Capítulo 59 - Rian
Los errores del pasado
La música sonaba por los altavoces, marcando el ritmo que Daniel y su mujer seguían.
No era un baile complicado, aunque se notaba que habían estado practicando.
Cuando terminaron, los víctores y aplausos resonaron como si hubiera una multitud.
Me parecía una quimera tener a tanta gente que quisiera estar a tu lado para celebrar que eras feliz.
Miré a mi alrededor a ver si veía aparecer a Aiden.
Se habia alejado en dirección a los jardines hacia un rato y yo me había visto en la obligación de dejarle el espacio que necesitaba.
Entendía su frustración y sus miedos, pero esperaba que también se pusiera un poco de mi parte.
Él sería el primero en ofrecerse a ayudarme si tuviera la oportunidad.
Cogí la copa de vino que descansaba encima de la mesa y me la llevé a los labios. Noté como las burbujas explotaban sobre mi lengua y lejos de agradarme, no pude evitar poner un gesto de desagrado.
—Puedes pedirte un refresco si prefieres —dijo una voz a mi espalda.
Me gire como un resorte y vi al padre de Aiden mirándome con una sonrisa tranquila.
Llevaba la corbata floja y la camisa hacía tiempo que ya no estaba por dentro del pantalón. Aún así, la sonrisa de felicidad que tenía en el rostro era lo que verdaderamente llamaba la atención.
—No se preocupe, estoy bien.
Me removí incómodo. Aquella era la primera vez que estábamos teniendo una conversación y no tenia la confianza suficiente con Daniel como para sentirme a gusto.
—Por favor, no me trates de usted, me haces sentir viejo.
¿Puedo sentarme? —preguntó señalando la silla que estaba colocada a mi lado.
Asentí porque me pareció la única respuesta razonable—.
He venido a presentarme porque si espero por mi hijo…
—negó con la cabeza—. Soy Daniel, tenía ganas de conocerte, Rian.
Su mano se extendió entre nosotros y dudé un segundo antes de agarrarla. Cuando sus dedos envolvieron los míos me di cuenta de lo frías que estaban mis manos.
—Encantado —respondí más por cortesía que por otra cosa, aunque desde el día anterior lo entendía un poco más. Me daba la sensación de que los dos habíamos tenido siempre el mismo objetivo.
—¿Aiden sigue enfadado por nuestra conversación? Lo he visto ahí fuera con ganas de batirse en duelo con alguien —bromeó y no pude evitar poner una mueca.
—No creo que en esta ocasión sea culpa tuya —confesé y la cara de sorpresa de Daniel se tornó en una pequeña carcajada.
—Me alegra no ser siempre el motivo. ¿Quieres hablar del tema?
Dudé un instante. No estaba seguro de que fuera buena idea sincerarme con él.
Terminé suspirando. Si alguien podría ponerse en mi lugar sería precisamente él.
—He conseguido varias veces una plaza en el ejército para unirme a las brigadas de exploración.
La última fue hace unos meses y, una vez que me reencontré con Aiden, descarté la idea de alistarme.
No quería separarme de él otra vez. Estoy un poco harto de cometer los mismos errores, pero cuando me contó lo que tú habías hecho…
Daniel cerró los ojos y se le quedó grabada una pequeña sonrisa en los labios; no supe porqué, aunque no era alegre.
—¿Y él no lo sabía? —No había sonado como pregunta.
—No. Se enteró porque encontró la carta.
—Y ahora se siente traicionado.
Me llevé la mano al pelo y lo revolví mientras recordaba una y otra vez nuestra conversación. La herida que había vuelto a abrir en él.
Dejé escapar el aire.
—Más o menos. Es que… —Dudé porque poner en voz alta aquellas palabras que tanto miedo me daba pronunciar era dar un paso para el cual no me sentía preparado—.
Quiero que sea feliz, aunque no sea a mi lado.
Ha sufrido demasiado a lo largo de su vida y yo tengo en mi mano la opción de ayudarle.
Sus temblores aún no son limitantes ni tan frecuentes como para ser un impedimento, pero lo serán.
—Desvié la mirada hacia mis palmas como si ellas tuvieran la solución—. Y no sé qué hacer. No tengo ni idea.
Noté el contacto de la mano de Daniel sobre mi espalda.
—Sé lo que sientes porque yo he estado ahí.
Yo también quise ayudarle y lo acabé perdiendo.
Si me preguntas si lo haría hoy sabiendo todo lo que sé la respuesta sería no.
Los años que perdí en su vida son irrecuperables y nada te asegura que vayas a encontrar algo.
Él no quiere que te vayas y creo que deberías de escucharlo.
Es, y perdóname la expresión, una putada sentir que todas las personas que te importan, toman decisiones sobre tu vida sin tenerte en cuenta.
Aiden es un adulto, no es un niño triste y asustado.
Es un hombre que lucha por lo que quiere y, aunque él no lo crea, estoy orgulloso de la persona en la que se ha convertido.
—Daniel se puso en pie y me dio un par de palmadas en el hombro, suponía que para transmitirme ánimos—.
Sed felices, Rian, para que cuando os hagáis viejos tengáis cientos de recuerdos bonitos que contarle a vuestros nietos.
Asentí porque tenía un nudo en la garganta que me impedía pronunciar una sola palabra.
—Venid cuando terminéis el torneo. Habrá que celebrar vuestra victoria.
—No creo que sea tan fácil —protesté.
—No he dicho que lo fuera.
No dijo nada más y yo lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre el gentío.
Aquella conversación no había sido lo que me esperaba de nuestro primer encuentro, pero había sido suficiente para hacerme reaccionar. Daniel tenía razón. Aiden tenía que poder decidir lo que él quería y yo tenía que respetarlo.
Me puse en pie y caminé con paso decidido hacia la puerta.
La noche había caído y había cientos de luces flotando sobre los jardines.
Era precioso. Hice un barrido rápido de los alrededores y no tardé en encontrarlo.
Aiden estaba apoyado sobre una barandilla al fondo del camino.
Se había quitado la chaqueta, que descansaba tirada sin mucho cuidado en un banco.
Me acerqué con paso decidido. Mis ojos, fijos en él, analizaron su postura, la forma en la que la camisa se tensaba en ciertas partes de su cuerpo con cada respiración.
Cuando llegué a donde estaba no dudé. No pedí permiso. Pegué mi pecho a su espalda, me aferré a su cintura con ambas manos y apoyé la frente entre sus omóplatos. La calidez de su cuerpo hizo que me estremeciera.
—Llevas mucho tiempo aquí —dije rompiendo el silencio en el que estaba sumido. Como no dijo nada decidí seguir hablando—. Vino tu padre a hablar conmigo.
Noté como se tensaba y sentí su dolor a través del vínculo. Lo frágil que era todo.
—¿Compartiendo información? Seguro que su experiencia te es útil —soltó con rabia y mi corazón latió más rápido al darme cuenta de la inmensidad de lo que sentía.
—No. Me dijo que no lo hiciera. Que no te estaría ayudando sino repitiendo sus mismos errores.
Aiden contuvo la respiración. Aquella confesión le había pillado de imprevisto.
—¿Y has decidido hacerle caso a él?
—No. He decidido hacerte caso a ti.
Aiden se giró entre mis brazos y quedamos cara a cara. Sus ojos dorados me miraron con un cúmulo de emociones: duda, rabia, dolor… y anhelo.
No dijo nada y yo llevé mi pulgar a sus labios. Su calidez me agitó por dentro y quise besarlo más que cualquier otra cosa en el mundo. No lo hice porque aquella conversación era importante.
—¿Quieres que pida una vez más esa plaza en el ejército e intente encontrar una cura a tu magia? —pregunté y supe que, dijera lo que dijera, no le iba a dar más vueltas. No insistiría más.
—No. —No había dudado ni un instante y supe que era sincero. Nuestro vínculo no dejaba lugar a dudas.
—De acuerdo.
—¿Y ya está?
Asentí.
—No volveré a insistir.
La tensión de sus hombros y su mandíbula despareció de golpe y su cuerpo se amoldó mucho mejor al mío. Llevé mis manos a su cuello y apoyé mi frente en la de él.
—Gracias —susurró y su alentó me hizo cosquillas.
—No tienes que agradecer nada.
—Sí, porque me has elegido a mí y eso es todo lo que necesitaba.
Sus manos me rodearon y antes de darme cuenta estaba entre sus brazos y la barandilla. Atrapado en el único lugar del que no quería escapar.