eso espero. —Sonríe mostrando los dientes y veo cómo se le iluminan los ojos al hablar de aquello que ama—.

Trabajé muchísimo el verano pasado y Storm no dejó de machacarme durante todo el invierno para que me centrara.

Ahora que llega la primavera, voy a volver a entrenar.

Tengo que estar listo cuando empiece la temporada.

—¿Te da miedo? Me refiero a competir. —Aunque no sé prácticamente nada sobre rodeo, la simple idea de subirse al lomo de un animal decidido a tirarte al suelo me parece aterradora.

—No… Los caballos son simples. Hablan un lenguaje simple. Solo quieren respeto. Cuando te has enfrentado a los verdaderos miedos de la vida, montar se convierte en el lugar al que siempre quieres volver.

Joder. Si pienso en la gente con la que he tenido la desgracia de relacionarme a lo largo de mi vida, entiendo perfectamente a qué se refiere.