Capítulo 3. Briar
Abro un ojo. Siento que se me va a caer la nariz. Parece que me he mudado a Alaska, no a Montana. He tenido que levantarme tres veces durante la noche para ponerme más ropa. Me siento como un malvavisco humano, con la manta hasta la barbilla y ninguna intención de salir de este cálido capullo.
Me invade el pánico al recordar que voy a tener que averiguar cómo encender esa estúpida chimenea. También tendré que bajar la montaña hasta Crimson Ridge sin despeñarme por un barranco y morir en un accidente absurdo.
Creo que anoche, cuando llegué, solo sobreviví porque estaba envuelta en una mezcla de furia, desesperación y agotamiento.
Se supone que el diminuto coche que alquilé lleva neumáticos para nieve, pero hasta yo sé que no es el vehículo adecuado para un paraje remoto y montañoso como este.
Conducir entre atascos en autopistas urbanas o en el caos de la ciudad no me preparó para la grava, el hielo ni el terror constante de pensar que en cualquier momento puede aparecer una criatura salvaje en mitad de la carretera.
Al menos, por ahora estoy a salvo, escondida entre los pinos y la nieve.
Me marché sin decirle a nadie adónde iba y, por suerte, tengo una tarjeta de crédito a mi nombre que no pueden rastrear.
Tal vez con el tiempo relacionen el contenido del testamento con mi desaparición, pero la verdad es que solo me quieren por interés.
A la mierda. Estoy harta de ser su mascota.
Me cansé de vivir una mentira dentro de una caja de cristal.
Pueden irse todos al infierno con sus jueguecitos de poder y sus imperios corporativos y metérselos por donde les quepa.
No me sorprende que mi tío cortara toda relación y jamás mirase atrás.
Quizá había una razón para que decidiera no volver a hablar con mi padre después de aquella pelea. Yo sé que, si puedo evitarlo, no quiero volver a hablar con mi familia nunca más.
Stôrmand Lane no se parece en nada a ninguno de ellos. Es diferente en tantos sentidos…
No.
No, Briar. Tienes que dejar de pensar en eso. En unas circunstancias tan excepcionales como estas, tu cerebro idiota no puede empezar a obsesionarse.
Está claro que lo de anoche fue un malentendido monumental por su parte y que lo que ocurrió, lo que hizo, fue un accidente.
En cuanto me reconoció, casi se rompe el cuello intentando huir lo más rápido posible.
No tengo ni idea de qué hacía aquí, pero la única explicación que se me ocurrió mientras seguía completamente despierta a las tres de la mañana, sin dejar de pensar, fue que quizá utiliza esta cabaña para sus aventuras.
¿Esperaba encontrarse aquí con otra mujer aguardándolo en la oscuridad?
Dios, tengo que dejar de pensar en sus manos sobre mí. Ese instante de desesperación y deseo me derritió por dentro.
Pero está mal. Muy mal.
Tal vez pueda encontrar algún café decente en este pueblo de mala muerte con cobertura o wifi y descargarme alguna aplicación de citas. Nunca he probado ninguna, pero supongo que este es un buen momento para empezar.
No tengo el corazón roto; estoy furiosa y mi coño necesita un poco de atención. Hace muchísimo tiempo que solo cuento con mis vibradores.
Lo cual, evidentemente, explica mi reacción de anoche. No hay más misterio.
Enredo los dedos en la gruesa manta. En la habitación apenas cabe la cama de matrimonio, que no tiene nada que ver con la king size que tenía en casa para despatarrarme sola. Si aquí tuviesen que dormir dos personas, prácticamente acabarían una encima de la otra.
Tal vez esa sea la idea.
Recorro la habitación con la mirada bajo la luz grisácea de la mañana. Simple. Funcional. Un gran armario de madera. Un espejo a los pies de la cama como único intento de decoración. La definición exacta de una cabaña en mitad del bosque.
No hay ni una sola pista sobre quién pudo vivir aquí, pero desde luego no fue mi padre.
Erik Lane era más del tipo Malibú y restaurantes con estrellas Michelin donde podía codearse con gente importante.
Dudo que haya pisado este lugar alguna vez.
Esta propiedad lleva mucho tiempo en la familia y él me la dejó a mí.
O, mejor dicho, la dejó en un fideicomiso a mi nombre en su testamento.
Creo que lo único bueno que hizo por mí fue darme un lugar al que huir y esconderme cuando todo mi universo saltó por los aires delante de mis ojos.
Dios. Todavía tengo grabadas en la retina las bragas de satén púrpura guardadas en el bolsillo de su traje.
Se me eriza la piel.
Resultó que, una vez supe lo que estaba buscando, solo tardé diez minutos en confirmar que Antoine es un imbécil infiel. Ni siquiera tuvo la decencia de molestarse en ocultarlo.
¿Quería que lo descubriera? ¿O pensaba que yo era demasiado patética para atar cabos y demasiado cobarde para enfrentarlo?
¿Esperaba que me diera la vuelta y mirase hacia otro lado?
Uf. No puedo creer que haya acabado convertida en una mujer engañada.
Peor aún: no puedo creer que me permitiera mantener una relación con un tipo que, visto en retrospectiva, jamás ocultó ser un capullo.
Me he decepcionado a mí misma.
Suspiro y decido afrontar el día.
Lamentarme no va a cambiar el hecho de que decidí salir con un tipo llamado Antoine Montgomery III.
O, siendo más exactos, que permití que mi familia de mierda me empujara a mantener una relación con él para estrechar vínculos y hacer negocios.
Los Montgomery son esa clase de personas con las que a mi padre le gusta jugar al golf y mencionar en conversaciones para presumir.
En algún momento llegué a creer que podría encariñarme con Antoine.
Cuando consiguen convencerte de que el «amor» o las «almas gemelas» no existen y que solo importan los negocios, las conexiones y los imperios familiares construidos durante generaciones, acabas tragándote todo lo que intentan venderte.
Mi hermana es una experta manipulando emociones y siempre consigue meter el dedo en la llaga. «Después de todo lo que has hecho, esto es solo un pequeño sacrificio».
Mientras mi padre solo veía dinero en el imperio mediático de los Montgomery, la familia de Antoine veía el poder que obtendrían asociándose con Lane Enterprises.
Me recorre un escalofrío con solo pensar que viví tres años bajo el mismo techo que ese idiota y en todo el tiempo que fingí ser el complemento perfecto para su vida. Aunque ahora, solo con pronunciar su nombre, me entren ganas de reírme.
Saco los pies de debajo de las mantas y el aire helado resulta absolutamente insoportable. Llevo dos pares de mallas metidas dentro de tres pares de calcetines y, en el torso, más capas de ropa de las que puedo contar.
Me soplo los dedos, abro la puerta del dormitorio y me envuelve una oleada de aire caliente, como si acabara de cruzarme delante de un secador de pelo.
A mi espalda, la habitación parece la cámara frigorífica de un restaurante. Pero, delante de mí, al otro lado de la puerta que había dejado cerrada, el resto de la cabaña está envuelto en una calidez acogedora.
Desde la cocina llega el sonido del agua corriendo, el típico trajín de alguien fregando platos a mano, mezclado con un siseo constante.
Una vez más avanzo a tientas por el corto pasillo —si es que puede llamarse pasillo a un espacio que se recorre en apenas unos pasos— más confundida que nunca, sintiendo el peso de la presencia de mi tío suspendido en el aire.
—Eh… ¿Hola? —Me estiro para pasarme rápidamente los dedos por el pelo y recolocarme unos mechones despeinados detrás de la oreja.
¿Habré babeado mientras dormía? Disimuladamente, me limpio las comisuras de los labios con la manga.
Mis ojos intentan fijarse en cualquier cosa que no sea la inmensa amplitud de sus hombros.
Lleva una camisa de franela de cuadros rojos y grises que se tensa sobre la espalda mientras permanece de pie frente al fregadero. Desde aquí puedo distinguir el contorno de los músculos empujando bajo la tela gastada.
—Si quieres, hay café —gruñe sin darse la vuelta.
Cómo no iba a quererlo. El estómago me ruge en cuanto percibo el olor de lo que sea que está cocinando. Huele grasiento y delicioso. En secreto, deseo que sobre algo cuando termine para poder robarlo.
Recuerdo vagamente haberme comido una barrita de cereales ayer por la tarde, pero no me detuve a comprar nada durante el viaje; con el nivel de náusea y asco que llevaba encima, solo podía pensar en llegar a mi destino final, perdido en mitad de la montaña.
Cojo la cafetera y sirvo café en una taza desconchada. No es hasta que me siento en el banco cuando siento que el cerebro empieza a funcionarme de nuevo.
¿Qué hace cocinando en mi cabaña?
¿Qué hace aquí, en primer lugar?
—Gracias. —Doy un sorbo. Café negro, amargo, exactamente lo contrario de lo que les gusta a mis papilas gustativas, pero es café y, dadas las circunstancias, agradezco al menos el calor que me aporta.
Él sigue fregando platos en el fregadero y colocándolos después en el viejo escurridor. Como respuesta, solo obtengo un silencio sepulcral.
El fuego crepita con fuerza y me deslizo en un asiento junto a la mesa de madera, arrinconada en un espacio pensado apenas para dos personas, pero con unas vistas privilegiadas del mundo que me espera ahí fuera, iluminado por la luz del sol.
Por lo visto, me he despertado dentro de un cuento de hadas o de una bola de cristal.
Estoy esperando que en cualquier momento aparezca la Reina Blanca en un carruaje tirado por renos para ofrecerme un dulce turco.
Hay pinos altísimos con nieve cubriendo cada rama.
Montones de nieve acumulada alrededor de la cabaña.
Y, a lo lejos, alcanzo a distinguir una formación de roca rojiza elevándose hacia el cielo.
Crimson Ridge.
—Qué maravilla —murmuro aferrada a la taza, sin darme cuenta de que lo he dicho en voz alta—. ¿Vives cerca?