Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 61
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Capítulo 61

El primer duelo

Había llegado el momento de la verdad. No habría segundas oportunidades: victoria o derrota. Si fracasaban, no habría nada que pudieran hacer.

Se detuvieron detrás de una puerta y Aiden cogió aire, como si estuviera mentalizándose para una inmersión. Aquella vez no era como las anteriores: se habían preparado y estaban listos para darlo todo. A pesar de ello, seguía teniendo los nervios a flor de piel.

—Es nuestro momento —susurró su compañero, intentando transmitirle una confianza que no sentía. Era imposible que le ocultara nada; el vínculo hablaba por él.

—No será el único. —Aiden lo había dicho como una forma de convencerse también a sí mismo. No quería sentir que aquella sería la última vez.

—Claro que no.

Rian se adelantó, giró el picaporte y le sujetó la puerta para que pasara. El rubio no se lo pensó y, sacando fuerzas de donde no las tenía, avanzó decidido.

Hacía frío, mucho más que en el sur. Aquella semana no había nevado y, aun así, la sensación térmica era de varios grados bajo cero. Se frotó las manos y se las llevó a la boca para calentarlas con el vaho que salía de sus labios.

El público los recibió con un aplauso ensordecedor. Los dieciséis magos finalistas acababan de entrar en la Arena.

No había un color dominante, no había un claro favorito, aunque el blanco y el rojo predominaban un poco más que los demás, ya que era el equipo que más integrantes tenía.

Aiden reprimió una sonrisa y elevó una mano para saludar a sus fans. Rian se mantuvo serio a su lado. Era tan evidente su incomodidad que le aligeró la presión. Si todos estaban nerviosos, se sentía más tranquilo.

—Chicos —los saludó Caleb tan pronto como estuvieron a su lado.

El entrenador iba enfundado en su ropa de abrigo, que le tapaba hasta las orejas—.

Ha llegado el momento de la verdad. He estado observando a las otras escuelas y tengo una buena y una mala noticia para vosotros.

—Al ver que no decían nada, siguió hablando como si nada.

Aiden envidiaba lo poco que le afectaban las cosas—.

Creo que vuestras posibilidades de llegar a la final son altas, pero considero que Olivier e Igor están en vuestras mismas condiciones.

Nada me gustaría más que una final entre mis chicos, aunque, llegado el momento, no podré ser parcial.

La emoción le subió a Aiden por el pecho. La idea de enfrentarse a sus ídolos en la final de un campeonato de duelos era una victoria para él.

—Si eso pasa, nosotros levantaremos la copa —afirmó Rian con una certeza tan abrumadora que Aiden se quedó sin palabras.

Caleb sonrió y les dio una palmada en los hombros.

—Salid ahí y demostrármelo. Mucho ánimo.

Se había agotado el tiempo.

Después de las presentaciones de los diferentes equipos llegó el momento del sorteo.

En aquella ocasión se realizaba un sencillo conjuro aleatorio, impidiendo cualquier anticipación de los resultados.

Los dieciséis magos se encontraban alrededor de una jueza, encargada de controlar los emparejamientos.

Durante el sorteo, Aiden no apartó la mirada de la pantalla en ningún momento; no quería perderse el instante exacto en el que apareciera el equipo contra el que tendrían que combatir. No tuvo que esperar mucho para obtener una respuesta.

El Igrom salía dos veces: una por Olivier e Igor; otra por ellos. Rian y él serían los últimos; les había tocado el cuarto y último combate. Sus rivales: Maeve y Chrisa, del Duzem

Los magos que no iban a entrar en la Arena en aquel momento se retiraron a los asientos reservados. Podían observar los duelos si querían, aunque todos estarían pendientes del reloj, de su momento.

Aiden y Rian se sentaron en los huecos que tenían asignaron y se quedaron en silencio. No tenían nada más que decirse. La suerte estaba echada.

Los combates fueron sucediéndose uno tras otro.

En el primer duelo ganó el equipo número dos, el Caerum.

En el segundo duelo ganó el equipo tres, el Ravok.

En el tercer duelo ganaron Olivier e Igor.

Y, al fin, después de la larga espera, empezaba el último. El suyo.

Rian y Aiden se pusieron en pie, preparados para combatir; había llegado el momento. Tres de los cuatro equipos que iban a pasar a la semifinal estaban decididos. Solo quedaba un hueco y dos contendientes.

Los magos caminaron hasta la barrera protectora de la Arena y esperaron a que finalizara la cuenta atrás.

El pitido que daba comienzo al duelo resonó por el estadio y Aiden no pudo evitar dar un respingo, sobresaltado. Era el momento de la verdad.

—Que no sea un desierto, por favor —pidió el mago al aire, sacándole una pequeña carcajada a su compañero.

—Ten fe.

—¿En qué?

—En que no nos tocará ahora.

—¿Lo dices porque sabes que, si no es ahora, será luego? —insistió contrariado.

—Sí, tengo una corazonada.

—Si conseguimos pasar, te agradeceré dicha corazonada.

—Lo vamos a hacer, Aiden.

Había tanta confianza en cada una de sus palabras que el mago supo que lucharían hasta el final para lograrlo.

No tenía fe en que no les tocara un clima desértico, pero sí la tenía en Rian.

—Hagámoslo, pues.

Los dos magos cruzaron la barrera en el momento justo y se adentraron en la Arena. Aiden contuvo la respiración hasta sentir que había cruzado; luego abrió los ojos.

Del otro lado los recibió una ciudad en ruinas. Había toneladas de hormigón allá por donde colocaran la vista. Estaban encima de los restos de lo que en su día había sido una carretera y pequeñas briznas de hierba crecían por todas partes. La vegetación estaba ganando la guerra.

Aiden desvió la vista a las azoteas de los edificios. Ninguno era excesivamente imponente; la mayoría tenía cuatro o cinco pisos de altura. Si conseguían subir a lo alto de alguno de ellos tendrían una vista privilegiada de la Arena.

Aiden se acercó al más cercano y, de un salto, se colgó de una viga. Sus dedos se resintieron al notar cómo el hormigón le raspaba la piel y se soltó antes de que la estructura se viniera abajo.

El inconveniente era que eran tan poco estables como parecían.

—No lo termino de ver —dijo Rian, observando con atención los restos que se habían desprendido y yacían alrededor de Aiden—. No es buena idea.

—Si no lo hacemos, lo harán ellas.

—Que lo hagan; tendrán suerte si no se viene cualquier edificio abajo y las arrastra consigo.

—Si no quieres subir, ¿qué pretendes? ¿Bajar? —aquello último lo dijo como quien suelta una locura. Para su sorpresa, Rian asintió.

—Con un poco de suerte encontraremos agua.

Aiden parpadeó lentamente.

—Será un aislante. —Se había visto en la obligación de recalcarlo, a pesar de que le parecía algo obvio.

—Lo sé. —Rian puso los ojos en blanco.

—¿Quieres quedarte sin magia? —Estaba captando sus intenciones, aunque no llegaba a comprenderlas al cien por cien.

Sabía que Rian estaba siguiendo un hilo de pensamientos que él no entendía—.

Ya te adelanto que no es la mejor de las ideas.

Se apagará todo lo que nos rodea. No veremos nada.

—Un nudo en el pecho del mago hizo que pronunciara aquellas últimas palabras con un breve jadeo.

Todavía tenía muy presentes aquellos días en los que había perdido hasta la última gota de magia.

—Exacto, nos volveremos invisibles.

Aiden aguantó la respiración mientras valoraba el plan. Era una locura, demasiado arriesgado y quizá la única oportunidad de salir victoriosos de aquello.

—De acuerdo, vamos allá.

Los dos magos quitaron los escudos que los protegían para que sus contrincantes no pudieran ubicarlos en ninguna zona y corrieron en línea recta, siguiendo los restos de la carretera. Ambos estaban entrenados para aquello y no les costó seguir un buen ritmo.

Unos minutos después, frenaron en seco. La habían encontrado: tenían una alcantarilla a sus pies.

No hicieron falta palabras; se agacharon y, entre los dos, consiguieron abrirla. Un olor nauseabundo les inundó las fosas nasales; retrocedieron por inercia.

—¿No quieres idear otro plan? —preguntó Aiden con cara de asco y muy pocas ganas de meterse en aquel agujero angosto.

A pesar de ello, no esperó a que Rian le contestara y se dejó caer.

Su magia desapareció en el momento exacto en el que sus pies tocaron el agua; no era más que un pequeño riachuelo que cubría hasta los tobillos.

Rian aterrizó a su lado un segundo después, salpicándole.

—No sé si sentirme decepcionado porque en realidad sea agua o feliz precisamente por ese mismo motivo —confesó cuando se encontró con los ojos azules de su compañero.

—La segunda opción. Siempre.

Aiden esbozó una pequeña sonrisa ante la respuesta de su novio y emprendió la marcha. No tenían tiempo para andarse con bromas, no podían olvidar que se estaban jugando todo.

Las grietas que había en la superficie hacían que la luz se colara y pudieran ver sin problemas.

Las alcantarillas subterráneas que estaban recorriendo estaban formadas por túneles de dos metros de diámetro y por cuyo centro fluía el riachuelo.

Como necesitaban estar constantemente en contacto con el agua, no tuvieron más remedio que ir uno detrás del otro, teniendo cuidado con la vegetación que crecía en la piedra y que les hacía resbalar cada pocos pasos.

Diez minutos después, al llegar a una bifurcación, Aiden se detuvo. Miró en ambas direcciones y luego hacia la superficie. No podía sentir nada, estaba ciego en ese sentido.

—¿Qué hacemos?

—Vamos a tener que separarnos —sentenció Rian. Si seguían allí sin mover ficha, no conseguirían nada—. Uno va a tener que salir y hacer de cebo; el otro tendrá que apañárselas para pasar desapercibido hasta que sea el momento.

—¿Esa es tu gran estrategia? —preguntó Aiden poco convencido. A pesar de su reticencia, él tampoco tenía un plan mejor.

Lo valoró. Pensó en los pros y los contras de permanecer juntos o separarse. La conclusión fue la misma en ambos casos.

—Si tienes otra idea…

—Hagámoslo —le interrumpió. Sabía que era la única opción. Quedarse allí escondidos y esperar a que los encontraran no les daría la victoria. El tiempo pasaba y, en aquella ocasión, no era ilimitado.

—Bien. Yo seré el primero.

Aiden frunció el ceño. Si la idea de su compañero era hacerse el mártir, no pensaba quedarse de brazos cruzados. Supuso que Rian leyó algo en su semblante porque elevó una mano pidiéndole que le dejara hablar.

—Espera, piénsalo. Yo puedo mantenerlos a raya durante un rato, pero luego mi magia será insuficiente.

Puedo tirar de la tuya, aunque ambos sabemos que eso solo logrará desgastarlos.

Necesitamos tu poder y pillarlas por sorpresa.

Nadie se hace una idea de lo poderoso que eres hasta que te tienen al lado.

De nada vale un vídeo en el televisor. Nuestra verdadera baza es que noten cómo se extiende tu poder por todas partes. Eso nos dará la victoria.

Aiden frunció el ceño y tuvo la tentación de llevarle la contraria, aunque al final lo dejó pasar. Confiaba en él. Quizá tenía razón.

Rian le explicó brevemente la locura que se le acababa de ocurrir y él tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no mirarlo como si le estuviera hablando en otro idioma. Tenía parte de sentido, pero era una locura.

—¿Estás seguro?

—Nos vemos ahí arriba —se despidió Rian y empezó a subir por una escalera de metal que lo llevaría de vuelta a la superficie.

Aiden se quedó allí, esperando su momento.

Se llevó el pulgar a la boca y lo mordisqueó con nerviosismo.

Los segundos se le hicieron eternos y estuvo a punto de abandonar el plan e ir a buscar a Rian, sobre todo cuando su alrededor vibró por culpa de las fuertes ráfagas de energía provocadas por los ataques que se lanzaban.

Mantenerse al margen nunca había sido su fuerte y, aún así, eso hizo.

No supo de dónde sacó la fortaleza para esperar o de dónde salía aquella confianza ciega en su compañero.

Cuando llegó el momento, corrió por el túnel hasta llegar a la siguiente alcantarilla. Colocó un pie fuera del agua y esperó.

Rian era un duelista formidable. Sus ataques eran certeros, precisos y hasta bonitos de ver.

No tanto de parar. Su técnica no tenía fisuras y los últimos meses de entrenamiento habían conseguido pulir aquellos pequeños detalles que lo hacían vulnerable.

Además, ninguno de los dos podía prestarle el cien por cien de su atención, porque sabían que el otro mago estaba escondido por algún lado, a la espera.

Contó hasta veinte y sacó el segundo pie del agua.

Luego usó toda la magia que tenía y se impulsó hacia arriba.

El escudo que lo protegía rompió con todo.

Cuando Aiden apareció en la escena con un despliegue de magia brutal, sus rivales fueron lanzadas hacia atrás por culpa de la energía liberada.

Cientos de fragmentos se esparcieron por la carretera antes de que los pies de Aiden volvieran a tocar el suelo.

Maeve y Chrisa lo miraban con cara de susto y Rian, al otro lado, sonreía como quien se sabe vencedor.

No esperó a que sus rivales se repusieran de la sorpresa y les lanzó una ráfaga de energía mientras empezaba a reducir la distancia.

Cuando estaba a punto de alcanzar a Maeve, esta se hizo a un lado, alejándose de su compañera.

Y ahí empezó el inicio del fin del combate.

Si ya no habían empezado con una buena estrategia, terminaron cometiendo errores, uno detrás de otro, por culpa de los nervios y la presión.

Con la magia extraordinaria de Aiden en la punta de sus dedos, Rian era imparable y sus rivales se dieron cuenta pronto. El mago creó dos esferas perfectas que fueron directas hacia ellas, mientras que Aiden hacía que los hilos de su magia reptaran por el suelo con intención de atraparlas.

No les dio tiempo a reaccionar cuando se vieron arrinconadas.

Dos minutos después, el pitido que anunciaba el final resonó por el estadio.