Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 58
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Capítulo 58

La boda

La corbata pegada contra su garganta era lo más incómodo que había llevado en años, aunque ni siquiera estaba anudada.

No tenía nada de especial. Era la misma corbata de siempre, la que había llevado a su graduación y la que mejor le sentaba porque era del tono exacto de sus ojos.

Sus dedos llevaban ya unos minutos peleándose contra el nudo, cuando Rian se situó detrás de él, frente al espejo, y tomó el relevo en la situación.

—Déjame a mí —pidió al mismo tiempo que sus manos trazaban suaves movimientos hasta hacer el nudo perfecto.

—Gracias —susurró el otro chico con la vista fija en su reflejo.

—Sabes que no tenemos por qué ir, ¿verdad?

—Posiblemente era la décima vez que su compañero repetía aquellas palabras, aunque no le importaba negarse todas y cada una de las veces.

Le hacía sentir seguro que, si cambiaba de idea, no tendría que proponerlo él.

Era una tontería, pero le hacía más llevadero aquel mal trago.

La boda se celebraría en un templo en medio del campo, con menos de una veintena de invitados. Primero se haría el intercambio de votos para luego firmar los papeles que los convertirían en un matrimonio ante la ley.

Su padre estaba a unas horas de rehacer su vida después de haber perdido la suya intentando salvarle.

—Lo sé. Es lo correcto. No quiero seguir atado a un dolor que no nos hace bien.

—¿Por qué suena que lo haces para compensarle de algún modo?

Aiden sonrió al darse cuenta de que jamás podría ocultarle nada, no con el vínculo tan fuerte que tenían.

—Me siento culpable porque se adentró en la grieta, se perdió allí dentro y perdió a su familia. Todo por mí. Si no hubiera nacido con esta estúpida enfermedad…

Las manos de Rian sujetaron las suyas.

—Nada es tu culpa y no tienes que redimirte de ningún modo. Desearía que no tuvieras esa enfermedad, y ojalá tu padre no hubiera tomado decisiones sin pensar en las consecuencias. No te vale de nada martirizarte a ti mismo —insistió y no tuvo que mirarle a los ojos para sentir que algo no iba bien.

Era como una sensación en el estómago. Vértigo.

Los ojos de Rian rehuyeron de él cuando se dio la vuelta y la sensación se hizo más fuerte.

Aiden lo agarró por el antebrazo, impidiéndole que se alejara de él.

—¿Qué te pasa? —preguntó a sabiendas de que no iba a recibir una respuesta por su parte.

—Nada.

—Inténtalo de nuevo.

—Solo estoy nervioso —mintió y Aiden lo sintió en cada poro de su piel.

Era un chico listo y enseguida empezó a hilar los pensamientos. El momento exacto en el que Rian se había empezado a comportar de aquella forma, lo que él había dicho, la nueva información que tenían…

Como un espasmo, la imagen de la carta que encontró en el cajón de Rian le apareció ante los ojos.

—Dime que no estás pensando en eso —pidió y su voz tembló ante la posibilidad.

No podía perderlo otra vez. No por su culpa.

—No sé de qué hablas —respondió su compañero y fue suficiente para confirmar todas sus sospechas.

—No te puedo creer —dijo en un susurro y el nudo en el pecho que había empezado siendo poco más que una ligera molestia, se convirtió en algo enorme y arrollador.

—Aiden… —empezó Rian intentando sujetarle la cara.

El chico rehuyó a su contacto convencido de que iba a quemarle. Quizás lo haría.

—No.

—Espera, no quiero que haya malentendidos. No me quiero ir así.

—No quiero llegar tarde a la boda. Tú no tienes por qué venir —sentenció y los ojos azules de Rian se apagaron con un gesto de dolor.

Le había hecho daño con sus palabras, era consciente y, aun así, le daba igual. Estaba harto de que la gente tomara decisiones a sus espaldas. Su padre. Su novio. Todos eran iguales.

—¿Quieres que me quede? —preguntó. La vulnerabilidad era tan evidente en sus ojos azules que pensó que podía ahogarse en ella—. ¿Prefieres ir solo?

La respuesta obvia a cualquiera de esas preguntas era una negación rotunda.

—No —gruñó por lo bajo antes de caminar hasta la puerta de la habitación.

Notó como Rian salía detrás de él y aquella reacción no le produjo tanta satisfacción como debería. Volvía a sentirse solo y perdido, destinado a no tener nada duradero.

Su madre los miró con los ojos llenos de cariño al verlos entrar al salón.

—¡Qué guapos! Madre mía, Aiden, está claro que el color de esa corbata te resalta muchísimo los rasgos. ¡Estás increíble, cielo! —Ella era ajena a todo.

Hanna le dio un suave beso en la mejilla mientras lo observaba de arriba a abajo.

Luego centró su mirada en Rian y también le dedicó halagos.

No era para menos. Había elegido la misma estrategia para ambos, la corbata de su color de ojos y el azul cielo hacía que los de Rian se vieran más claros si cabía.

—Tienes las llaves del coche encima de la mesa —le advirtió su madre, señalando con la cabeza—. Pasadlo bien y si en cualquier momento consideras que es incómodo para ti, volved a casa. No tienes que demostrarle nada a nadie.

—Lo haré, nos vemos —se despidió y si Hanna notó que había pasado algo entre los chicos, no dijo nada.

Bajaron por las escaleras en silencio, Aiden abriendo la marcha y Rian siguiéndolo.

—Espera —escuchó como le llamaba, pero no tenía intención de detenerse.

Se metió en el coche detrás del volante y lo encendió. Se permitió coger un par de respiraciones hondas, intentando relajarse. Su estado de ánimo distaba bastante de ser adecuado para conducir.

La puerta del copiloto se abrió y Rian lo miró con detenimiento.

—¿Quieres que conduzca yo?

Valoró aquel ofrecimiento. Luego lo descartó como si el solo hecho de habérselo planteado le asqueara.

—No.

—Aiden…

—He dicho que no. No te preocupes.

—Te estás pasando.

—¿Yo? ¿Yo me estoy pasando? —Aiden se bajó del coche dando un portazo y caminó hasta donde estaba Rian para encararse con él—. ¿Yo? —repitió, y sus manos se cerraron en dos puños.

Notaba como el corazón le palpitaba en medio del pecho y ni siquiera sabía qué hacer para controlarse.

—No me has dejado explicarme.

—No hay nada que explicar, me ibas a abandonar otra vez.

—¡No! Eso no es así. Estás precipitándote. —Intentó calmarlo, aunque no valió de nada. La sangre seguía hirviendo en su interior.

—Pues explícame en qué me he equivocado, por favor. Ilumíname y haz que me coma mis palabras. Dime que no tenías pensado abandonarme de nuevo. Hazme sentir un estúpido por ponerme así. —Su enfado había ido muriendo en cada palabra hasta terminar volviendo sus ojos acuosos—. Por favor.

Rian apartó la mirada un segundo y aquello hizo que una de las lágrimas descendiera por el rostro de Aiden sin poder evitarlo.

—No he tomado ninguna decisión —empezó Rian y su voz sonó débil y cansada—.

Es cierto que se me pasó por la cabeza, pero la carta tenía una fecha de caducidad y ya pasó.

No iba a poder meterme ahora ni aunque quisiera.

Lo que sí que se me pasó por la cabeza es volverlo a intentar de nuevo, el año que viene, y conseguirte esa piedra de la que habló tu padre.

—Ni siquiera sabes si existe.

—Los rumores siempre nacen en base a alguna verdad. Y sabemos que la magia es mucho más fuerte del otro lado. Quiero creer que el ejército no malgasta cientos de millones por una corazonada y que, a lo largo de estos años, han encontrado evidencias suficientes.

Aiden lo miró con el corazón en un puño. Entendía lo que le estaba diciendo y sus motivos, aunque eso no significara que le doliera menos.

—Estarías cometiendo sus mismos errores —indicó haciendo referencia a su padre—. Él tomó unas decisiones que consideró adecuadas y creo que puedo llegar a perdonarlo porque yo era pequeño. Tú lo estarías haciendo peor porque soy un adulto y, si tanto me importara, podría ir yo mismo.

—¿No te importa quedarte sin magia? —preguntó escéptico.

—Me importa más quedarme solo —afirmó en un sollozo.

Ahí estaba. El gran dilema. Tener la oportunidad de ayudar a alguien y romperlo por el camino. Los ojos de Rian brillaron ante la batalla que se estaba librando en su interior.

—No haría nada que no quisieras. Jamás te haría daño a propósito —susurró.

—Lo sé.

—Lo siento.

Aiden cogió aire a trompicones. Se sentía sobrepasado por la situación. No podía más.

—Vámonos. No quiero llegar tarde —dijo al cabo de unos instantes.

No era que no quisiera seguir con aquella conversación, no podía.

El camino en coche fue largo y silencioso. Aiden se pasó la mayor parte del tiempo con la mirada fija en la carretera, evitando mirar a los espejos laterales por no encontrarse sin querer con los ojos de Rian.

Cuando llegaron al sitio de la celebración, aparcaron sin problemas y se apearon del coche. El frío les golpeó el rostro y el cielo nublado parecía ir a juego con el ánimo de Aiden.

La mano de Rian sujetó la suya y le impidió avanzar.

—No quiero entrar ahí y pasarnos horas sin mirarlos —pidió su novio con la voz tomada—.

Sabes que no tengo una familia que me apoye en mis decisiones, ni un grupo de amigos enorme.

Las personas que tengo a mi lado son las que me importan.

No mentí cuando dije que te quería y por eso quiero que seas feliz y cumplas todos tus sueños.

—Eso no te da permiso para controlar mi vida.

—No lo hago. Controlo la mía. Pero créeme cuando te digo que no lo había meditado en serio. Solo se me pasó por la cabeza. No voy a dejarte, Aiden.

Estaba siendo sincero, lo notaba y, aun así, el miedo ya se había instalado en su pecho.

—Vamos —pidió y su voz sonó cansada.

—Espera. ¿Estamos bien?

Aiden suspiró para calmar los nervios.

—Estamos bien —aceptó.

Los dos entraron en aquel santuario y esperaron sentados en uno de los bancos hasta que llegó el momento. Su padre y su nueva mujer entraron cogidos de la mano, ambos vestidos con trajes blancos.

Durante la ceremonia, Aiden no fue capaz de distinguir bien sus emociones.

No sabía si estaba enfadado, triste o ilusionado por el nuevo comienzo.

Quizás la pelea con Rian le había hecho darse cuenta de que no quería seguir cargando sobre la espalda los errores de su padre.

Habían pasado doce años y tenía que superarlo.

Aplaudió contento y le regaló una sonrisa a su progenitor cuando sus miradas se encontraron desde la distancia.

Le deseaba toda la felicidad del mundo, nadie debía cargar una tristeza tantos años encima.

Había cometido un error, pero se merecía olvidarlo y pasar página.

Con aquellos pensamientos decidió dejar que se cerraran aquellas heridas.

Le quedaría una cicatriz, aunque ya no sangraría.