Capítulo 50 - Rian
Navidad
Recorrí los pocos metros que me separaban de la puerta principal y abrí sin molestarme en llamar, aunque me sentí extraño, lo que reforzó aquella sensación de desarraigo.
Mi madre estaba en la cocina, sentada con una taza de té en la mano mientras mi padre preparaba la cena detrás de los fogones. Cuando me vieron, ella sonrió enseñando todos los dientes y se levantó a recibirme; él hizo un gesto con la cabeza.
—Rian, ya estás aquí. Bienvenido a casa de nuevo —me dijo mientras me abrazaba con cariño—. ¿Qué tal el viaje? ¿Quieres té?
Asentí, dejé la mochila en el suelo y ocupé una silla a su lado. Sujeté la taza y dejé que el calor del agua, que atravesaba la cerámica, me templara las manos. El frío del exterior me había calado hasta los huesos. Estaba siendo un invierno más duro de lo normal.
Mi padre me dio una palmadita en la espalda antes de tenderme un trozo de bizcocho recién horneado.
—¿Cómo ha ido el viaje? —preguntó, aunque algo dentro de mí me decía que era una cordialidad más. No le preocupaba realmente.
—Largo.
—¿Hasta qué día te quedarás? —inquirió de nuevo y supe que había llegado el momento de decir la verdad.
El año pasado me había permitido quedarme casi dos semanas enteras. Aquella vez no podía ser. La competición estaba a la vuelta de la esquina y necesitaba volver para entrenar con Aiden.
Al principio le había insistido para que me acompañara y pasar las navidades juntos.
No quería estar lejos de él en unas fechas tan señaladas, pero por primera vez, me había dado una razón más que válida: necesitábamos cada segundo disponible.
Aiden también había pensado en ir a visitar a su madre para que no estuviera sola y, si viajábamos en las mismas fechas, tendríamos más tiempo para seguir con nuestra rutina. Con los entrenamientos.
Dos días. Ese era el tiempo que nos habíamos concedido. Luego tocaría volver a Mayak.
—Hasta el domingo.
Mi madre, que hasta ese momento revolvía el té con una cucharilla, se detuvo en seco.
Tuve que hacer un esfuerzo para no protestar y recordarme a mí mismo que ya no les debía nada.
Había pagado todas mis deudas con la beca deportiva hacía años y con mi sueldo de entrenador había ahorrado lo suficiente como para poder mantenerme sin problema los próximos años.
Ya no dependía de ellos por mucho que se enfadaran por cada una de mis decisiones, como habían hecho siempre.
—¿No te quedas para viajar con tu hermano a Brightsoon? ¿Os veréis allí directamente? —Mierda. Aquello no se me había pasado por la cabeza y sabía que iba a ser una gran fuente de problemas.
Quedaban diez días para la fecha fijada en la que teníamos que presentarnos en el cuartel e ingresar en el ejército.
A mi hermano lo había avisado, nos manteníamos en contacto y fue partícipe de cómo se habían ido desarrollando las cosas con Aiden.
Se había molestado, por supuesto, pero entendía mi punto.
Su objetivo era viajar allí solo y esperar por un compañero.
Yo incluso le había recomendado a alguien, aunque no estaba seguro de si me haría caso.
—No voy a ir —sentencié con la voz lo más firme que pude. Si querían que me marchara de casa por aquella ofensa, prefería saberlo en aquel momento que esperar a que se hiciera de noche.
—¿Cómo que no vas a ir? —repitió mi padre, quitando la comida del fuego y cruzándose de brazos.
Cogí aire armándome de paciencia y centré mi mirada en él.
—No yendo —dije despacio, intentando mantener mi enfado a raya.
—¿Y ya está? —preguntó de nuevo, levantando la voz—. Vienes a casa, te sientas en la mesa y sueltas un: no voy a ir, y ¿ya? ¿Quieres que te felicitemos por tomar una decisión equivocada por décima vez en tu vida y sigamos cenando como si nada?
Había frases que dolían como puñaladas. No por las palabras en sí, sino por venir de una persona a la que quieres.
Mi padre jamás me había escuchado o apoyado.
No entendía que yo tenía otros gustos, otras inquietudes.
No quería lo mismo. Ni siquiera estaba seguro de lo que ansiaba hasta que Aiden volvió a aparecer en mi vida.
Pensar en él me dio las fuerzas que me faltaban para responder.
—Sí, es lo que espero. Porque soy un adulto. Es mi vida y no te incumbe.
—Te hartas de decir que eres un adulto, pero no te comportas como tal.
Dejé escapar una risa irónica. Bueno, quizás podía ir avisando a Aiden de que volvería antes a casa.
—¿Por? Qué tendrás tú que recriminarme a mí para decir que no me comporto como un adulto. Estoy trabajando, me estoy sacando mi carrera y soy completamente independiente. Según tú, ¿qué me falta?
Tenía la respiración agitada y mis manos temblaban por culpa del enfado.
—Lo que tu padre intenta decir —intervino mi madre para calmar los ánimos—, es que es la tercera vez que pides plaza para entrar en el ejército con tu hermano, y la tercera vez que decides no ir.
—Sigo sin entender en qué os afecta.
—Sería un honor para la familia. Tu hermano quiere entrar, sabes lo mal que lo ha pasado. Por lo de su novia cuando era más joven y el tema de la transición. Le ha costado mucho dar el paso y entrar en el ejército es algo que añora desde joven. Que le des esperanzas una y otra vez no es justo.
Tenían parte de razón y, aun así, no estaban en posición de decirme nada.
—Entonces sería él con quien tendría que estar teniendo esta conversación, no con vosotros.
Mis padres se miraron y supe que se estaban hablando sin necesidad de decir nada en voz alta.
Los había decepcionado otra vez, aunque había un límite de veces que puedes sentirte mal por algo.
Yo había tirado la toalla con ellos hacía años.
No me querían tal y como era, y yo no podía ser de otra manera.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Seguir como entrenador? —preguntó mi padre con el cabreo escrito en su rostro y se volvió hacia los fogones.
Ya que habíamos empezado a discutir, prefería dejar todo dicho en aquel momento.
—Es mejor que dejes la cena para luego —le aconsejé. Como le hablara de Aiden en aquel momento, la comida se quemaría.
Mi padre debió de advertir el tono serio de mi voz, porque volvió a centrar su mirada en mí. En ese momento, como si estuviera preparado, Erik entró en la cocina bostezando. Me daba la sensación de que alguien se acababa de despertar.
—Ey, hermano —me saludó con un abrazo—, no sabía que ya habías llegado.
—De todas formas no me quedé mucho tiempo —advertí.
Erik se sentó en una de las sillas y me observó con detenimiento. Luego desvió la mirada hacia nuestros padres y asintió, entendiendo el percal.
—¿Habéis empezado sin mí? Y yo que quería estar cuando les dijeras que vuelves a competir de nuevo…
Cerré los ojos y negué con la cabeza. Luego miré a mi hermano y no pude evitar que una pequeña sonrisa me curvara la boca. Solo él era capaz de sembrar el caos tan bien.
Los gritos de mis padres debieron de escucharse en todo el pueblo.
—¡Dime que es mentira, Rian Kane! —vociferó mi padre con el rostro rojo por culpa de la rabia.
—¿En serio? ¿Otra vez? ¿Cuándo vas a superar esa tontería? —se lamentó mi madre con la misma actitud que si le hubiera dicho que me iba a dedicar a traficar con sustancias ilegales.
—Lo siento —dijo mi hermano, pero no vi ni una pizca de arrepentimiento en su voz—. Me dio la impresión de haber escuchado el nombre de Aiden, por eso entendí lo que no era.
—¡Erik, tío, ya vale! —protesté dando un golpe sobre la mesa.
Una cosa es que se tomara mis asuntos a broma, otra muy diferente que echara mierda sin pensar en las consecuencias que tendría para mí.
—¿Aiden? —preguntó mi padre y la vena de su frente estaba tan hinchada que parecía a punto de explotar—. ¿Aiden? ¿Ese chico otra vez?
El tono de su voz fue tan desagradable que llegó al límite de mi paciencia. Me puse en pie, tirando la silla en la que estaba sentado y me apoyé sobre la mesa.
—Sí, Aiden. Sorpresa. El mes pasado fuimos a la primera ronda del campeonato y la semana que viene iremos a la segunda.
Me da igual que os guste, me da igual que no os guste.
Es mi vida y yo decido. Si quiero tropezar tres veces con la misma piedra, pues tropiezo.
Si quiero intentar ser duelista, pues lo intento.
Tengo diecinueve años, joder, ni que tuviera que ir a muerte con cada decisión que tomo.
He cometido errores y he pagado por las consecuencias de mis actos.
No os debo nada, ya no. —Cogí aire. La cocina estaba en completo silencio.
Mis padres me miraban sin pestañear y mi hermano se mostraba divertido con la situación.
Cómo no—. Si me queréis aquí, no quiero escuchar ni una palabra fuera de lugar de Aiden, de los duelos o de cualquier cosa relacionada.
Si no os veis capaces de aceptarme, me lo decís y me marcho.
No hay nada que os obligue a quererme tal y como soy ni que me obligue a pasar estas fechas con vosotros aparte de que sois mi familia. —Estaba temblando de pies a cabeza.
Mi padre parpadeó un par de veces antes de mirar a mi madre que lloraba en silencio. No me gustaba hacerles daño, pero estaba cansado de sufrir.
—¿Vendrá Aiden a cenar hoy o mañana? Tendríamos que pasar por la tienda para comprar más carne. La última vez había dicho que el estofado estaba muy rico —comentó mi padre y supe que aquello era todo lo que iba a recibir de su parte.
Estaba bien.
Las lágrimas me empañaron los ojos y aparté la mirada para que no me vieran llorar.
—No, esta vez no. Quizás en primavera podamos volver juntos —respondí y mi voz sonó rota, aunque me sentía bien.
Me volví a sentar y me permití respirar tranquilo.
—Vale —aceptó mi padre y se puso a cocinar.
Mi madre se levantó y me dejó un beso en la cabeza antes de empezar a poner la mesa.
La mano de Erik en mi hombro reclamó mi atención.
—Ahora que ya está aclarado, ¿vienes un segundo? Necesito que me ayudes a contactar con el chico que me dijiste.
Asentí. Thiago y él podían hacer equipo. Estaba seguro de que encajarían bien si no se mataban el uno al otro primero.