Capítulo 53
El duelo
Si pensó que la organización se lo iba a poner sencillo, estaba equivocado.
En un primer momento esperó encontrarse con Rian en un espacio de dimensiones reducidas, pero nada más lejos de la realidad.
Se encontraba en un espacio abierto, llano y sin nada a lo lejos.
Era muy extraño, porque el cielo se encontraba con la tierra en el horizonte, sin montañas, desniveles o cualquier otro elemento.
Cuando se giró, entendió el porqué de aquella distribución: no querían que fuera hacia ningún otro lado.
A su espalda, a unos dos kilómetros, había una construcción enorme de hormigón.
O al menos era la sensación que le daba.
No se lo pensó mucho más y echó a correr hacia él.
Tardó poco más de quince minutos en llegar, ya que las piernas le dolían por el cansancio acumulado y en cuanto se asomó a la única apertura que vio en todo el lateral, se encontró en la entrada de un laberinto.
—Joder, esto va a ser como el gato y el ratón —susurró fijándose en las paredes que eran lo suficientemente altas como para tapar la luz del sol.
Al menos la temperatura era agradable.
Se adentró en el laberinto sin pensárselo mucho.
No tenían tiempo de sobra y, si quería poder enfrentarse con Rian sin notar la presión del cronómetro sobre los hombros, necesitaba encontrarlo lo más rápido posible.
El camino era estrecho, de apenas medio metro, y en ese momento agradeció su complexión.
Si fuera más grande en cualquier sentido, sus hombros rozarían contra la pared y tendría que avanzar de lado.
El tiempo avanzaba y Aiden decidía hacia dónde ir guiándose por la intuición.
Miraba hacia un lado, luego hacia el otro y se decantaba sin pensarlo dos veces.
Derecha. Derecha. Izquierda. Derecha. Llevaba un paso de trote ligero, sin llegar a correr de verdad.
Justo cuando llevaban casi media hora de prueba, lo sintió.
Rian.
No estaba lejos, al contrario, no los deberían de separar más de una decena de metros.
Supo la dirección en la que tenía que ir y notó cómo su compañero iba en el mismo sentido.
Cuando llegó al final del pasillo se encontró con un espacio abierto.
No era grande, aunque sí lo suficiente espacioso como para poder competir con facilidad.
Antes de poder dar un solo paso, Rian apareció a pocos pasos de él.
Le sostuvo la mirada unos segundos, y el primer ataque brotó de sus manos.
Aiden lo esquivó sin problemas, pero el pie de su compañero le golpeó con fuerza en las piernas y lo barrió contra el suelo.
Tan pronto como pudo, rodó sobre sí mismo activando un escudo lo bastante potente como para que lo protegiera de cualquier ataque por la espalda y, gracias a ello, pudo evitar el siguiente hechizo que le lanzó Rian.
No tenía intención de dejarle ganar.
Los magos comenzaron a lanzarse ráfagas de energía sin tregua, tratando de sorprender al otro con la guardia baja.
Aiden sonrió, sabía lo que tenía que hacer para ganar.
Empezó a dejar fluir su magia por el suelo en forma de hilos que se extendían por debajo de la tierra.
Si estuvieran en otra situación, Rian se habría dado cuenta.
Por suerte, estaba concentrando tanta energía en los ataques que le lanzaba que sabía que aquellos hilos pasarían desapercibidos.
Justo cuando llegó hasta donde estaba él, no pudo evitar esbozar una sonrisa de suficiencia.
Estaba tan inmerso en su estrategia que, aquel pequeño despiste, hizo que el ataque de Rian le golpeara en un hombro, arrancándole un gesto de dolor.
En cualquier otro momento, después de aquel impacto, el combate estaría sentenciado, pero los hilos que había distribuido por el terreno estaban listos y le iban a dar la victoria.
Movió las manos, concentrando la energía entre ellas, captando la atención de Rian, que se puso de inmediato en una posición de defensa.
En ese momento, elevó los hilos, haciendo que se enroscaran en sus tobillos.
Cuando Rian se quiso dar cuenta de lo que estaba pasando, Aiden le lanzó un ataque con toda la energía que había acumulado entre sus manos.
Su compañero lo bloqueó sin mucho problema, aunque, debido al impacto del mismo y que tenía los pies atados al suelo, cayó hacia atrás, golpeándose la espalda contra el suelo.
Una vez que lo tuvo en esa posición, no pudo hacer nada para evitar que los hilos de poder de Aiden lo rodeasen inmovilizándolo de pies a cabeza.
Cuando el sonido que anunciaba el final del duelo sonó, Aiden se encontraba algo desorientado. Había gastado energía de más en aquel último ataque, y mantener a Rian alejado de su propia magia había resultado agotador.
La Arena desapareció y, en un parpadeo, volvían a encontrarse en medio del estadio.
Los aplausos del público resonaban con fuerza y, por primera vez en su vida, los escuchó coreando su nombre.
—Creo que gané —dijo el chico mirando a su compañero desde arriba.
Rian dejó escapar un pequeño jadeo, a medio camino entre suspiro y carcajada.
—Joder. Sí, sí ganaste —dejó caer la cabeza contra el suelo.
Aiden se acercó a donde estaba Rian y le tendió una mano para ayudarle a levantarse.
—Buen combate —le dijo aceptando su mano—. Algún día tendremos que repetirlo.
—Lo mismo digo —respondió Aiden tirando con fuerza, antes de rodearlo en un abrazo—. Has estado increíble, como siempre.
Rian se separó lo suficiente para sostenerle la mirada; una sonrisa asomó en sus labios mientras negaba con la cabeza.
—No lo dudes, pienso cobrarme mi revancha.
Caleb llegó hasta ellos con gesto sorprendido y les pasó a cada uno una toalla y una botella con un recuperador energético.
—De todos los posibles resultados, este no lo vi venir —confesó centrando su atención en Aiden—. Había hilos de tu magia por todas partes, no podía prestar atención a cada uno de ellos. Fue abrumador.
—Lo sé —dijo contento.
Caleb miró de nuevo a Rian antes de responder.
—Vas a tener que adaptarte a Aiden lo más rápido que puedas. Creo que tenemos muchas posibilidades este año —añadió sonriendo.
—Intentaré hacerlo lo mejor posible —respondió este, mirando a su compañero con admiración.
◆◆◆
El viaje de vuelta a Mayak fue tranquilo y silencioso. A pesar de que estaban a unos sesenta kilómetros de distancia, Aiden no pudo mantener abiertos los ojos más de dos minutos. Cuando los volvió a abrir estaban parados en frente de su apartamento.
Caleb, que estaba sentado en el asiento del conductor, estaba girado hacia él, mirándolo con diversión.
—Tienes la baba colgando —dijo señalándole la cara. Aiden se incorporó de golpe, pasándose la mano por la boca, solo para darse cuenta de que ni siquiera era verdad—. Hemos llegado, no sé si prefieres que te dejemos en otro lado.
Aiden miró por la ventanilla para ver el portal, justo antes de girarse hacia su compañero, que lo miraba medio adormilado, recostado al otro lado del asiento.
Había muchas cosas que se le estaban pasando por la cabeza en ese momento. Una prevalecía por encima de todas, que no quería despedirse de él.
Al final, abrió la puerta del vehículo y se bajó. Levantó los brazos, estirando todos los músculos de la espalda. Se volvió hacia el interior del coche.
—¿Vienes? —No necesitaba especificar lo que había implícito en esa pregunta, sabía que lo entendería a la perfección.
Rian se pasó una mano por el pelo, despeinándose más de lo que ya lo estaba antes de soltar un suspiro y desabrocharse el cinturón.
—Me bajo aquí, entrenador. Nos vemos el lunes.
Si Caleb estaba sorprendido de aquel cambio de planes, supo disimularlo a la perfección. Con un asentimiento se despidió de los dos chicos y el coche arrancó poco después.
—¿No le molestará? —preguntó Rian sin atreverse a entrar en el edificio.
—¿El qué?
—Que yo esté ahí, contigo.
—¿A Thiago? Para nada. Anda vamos, necesito una ducha.
Cuando entraron en el apartamento se lo encontraron vacío.
Ambos magos se quedaron unos instantes en la zona de la entrada, contemplando la quietud del ambiente.
Dejaron las mochilas tiradas en una esquina y caminaron en silencio hasta la cocina.
Mientras Aiden servía un par de vasos de agua, Rian se situó justo a su espalda.
Notó como sus manos se cernían sobre sus caderas y su cabeza reposó sobre la parte superior de su espalda.
Cerró el grifo, dejando los dos vasos llenos en el fregadero, y apoyó las manos sobre la encimera.
—Has estado genial hoy —dijo Rian en un susurro, poniéndole todos los pelos de punta.
El calor de su cuerpo se filtraba a través del tejido de su camiseta, poniéndolo más nervioso de lo que ya estaba. Aquella proximidad no era lo que había estado buscando al invitarlo a subir, pero estaba más que satisfecho por tenerla ahora.
—Tú también —respondió Aiden unos segundos después.
No le hizo falta estar mirándole para notar su sonrisa.
—Tú ganaste.
Aiden se dio la vuelta, enfrentándose a Rian. El chico tenía la mirada cansada, aunque lo observaba con curiosidad, como si estuviera esperando cualquier reacción por su parte.
—¿Te molesta que lo haya hecho? —preguntó en un susurro y sus labios casi se rozaron.
—¿Molestarme? —repitió con el ceño fruncido antes de negar con la cabeza—.
Para nada. Me sentí enfadado conmigo mismo por permitirme perder.
Luego me sentí orgulloso del mago en el que te habías convertido y me olvidé.
Jamás me va a molestar que le demuestres a todo el mundo lo poderoso que eres.
Al contrario, me siento afortunado de que hayas decidido competir a mi lado.
—Vaya, cuantas palabras bonitas de golpe. No las esperaba —respondió mientras subía la mano hasta la mejilla de Rian y le recorría la piel con los nudillos.
Era cierto que le encantaba escucharle decir aquello, pero por primera vez sentía que necesitaba validación de la persona que había debajo.
No quería que Rian elogiara más su poder. Quería que lo elogiara a él.