Capítulo 5. Briar
Después de sellar nuestra tregua como compañeros de piso, el tío Storm (o solo «Storm», todavía no lo tengo claro) me anuncia que tiene que ir a trabajar a un rancho durante el día.
Y eso me hace darme cuenta, como si se encendiera una bombilla en mi cabeza, de que no sé nada de la vida de este hombre, salvo algunos fragmentos que escuché de pasada sobre su época como estrella del rodeo.
El campeón del mundo, nada menos, por lo que recuerdo que me contaban cuando era pequeña.
Vino algunas veces a casa para ver a mi padre en los años en que todavía se hablaban y recuerdo haber oído retazos de conversaciones. Palabras sueltas sobre premios, dinero y a mi padre intentando meterle ideas de negocios a la fuerza.
No sé nada de ranchos ni de rodeos. Tampoco de sobrevivir en un lugar tan frío como este.
Nunca he vivido en un sitio con estaciones; ni siquiera durante temporadas cortas o vacaciones.
Los viajes familiares siempre eran iguales: destinos tropicales, organizados hasta el último detalle para que mi padre pudiera pasarse el día entero en el campo de golf relacionándose con ricos y poderosos.
—¿Puedo acompañarte? —Me seco las manos con un paño de cocina de bordes chamuscados y al menos cinco agujeros. Como él ha preparado el desayuno, he pensado que, como mínimo, podía ayudar fregando los platos.
—¿Al rancho? —Frunce el ceño.
—Eh… Bueno, sí, claro… Pero, además, si puede ser, ¿podríamos pasar por el pueblo a la ida o a la vuelta? Cuando llegué ya era de noche y creo que voy a necesitar comida y algunas cosas más… —Arrastro las palabras; es como si fuera incapaz de terminar una frase cuando estoy con este hombre.
Me siento un poco ridícula al oírme decir eso, porque tengo un coche de alquiler que funciona perfectamente, ¿no?
O sea, soy independiente. Una mujer adulta capaz de desplazarse sola.
Por el amor de Dios, llegué hasta aquí sin ayuda pese a todos los obstáculos que me puso delante el invierno en la montaña.
Pero, bajo la fría luz del día, la idea de conducir me pone extremadamente nerviosa, sobre todo porque no tengo ninguna experiencia al volante con nieve o carreteras heladas.
En cambio, siento que mi tío podría hacerlo incluso dormido.
Me muerdo el interior de la mejilla antes de que mi cerebro empiece a preguntarse qué otras cosas podría hacer con la misma facilidad.
—Claro. Te enseñaré dónde están las tiendas en Crimson Ridge. —Se encoge de hombros, me recorre con la mirada y siento que se me para el corazón.
El calor me invade el coño y un cosquilleo me recorre los muslos.
—¿Piensas ir vestida así?
Abro y cierro la boca mientras me miro la ropa, confundida y decidida a ignorar la reacción visceral que me provoca notar sus ojos sobre mí.
—¿Sí? —me sale como una pregunta.
—No. Ni de coña. —Gruñe y se dirige al dormitorio.
Da vueltas por allí un par de minutos y vuelve con una gruesa camisa de franela y un abrigo pesado. Deja ambas cosas sobre la encimera junto a mí, continúa hacia la puerta y coge un sombrero vaquero marrón —que solo ahora me doy cuenta de que estaba colgado allí— antes de colocárselo en la cabeza.
No mires. Briar, ni se te ocurra. No permitas que la sensualidad que desprende tu tío tatuado, con esa pulsera de cuero tan sexi y esos vaqueros demasiado ajustados, te haga perder la cabeza.
Tienes que ignorar, con cada gramo de autocontrol que te quede, el hecho de que ahora acaba de añadir un puto sombrero vaquero al conjunto.
A la mierda mi vida.
—Ponte eso y, por el amor de Dios, espero que tengas algo más grueso para los pies, porque no pienso tolerar que pierdas un dedo por congelación en tu primer día aquí.
Después cruza la puerta, llevándose consigo esos vaqueros perfectamente ajustados, y grita por encima del hombro antes de cerrarla de un golpe:
—Te espero en la camioneta.
Me hizo el gran tour por Crimson Ridge.
Duró cinco minutos enteros.
Tiene cierto aire a película de Hallmark. Estoy segura de que debe de haber cientos de películas donde una chica de ciudad llega a un pueblo como este y acaba enamorándose de un bombero voluntario con abdominales marcados y un golden retriever llamado Pumpkin Spice.
La gente saluda sin razón aparente. Incluso cuando conducen en dirección contraria. ¿Qué demonios? Sinceramente, no sabía que se pudiera hacer algo así.
En casa, la norma no escrita consiste en evitar el contacto visual y mirar hacia otro lado. Los desconocidos son exactamente eso: desconocidos.
Compro comida, ropa adecuada para el invierno y dos tipos distintos de botas —unas gruesas, como de trabajo, y unas clásicas botas vaqueras negras, porque a mi tío casi le da un aneurisma cuando vio mis zapatillas deportivas blancas—. Y hago todo esto mientras estoy envuelta en su masculinidad.
Su camisa y su abrigo desprenden un aroma intensamente masculino frente al que estoy completamente indefensa.
A mi cuerpo le ha bastado una sola inhalación profunda en el cuello de la prenda para convertirse en un felino dispuesto a ronronear, frotarse y enredarse entre sus tobillos, embriagado por esa mezcla intensa de madera, especias y piel.
Y también algo ahumado. Es ligero y sutil, pero lo bastante tentador como para que me entren ganas de hundir la nariz en el forro polar y buscarlo otra vez.
Llevar su ropa me hace imaginar noches en estas montañas, bajo las estrellas, acurrucada junto al fuego, sostenida entre unos brazos fuertes.
Un abrazo que solo en mis más locas fantasías podría terminar con un beso y unas caricias desesperadas.
—El rancho Devil’s Peak está al final de la carretera de acceso a la montaña. Colt es lo más parecido que tenemos a un vecino, aunque tendrías que caminar demasiado para pedirle una taza de azúcar.
El tío Storm me arranca de mis fantasías.
No quiero ni pensar en lo rojas que debo de tener las mejillas.
Siento como si me hubieran atrapado in fraganti haciendo algo muy perverso…
; y eso sin mencionar que los brazos que estaba imaginando tenían tatuajes y estaban unidos a unos hombros anchos muy similares a los del hombre que ocupa por completo la otra punta de este asiento largo.
Los neumáticos de la camioneta saltan sobre la gravilla descuidada y me doy cuenta de que hemos dejado atrás el desvío que conduce a la cabaña.
¿Nuestra cabaña? ¿Mi cabaña? Ni siquiera sé cómo llamarla.
«Nuestra» hace que parezca que somos una pareja y, teniendo en cuenta cómo está reaccionando mi cuerpo solo porque insistió en que me pusiera su ropa, me parece que no es buena idea fomentar esa clase de pensamientos.
Quizá debería ponerle nombre a la cabaña. Como se hace con los barcos.
Seguimos subiendo por la montaña, atravesando cada vez más nieve. Es evidente, incluso para alguien tan inexperta como yo, que en el rancho al que nos dirigimos nieva muchísimo más.
—¿Trabajas a menudo aquí? —Recorro el paisaje con la mirada Hay un barranco empinado a un lado de la carretera (aterrador, por cierto) y, al otro, unos pinos robustos y una pared de roca. Todo parece estar congelado en tonos blancos y azul pálido.
—Cuando hay que cambiar las herraduras a los caballos. O cuando Colt necesita ayuda con alguna mierda del rancho.
—¿Herraduras?
Lo miro, pero está muy concentrado en la carretera, lo cual me deja un poco más tranquila. Tampoco es que haya ido aferrada al asiento durante todo el trayecto, pero admito que lo hacía cada vez que el camino se estrechaba o aparecía una curva especialmente cerrada.
—Ya lo verás.
No añade nada más. El sonido que retumba por los altavoces de la camioneta nos envuelve: guitarras furiosas y letras agresivas. El gusto musical de mi tío es… intenso.
Pero sigue el ritmo de la batería con los dedos y parece disfrutar de ese heavy metal atronador.
No ayuda mucho a calmar mis nervios, pero tampoco estoy en posición de ponerme a discutir la lista de reproducción.
Respiro hondo y me concentro en el imponente paraíso invernal al otro lado de la ventanilla, que me empuja a sacar el teléfono —lo he tenido en modo avión a propósito desde que subí al avión— y grabar un poco del paisaje nevado mientras avanzamos.
—Es precioso —murmuro.
Y entonces alcanzamos la última cresta y Devil’s Peak aparece de forma dramática en el horizonte.
—¿La sobrina de Stôrmand Lane nunca ha montado a caballo?
Un vaquero de ojos color zafiro y mandíbula cincelada se inclina hacia la ventanilla del vehículo. Kayce Wilder ha sido todo sonrisas y amabilidad desde que ha salido del establo a recibirnos y yo he bajado primero de la camioneta.
El tío Storm gruñó algo antes de alejarse y no supe muy bien si tenía que seguirlo o quedarme ahí mismo.
Así que me quedé dando vueltas por el aparcamiento de grava junto a una increíble casa de montaña, intentando que no se me descolgara la mandíbula ante la belleza del rancho.
No es la primera vez que visito uno, pero este tiene un encanto y una energía especialmente atractivos.
—¿Lo dices en serio? —Kayce me mira de arriba abajo con expresión divertida.
—Sí. Ni siquiera recuerdo la última vez que vi un caballo de cerca. —Sonrío y me tapo la cara con las manos—. Y ahora debes de pensar que soy una urbanita idiota.
Kayce se echa a reír con una carcajada profunda y sincera que le ilumina los ojos.
—Nah, no te preocupes. Si eres sobrina de Storm, se te darán bien los caballos. Ese tío tiene un don con los animales, ya lo verás.
Tengo que morderme la lengua unas cinco veces para contener la inmediata necesidad de gritar con los brazos en alto para dejar bien en claro que no compartimos ni una gota de sangre.
Pero me doy cuenta de que sería algo absurdo y tremendamente sospechoso.
Dios, soy la reina absoluta de darle demasiadas vueltas a todo.
—¿Podemos ir a verlos? —le pregunto a Kayce con una sonrisa insegura. Cualquier cosa con tal de dejar de hablar de tíos y sobrinas.