Capítulo 56 #2
—Sí, crucé esperando encontrar una solución para ti.
Por aquel entonces, soñaba con volver con la piedra en la mano y convertirme en tu héroe.
Estaba convencido de que, cuando viera todo lo que había hecho por ti, tu madre me perdonaría y volveríamos a estar juntos.
Quería recuperar a mi familia. Estaba desesperado por ello.
Por irónico que parezca, localizar la grieta y cruzar fue lo más sencillo.
Una vez que me vi en el otro lado, completamente solo, sin un equipo decente y sin idea de lo que estaba buscando en realidad, se me vino el mundo encima.
No sé si sabes cómo funcionan las grietas…
—Al ver que Aiden negaba con la cabeza, procedió a explicárselo—.
En cuanto aparece una, el portal permanece abierto durante una hora y luego se cierra.
Veinticuatro horas después, se vuelve a abrir en el mismo lugar, durante el mismo periodo de tiempo.
Una semana después pasa lo mismo y luego esa grieta no vuelve a abrirse nunca más.
Sabía que en un día no lograría nada, así que me propuse buscar durante una semana y luego volver a aquel punto.
Puede verse como una estupidez por mi parte, pero me creí victorioso; tenía veintiocho años y contaba con un físico acorde a las necesidades, o eso era lo que pensaba.
No hace falta que te diga que no lo logré.
Me perdí entre tanta vegetación y no supe encontrar la vuelta a casa.
—Te quedaste atrapado.
Una lágrima solitaria descendió por la mejilla de Daniel, encerrado en unos recuerdos poco agradables. Aiden sintió el impulso de ponerle una mano sobre el hombro y consolarlo de alguna manera.
No lo hizo y se sintió un cobarde.
—Atrapado y solo, en un lugar desconocido, sin nada más que una mochila y un par de utensilios inservibles.
Me pasé días y días caminando sin destino, intentando encontrar una forma de volver a casa.
Las primeras semanas todavía conservaba la esperanza.
Luego, al ver como los días pasaban uno detrás de otro sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, me vine abajo.
Perdí la esperanza y las fuerzas. Era poco más que un alma en pena vagando por un mundo desconocido.
Hubo varias ocasiones en las que visualicé un par de grietas abrirse en el cielo, pero nunca fui lo suficientemente rápido para alcanzarlas a tiempo.
Un día, meses después, me encontré con un grupo de exploración y conseguí volver a casa.
Puede parecer algo sencillo, decir tus datos y que te dejen libre.
El problema era que yo había conseguido volver, había vivido allí durante meses.
Tenían demasiadas preguntas y muy poca prisa.
Cuando volví a casa todo había cambiado.
No era el mismo año, ni siquiera la misma década.
En ese momento, fui consciente de que el tiempo es relativo, que un segundo aquí no equivale a un segundo allí.
Lo que yo pensaba que había sido un año malo habían sido cinco años malos.
¿Entiendes lo que es eso? Me había perdido cuatro años de vuestra vida de la noche a la mañana. En un parpadeo.
»Cuando finalmente me dejaron marchar, tú tenías once años, tu madre me había olvidado por completo y yo estaba más perdido que nunca.
No tengo justificación alguna que me ayude a explicarte por qué no os conté la verdad ese día, cuando os vi en el supermercado.
No me vi a la altura de las circunstancias.
Di media vuelta y me fui. Puede que para ti no parezca tan complicado, pero era un extraño en mi propia vida.
Tuve que encontrar trabajo, un lugar para vivir…
Empezar de cero. Quizás ahora parece algo sencillo; no lo fue.
Cuando quise darme cuenta, tenías casi doce años y yo no sabía nada de tu vida.
Volver a acercarme a vosotros, cuando ya me habíais olvidado por completo, fue otro golpe duro.
No sabía dónde encajaba y yo todavía recordaba cada instante de nuestra vida juntos.
Para mí fue más fácil decir que la situación me había sobrepasado que confesarle a tu madre lo que había ocurrido.
Seguía enamorado de ella y la verdad solo la haría sufrir.
Daniel se giró en el asiento para mirar a su hijo a los ojos. Tenía las mejillas mojadas y se veía realmente afectado, tanto que Aiden no encontró ninguna palabra para romper el silencio.
—Lo siento, Aiden, lo siento muchísimo —siguió él.
Su voz sonaba rota—. Sé que esto no arregla nada y que llego años tarde, como siempre.
Te prometo que jamás quise hacerte daño ni que pensaras que no me importabas.
Sencillamente tomé unas decisiones y tuve que aprender a vivir con las consecuencias de mis actos.
Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo, pero nada va a cambiar el pasado.
Solo quiero que, si decides seguir odiándome, al menos lo hagas sabiendo la verdad.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué justo el día antes de tu boda? —preguntó con un hilo de voz.
—Porque quiero que apruebes esta etapa de mi vida.
Lo necesito desesperadamente. Llevo años impidiéndome a mí mismo pasar página, culpabilizándome.
Susan apareció en mi vida para darle a sentido de nuevo.
—Se detuvo a coger aire—. Algo dentro de mí no puede permitirse volver a ser feliz si no tengo tu perdón.
Sé que es egoísta por mi parte pedirte algo así y aquí estoy, contándotelo como último recurso.
—Su padre le tendió un dispositivo de almacenamiento por encima de la mesa—.
Toda la información de mi viaje al otro lado de la grieta, por si quieres conocer la verdad.
Me debían un par de favores y es todo lo que pude conseguir en tan poco tiempo para que me creas.
Aiden se sujetaba a la mesa; de aquel agarre dependía toda su estabilidad, tanto física como mental. Era excesivo, muchas preguntas resueltas y otras tantas que aparecieron de golpe. De repente se puso en pie. Dentro de aquella habitación no había suficiente aire para llenar sus pulmones.
Se estaba ahogando.
—Tengo que irme —susurró, con el corazón desbocado—. Necesito salir de aquí.
Daniel lo miró preocupado, incorporándose también, haciendo el amago de agarrarlo, pero sin llegar a tocarlo.
—¿Estás bien? —No lo estaba.
—Necesito salir de aquí —repitió y, en aquella ocasión, su voz reflejó el profundo pánico que estaba sintiendo por dentro.
Daniel reaccionó de forma instantánea. Tras dejar un billete sobre la barra, lo agarró por el codo y tiró de él hasta que cruzaron la puerta trasera que daba al patio.
Aiden se dejó arrastrar. Había cedido el control de su propio cuerpo.
Ya era noche cerrada y la humedad y el frío le ayudaron a conducir sus pensamientos en otra dirección. El joven sintió cómo su padre se llevaba el teléfono a la oreja y hablaba con alguien. Supuso que estaría llamando a su madre para que viniera a buscarlo.
No supo decir con exactitud cuánto tiempo había pasado. Cuando sintió el contacto cálido de unas manos sobre las suyas, levantó la mirada para encontrarse con los ojos azules de Rian, que lo miraban con preocupación.
—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja, y aquello pareció suficiente para terminar de derribar todas las barreras que Aiden había ido construyendo a su alrededor.
No tardó ni dos segundos en rodearlo con los brazos y esconder la cara en el hueco de su cuello. Luego dejó escapar el dolor que sentía y lloró hasta quedarse sin fuerzas.
Porque llevaba toda su vida odiando a una persona que lo había perdido todo por él.