Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 56
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Capítulo 56

El padre de Aiden

El paseo hasta el hotel se hizo más largo de lo que había pensado en un primer momento y no solo porque fuera andando con toda la parsimonia del mundo, sino porque estaba algo más lejos de lo que había previsto.

En cuanto entró por la recepción, sacó el móvil del bolsillo para verificar que llegaba media hora tarde y no pudo evitar sonreír. Quizás era algo infantil, pero le producía cierta satisfacción haberle robado aquellos minutos a su padre.

Aiden caminó con paso decidido hacia el bar, donde se habían citado.

A pesar de que era una hora en la que solía estar bastante concurrido, se sorprendió al ver la estancia casi vacía.

Solo había un par de mesas ocupadas y un hombre sentado en uno de los taburetes de la barra.

Aiden suspiró antes de recorrer la distancia que lo separaba de él.

Daniel tenía los hombros hundidos y una lata de refresco entre las manos con la que estaba jugueteando.

Se mostraba triste y resignado; había aceptado que su hijo no iba a aparecer.

Aiden no dijo nada y ocupó el asiento que había libre a su lado.

Cuando sus miradas se encontraron, el hombre se sorprendió de forma visible.

—Aiden… —Su nombre salió como un susurro entre sus labios—. Pensé que al final no ibas a venir. Llevo esperándote un buen rato.

—Lo cierto es que me planteé muy seriamente el no aparecer, pero bueno, aquí estoy. Eso es lo importante.

Daniel se llevó los dedos al puente de la nariz y ejerció presión. Estaba haciendo un verdadero esfuerzo por mantener el control y Aiden no pudo evitar poner una mueca.

—No me lo vas a poner fácil. —No era una pregunta y el chico ni se molestó en darle una respuesta. Por suerte, su padre ya no contaba con ella—. No sé qué tengo que hacer para que dejes de comportarte así conmigo.

Aquello hizo que Aiden soltara una pequeña carcajada llena de ironía. Lo curioso era que le había empezado a preocupar lo que él pensaba en el momento en el que quiso formar su nueva familia. Hasta entonces aquel tema no le había quitado el sueño.

—Igual eso deberías habértelo preguntado hace diez años y no estaríamos teniendo esta conversación. Es más, si hubiéramos tenido una sola conversación hace diez años, esta no sería necesaria.

—Joder, Aiden, no puedes seguir echándome eso en cara.

—Puedo y lo haré —dijo decidido—. Desapareciste seis años, ¡seis!

Durante todo ese tiempo tuve que aguantar cómo los niños de mi clase celebraban los días importantes rodeados de su familia.

¿Y qué tenía yo? No hace falta que respondas, ya lo hago yo, no tenía nada.

Absolutamente nada. Ni una respuesta, solo silencios cuando pronunciaba tu nombre.

—No estás siendo justo…

—Es curioso que yo sea el injusto, pero también quien siga sin tener una puta respuesta. ¿Por qué no te importó abandonarme? ¿Por qué desapareciste durante tantos años? Y ¿por qué apareciste de forma milagrosa cuando recuperé la magia?

Daniel parpadeó un par de veces, había encajado el golpe e intentaba recomponerse.

—No puedes estar más equivocado con lo que estás insinuando.

Aiden levantó las cejas, mientras una sonrisa irónica seguía adornando sus labios. No tenía claro que aquello hubiera sido una buena idea, aunque, llegados a aquel punto, estaba decidido a forzar hasta el final.

—Ilumíname, entonces —pidió con tono mordaz.

Daniel se frotó la cara con fuerza, dejando la piel algo enrojecida por la fricción. Luego dejó escapar el aire, agotado.

—Eras muy pequeño para recordar una ínfima parte de la presión mediática que sufrimos tu madre y yo cuando tu don no se manifestó.

—Su voz sonó lejana, como si estuviera muy lejos de allí y no en el taburete de al lado—.

Era asfixiante, y lo peor no era eso. Lo que me destrozaba la vida era ver la ilusión cada día en tus ojos al decir que anhelabas ser un gran mago y saber que no lo ibas a conseguir.

Que daba igual lo mucho que lo quisieras, que te esforzaras o lo mucho que te apoyáramos.

Todo sería en vano. No te haces una idea de cómo nos rompía el corazón saber que jamás lograrías ninguno de tus sueños.

Durante unos instantes a Aiden se le removió algo por dentro. Su padre parecía haber envejecido diez años de golpe, visiblemente afectado por cada palabra que estaba diciendo.

Aquello le molestó. Era fácil para él empatizar con las emociones de los demás. Durante una fracción de segundo, estuvo a punto de consolar a su padre cuando él no había sido la víctima de aquella historia.

—Entonces, ¿te fuiste para no tener que verme sufrir? —preguntó fingiendo una indiferencia que no sentía.

—No, claro que no, Aiden, por favor. Sé que tienes una imagen terrible de mí como persona, pero jamás hice nada que te pudiera perjudicar a propósito.

—¿Y lo de desaparecer, entonces…?

Daniel lo miró a los ojos durante unos instantes, evaluando las diferentes versiones que le podía dar, hasta que al final negó con la cabeza.

—Recuerdo a la perfección tu deseo al soplar las velas de los cuatro a los seis años.

—Seguro que lo que pedí de los seis a los doce te lo puedes imaginar —lo interrumpió.

—Aiden, escucha lo que tengo que decir. Si luego quieres seguir odiándome, no insistiré en lo contrario.

—Al ver que su hijo no decía nada, decidió retomar la historia—.

Todos los días me metía en cama con un nudo en el pecho, incapaz de encontrar una solución.

Por aquel entonces la empresa de tu madre empezó a colaborar con el ejército para facilitar la detección de las grietas y, aunque toda la información que trataban era confidencial y que yo apenas tenía un puesto relevante, había cosas que llegaban a mis oídos igualmente.

Había muy pocos datos del lugar que se encontraba al otro lado, no se sabía la envergadura del territorio, los materiales que había, la flora y la fauna…

Todo era desconocido, pero si de algo se hablaba era de unos cristales que ayudaban a potenciar la magia.

A día de hoy se siguen buscando y eso es una realidad.

Aunque para la población civil haya pasado desapercibido, el ejército lleva más de dos décadas invirtiendo cantidades ingentes de dinero en encontrar esos cristales.

Quizás ahora lo ves como una quimera; durante muchos meses, la idea de localizar uno de esos cristales se volvió un pensamiento recurrente.

Rondaba mi cabeza a todas horas. Solo podía pensar en ello.

—¿Por qué harías algo así? —preguntó Aiden incapaz de seguir el hilo de pensamientos de su padre.

—Quería potenciar tu magia. Estaba desesperado por encontrar una solución y aquello se convirtió en mi apuesta segura.

Estuve meses y meses trazando un plan, uno que ni tan siquiera tu madre llegó a conocer nunca.

En realidad, esta es la primera vez que lo voy a decir en voz alta.

—Daniel le dio un trago largo a su bebida mientras buscaba las palabras que le ayudasen a explicar cada los pensamiento que se le agolpaba en la punta de la lengua—.

En cuanto tomé la decisión, empecé a dedicar recursos de la empresa para hacerme con el material que necesitaría una vez cruzara al otro lado.

No hace falta que te diga que dos meses después me pillaron y el revuelo de tu falta de don iba a quedar eclipsado por la noticia de que estaba robando recursos de la empresa.

—Se tapó los ojos con la palma de la mano, avergonzado—.

Todo lo que pude hacer mal, lo hice mal, no te lo voy a negar.

Cuando tu madre se sentó en la cocina a pedirme explicaciones, fui un cobarde y le mentí.

No podía contarle que estaba obsesionado con algo que no era real.

Ella no me creería y estaba muy implicada emocionalmente.

Por suerte, tu abuelo intervino y el escándalo no llegó a considerarse como tal, quedó como un simple despido disciplinario.

Después de eso, tu madre y yo estábamos tan distanciados que nos divorciamos y me sentí libre para poder ejecutar mi plan hasta el final.

Poco tiempo después de tu sexto cumpleaños, localicé una grieta a unos cientos de kilómetros al norte y crucé al otro lado.

Aiden abrió los ojos, sorprendido. No sabía mucho de las grietas, jamás se había interesado por ese tema o la empresa familiar, pero sabía lo suficiente como para conocer los duros procesos selectivos que todavía se seguían haciendo para evitar pérdidas humanas.

Una cosa era cruzar, lo difícil era volver y, por lo que su padre le estaba diciendo, él lo había hecho.

—¿Cruzaste al otro lado de la grieta? —preguntó para cerciorarse, aunque en la cara de Daniel se podía leer la verdad.