Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

La vuelta a casa

Volver a casa siempre era complicado, pero aquella vez no lo hacía solo.

Rian estaba sentado junto a él, con la cabeza medio reclinada y los ojos entrecerrados.

Le había dicho en un par de ocasiones que no se estaba quedando dormido, aunque a Aiden le pareciera todo lo contrario.

Habían puesto una película hacía algo más de una hora y ni siquiera era capaz de recordar con claridad la sinopsis.

Había llegado el momento de enfrentarse a su padre y a todas las viejas heridas que todavía arrastraba.

Se consideraba un adulto funcional, a pesar de que a veces tenía la impresión de que todavía llevaba dentro a aquel niño de seis años que no tenía a su padre al lado.

Nunca había sido lo suficientemente valiente para conocer la respuesta a todas aquellas preguntas.

Hasta aquel momento.

Su padre estaba a punto de rehacer su vida con su nueva mujer y él se había sentido en la obligación de viajar a casa para estar presente.

Aunque él nunca había estado para él.

Cuando el avión tocó tierra, varias horas después, el nudo que el mago había sentido en el medio del pecho, se había ido agrandando a pasos agigantados.

No fue consciente de que había estado moviendo la pierna de forma incontrolada hasta que la mano de Rian se posó sobre su rodilla.

Cuando sus miradas se encontraron, los ojos azules de su compañero eran una mezcla de ternura y preocupación que le hizo sonreír.

Siempre estaba pendiente de él, aunque quizás notar sus emociones a través del vínculo lo hacía un poco más sencillo.

—Todo está bien —dijo Aiden, intentando tranquilizarle, aunque ninguno se creyó aquellas palabras.

—Sabes que no tenemos por qué hacerlo, ¿verdad?

Podemos volvernos a Mayak en el próximo vuelo y nadie, excepto la recepcionista de la aerolínea, sabrá que estuvimos aquí.

—Aquellas palabras intentaban aliviar la tensión que Aiden tenía sobre sus hombros y, aunque no la hizo desaparecer, sí la redujo.

—No. No quiero seguir huyendo. —Negó con la cabeza—.

No puedo asegurarte que vayamos a asistir a la ceremonia.

Solo necesito hablar con él. Quiero que me mire a los ojos y me diga todas esas cosas que nunca me atreví a preguntarle.

Siempre se ha excusado con que era demasiado joven para la responsabilidad de criar un hijo sin magia, pero esa respuesta no es cierta. No puedo seguir en la ignorancia.

Rian asintió. Sabía lo importante que era para él.

—Vamos entonces.

Nada más salir de la terminal se encontraron con Hanna, justo al lado de la puerta, sonriéndoles de oreja a oreja. Aiden no pudo evitar sorprenderse. Encontrarse a su madre en el aeropuerto no era una de las cosas que esperaba cuando se había despertado aquella mañana.

—Mamá —dijo aceptando su abrazo y rodeándola con cariño—. No sabía que vendrías.

—No quería seguir incumpliendo mi palabra. Tampoco decirte que estaría aquí y luego no hacerlo.

El mago levantó las cejas por aquella afirmación. Ya no le dolía la implicación que tenía su madre con el trabajo, había aprendido a vivir con ello.

—Sabes que vengo a aclarar las cosas con papá, no contigo.

—Lo sé y me parece algo muy maduro por tu parte. Sabes que siempre te apoyaré en cualquier decisión que tomes. Eso me hizo pensar que nunca es tarde para empezar a hacer valer mi palabra —respondió la mujer, con un ligero encogimiento de hombros.

—Vale, vale, por mí perfecto —aceptó Aiden sonriéndole. Luego se giró buscando a su compañero con la mirada—. Y a Rian ya lo conoces.

Hanna se tensó, todavía entre los brazos de su hijo.

Aiden conocía de sobra a su madre, que no era tonta.

Desde el momento en el que le había contado que volvían a compartir equipo, sabía que era cuestión de tiempo que las cosas volvieran a ser como antes.

Todos lo habían sabido a pesar de que él se había encargado de negarlo por activa y por pasiva.

—Hola, Rian, me alegro de volver a verte —dijo finalmente, sonriéndole al joven.

Aiden miró con cariño a su madre. Para él era muy importante que aceptase a Rian. Quizás era más importante que cualquier otra cosa, porque ahora eran algo más.

—Lo mismo digo, Hanna. —Para sorpresa de madre e hijo, Rian acortó la distancia que los separaba y la rodeó con los brazos en un abrazo bastante torpe.

La mujer intercambió una mirada confundida con su hijo antes de depositar un par de palmaditas en la espalda del mago, que no tardó en separarse, avergonzado.

—Siento lo que ha pasado —dijo Rian, con la mirada fija en sus pies—. Sé que la cagué en el pasado y que no puedo borrar todo el daño que hice. Te prometo que no volveré a cometer los mismos errores de nuevo.

Si se pudieran expulsar corazones por los ojos, Aiden lo estaría haciendo en aquel momento.

Hanna, por el contrario, terminó sonriendo divertida. Estaba seguro de que aquella era la última reacción que esperaba ver.

—No tienes que disculparte conmigo, cielo —respondió su madre poniéndole una mano sobre el hombro—. Si estás aquí hoy es que esas disculpas ya han sido aceptadas. Solo espero que seáis muy felices juntos.

Un gesto extraño cruzó el rostro de Rian y Aiden supo que la iba a liar. Para su desgracia, no pudo interrumpirlo a tiempo.

—Sabe que su hijo y yo somos algo más que compañeros de equipo, ¿verdad?

Aiden se llevó las manos a la cara mientras su madre soltaba una carcajada.

—Joder, tío, qué necesidad había de decir algo así —protestó avergonzado.

—Lo siento —respondió Rian, mirando a Aiden, como si acabara de romper todos los platos de su vajilla favorita.

—Hijo, no te pongas así, que era obvio que nunca fuisteis solo amigos. Soy tu madre, no tonta.

—Pues nada —dijo encogiéndose de hombros, dando la batalla por perdida—. Yo diría que somos bastante novios.

—Me alegro —contestó Hanna divertida—. Avísame cuando seáis muy novios, ya sabes, por extender la invitación para navidad.

—Ya somos muy novios —intervino Rian, volviendo a hacer reír a Hanna y llevándose una mirada fulminante por parte de Aiden—. ¿Qué?

—Ni siquiera existe eso de muy novios , nos está vacilando.

—Ya bueno, no sé, prefería dejar las cosas claras.

—Creo que todo está claro.

—No estoy tan segura —añadió Hanna, divertida.

Quizás aquello era una estupidez, o quizás estaban algo nerviosos.

—Anda, vámonos de una vez —suplicó Aiden.

Los tres caminaron hacia el parking . La conversación se volvió mucho más casual y hablaron de la universidad, de los duelos y de la competición. Ninguno de los tres mencionó el tema de la boda, a pesar de que era algo que no podrían seguir evitando mucho tiempo más. No era agradable.

Nada más llegar a casa, fueron directos al cuarto de Aiden para dejar el poco equipaje que habían traído.

Era un solo fin de semana, por lo que ambos habían decidido viajar con lo justo.

Además, en cuanto al vestuario para la boda, le había pedido a su madre que alquilara dos trajes para no tener que viajar con ellos en el avión.

Ambos estaban colgados de la puerta del armario, envueltos en unas fundas de plástico.

Aiden cerró la puerta tras ellos. Su madre le había dicho que se quedaría toda la tarde en casa y que podían cenar juntos, por lo que quería tener algo de intimidad. Cuando se giró, vio a Rian tirado sobre la cama con las manos tapándole la cara, avergonzado.

—¿Qué te pasa? —preguntó conteniendo la sonrisa, aunque la diversión era evidente.

—He hecho el ridículo de tantas maneras hoy que posiblemente no pueda volver a mirar a tu madre a la cara nunca más —confesó y dejó escapar un suspiro entrecortado.

Aiden se rio y se colocó sobre Rian, con las manos a ambos lados de su cara y sentado sobre su cadera.

—Estoy seguro de que a mi madre le pareciste adorable.

—No me mientas.

—Sabes que no te estoy mintiendo. —Solo tenía que darse cuenta de los sentimientos que circulaban a través del vínculo entre ellos para saber que aquellas palabras eran ciertas.

—Es que no lo hemos hablado. Yo lo dejé caer, pero…

—Teníamos cosas que aclarar y yo estaba resentido.

—¿Ya no lo estás?

—Estoy trabajando en ello. De lo que estoy seguro es que quiero cuidar esto que hay entre nosotros y si quieres decir que somos novios, pues lo somos.

—No tenía intención de gritarlo a los cuatro vientos.

—Eso no puede importarme menos. Estoy bien, ¿vale? Mi única preocupación de hoy es cómo evitar ir a la boda de mi padre mañana.

—Lo que te dije en el aeropuerto todavía lo mantengo.

—-Rian elevó las manos hasta posarse sobre la cadera de Aiden, trazando suaves caricias en el fragmento de piel que quedaba visible por culpa de la camiseta—.

Si necesitas marcharte solo tienes que decirlo y en media hora estaremos en el aire camino a casa.

—¿Ahora Mayak es nuestra casa?

—Creo que podría serlo, al menos durante un tiempo.

—Suena bien —respondió sonriendo, acortando la distancia entre ellos de nuevo.

◆◆◆

Un rato después, recién duchado, Aiden fue a junto de su madre, que estaba sentada en el sofá mientras tecleaba en su ordenador bastante concentrada.

El chico se quedó un rato apoyado en la isla de la cocina, mirando ensimismado el gesto de la mujer.

Puede que no fuera la mejor madre, pero siempre intentó darle todo lo que estaba en su mano.

Se sentía muy agradecido. Si no fuera por su apoyo incondicional cuando empezó a interesarse por los duelos, no sabía qué habría sido de él.

—Mamá —dijo al ver que pasaban los minutos y la mujer no reparaba en su presencia—. Voy a marcharme ya.

Hanna miró al reloj que colgaba sobre la pared para verificar que solo faltaban quince minutos para las ocho de la tarde, hora en la que había acordado verse con su padre en el hotel donde se estaba alojando aquella noche.

—Vale, tesoro. ¿Te llevas el coche?

—No, voy a ir andando.

—No vas a llegar a tiempo. Hasta la dirección que me enviaste son casi veinticinco minutos a paso apurado.

Aiden se encogió de hombros.

—Puede esperar diez minutos por mí.

La cara de Hanna dejó ver a la perfección el dolor que le causaba aquel tema.

—¿Quieres que te acompañe? ¿O va Rian contigo?

—La verdad es que prefiero ir solo. Él se quedará en mi cuarto descansando mientras. Quizás os avise luego, a alguno de los dos, para que me vengáis a buscar. Depende de cómo vaya el tema.

—Seguro que todo va bien. No te puede hacer más daño del que ya te causó durante este tiempo, Aiden.

El joven puso un gesto de incredulidad, como si todavía dudara de que aquellas palabras fuesen ciertas.

—Te sorprendería lo que es capaz de hacer.

—No te preocupes, confía en mí.

Aiden sonrió sin muchas ganas y cogió aire profundamente antes de dirigirse hacia la puerta.

Rian se había quedado dormido sobre la colcha y estaba seguro de que se preocuparía cuando se despertara y no lo viera, pero aquello era algo que quería hacer solo.

Cogió las llaves del tarro de la entrada y se despidió de su madre, que lo estaba mirando con gesto preocupado.

—Te quiero —dijo Hanna con los labios, sin llegar a pronunciar ningún sonido.

—Yo también te quiero —respondió Aiden de la misma manera antes de abrir la puerta y salir de casa.