Capítulo 57 - Rian
El camino equivocado
El día anterior nos habíamos ido a cama nada más llegar a casa. Durante el camino de vuelta, Aiden se mantuvo en silencio, cabizbajo, perdido en sus propios pensamientos.
Cuando Hanna me pidió que lo fuera a buscar, ya me podía hacer una idea de lo que me iba a encontrar.
Apenas tardé diez minutos en salir de casa, coger el coche y aparcar sobre la acera, justo enfrente del hotel.
A pesar de ello, aquel tiempo fue suficiente para que odiara profundamente a todo el mundo.
A su padre por las cosas que le había dicho.
A su madre por dejarlo ir solo.
Y a mí por haberme quedado dormido.
Aiden había rechazado hablar de cualquier cosa y, tan pronto como deshice la cama para meternos dentro, se acurrucó contra mi pecho y se quedó dormido.
Esa mañana, cuando me desperté, no sentía el brazo izquierdo, tenía una molestia punzante en el hombro y la cadera dolorida de haber pasado tantas horas en la misma postura.
Intenté mantenerme inmóvil para no molestarle, pero veinte minutos después, con una presión en la vejiga difícil de ignorar, no tuve más remedio que deshacerme de su agarre con cuidado y salir de la cama intentando ser lo más sigiloso posible.
Tras pasar por el baño fui directo al salón. El sol ya entraba a raudales por las ventanas y el ruido del tráfico era otro indicativo de que ya debía ser una hora próxima al mediodía.
Hanna estaba en la cocina, sirviéndose la que debería ser su tercera taza de café de la mañana, por el número de vasos que se apilaban en el fregadero. En cuanto me vio, puso una mueca extraña que no supe descifrar, antes de esbozar una pequeña sonrisa.
—Buenos días —dijo en un susurro—. ¿Café?
Asentí como respuesta y ocupé la silla que estaba enfrente a ella. Hanna sirvió otra taza, dejándome al alcance un cuenco con leche caliente, azúcar y un buen pedazo de bizcocho.
Por desgracia, los recuerdos de la noche anterior todavía eran muy recientes como para fingir algo de cortesía y aceptar un trozo; además, yo odiaba el dulce.
Me serví un poco de leche y lo removí con cuidado. Estaba más caliente de lo que me gustaba, pero perfecto para la época de frío en la que estábamos.
—¿Cómo está? —me preguntó Hanna unos minutos después, al ver que yo no estaba por la labor de iniciar una conversación.
—Cuando salí del cuarto seguía dormido. —Hice una pausa—. Bien no está.
—¿Sabes qué le ha dicho su padre?
Negué con la cabeza.
—No quiso hablar del tema. —No le dije que, aunque me lo hubiera contado, no se lo habría dicho.
Hanna resopló y apoyó la frente en las manos. No me dirigió la mirada cuando habló, parecía no tener fuerzas.
—La relación de Aiden con Daniel siempre fue complicada. No sé hasta dónde te ha contado. Si soy sincera, esperaba que la charla de anoche lo ayudara en cierta forma a pasar página. Ya fuera para arreglar las cosas o para terminar de romperlas.
Me quedé callado, aunque me daban ganas de decirle que aquella no era una conversación que me apeteciera tener a las espaldas de su hijo. Que cualquier cosa que él me quisiera contar estaría más que dispuesto a escucharla, pero no quería saber nada de aquella manera. No de su boca.
Por suerte la puerta de la habitación se abrió en ese momento y Aiden entró en el salón frotándose la cara y conteniendo un bostezo.
No dijo nada, caminó hasta la cafetera, se sirvió una taza y ocupó la silla que estaba colocada a mi lado.
Luego empezó a echarle azúcar como si quisiera acabar con todo el paquete a pesar de que estaba recién abierto.
Lo miré con curiosidad. No notaba nada extraño a través del vínculo y su gesto no me daba apenas información.
Hanna, por el contrario, se movía de forma nerviosa por la cocina. Ya había limpiado dos veces la encimera y acababa de rociar el desinfectante por tercera vez.
—Mamá —dijo Aiden rompiendo el silencio en el que estábamos sumidos—, si quieres preguntarme algo, puedes hacerlo. Si no, puedes seguir frotando hasta desgastar la piedra, vas por buen camino.
El tono jocoso de su voz me hizo sonreír. Para mi sorpresa, lo veía bien.
—No quería presionarte —respondió su madre girándose y enfrentándolo con la mirada—. Después de como llegaste a casa anoche… Estoy preocupada. ¿Cómo estás?
—Bueno, si te digo que estoy bien te estaría mintiendo —confesó. Luego nos contó la conversación que había mantenido la noche anterior con Daniel.
Hanna se puso blanca como el papel mientras escuchaba el relato. No estaba seguro de que ella fuera conocedora de esa parte de la vida de su exmarido; casi podría jurar, sin temor a equivocarme, que no.
Pocos segundos después, agitó la cabeza de forma sutil, recuperando la compostura.
—Llevo tantos años con ese sentimiento en el pecho que no puedo hacer que desaparezca de un día para otro.
Papá no lo hizo bien —admitió—. Tampoco es tan horrible como llevo pensando desde que era niño.
No lo puedo perdonar ya, aunque sí voy a intentar poner de mi parte para que nuestra relación mejore.
Nunca será algo idílico; será mejor y eso nos vendrá bien a ambos.
Hanna dijo algo, pero yo ni siquiera le había prestado atención. Solo tenía ojos para él. Durante estos años había cambiado mucho y cada día me sorprendía de alguna forma nueva. Aiden era increíble y yo estaba total y absolutamente enamorado de él.
—Tesoro —dijo Hanna, antes de acortar la distancia que los separaba y abrazarlo con cariño—. Estoy muy orgullosa del hombre en el que te has convertido.
Yo también lo estaba, aunque no se lo dije.
Me puse en pie y fui hasta la habitación, intentando darles un poco de intimidad. Necesitaba pensar. La historia de Daniel me había hecho replantearme las cosas. Si lo que decía era cierto, aquellas piedras existían de verdad y había una división del ejército que llevaba buscándolas muchos años.
El corazón me empezó a latir de forma desenfrenada.
Entendía los motivos que habían llevado a Daniel cruzar al otro lado, los estaba sintiendo en mi propia piel a diario.
El hombre había ido solo, sin un plan, sin un equipo.
Y yo tenía en la mesita de noche la carta de admisión que me proporcionaría absolutamente todo lo que él no tuvo.
En ese momento, perdido en mis pensamientos y la mirada fija en el horizonte, fui consciente de dos cosas.
Tenía la oportunidad de salvar la magia de Aiden, pero si lo hacía lo perdería a él de nuevo y aquella vez estaba seguro de que sería para siempre.