Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 5. Briar #2
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Capítulo 5. Briar #2

Y, en parte, es verdad: tengo curiosidad por verlos. Incluso si la parte de mí que se ha pasado medio trayecto imaginando cómo se sentiría la barba de mi tío rozándome los labios tiene otras intenciones.

Hay algo en la idea de ver a ese gigante tatuado entre animales que me provoca cosas que no debería sentir en el estómago.

Revoloteos, caricias.

—Claro, ven, Briar. Los está revisando para ver cómo tienen las herraduras. Ahora que la nieve empieza a derretirse y el tiempo va a mejorar, Storm se ocupará poco a poco.

Siento que me habla en otro idioma, pero troto detrás de él para seguirle el ritmo a sus zancadas. Cada vez que atravesamos un charco de barro, vuelvo a agradecer haber comprado estas botas nuevas que mantienen mis pies calientes y secos.

—¿El rancho es tuyo?

Al entrar en el establo saco el móvil para hacer fotos y vídeos. Todo es tan mágico, tan irreal…; como sacado de un libro de viajes. ¿Estoy romantizando la situación o de verdad el aire parece más ligero aquí?

Después de tanto tiempo atrapada, esta montaña es exactamente el lugar que necesitaba mi corazón herido para empezar a sanar.

—Oh, eso no te servirá de mucho. Aquí no hay cobertura.

—Kayce señala mi móvil con la barbilla—.

Incluso en Crimson Ridge falla cuando hace mal tiempo.

En casa tenemos internet; no es gran cosa, pero algo es algo.

A mí me vuelve loco estar tan aislado, pero así son las cosas.

Ahora que lo pienso, creo que Storm instaló wifi en la cabaña hace poco.

Estoy bastante seguro de que vivió desconectado como un ermitaño durante años.

—La verdad es que creo que me vendrá bien desintoxicarme un poco del móvil mientras esté aquí, así que no me preocupa demasiado. —Espero haber sonado relajada, aunque por dentro estoy aterrada pensando en lo que me espera en el teléfono cuando me atreva a revisar los mensajes.

Kayce se detiene junto a una puerta de madera y un caballo asoma la cabeza, saludándolo con un relincho.

Doy un respingo y se me escapa un chillido por la sorpresa y el tamaño del animal. El caballo es más alto que él incluso contando el sombrero vaquero color crema, lo que significa que ambos me sacan varios centímetros.

—Hola, Winnie-Win. Te presento a la sobrina de tu novio Storm… Se llama Briar.

La presentación me hace sonrojarme un poco, aunque me recompongo enseguida.

—¿Puedo hacerle una foto? Es preciosa.

—Claro. A Winnie le encanta posar. Pero antes salúdala y acaríciala un poco, urbanita. —Kayce se ríe mientras me enseña cómo acercarme a un caballo.

Me enamoro en cuestión de segundos.

No del vaquero encantador —aunque sí, es atractivo y desprende ese brillo físico de deportista—, sino del caballo. De hecho, de todos los caballos.

Avanzamos por el establo y Kayce resulta ser el guía perfecto. Consigo entender lo que hacen en el rancho durante los meses cálidos: reciben turistas que vienen a hacer senderismo o se alojan allí mientras ellos siguen ocupándose del ganado y manteniendo en marcha el rancho.

O, al menos, eso hace su padre y, por lo que he entendido, Kayce le ayuda.

—Te llevarás bien con Layla cuando la conozcas. Volverán en cualquier momento… Se fueron de viaje durante el invierno y lo último que supe es que estaban recorriendo Irlanda, pero ya están de vuelta.

Mi atención se divide entre el hombre que tengo delante y una sensación cada vez más intensa en la nuca. Todavía no me he cruzado con mi tío y me decepciona un poco no haber podido verlo con los caballos.

Son gigantes dulces. Almas antiguas que parecen hablar a través de esos ojos enormes y brillantes mientras me observan o me mordisquean el pelo. Sus hocicos bigotudos y sus labios aterciopelados exploran mis bolsillos en busca de algún premio y me hacen cosquillas.

Soy consciente de que, por mucho que me preocupe admitirlo, tengo muchas ganas de ver cómo se comporta él con estos animales. Apenas ha pasado un día y ya siento un interés peligrosamente poco saludable por el hombre con el que voy a convivir cuando volvamos a quedarnos solos.

Un hombre en el que no debería pensar en absoluto.

Kayce me guía por las filas de establos llenos de heno y virutas.

Rodeados de ese olor a tierra que me llena los pulmones, nos dirigimos a una habitación al fondo del edificio.

El espacio es estrecho y huele intensamente a cuero.

Hay monturas, cabestros y estribos por todas partes. Creo que así se llaman esas cosas.

Entonces mis ojos encuentran por fin la figura que llevaba rato buscando de reojo y deseando encontrar en secreto.

Está inclinado sobre una mesa pegada a la pared, hojeando un cuaderno y, cuando entramos, se sobresalta y lo cierra de golpe.

Levanta esos ojos azules hacia mí y después hacia Kayce. En un instante me recorre entera con la mirada y lo noto.

Entonces caigo en la cuenta de que Kayce tiene una mano apoyada en mi cintura. No es más que un contacto para guiarme y un gesto de cordialidad para que pueda cruzar la puerta antes que él; definitivamente entre nosotros no ha habido más que una charla amistosa.

Pero aun así me siento incómoda.

¿Cree que he estado coqueteando? ¿Que me he lanzado sobre el primer hombre que me ha prestado atención?

¿Le importaría que quisiera salir con alguien mientras estoy en Crimson Ridge?

¿Me importa a mí que le importe? ¿Quiero que le importe?

Oh, por Dios. Si me paro a pensarlo dos segundos, esta es sin duda la señal de que necesito buscar una cita urgentemente.

—¿Ya habéis terminado?

—Sí. Nos vemos mañana, viejo. —Kayce retrocede y puedo oír la sonrisa en su voz.

—Te espero en la camioneta.

Un muro de músculos pasa junto a mí. Vuelve a hacer eso de atravesar la puerta sin detenerse, murmurando por encima del hombro y con los dientes apretados, como si yo fuera una molestia enorme.

Mientras yo estaba atrapada en mi batalla mental, completamente distraída, los otros dos habían seguido hablando tranquilamente. Así que me apresuro para alcanzar a mi tío y entonces oigo a Kayce gritar a mi espalda:

—¡Nos vemos mañana, urbanita! Vístete para montar. Te subiremos a un caballo antes de que te des cuenta.