Capítulo 2. Briar
Tiemblo como una hoja a punto de desprenderse de un árbol. Siento las manos sin fuerza y tengo que intentarlo varias veces antes de conseguir atarme el cinturón de la bata de seda. Una bata demasiado fina, demasiado corta, demasiado atrevida, pensada para el clima de Los Ángeles.
De hecho, todo lo que llevo en mi improvisado equipaje son prendas carísimas diseñadas para una tarde despejada de mediados de los ochenta.
Prendas que él me compraba porque era el tipo de ropa que debía llevar cada vez que salía con él.
No porque me gustaran.
Y, desde luego, no son las prendas adecuadas para sobrevivir en una cabaña de montaña cubierta de nieve en un rincón olvidado del mundo. A juzgar por los chillidos que oí al llegar, estoy casi segura de que hay ratas dentro de las paredes.
Tiro del lazo rosa para asegurarme de que queda bien ajustado, me recojo el pelo en un moño y me doy un último vistazo para comprobar que estoy medianamente decente antes de presentarme en el salón.
Y averiguar qué coño está pasando.
En veintiséis años, siempre pensé que estaba más expuesta a sufrir una intrusión cuando vivía en Palisades.
No media hora después de llegar a Crimson Ridge, en mitad de ninguna parte.
Y mucho menos imaginé que el intruso sería este hombre tatuado que casi atraviesa la pared del baño intentando escapar lo más rápido posible.
Mi tío.
Técnicamente, mi tío adoptivo. El distante hermano adoptivo de mi padre cuando ambos compartían casas de acogida. En cualquier caso…, la última persona que esperaba volver a ver era al tío Stôrmand.
¿Y ahora? Ahora lo sé. Sé cómo se sienten sus manos sobre mi cuerpo desnudo y la vergüenza me cubre de la cabeza a los pies helados… porque me he quedado paralizada.
Me he quedado paralizada cuando me ha agarrado.
Me he quedado paralizada cuando me ha gruñido al oído.
Y hasta el instante en que he reconocido al hombre al que no veía desde hacía más de diez años, me gustaba lo que veía.
Jesús, el desastre en que se ha convertido mi vida al explotar en mil pedazos hace cuarenta y ocho horas parece estar pasándome factura.
Durante unos segundos solo he sentido alivio y deseo mezclados con una descarga de adrenalina adictiva. Un lapsus de irracionalidad se ha apoderado de mi cerebro igual que sus manos tomaban el control de mi cuerpo.
Está claro que un hombre como él sabe perfectamente cómo follarse a una mujer.
He sentido alivio porque, si tenía una experiencia puramente carnal en manos de un desconocido, tal vez por fin descubriría qué se sentía al darle a mi cuerpo aquello que tanto había anhelado…
Algo que había deseado durante mucho tiempo sin saber nunca cómo conseguirlo, ni qué era exactamente, ni cómo debía sentirse.
Oh, Dios, si estoy dejando que estos pensamientos perversos crezcan, está claro que la falta de sueño está acabando con mi cordura.
Avanzo de puntillas, guiada por el sonido que hace mi tío. Parece una bestia salvaje recién liberada de su jaula.
Me abrazo el cuerpo, aferrándome a la finísima bata como si corriese peligro de volver a quedar desnuda delante de él.
Mi corazón herido y mis ojos cansados agradecen la luz tenue y cálida. Solo hay dos bombillas encendidas. Una cuelga sobre la diminuta cocina y el fregadero, junto a una ventana estrecha. La otra pende de un cable sobre el sofá esquinero colocado frente al fuego.
En Los Ángeles lo llamarían «rústico chic».
Pero sospecho que no es algo deliberado; simplemente es el interior de una cabaña vieja y descuidada.
El tío Stôrmand está sentado frente al fuego crepitante, echando con calma un tronco tras otro. No mira hacia donde estoy.
¿Viene aquí a menudo?
Sigo sin entender qué hace aquí.
Esta semana ha sido un desastre y estoy demasiado cansada después de haber pasado el día entero viajando; siento que floto, me escuecen los ojos y me duele la puta cabeza.
Cuando por fin encontré la dirección, descubrí la llave escondida y conseguí entrar, casi me eché a llorar al ver aquella casa muerta y helada.
No sé nada de esto. No sé nada de fuego, de nieve ni de cómo vivir sin cobertura.
Este plan de huida sonaba pintoresco y perfecto hasta que llegué y me encontré temblando en la oscuridad; enseguida comprendí que estaba tan lejos de mi zona de confort que ya no tenía ninguna gracia.
¿Me siento un poco aliviada de que haya llegado para protegerme de mi propia inutilidad o, siendo más exactos, para evitar que muera congelada?
Puede ser.
¿Tengo que dejar de mirar el culo de mi tío enfundado en esos vaqueros?
Absolutamente.
Trago saliva y aparto la vista. Qué situación tan jodida.
Hace diez minutos ha estado a punto de follarme sin mi consentimiento.
Es el hermano de mi padre.
Aunque mi cerebro sucio y perverso no deja de aferrarse a un único detalle: hermano adoptivo.
Dios. Necesito una copa. Espero que haya algo de alcohol en este sitio.
—En la alacena, a la derecha del fregadero. Los vasos están junto a la cocina —dice entre dientes mientras finge concentrarse en el fuego. Tiene un tipo de voz al que no estoy acostumbrada. Ronca y gastada.
Apoya una rodilla en el suelo y los vaqueros se tensan entre el culo y los muslos —mis ojos no dejan de volver a ese punto porque estoy mucho más jodida de lo que creía— mientras sigue avivando el fuego, cada vez más intenso.
Me giro sobre los talones para observar el entorno. Esta cocina no llega ni a los dos metros: un chiste comparada con el ostentoso palacio de mármol blanco del que escapé hace dos días.
Abro la alacena desvencijada y encuentro varias botellas de licor con las etiquetas desgastadas por el tiempo. Mis dedos se detienen sobre el whisky porque, al fin y al cabo, estoy en tierra de vaqueros. Después cojo un vaso del estante junto a la cocina.
¿Le sirvo uno a él también?
Me estoy congelando. Tengo que rebuscar en la maleta para encontrar más ropa. Tengo que cargar el teléfono. Tengo que averiguar qué coño estoy haciendo con mi vida.
Mi tío no dice nada más. No intenta iniciar una conversación, ni disculparse, ni hacer nada remotamente normal después de lo que acaba de ocurrir. Y yo tampoco sé exactamente qué decir.
Es un buen detalle por su parte encender el fuego para mí, o eso creo, pero todavía no tengo muy claro qué hace aquí.
Es (era) la cabaña de mi padre. Me la dejó a mí. Cuando murió, llevaba diez años sin hablar con su hermano. Desde el funeral.
—¿Quieres uno? —Intento servirme solo dos dedos, pero después decido mandar todo a la mierda y echo más. Con un poco de suerte, el alcohol quemará los recuerdos de toda la mierda que he dejado atrás y conseguiré dormir.
Mi tío sigue en silencio. Observa el fuego con los brazos cruzados y una rodilla apoyada en el suelo.
Por encima del vaso, mientras doy un sorbo, dejo que mis ojos se deslicen hacia él durante un instante.
Los reflejos anaranjados y dorados de las llamas acarician su rostro áspero, iluminando las pecaminosas y atractivas líneas de tinta que le suben por el cuello, el aro plateado de su nariz y los reflejos dorados de su pelo rubio ceniza.
Unos rizos indómitos y despeinados se mueven como si acabara de pasarse los dedos por ellos.
Lleva una camiseta de manga larga gris oscuro.
Algo raída, gastada, tosca, igual que la energía que desprende.
La tela se ajusta a sus hombros anchos y mi mente se desliza hacia un lugar muy peligroso cuando me doy cuenta de lo enorme que es.
Como lleva las mangas remangadas, puedo ver una pulsera de cuero en la muñeca derecha y dos círculos concéntricos tatuados en la izquierda.
Cuando arroja un tronco más grande al fuego, el resplandor plateado ilumina sus manos.
Ese brillo arrastra mi atención hacia sus manos venosas y poderosas. Una fuerza que hace apenas unos minutos me sujetaba por el cuello, arrebatándome cualquier capacidad de hablar porque la sensación de que se apoderara así de mi cuerpo despertó cosas que no debería sentir.
Esas manos decoradas con letras de tinta que no consigo distinguir desde aquí combinan con las del cuello y, cuando el calor del whisky que me he bebido de un trago desciende hasta lo más bajo de mi vientre, se mezcla con otra sensación que no debería existir.
Y me pregunto qué otros tatuajes esconderá bajo la ropa.
Briar Índigo Lane, contrólate de una puta vez.
Es tu tío, ¿recuerdas?
Tu tío.
¿Qué clase de persona tan patética y necesitada de afecto soy para que ver a un hombre —a mi propio tío— me haga sentir así?
Intento no tiritar de frío. Quiero un poco de intimidad para abrir la maleta y buscar ropa de abrigo. Los calcetines son prioritarios. Sin dejar de moverme nerviosamente en el sitio, doy otro trago de whisky.
Sin embargo, todo indica que mi tío no tiene ninguna prisa por marcharse y el silencio entre nosotros es tan incómodo que ni siquiera sé cómo romperlo.
Una parte de mí desearía que desapareciera en cuanto terminase de encender el fuego.
Está claro que no va a quedarse… ¿verdad?
Una chispa inapropiada prende en un rincón de mi cerebro y susurra que quiere que este hombre se quede aquí conmigo mientras las sombras de la noche avanzan.
No me fío de esa zorra. Es la reina de las malas decisiones.
Mientras doy otro sorbo, noto cómo el calor me golpea el pecho y se extiende por mis venas justo cuando él se incorpora.
Con los ojos muy abiertos, lo observo levantarse, cruzar el salón y mirarme con esos ojos azul hielo mientras intento esconderme detrás del vaso.
Mi tío no se detiene. Avanza seguro. Amenazante. Cada paso hacia mí resulta hipnótico y peligroso y, oh, Jesucristo, mi cuerpo reacciona de una forma que no me atrevo ni a reconocer. En este momento solo puedo aplastarme contra la encimera de formica y dejar que haga lo que le dé la gana.
Cuando llega hasta mí, me invade su olor a humo, cítricos y especias. Me aferro al vaso y lo aprieto contra el pecho.
Quedo completamente atrapada bajo su sombra. Es un depredador. Temible. Salvaje.
Sus dedos tatuados pasan junto a mí. El frente de su camisa me roza los nudillos y la rosa tatuada que cubre un lado de su cuello, llena de detalles en negro y gris, está tan cerca que puedo distinguir la tensión en los músculos de su mandíbula.
Y entonces, tan rápido como ha invadido mi espacio, vuelve a erguirse y retrocede con la botella bien agarrada.
—Puedes quedarte con el dormitorio —gruñe.
Bebe directamente de la botella. La nuez le sube y le baja al tragar.
Se da la vuelta y, con unas pocas zancadas, atraviesa la estancia. Coge el abrigo con una de sus manos tatuadas, busca unas botas de trabajo y, tras dar un portazo, desaparece en la oscuridad de la noche.
Yo me quedo allí, agitada, preguntándome qué coño acaba de pasar.