Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 3. Briar #2
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Capítulo 3. Briar #2

Cuando vuelvo la mirada hacia el enorme hombre que ocupa prácticamente toda la cocina, la sonrisa se me borra de golpe. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y me atraviesa con esos ojos azules mientras el labio superior se le curva en una mueca.

—¿Me estás tomando el pelo?

La brusquedad de su voz me sobresalta.

—¿Qué?

—Te. He. Preguntado. Que. Si. Me. Estás. Tomando. El. Pelo.

Me recoloco en el asiento y parpadeo. ¿Y qué se supone que tengo que responder a eso?

—Perdón, no quería ser grosera ni nada parecido… Solo me ha dado curiosidad. O sea, nunca había estado aquí y… No quiero parecer desagradecida. Gracias por encender la chimenea… —Señalo en dirección a las llamas y reúno valor para volver a mirarlo.

—No lo he hecho por ti, cariño. —Su tono es burlón.

He visto muy pocas veces a mi tío. Siempre estaba viajando, viviendo la gran vida de las estrellas del rodeo, y mi padre tampoco era especialmente cercano a su hermano adoptivo.

Las cosas fueron de mal en peor hasta que, cuando yo tenía dieciséis años, mi padre nos dijo, por alguna razón que desconozco, que no volviéramos a relacionarnos bajo ningún concepto con el tío Stôrmand.

«Al primero que pronuncie su nombre en esta casa, lo desheredo».

Todavía recuerdo aquella furia aterradora, la saliva escapándosele por las comisuras de los labios, el rubor incendiándole las mejillas.

Fue una imagen bastante impresionante para la niña que yo era entonces.

Desde luego, lo bastante intensa como para preguntarme más de una vez qué cosa tan imperdonable podría haber hecho mi tío.

Y ahora estamos aquí, solos en la ladera de una montaña, y él parece dispuesto a partirme el pescuezo.

Oh, Dios. ¿Debería preocuparme por estar aquí sola con él? ¿Será violento? ¿Un criminal?

De repente vuelve a mí el recuerdo de sus dedos alrededor de mi cuello y, sin querer, mi cuerpo entra en calor.

Estamos metidos en un lío. Un. Gran. Lío.

—Es solo que… no entiendo qué haces aquí —balbuceo. Acaricio el borde desconchado de la taza, disfrutando de cómo la cerámica afilada se clava en las yemas de mis dedos. Está rota, pero sigue en pie, empeñada en sobrevivir como una reliquia de los ochenta.

—¿Qué hago yo aquí? —repite, entornando esos ojos azules mientras inclina la cabeza.

—Sí. Quiero decir…, no sabías que iba a venir… Fue una decisión que tomé de manera impulsiva. —Me encojo de hombros, notando cómo las mejillas se me calientan cuanto más me observa.

—No soy ningún caballero, pero hasta yo sé que no es precisamente educado echar a alguien a la calle en pleno invierno.

Abro y cierro la boca.

—¿Qué?

—Me importa una mierda que seas mi sobrina, mi pariente o lo que coño seas; no estoy de humor para tus gilipolleces… Así que te daré café, algo de comer y luego te llevaré de vuelta a Crimson Ridge.

Se gira y empieza a servir el contenido de la sartén en unos platos. Después abre un cajón de golpe y hace sonar toda la cubertería mientras busca cuchillos y tenedores.

Mientras tanto, mi mente da vueltas.

Me muevo por instinto antes siquiera de pensar. Me levanto del asiento y recorro los pocos metros que me separan de la cocina con la guardia baja y sin tener preparada una respuesta.

—¿Perdón? No pienso irme a ninguna parte. Gracias por tu ayuda, tío… —Me estremezco por dentro al pronunciar esa palabra en voz alta, sobre todo teniendo en cuenta los pensamientos tan poco apropiados que he tenido desde anoche—. Pero voy a pedirte que te marches.

—¿Que me marche? —Suelta una carcajada. El sonido es frío y retumba en la pequeña estancia—. Sois de lo que no hay. Apuesto a que Erik te ha mandado hacer esto, ¿verdad?

—Difícilmente un muerto puede mandarme hacer algo. —Aprieto los dientes. No sé si mi tío lo sabía. No fue invitado al funeral y, teniendo en cuenta que mi padre lo desterró de la familia sin piedad, supongo que nunca se enteró o, si lo hizo, simplemente no le importó.

Él mueve esos hombros enormes. ¿Es su forma de mostrar empatía? ¿De disculparse? No sé si podría decir que quería a mi padre, pero era mi familia, y con ese vínculo llega una mezcla compleja de emociones cuando ya no están.

Por mucho daño que te hicieran mientras vivían.

Mi tío se gira y me coloca un plato entre las manos antes de pasar junto a mí. Tiras de beicon crujiente. Huevos revueltos. Tostadas cortadas en triángulos.

¿Quiero reír? ¿Llorar? Durante años, lo único que se me ha permitido desayunar era un batido verde.

Ni siquiera recuerdo la última vez que comí pan.

Así de vanidosa es la vida en Los Ángeles cuando representas al imperio Lane Media. Así es vivir dentro de una pecera, bajo el escrutinio de millones de ojos y el destello de cientos de flashes en cada esquina. Desde que aprendí a caminar tengo clavada la idea de que siempre hay alguien mirando.

Y eso sin contar que durante toda mi vida adulta he tenido encima un ejército de nutricionistas, chefs privados y asesores de bienestar: devotos absolutos del culto a la delgadez extrema. Todos venerando la última moda y evitando que pase por sus labios cualquier cosa considerada «poco saludable».

Que Dios no permita que tengas curvas naturales, da igual cuántas horas pases en el gimnasio o cuántos carbohidratos elimines de tu dieta.

Los genes de mi madre son poderosos y, la verdad, me encanta mi cuerpo.

Siempre han sido los demás quienes arrugaban la nariz al mirar mis caderas, mis muslos y mis pechos como si fueran un problema que resolver.

Mi hermana, en cambio, fue bendecida con la estructura ósea estilizada de la desconocida familia biológica de mi padre.

No podría haber dos hermanas más distintas que nosotras.

Me doy cuenta de que mi tío se ha sentado a la pequeña mesa junto a la ventana. Si todavía tengo alguna esperanza de entender qué demonios está pasando aquí, supongo que voy a tener que seguirlo.

—¿Al menos vas a responderme? —Dejo el plato sobre la mesa y cruzo los brazos sobre el pecho. Si permanezco de pie, siento que conservo un ápice de poder en la conversación.

Stôrmand Lane es imponente.

El mobiliario del comedor parece demasiado pequeño para él y, aun así, se le ve muy cómodo.

Es confuso. Desconcertante. No me gusta.

Tampoco me gusta cómo se me eriza la piel cada vez que estoy cerca de él. Aquí de pie, mis ojos no deberían recrearse en los tatuajes que le cubren las manos y los antebrazos. Las venas y los músculos que asoman bajo las mangas remangadas de su camisa son tan atractivos que podría desmayarme.

Pero, aun así, mi mirada termina escapándose hacia la tinta de los nudillos de su mano derecha. Una letra en cada dedo, desde el meñique hasta el pulgar, que forman la palabra STORM .

—¿Mi sobrina quiere saber qué hago aquí? —dice con la boca llena. Se burla de mí otra vez.

—Sí. —Me recoloco incómodamente.

—Es mi casa, cariño… mi hogar. —Se apoya en el respaldo de la silla y me clava sus ojos helados mientras apura un sorbo de café—. Así que la verdadera pregunta, y la que vas a tener que explicarme muy bien, es qué haces tú invadiendo mi propiedad.