Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 4. Storm
7%

Capítulo 4. Storm

—¿Invadiendo tu propiedad? —dice con voz aguda.

Mi sobrina abre mucho los ojos. Se le separan los labios de un modo que me obliga a apretar los dientes, porque es imposible mirarle la boca sin pensar en el resto de su cuerpo. En esas partes prohibidas que tienen el mismo tono rosado que jamás debería haber visto y que ahora no puedo olvidar.

No puedo olvidar el coño de Briar Lane. Sé lo grandes y pesadas que tiene las tetas bajo ese jersey grueso. Sé demasiado sobre la chica que está sentada en mi casa, bebiendo mi café, comiendo mi comida y hablándome como si le debiera alguna explicación.

Me duele la espalda después de pasar la noche sin dormir en el sofá, y el whisky que me bebí solo en la camioneta me ha dejado la cabeza como si me la golpearan con un martillo.

¿Qué coño se suponía que tenía que hacer?

Me quedé ahí fuera, escondido, sin más compañía que mis pensamientos depravados, hasta estar seguro de que se había dormido y podía volver a entrar sin peligro.

Joder.

—Fuiste tú quien se ocultó en la oscuridad para atacarme en el baño —escupe ella, con las mejillas encendidas.

—Lo dice la chica que irrumpió en una propiedad privada. Siéntate afortunada de que no me encontraras de peor humor.

No estoy pensando en ella desnuda, inclinada frente a mí. De ninguna manera.

—No he irrumpido en ninguna propiedad privada. Tengo la llave.

—Robar una llave de emergencia no es lo mismo que tener permiso para entrar en casa de alguien.

—Oh, por Dios, no puedes estar hablando en serio. —Se deja caer en el asiento con una larga exhalación y se masajea las sienes—. Esta cabaña es mía. Es mi propiedad… Si es que este lugar puede considerarse una propiedad. ¿Qué parte no estás entendiendo?

—Lo siento, pero me parece que estás equivocada —respondo arrastrando las palabras. Doy otro sorbo de café y aparto el plato vacío mientras noto que ella ni siquiera ha tocado la comida—. Llevo diez años viviendo aquí.

Sus ojos se clavan en los míos.

—¿Diez años? Entonces, ¿por qué…? ¿Por qué me ha dejado papá esta propiedad en el testamento?

Se me retuerce el estómago. Joder, Erik es un auténtico cabrón. Incluso muerto encuentra la forma de arruinarme la vida.

Me encojo de hombros. Hago todo lo posible por aparentar indiferencia.

—Ni idea. Pero lo que sí puedo decirte es que no pienso irme a ninguna parte. Aquí está mi vida. Mi trabajo. —Golpeo la mesa de madera con un dedo mientras la miro fijamente.

Parece que Briar está a punto de desmoronarse.

Sé que no está fingiendo. Conozco la forma en que las chicas con bronceados artificiales y tetas aún más artificiales se ponen a llorar para conseguir lo que quieren. Por Dios, tengo suficiente experiencia con coños manipuladores como para no reconocerlos a kilómetros de distancia.

Pero el lenguaje corporal de mi sobrina ahora mismo es completamente auténtico. Si recibe una mala noticia más, va a deshacerse igual que la nieve de ahí fuera cuando al sol le dé por salir de una vez.

—Come. —Aprieto la mandíbula mientras intento encontrar palabras que no me hagan sonar como el mayor gilipollas del planeta.

Pero las cosas son como son, y necesita entenderlo—.

Apuesto a que eso ya está frío, pero métete algo en la boca y así la mantienes ocupada y dejas de ladrarme.

No estoy dispuesto a tirar comida por culpa de una princesita estirada de ciudad.

Parece que eso le devuelve un poco de vida, porque resopla y empieza a comer.

O, mejor dicho, empieza picoteando como un gorrión. La observo cortar pequeños bocados delicados y ordenados antes de rendirse al hambre y terminar devorando el desayuno. Los pequeños sonidos de placer que deja escapar acaban de destrozarme el cerebro retorcido.

Mientras come, intento recordar la última vez que vi a mi sobrina, que ahora mismo no parece para nada una sobrina: parece exactamente el tipo de mujer a la que me gustaría recorrer con la lengua hasta hacerle gritar mi nombre.

Me recoloco en la silla. Joder. Es joven. Mucho más joven que yo. Mucho más joven de lo que un cuarentón debería estar mirando.

Odio tener cuarenta años. Y, al mismo tiempo, me sorprende haber vivido tanto.

Durante mucho tiempo estuve convencido de que no pasaría de los veinte.

Pero resulta que el circuito profesional, los patrocinadores y los prestamistas no quieren verse relacionados con un jinete de toros rodeado de ciertos rumores.

Se deshicieron de mí como si fuera basura y me dejaron en la calle.

Un día estaba ganando fortunas y firmando autógrafos cada cinco segundos y, al siguiente, el teléfono dejó de sonar y mi nombre empezó a desaparecer silenciosamente de todas las competiciones del país.

Que les den a todos.

Sobreviví por mis propios medios.

Y ahora, ¿cuál es el castigo por mis pecados? Una chica sentada en mi mesa, durmiendo en mi cama, llevando mi mismo apellido (aunque no tengamos la misma sangre) y llenándome la cabeza de pensamientos extremadamente impuros.

Joder, voy a tener que encontrar la forma de controlar mi mente. No puedo ir por ahí empalmado delante de mi sobrina. O peor todavía: empalmado por culpa de mi sobrina.

Por Dios.

Ella termina el plato, permanece sentada un segundo y mastica con la boca llena.

—Lo necesitaba. Gracias —dice en voz baja, casi para sí misma.

Algo se enciende dentro de mí al oír esas palabras, pero lo aplasto de inmediato.

Sobrina.

Es tu sobrina.

Es la hija de Erik.

Sí, eso debería bastar. El simple hecho de recordar a mi hermano basta para sustituir cualquier otra emoción por la rabia más pura.

—¿Puedo preparar más café antes de que empecemos esta conversación?

Asiento.

—Haz lo que te dé la gana. Yo tengo que ir a buscar más leña.

Unos minutos fuera, disfrutando del aire helado de los primeros días de primavera, hacen maravillas con mi cabeza hecha un lío. Corto algo más de leña y me tomo mi tiempo para reponer las reservas tanto dentro de la cabaña como en el porche.

Cuando termino, me limpio las botas en el felpudo y vuelvo a entrar. Entonces me encuentro a Briar de puntillas, inclinada sobre la encimera mientras rebusca en la alacena. El problema es que, en el rato que he pasado fuera, se ha cambiado de ropa.

Ahora lleva unos vaqueros claros y un jersey marrón que parece carísimo —cachemira o alguna mierda parecida— y, por favor, el cuerpo de esta chica es un milagro. Sexi, con curvas y todas esas palabras que podría usar para describirla y que debería borrar inmediatamente de mi cabeza.

Porque ninguna encaja con la triste y dura realidad de que esta chica ni siquiera debería aparecer en mi radar.

Joder, debo de estar mucho más desesperado por follar de lo que creía si no consigo dejar de imaginar, ni cinco minutos seguidos, cómo se sentiría su culo bajo mi mano.

No llega a sonreír, pero inclina la cabeza mientras sirve dos tazas de café y me acerca una.

—Gracias.

La palabra apenas logra atravesar mis dientes apretados.

Porque justo en ese momento sus dedos rozan los míos.

Cuando cojo la taza, mis manos ásperas se deslizan sobre las suyas y algo se rompe.

Es como si una chispa saltara desde el punto de contacto; y ella también debe de sentirlo, porque sus ojos color avellana se alzan de golpe hacia los míos.

Frunce el ceño y retrocede rápidamente, poniendo una distancia prudente entre nosotros. Después se inclina sobre la barra, aferrando la taza con ambas manos.

—Entonces… —dice con cuidado antes de dar un sorbo. Veo cómo arruga la nariz y tengo que esconder una sonrisa detrás de mi taza, porque sería capaz de apostar todo lo que tengo a que esta chica jamás ha bebido café solo en su vida.

—Entonces… —repito.

—¿Cómo resolvemos esto? He estado pensando y está claro que aquí solo hay un dormitorio. Así que, aunque haya sido muy caballeroso por tu parte cederme lo que supongo que es tu cama, no puedo esperar que hagas lo mismo todas las noches.

—No me molesta dormir en el sofá.

Sí me molesta. Es incómodo y demasiado pequeño para mí, pero no pienso dejar que lo sepa.

—Oh, Dios mío, ¿has dormido en el sofá? —Parece horrorizada.

—¿Dónde creías que había dormido, cariño? —Doy otro sorbo y veo cómo vuelve a sonrojarse.

Qué interesante.

—Pensé que… —De pronto Briar parece muy interesada en estudiar el contenido de su taza.

—Adelante, soy todo oídos. ¿Dónde creías que había dormido tu tío?

Algo me dice que ya sé lo que había imaginado. Y quizá, en otro contexto, habría acertado. Pero anoche no fue el caso. No tenía ninguna intención de buscar otra cama para dormir.

¿Por qué estoy disfrutando tanto viendo cómo se retuerce cada vez que aparece entre nosotros la palabra «tío»? Un pensamiento muy peligroso se enciende en mi cabeza como un neón. Quizá a ella también le gustó lo que vio en el baño antes de que nos reconociéramos.

No.

Maldito Stôrmand Lane. Vas a acabar ardiendo en el infierno. Si sigues pensando así, te pasarás la eternidad abrasándote entre las llamas.

El diablillo imbécil que vive en mi otro hombro aparece para recordarme que eso ya iba a ocurrir igualmente, así que divertirme un poco por el camino no cambiaría gran cosa.

—Di por hecho que tendrías muchos otros sitios donde aparcar tu camioneta por las noches. —Recupera la compostura y aprieta la mandíbula—. No soy quién para juzgar.

Oh. Así que Briar Lane sí esconde una pequeña llama bajo ese exterior tímido.

Entrecierro los ojos.

—Pues, para tu información, estuve aparcado aquí toda la noche.

¿Qué coño me importa la opinión que tenga esta chica sobre mi vida? Me han acusado de cosas mucho peores que de ser un jinete de toros mujeriego con una conejita diferente saltando sobre mi regazo cada noche.

—Bueno, en ese caso, creo que debería buscar algún sitio donde quedarme en el pueblo hasta conseguir un vuelo, y luego… —Arrastra las palabras y no se me escapa el temblor de su voz.

De pronto, repasando todo lo ocurrido durante las últimas doce horas, lo entiendo. Ya sabía que había llegado aquí de forma impulsiva. Parece que no ha traído más que una maleta de mano y ese coche de alquiler de mierda que encontré aparcado detrás de la cabaña.

Si tuviera que apostar, diría que está huyendo de algo. O de alguien al que dejó atrás, en la costa oeste.

—No. —La palabra sale con mucha más fuerza de la que pretendía—. O sea… Está claro que legalmente eres la propietaria y no sería precisamente de buen tío permitir que te alojes en algún cuchitril del pueblo.

Me mira con… ¿alivio?

—¿Estás seguro?

—Claro.

No, no lo estoy. De hecho, estoy convencido de que es una idea pésima. Pero puedo mantenerme ocupado, enterrarme en trabajo y buscar cualquier coño disponible el sábado por la noche.

—Entonces seremos compañeros de piso, ¿eh, tío Stôrmand? —Esta vez, una pequeña sonrisa ilumina su rostro mientras me tiende la mano.

Me inclino para estrechársela. Su palma suave encaja a la perfección en la mía, callosa y áspera; otra chispa me sube por el brazo en cuanto nuestras pieles se rozan.

—Llámame Storm.

Un brillo aparece en sus ojos.

—De acuerdo…, tío Storm.

Me cago en mi puta vida.