Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 1. Storm
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Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2)

Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2)

Por Elliot Rose

© inepub.com

Capítulo 1. Storm

Maldita nieve.

Vivir en esta parte de la cordillera es maravilloso si odias a la gente, pero también significa pasarse medio año sepultado bajo polvo blanco, dentro de un ataúd de hielo.

Las ruedas crujen. El asfalto salpica. El heavy metal retumba en los altavoces. Giro el volante en la última curva y aparece ante mí el tejado a dos aguas de la casa.

¿Cuánto hace que no estoy aquí? Dejo una mano sobre el volante y con la otra me masajeo la nuca mientras intento pensarlo.

Más de lo que me habría gustado.

Pero fui un nómada toda mi vida hasta establecerme aquí, y jamás me quejaría de echarle una mano a un tipo como Colton Wilder.

Debe de ser la única persona de Crimson Ridge que no escucha chismes ni rumores.

En cualquier caso, después de pasar semanas cuidando de su rancho mientras él viajaba para ayudar a su hijo a prepararse para el próximo rodeo, estoy más que listo para desplomarme en mi propia cama.

Erguidas alrededor de la cabaña, las coníferas parecen centinelas que custodian el único lugar en el que he sentido que podía descansar de verdad. Aunque no haya ninguna garantía de que vaya a seguir siendo así para siempre.

Las nubes que cubren casi por completo el cielo apenas dejan pasar un hilo de luz de la luna y de las estrellas sobre Crimson Ridge.

Hay restos de nieve acumulada en distintos rincones que irradian un blanco inquietante pese a la oscuridad; sé que mañana tendré que revisar bien la propiedad para comprobar que no haya daños después de tanto tiempo fuera.

Pero eso puede esperar.

Ahora solo quiero darme un baño caliente y servirme una copa.

Cojo la bolsa del asiento del acompañante, me la cuelgo al hombro y salgo de la camioneta. Apenas unos pasos sobre el asfalto me separan de los escalones del porche. Cuando meto la llave en la cerradura y entro, me recibe el aroma a cedro.

Mierda. ¿Debería encender el fuego? Será mejor hacerlo antes de meterme en la bañera. La vieja chimenea necesita tiempo para calentar la casa y ahora mismo aquí hace el mismo frío que en la vagina de una monja frígida.

Cuando estoy a punto de quitarme las botas, mis oídos captan un sonido. Se me eriza el vello de la nuca y se me pone la piel de gallina. Algo se mueve dentro de la casa y me pongo en alerta al instante.

No es algo… Es alguien.

El sonido de pasos y movimiento es humano. No es un animal que haya entrado buscando refugio del último coletazo del invierno.

Dejo la bolsa despacio, procurando no hacer ruido. Sé perfectamente dónde está mi cuchillo de caza, pero no tengo forma de llegar hasta la guantera de la camioneta. También sé dónde está el rifle, pero el dormitorio queda al final del pasillo del que proviene el ruido.

Tampoco necesito ninguna de esas dos cosas para defenderme de un imbécil que cree que puede invadir mi propiedad.

La gente no me da miedo. Me gané este cuerpo peleando por placer con criaturas mil kilos más furiosas que el demonio.

Cuando te has sentado sobre el lomo de un toro que solo quiere lanzarte por los aires y reventarte las costillas contra el suelo, empiezas a ver la vida desde otra perspectiva.

Me quito el abrigo de un tirón. Me remango la camisa y cierro los puños.

Incluso en la oscuridad alcanzo a distinguir los tatuajes y el reflejo plateado de los anillos.

Muy apropiado para que el intruso vea la tinta que va a quedarle estampada en la cara junto a la marca de los anillos cuando salga corriendo montaña abajo.

Seguro que es algún paleto de mierda casado con su prima que ha pensado que podía subir hasta aquí para encontrar los lingotes de oro que todos creen que tengo después del éxito que alcancé en el circuito profesional.

La gente piensa que soy rico. No puede ser nadie de por aquí.

Aunque no sea amigo de todo el mundo, ninguno de los habitantes de Devil’s Peak es tan imbécil como para intentar algo así.

El pequeño pasillo que conduce a los dormitorios está casi completamente a oscuras, pero llego a distinguir la figura del intruso al fondo. Luces y sombras tenues se mueven al otro lado de la puerta abierta del baño y aminoro el paso cuando oigo la música que sale de allí.

¿Música?

Me detengo. He avanzado con el mayor sigilo posible y ahora mi mente está dándole vueltas a la situación para intentar entender lo que ocurre.

Oigo un suspiro femenino y mi mente se queda en blanco. Me paso una mano por el pelo y ladeo la cabeza.

Mierda, no sería la primera vez que una conejita se cuela en mi casa sin avisar.

Mi polla reacciona, aunque sigo un poco alterado por el hecho de que esa persona haya entrado sin avisar y sin mi autorización. No me parece una mala idea un revolcón rápido antes de devolverla a Crimson Ridge.

Después del invierno en Devil’s Peak y de pasar semanas atrapado en el rancho con nieve hasta la coronilla, creo que se me han congelado las pelotas. Literalmente.

Mi lado más oscuro y perverso quiere convertir la situación en un juego. ¿Esta puta cree que puede colarse en mi casa y ponerse cómoda? Bueno, mi casa, mis normas.

En silencio, avanzo hasta la puerta abierta y me quedo oculto entre las sombras para descubrir quién cojones está en mi baño y cuál será el sabor exacto del coño con el que voy a deleitarme esta noche.

Miro con los ojos hambrientos, y con la polla ya dura, a la chica que está de espaldas. La ilumina únicamente la pequeña luz sobre el espejo. Todo permanece en penumbra, como el resto de la casa, teñido de blanco y gris.

Sigue dándome la espalda mientras tararea una canción de mierda de alguna chica con guitarra.

Entonces empieza a desnudarse.

La chica no tiene ni idea de que estoy aquí y, joder…, cómo me pone.

No está haciendo un striptease para seducir a un jinete de toros profesional.

No está subida a una barra restregándome sus tetas operadas por la cara.

No es una conejita que se entrega de rodillas en un callejón de mala muerte a las tres de la madrugada para chuparme la polla hasta que me corro en su cara.

No. Es una mujer sexi y con curvas que se quita la ropa despacio porque sí. Como si lo hiciera únicamente para su propio placer.

Jesús. Mi polla me suplica que vaya hacia esa chica, aunque no tenga ni idea de quién es. He tenido una vida sexual bastante intensa y nunca he repetido con la misma mujer —incluso durante cierta etapa desastrosa que prefiero olvidar—, pero desde luego a ella no la recuerdo.

Si soy sincero, no me sorprende.

Nunca las recuerdo.

No recuerdo sus caras ni sus nombres y jamás guardo los números que consiguen colarme en los contactos del móvil cuando no estoy mirando.

Se quita por la cabeza el jersey corto que lleva puesto y deja a la vista unas mallas de cintura alta. Mierda. No lleva sujetador. Solo la extensión de su piel oliva y la curva de sus caderas. Un pequeño rollo se escapa por encima del elástico y esa suavidad me hace la boca agua.

En la cama me encanta tener carne de sobra que apretar y en la que hundir los dedos hasta dejar marcas con la forma de mi mano.

Los rizos largos y oscuros le caen hasta media espalda y le acarician la piel cuando se mueve. Bajo la mirada… hasta un culo que está pidiendo azotes, castigo y que le meta los dedos mientras le lleno el coño por delante.

Se me corta la respiración mientras la acecho desde el pasillo y saboreo con la mirada el festín que parece estar preparándome.

Porque solo puede haber una razón para que esta chica esté en mi casa: ha venido buscando mi polla.

Y voy a disfrutar de cada segundo que tenga para jugar con la comida antes de devorarla.

Se quita lo poco que le queda de ropa. Se baja esas mallas tan ajustadas y arrastra con ellas las bragas, dejando mucho más de la cuenta a la vista. Sigue tarareando la canción, completamente absorta en lo que está haciendo. Ignora todo lo que la rodea.

Estoy tan duro que tengo que recolocarme con cuidado y en silencio.

La punta de la polla ya está húmeda de lo muchísimo que me pone esta chica.

Levanta los brazos y veo un pequeño tatuaje: una delicada línea de texto rodeándole el pecho.

Y esas tetas… Incluso desde aquí, de perfil, puedo ver que son grandes y pesadas, hechas para que las traten bien.

Cuando se inclina para terminar de quitarse esas mallas pecaminosamente ajustadas, me derrumbo. Alcanzo a verle por detrás unos labios suaves y rosados asomando entre las piernas.

Con una zancada, cierro la distancia que nos separa en un segundo.

Le sujeto la garganta con una mano para inmovilizarla contra mí, mientras la otra vuela a desabrochar el botón y la cremallera del pantalón; en el proceso, le rozo la piel desnuda del culo con los nudillos.

Quizá dentro de un rato la pinte de semen.

—Cariño…, esa no es forma de pedir polla. Es de mala educación entrar en una casa sin permiso —gruño, con los labios pegados a su oreja—. Pero hoy estás de suerte. Me siento generoso. Tanto que, después de este numerito, quizá hasta te deje quedarte.

Está petrificada; su garganta se retuerce bajo mis dedos tatuados y el pulso se le acelera. Es bastante más baja que yo, apenas me llega al pecho. Su cabeza encaja a la perfección contra mi torso y mi mente sucia ya está dando rienda suelta a la imaginación.

—Ahora voy a inclinarte sobre el lavabo y voy a follarte hasta la semana que viene… y después te echaré de mi propiedad.

Grita cuando aflojo un poco la presión sobre su garganta y sus manos salen disparadas hacia las mías para intentar apartarlas, pero ahora mismo no estoy de humor para nada que no sea hacer exactamente lo que tenía pensado con mi versión del juego.

La giro hacia el lavabo y ambos quedamos frente al espejo.

Cuando la veo de frente, tengo que contener un gruñido.

Joder, tiene unas tetas impresionantes. Los pezones duros me apuntan directamente desde el reflejo bajo la tenue luz de la lámpara y quizá sea porque he pasado todo el invierno rodeado de vacas y caballos, pero en ese instante decido que este juego va a durar dos rondas.

No pienso desperdiciar la oportunidad de correrme sobre esos pechos, marcarla, disfrutar deslizando la polla por ese suave valle… y solo entonces dejarla marchar.

Después de todo, me estaba esperando desnuda en mi casa.

Debería sentirse afortunada de que esté pensando en follármela más de una vez.

Coloco su cuerpo exactamente donde quiero sin soltarle el cuello y, con la otra mano, me bajo los calzoncillos.

Libero mi polla dolorosamente dura, me la acaricio un par de veces con firmeza y limpio el líquido que asoma de la punta.

Por el amor de Dios, tengo su coño justo delante y el calor que desprenden nuestros cuerpos me está volviendo completamente loco de deseo.

Ella apoya las manos sobre la encimera y yo le aprieto más la garganta para obligarla a inclinarse hacia delante, haciendo que esas tetas perfectas cuelguen un poco más, llenas y suaves.

Pero son sus ojos.

Esos ojos que me miran desde el espejo, grandes como los de un ciervo.

Unos ojos oscuros que me resultan familiares. Demasiado familiares.

Estaba convencido de que no recordaba a esta chica, pero ahora estoy desesperado por situarla.

—¿Qué coño…? —chilla, entre el pánico y la sorpresa. Recupera la voz mientras intenta incorporarse con una mano y apartarme los dedos del cuello con la otra.

—¿Tío Stôrmand?

Me quedo paralizado.

Por Dios.

Mierda. Joder. La madre que me parió.

Tengo una mano aferrada a mi polla dura y húmeda mientras miro los pezones de mi sobrina.