Capítulo 52
Segunda prueba
La segunda parte del torneo llegó antes de que Aiden se diera cuenta.
Con los duros entrenamientos que estaban realizando a diario y el parón de las vacaciones de Navidad, apenas había sido consciente de que la espera había finalizado.
En una semana estaría volando a casa para la boda de su padre y, si todo salía bien aquel día, en dos semanas estarían disputando la final del campeonato.
No debía adelantarse a los acontecimientos. Primero tenían que superar aquella fase.
Miró a su compañero a los ojos un segundo antes de que el pitido resonara por el estadio. Después, dio un paso adelante y se adentró en la Arena.
Cuando Aiden llegó al otro lado estaba en una especie de túnel, solo.
Se giró en redondo intentando encontrar a su compañero.
No estaba por ningún lado. No había nadie cerca o, al menos, no lo percibía, y no había ni una gota de luz.
Abrió la palma de la mano y creó una pequeña esfera luminosa que le ayudara a ver algo de lo que tenía a su alrededor.
Solo había un camino posible, hacia la derecha, así que echó a andar.
—¡Rian! —gritó su nombre varias veces aunque todas con el mismo resultado.
Aiden se pasó las manos por la frente. Aquello no era casualidad. No los habían separado porque sí. Iban a tener que encontrarse y estaba seguro que los pondrían en un serio aprieto para ello.
Joder.
Volvió a mirar a su alrededor mientras su cabeza estaba muy lejos de allí. Esperaba que Rian estuviera bien.
El túnel era oscuro y angosto. La piedra estaba mojada y se escuchaba el goteo del agua contra el suelo.
Al principio, aquel sonido ni siquiera le llamó la atención.
Dos horas después seguía recorriendo aquel camino que le empezaba a resultar insoportable y todavía no había ni rastro de su compañero.
El terreno estaba desnivelado y había tenido que subir cuestas pronunciadas y deslizarse, cual tobogán, para bajar por otras.
Después de todo ese tiempo, los músculos de las piernas y los brazos ya empezaban a fatigarse y notaba ardor en las cuatro extremidades.
Intuía que la prueba estaba lejos de acabar.
Por lo que había estado hablando con Caleb, las eliminatorias iban variando anualmente, y aquella vez era una prueba de desgaste.
Después de hacerlos transitar un camino que requería bastante habilidad física les tendrían una sorpresa preparada al final.
No lo sabía con exactitud, aunque se olía que tendrían que combatir en duelo contra algo.
Ignoraba si sería un mago experimentado o una sombra producida de forma artificial, similar a las de los torneos de la escuela superior.
A los organizadores les gustaba ser creativos.
Después de otros diez minutos andando a paso apurado por una zona llana, Aiden llegó a una pared vertical de unos veinte metros de altura.
Durante unos instantes pensó que se había confundido de camino, pero enseguida localizó unas pequeñas muescas en la piedra en las que entraba la punta del pie.
El mago resopló, cansado, y dejó caer la mochila al suelo.
Sacó la botella y, tras darle un largo trago, dejó que parte del agua le mojara la cabeza y el cuello.
Tenía que ser una broma.
Descansó unos minutos, intentando recuperar fuerzas mientras estudiaba la pared y la forma de subir.
Estaba claro que imposible no era. Tampoco parecía encontrar la manera idónea de hacerlo.
Las muescas no eran más que eso, pequeñas aberturas en la propia piedra, pero no facilitaban el agarre para nada. Le preocupaba no ser capaz de sujetarse en determinado momento y precipitarse contra el suelo. Aunque activase el escudo antes de impactar, el golpe sería terrible.
Si tuviera que apostar algo diría que Rian le estaría esperando allí arriba, no tenía más remedio que encontrar una solución. Estaba seguro que era lo que esperaban de ellos.
Los minutos fueron pasando mientras el mago valoraba todas las opciones. Tocó la pared con las manos buscando cualquier cosa que se le hubiera pasado por alto, intentando ver algo invisible a sus ojos.
Después de casi veinte minutos supo que la única posibilidad era arriesgarse y esperar que todo saliera bien. Se ajustó las correas de la mochila y, tras sacrificar una de las botellas de agua para aligerar el equipaje, empezó a subir.
Cada uno de sus movimientos estaba calculado.
Había entrenado mucho y su estado físico era envidiable, pese a ello, seguía siendo complicado.
Las gotas de sudor se le empezaron a acumular en la frente.
Lo que debería ser una subida de no más de veinte minutos con el material adecuado, le llevó casi una hora.
Cuando su mano se aferró con fuerza a la cornisa, sintió que la emoción de estar a punto de conseguir algo le embriagaba.
Por desgracia, los dedos de su mano derecha, húmedos del sudor, no tuvieron suficiente agarre y, contra todo pronóstico, las dos muescas donde tenía apoyados los pies se rompieron a la vez.
Sin poder hacer nada, quedó colgando de la otra mano, buscando desesperadamente cualquier punto de apoyo.
Aiden apretaba los dientes, concentrando toda su fuerza en mantenerse sujeto a pesar de que sintiera que, poco a poco, sus dedos resbalaban.
Sus sentidos se habían cerrado por completo.
Apenas era capaz de tener un pensamiento coherente.
Estaba paralizado por el miedo.
Sus ojos se desviaron hacia abajo, donde el suelo estaba a demasiados metros. Por mucho que amortiguase el golpe se partiría las dos piernas sin remedio.
Estaba a punto de caer.
Aiden tragó saliva y cerró los ojos con fuerza. El miedo le trepó por el pecho hasta dejarle sin aire en el mismo instante en que perdió el contacto con la roca y empezó a caer. No lo iba a conseguir.
De repente, dos manos se aferraron con fuerza a su muñeca, deteniendo la caída y haciendo que se le escapara un pequeño alarido de dolor debido al tirón.
—Te tengo, te tengo, te tengo —repetía Rian, que lo miraba con los ojos bien abiertos, llenos de miedo—. No te sueltes.
—No tenía intención.
Su compañero lo tenía bien sujeto. Sin embargo, sus manos también estaban húmedas y el agarre no terminaba de ser estable.
—Vale, vamos a tener que sincronizarnos para hacer fuerza. Yo te intentaré subir y tú tendrás que apoyar los pies en la pared e impulsarte. ¿De acuerdo? —le explicó Rian, tendido en el suelo, con solo los hombros, los brazos y la cabeza asomando sobre el precipicio.
Aiden aceptó aunque ni siquiera tenía claro que pudieran conseguirlo.
—Uno, dos y tres —contó Rian antes de empezar a tirar.
Aiden sintió que le estaban arrancando el brazo, pero usó la poca fuerza de voluntad que le quedaba para intentar colaborar. Por suerte, consiguió aferrarse a la cornisa con la otra mano y, gracias a su compañero, pudo terminar de subir.
Ambos chicos se dejaron caer sobre el suelo. Estaban jadeando, cubiertos de sudor y sin apenas fuerzas. Aiden se llevó las manos a la cara mientras intentaba controlar la respiración. Las extremidades le temblaban con violencia, debido a todo el esfuerzo al que se acababa de someter.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó Aiden de forma entrecortada.
—Te sentí. —Rian, se incorporó del suelo y se sacudió parte de la tierra que tenía adherida a la ropa.
El chico estaba sucio, lleno de cortes en los brazos y con un golpe en una de las cejas que todavía sangraba un poco—.
Estaba pasando por uno de los túneles que hay ahí —explicó señalando con la cabeza—, cuando supe que estabas cerca y necesitabas ayuda.
—Gracias —dijo Aiden con una pequeña sonrisa, agradecido. Luego se incorporó hasta quedar sentado. Al contemplar su aspecto, la seriedad regresó a su rostro—. ¿Qué te ha pasado?
—Tuve que escalar una pared similar, aunque mucho más baja, y me resbalé cuando llevaba un par de metros.
Todavía no sé cómo. En realidad, tengo que agradecer que solo me haya pasado esto.
—Rian se acercó y se puso de cuclillas. Estando casi a la misma altura, le cogió la cara con las manos y se puso a revisar que no tuviera ninguna herida—. ¿Cómo estás?
—Yo estoy bien, al contrario que tú —Aiden le pasó el pulgar por debajo de la herida de la ceja, limpiándole la sangre que se había acumulado.
—No te preocupes por mí —dijo y se separó antes de levantarse y extender la mano hacia él—. Estoy bien.
Volvían a estar en un espacio estrecho y con poca iluminación, pero a lo lejos se apreciaba un punto de luz natural, indicándoles el camino. Aiden se alejó un par de metros inspeccionando el terreno. Tampoco tenían muchas más opciones.
No pasó mucho tiempo antes de que Rian se reuniera con él y ambos comenzaran a caminar. Todavía estaban lejos de terminar y el terreno no se lo estaba poniendo sencillo. Las piedras sueltas, esparcidas por todas partes, los hacían resbalar y tropezar, retrasándolos de forma inevitable.
Habían tenido muchísima suerte al haberse encontrado en aquel momento. Tendrían que sacarle provecho.
Casi una hora después, ambos con una ligera cojera y sin fuerzas para poder discutir, llegaron al final del conducto.
El público los recibió con un aplauso ensordecedor.
Caleb los estaba esperando del otro lado, acompañado por el rector de la universidad, al que Aiden solamente había visto en fotografías. Los dos tenían un gesto serio y los miraban con preocupación.
—Chicos, vaya locura. ¿Cómo estáis?
Ninguno de los dos tuvo fuerzas suficientes para responder a aquella pregunta y se dejaron caer sobre las rodillas.
Aiden cogió una de las botellas que le tendían y bebió como si llevara días sin hacerlo. Lo que al principio pensó que era agua, descubrió por su sabor dulce que era una especie de bebida energética.
—¿Cómo hemos quedado? ¿Se sabe algo? —preguntó Rian después de limpiarse los restos de la bebida que se le había resbalado por la comisura de los labios.
—Esto todavía no ha terminado —respondió Caleb con gesto preocupado.