Capítulo 48
Traición
Aiden apenas había sido capaz de pegar ojo en toda la noche. Tenía grabadas a fuego todas las palabras que había escritas en la carta. Estaba seguro de que podía recitarlas de memoria a pesar de que solo las había leído una única vez.
Dejó escapar el aire de sus pulmones como un suspiro. No podía más. La vida se le estaba haciendo muy cuesta arriba y no sabía qué hacer para dejar de sentirse así.
Rian se presentó a las ocho de la mañana.
—Tenemos que hablar —dijo sin más. Tenía los ojos rojos y unas ojeras pronunciadas debajo. Parecía que tampoco había dormido en toda la noche.
Aiden suspiró. Aquella vez no podía escapar. Finalmente asintió y lo dejó entrar. Fueron directos a su cuarto y el joven se dio cuenta que era la primera vez que Rian estaba allí. Se había imaginado que un momento así hubiese sido más especial.
No abrió la boca. No quería ser el primero en romper el silencio.
Rian se acercó a la ventana y se quedó mirando al exterior, dándole la espalda.
Tenía los hombros tensos y una postura algo forzada.
Los brazos le colgaban a ambos lados del cuerpo y tenía las manos cerradas en dos puños.
Como si estuviera enfadado y haciendo uso de todo el autocontrol que tenía para no girarse y gritarle.
Desconocía lo que había detrás de aquella carta que todavía guardaba en el bolsillo, que le quemaba. Se sentía traicionado.
Los minutos fueron pasando sin que ninguno hiciera ni un ruido. El silencio era ensordecedor. Al final, Aiden no fue capaz de aguantar y fue el primero en romperlo.
—No creo que esta sea una forma muy productiva de hablar.
—Lo de anoche no estuvo bien —respondió con la voz calmada—. No puedes huir. No puedes hacerme eso. —Rian se pasó la mano por la cara, consternado—. No sé qué te ha pasado y quiero que sepas que estaré a tu lado cuando te sientas preparado para hablarme de ello.
—Necesitaba espacio.
—-Viniste a mi cuarto —dijo dando por hecho que era una explicación más que suficiente—. No te voy a obligar nunca a contarme algo que no quieras. Es que me duele que busques en otras personas lo que me gustaría que encontraras en mí. Es la segunda vez —añadió.
—Él también es mi amigo.
Aiden pudo ver cómo el dolor le cruzaba los ojos al oír aquellas palabras.
Casi se arrepintió de haberlas dicho, pero una pequeña esperanza se instaló en su pecho.
Se aferró a ella como a un clavo ardiendo.
Quizás Rian sentía lo suficiente por él como para no dejarlo de nuevo.
Igual era un plan antiguo que no implicaba nada.
—Yo no quiero ser tu amigo, Aiden. No quiero compartir un par de besos un sábado por la noche porque me tienes a mano. —Rian apartó la vista antes de volver a centrarse en él—. Para mí eso no es suficiente.
—¿Y qué es lo que quieres?
Rian sonrió sin ganas y negó con la cabeza.
—Quiero muchas cosas. Ser tu persona, esa a la que recurres cuando tuviste un día de mierda o cuando te acaban de dar una gran noticia.
Estar a tu lado cuando estés triste o contento y que te quedes y no huyas.
Que si tienes un problema me lo cuentes porque confías lo suficiente en mí. Eso es lo que quiero.
—No pides tú nada… —bromeó incapaz de seguir llevando la conversación de forma tan seria.
Rian se giró y lo fulminó con la mirada. Con aquella luz el color azul de sus ojos era algo más intenso que de costumbre y estaban tan llenos de sentimiento que Aiden supo que estaba perdido.
Estaba completa y perdidamente enamorado de él.
Condenado a sufrir si se volvía a marchar. Si lo dejaba de nuevo.
Aiden metió la mano en su bolsillo y sacó la carta que le había cogido a Rian la noche anterior. Su compañero tenía razón, no podía seguir huyendo y evitando conversaciones que lo único que hacían era dañar más su relación.
—Encontré esto ayer, en tu cajón, cuando me dijiste que cogiera ropa. No era mi intención meterme donde no me llaman. Supongo que la curiosidad me pudo cuando vi el sello —dijo tendiéndole la carta.
Rian no desvió la mirada de sus ojos en ningún momento. Estaba serio y aparentaba estar enfadado.
—¿No vas a decir nada? —volvió a preguntar.
En ese momento Rian negó con la cabeza.
—Cuando nos reencontramos, me echaste en cara que no podía suponer cosas. Me parece irónico que todas las discusiones que hemos tenido desde entonces fueran porque tú has estado suponiendo cosas —contestó, con paciencia—. ¿Podríamos saltarnos esta parte la próxima vez?
—¿Ya sabes que va a haber una próxima?
—Contigo siempre va a haber discusiones, pero quiero que consigamos solucionar cualquier problema antes de que se nos vaya de las manos, y me da la sensación de que últimamente nos está pasando mucho.
—Rian lo agarró de las manos con cariño, tirando de él hasta que estuvieron más cerca—.
No sé qué has pensado, Aiden. Sea lo que sea, no es eso.
—Ni siquiera sabes lo que he pensado.
—Me lo puedo imaginar. No me voy a ir, ¿vale? No te voy a volver a dejar.
—Esta carta no dice lo mismo.
—Olvídate de ella. No me voy a ir a ningún lado, a no ser que me indiques lo contrario.
Aiden se quedó unos instantes en silencio, pensando si de verdad aquellas palabras eran ciertas.
—¿Has rechazado tu puesto en el ejército? —preguntó y no hizo falta que Rian le contestara para ver la verdad en sus ojos.
No lo había hecho.
Aiden se soltó de su agarre con un nudo en el pecho que le apretaba tanto que dolía.
—Espera, no es lo que tú crees —se justificó agarrándolo por el brazo, reteniéndolo.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Entonces?
—Fue cosa de mi hermano, otra vez. Cuando fui a verlo a principio de curso me convenció para que me alistara con él, pero si no lo he rechazado es porque quizás haya algo que ellos puedan hacer por ti, por tu magia.
Aiden resopló, molesto.
—Mi madre lleva trabajando para ellos toda la vida. Si hubiera algo, lo sabría.
—Estuve hablando con Erik. Hay rumores. Me dijo que quizás haya algo al otro lado de las grietas, algo de lo que todavía no se tiene conocimiento. Algo que yo podría hacer por ti.
Aiden se soltó de su agarre, furioso. Estaba harto de que todos tomaran decisiones por él, que pensaran lo que podría ser bueno sin consultarlo, que le ocultaran información.
Rian había hecho todas esas cosas y, cuando parecía que quizás podría volver a confiar en él, volvían a las mismas.
Estaba perdido. No sabía qué hacer. No tenía ni idea.
—Tienes que parar de hacer eso —suplicó harto—. Es mí problema, tú no tienes que meterte en el ejército para encontrar una cura para mí. No estoy enfermo.
—Ya sé que no estás enfermo. También sé lo mucho que te aterra toda esta situación, y es normal. Quiero ayudarte. Quiero sentirme útil.
—No tienes que hacer nada de eso.
—Quiero.
—Me da igual lo que tú quieras.
—Pues lo mismo te digo.
—¿Por qué lo haces tan difícil? ¿Por qué tienes que complicarlo todo? ¿Por qué te importa? —preguntó furioso, gritando y cerrando los puños con la suficiente fuerza como para hacerse daño.
—¿En serio? —preguntó Rian, elevando la voz también—. ¿Tienes la cara para preguntarme eso?
—¡Por supuesto! Y quiero una respuesta.
—¿Una respuesta a qué?
—¿Por qué te metes? ¿Por qué no me dejas en paz? Esto no va contigo.
Rian soltó una carcajada irónica mientras la desesperación lo difuminaba todo.
—¿Por qué? ¿Eres capaz de mirarme a la cara y preguntarme por qué?
—Rian acortó la distancia que los separaba, agarrándolo por la mejilla y apoyando la frente en la suya—.
Porque te quiero. Te quiero muchísimo, Aiden.
Estoy tan enamorado de ti que haría cualquier cosa por hacerte feliz.
Si me tengo que sacrificar metiéndome en el ejército para conseguirte más tiempo, lo haré sin pensarlo, con los ojos cerrados.
Si puedo borrar la desesperación de tu voz cada vez que me hablas de tu futuro, o el vacío que sientes de vez en cuando al notar cómo tu mano tiembla o te quedas sin magia…
Haría todo lo que esté mi mano para hacerte feliz.