Capítulo 46 - Rian
Frío
Escuché cómo llamaban a la puerta desde dentro de la ducha. Había salido a correr y nada más llegar a la habitación, tuve la necesidad de quitarme el entumecimiento del cuerpo con agua caliente.
Durante un segundo pensé en ignorar a quien estuviera llamando al otro lado de la puerta, pero, dada la hora que era, finalmente me envolví una toalla alrededor de la cintura y salí del baño.
Si alguien venía a mi cuarto cerca de las doce de la noche, tenía que ser urgente.
En cuanto abrí la puerta me encontré a Kioko apoyada contra el marco.
La chica me miró de arriba a abajo y una pequeña sonrisa vacilona le adornó los labios.
—Sé quién pensabas que era. Siento chafarte la fiesta.
Puse los ojos en blanco ante aquel comentario.
—¿Qué quieres? —pregunte ignorando su pullita.
—Vamos a ir a tomar algo —dijo señalando a su espalda donde Igor y Mei estaban esperando—. ¿Te apetece venir?
Miré una vez más el reloj en mi muñeca para confirmar la hora. Eran casi las doce de la noche y mi único plan era meterme en cama.
—Qué va, acabo de llegar, estoy cansado —confesé—. De todas formas, muchas gracias por la invitación. —Si fuera por ella siempre estaríamos haciendo cientos de planes y, aunque le solía aceptar al menos uno a la semana, eso no era ni el diez por ciento del total que me proponía.
Y aunque se lo agradecía, no me apetecía aquella noche.
—No seas así, es sábado, no tienes nada mejor que hacer —volvió a protestar mi amiga.
Levanté las cejas y la fulminé con la mirada.
—Eso no lo sabes.
—Correcto; llámalo intuición. O que te conozco desde hace años.
—Utiliza tu intuición para mejorar en la Arena y deja de malgastarla conmigo —sonreí al ver su ceño fruncido. Siempre bromeábamos así entre nosotros.
—¿Entiendo que no vienes, entonces? —preguntó una última vez sabiendo que tenía la partida perdida.
—En otra ocasión.
—Te tomo la palabra. Descansa, entrenador.
Negué con la cabeza ante aquella palabra y me despedí con una sonrisa.
Los demás me saludaron con la mano antes de caminar hacia el ascensor y yo me volví a la ducha.
Llevaba entrenando muy duro aquella semana y necesitaba un descanso. Había decidido que aprovecharía el domingo para dormir hasta tarde, ver alguna película y, si tenía suerte, pasar algo de tiempo con Aiden. Esa última parte era la que más en el aire estaba.
Justo cuando estaba saliendo de la ducha, volví a escuchar dos golpes en la puerta. Puse los ojos en blanco y ni me molesté en contestar. Kioko y el resto podían irse por donde habían venido.
Me puse la toalla sobre los hombros y, para mi desgracia, estaba húmeda de mi excursión anterior. Mientras me la pasaba por el pelo intentando quitar la mayor humedad posible, volvieron a llamar a la puerta.
Tuve que contenerme para no mandarla a la mierda. Sin terminar de secarme, me puse unos pantalones cortos de deporte y salí del baño a paso apurado, lo que hizo que tuviera que activar mi magia para mantener el equilibrio y no terminar en el suelo después de resbalar.
Cuando abrí la puerta, ya tenía una contestación desagradable en la punta de la lengua, pero ver allí de pie a Aiden me desarmó por completo. Luego me fijé en los restos de nieve que descansaban sobre su pelo y sus hombros, y en su gesto triste.
—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? —pregunté preocupado al ver que no decía nada.
—¿Te pillo en un mal momento? —Tanteó y me miró de arriba a abajo—. Me gusta tu forma de andar por casa.
En ese momento fui consciente de que estaba medio desnudo, todavía mojado y con la toalla en la mano. Sentí cómo me ruborizaba y tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para mantenerme impasible. Como si él no fuera consciente de la forma en la que me alteraba.
—Salí a correr y necesitaba una ducha caliente para entrar en calor. Algo que quizás también deberías hacer tú —señalé como obviedad.
Aiden se llevó una mano al pelo que ya estaba mojado por culpa de la nieve derretida. Si no se quitaba el frío y la humedad del cuerpo, se acabaría poniendo enfermo. Cuando ya pensé que no me iba a decir nada, me rompió todos los esquemas.
—¿Puedo quedarme a dormir?
No respondí, no pude. Solo me aparté del medio y le dejé pasar. No tenía la habitación muy recogida, pero al menos no había ninguna prenda de ropa tirada en el suelo que me dejara en evidencia. Aiden caminó delante de mí hasta llegar al centro del cuarto, mientras se quitaba el abrigo.
—Está empapado —dijo mientras miraba a su alrededor, buscando algún lugar donde colgarlo sin mojar nada—. Está nevando mucho ahora.
Se lo quité de las manos y lo metí en el armario. La residencia estaba dotada de todo tipo de comodidades mágicas así que no me preocupaba lo más mínimo que su abrigo tuviera nieve o acabara de bañarse con él en el agua del mar. Al día siguiente estaría como nuevo, seco y limpio.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, acercándome de nuevo a él y sujetándole las mejillas con las manos. Estaba congelado—. ¿Por qué no activaste un escudo para protegerte del frío?
—No quería usar la magia —explicó.
Me había parecido que Aiden se estaba comportando de manera extraña. En ese momento ya me saltaron todas las alarmas.
—Creo que necesito más comunicación —dije preocupado. Notaba el enfado y la ira a través del vínculo, pero necesitaba saber el origen de todo—. Me estás asustando —confesé.
Aiden levantó la mano y la dejó caer sobre mi cadera.
El tacto de sus dedos me erizó la piel haciendo que me olvidara de mis reticencias iniciales.
Mis ojos siguieron su mano, que fue ascendiendo por mi pecho hasta llegar a mi cuello.
Después tiró de mí y me besó. Tenía los labios cálidos, a diferencia de las manos.
Me separé y lo estudié con la mirada. Estaba triste.
—¿Te parece si lo hablamos mientras cenamos? —propuso—. Tengo algo de hambre.
—Claro. Bajo un segundo a la cafetería y cojo algo de comer. ¿Por qué no te das una ducha caliente y vemos algo en el ordenador? Como hacíamos antes —sugerí.
—Claro —aceptó enseguida y yo no pude apartar la vista hasta que la puerta del baño se cerró tras él.
Tenía un mal presentimiento.