Capítulo 45
Otro bache
Thiago había pasado el primer examen teórico y estaba como loco preparando el siguiente.
Aiden incluso había hablado con su madre para ver si podía facilitarle cualquier información relevante para su amigo, si bien el resultado no había sido muy favorable.
Por mucho que la empresa familiar colaborase en su día a día con el ejército, la información era confidencial.
Necesitaba a alguien que hubiera pasado por ese proceso.
—Estaba pensando que podría hablar con Rian —dijo en voz alta, haciendo que Thiago desviara un par de segundos los ojos del televisor y lo mirara extrañado.
—¿De qué hablas?
—Rian se presentó a las pruebas del ejército que quieres hacer. Igual él podía darte algo de información.
Un tic en el ojo de su amigo fue todo lo que Aiden necesitaba para saber que no le había parecido buena idea.
—Antes prefiero tirarme de un puente.
—-No seas desagradable…
—-Yo no soy el desagradable. Es él. No es mi culpa que tengas un gusto muy cuestionable en cuanto a los hombres.
—A ver, no sé si… —No pudo terminar la frase porque su móvil empezó a vibrar en el bolsillo, avisándole de una llamada entrante—. ¿Quién me llamará a estas horas? Espero que no sea otra filtración de mi teléfono —dijo bromeando, aunque en realidad no le haría ninguna gracia.
—¿Te imaginas?
—Lo peor es que sí. —Aiden sonrió. Cuando vio el nombre que aparecía en la pantalla, esta se esfumó por completo.
Papá.
Su dedo tembló unos instantes sobre el botón verde mientras se debatía internamente entre cogerlo o no. Su padre nunca le llamaba, a no ser que hubiera pasado algo malo. La melodía terminó y volvió a sonar de nuevo.
—¿No vas a contestar? —preguntó Thiago molesto por el sonido constante de la melodía. Si no se quejaba por todo no parecía contento.
—Sí, supongo que sí. Vuelvo ahora —respondió poniéndose en pie y yendo a su habitación.
Después de cerrar la puerta a su espalda, caminó hasta el balcón y dejó que el frío de la noche le golpeara la cara antes de contestar. Necesitó toda la fuerza de voluntad que tenía para deslizar el dedo por la pantalla y hablar.
—¿Hola? —saludó y la voz le salió casi sin fuerza.
—Aiden, hijo, ¿cómo estás?
El tono con el que hablaba su padre denotaba nerviosismo. No daba la impresión de que lo hubiera llamado para darle una mala noticia. Aquello le hizo relajarse y respirar profundamente antes de seguir la conversación.
—Todo va bien.
—Me alegro. Sé que no sueles ver esas cosas, pero ayer apareciste en las noticias, en el resumen semanal.
Tu amigo y tú salisteis en todas las cadenas de deportes, incluso hay una foto vuestra en la portada del periódico local.
—Su voz se fue poniendo cada vez más seria, lucía molesto por aquello—.
No nos lo dijiste. Llamé a tu madre y tampoco sabía nada.
—No sé de qué hablas.
—¿Crees que no voy a tener curiosidad por la vida de mi hijo después de cómo te fue en el torneo?
Sé que las clasificaciones no son públicas todavía, no te llamo por eso.
No nos contaste que competirías con él. Ni que lo habías vuelto a ver.
Todavía tienes dieciocho años, hijo. Nos gustaría que pusieras algo de tu parte y nos enteráramos de las noticias por ti y no por la prensa.
Aiden puso los ojos en blanco. No contestó al momento. Se quedó un rato en silencio, mirando a las estrellas que se empezaban a ver en el cielo. No quería decirle que hubo muchos años en los que no se enteraba de las noticias de ninguna manera. No merecía la pena.
—Lo siento, papá, no sabía que ahora esperabais un resumen de mi semana.
—No es eso tampoco. Un mínimo, Aiden. Un «estoy vivo» estaría bien. Parece que solo llamas cuando necesitas que tu madre te haga un favor.
Ahí estaba. La puya que siempre tenía en la punta de la lengua. Cada vez que le pedía algo a su madre, porque a él no le pediría nada bajo ningún concepyo, se acababa enterando y se lo echaba en cara. No podía más.
—No sé qué tiene que ver mamá con esto. Me reencontré con Rian hace un par de meses y hemos decidido volver a competir juntos. Siento no haberte dado la exclusiva y hacerte perder dinero —añadió enfadado.
—Jamás vendería la información que me das. Solo quiero saber cómo le va a mi hijo. ¿Es tanto pedir? Haces algo y me entero meses después.
Aiden suspiró, agobiado. Ya no quería seguir con aquella llamada.
—Fue una decisión de última hora. No tuve meses.
—¿Lo decidisteis sin meditar las consecuencias? —Se quedó un rato en silencio, como si estuviera pensando si decir o no algo al respecto. Al final, lo preguntó igualmente—. ¿Estás seguro de que es buena idea? Si esta vez sale mal no habrá vuelta atrás.
Aiden apretó la mano con fuerza. Los nudillos se le volvieron blancos por la fuerza que estaba haciendo y su corazón empezó a bombear la sangre más rápido de lo normal. Recordó la conversación con Loan y sintió que el oxígeno volvía a llenar sus pulmones.
No iba tarde. No lo hacía.
La desgana había pasado a un segundo plano. Estaba furioso con su padre, que se empeñaba en meterle cosas en la cabeza que luego no era capaz de sacar.
—¿Y crees que no lo sé? —preguntó elevando el tono de voz—. Soy muy consciente de mi situación. Lo que me extraña es que tú estés al tanto.
—No te pongas así. El chico ese te dejó tirado, Aiden, y recuerdo cómo estuviste por aquella época. No le importaste lo más mínimo. Te mereces a alguien mejor.
—No creo que seas tú quien tiene que decir eso.
—No quiero que vuelvas a pasar por algo parecido.
—Ese no es un asunto del que te tengas que preocupar —repitió—. Céntrate en tus cosas y déjame en paz.
—Como quieras —dijo derrotado.
—Supongo que no me llamabas para eso —añadió Aiden, cambiando de tema.
Su padre jamás lo había llamado para interesarse únicamente en él. Nunca había hecho esas cosas y dudaba mucho que fuera a empezar entonces.
—No, no te llamaba por eso —afirmó y su tono de voz se volvió más agudo.
Habría sido imperceptible para cualquier persona, pero Aiden había estado muy obsesionado por recibir atención de su padre cuando era un niño y conocía el tono de voz tan bien como el suyo propio.
—¿Y bien? —preguntó al ver que no decía nada.
—Me gustaría decirte esto en persona. El problema es que no me han dado los días de vacaciones y no puedo seguir esperando.
También siento que sea todo tan frío e impersonal.
—Aquello le estaba dando muy mal rollo. No sabía qué era lo que su padre le tenía que decir y podía afirmar sin miedo a equivocarse, que no le iba a gustar—. Me voy a casar.
¿Se iba a casar? ¿Con quién? ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Por qué había tardado tanto en contárselo? ¿Lo sabría su madre? Todas aquellas preguntas se amontonaban en su interior.
No tenía respuestas.
—Te vas a casar —repitió. Su cabeza apenas podía procesarlo.
—Sí, sé que quizás te pilla un poco de sorpresa, pero me gustaría mucho que vinieras a la boda y que fueras el padrino.
—Su cuerpo empezó a agitarse sin control.
Temblaba tanto que no estaba seguro de que sus piernas pudieran seguir sosteniéndolo mucho más tiempo.
Se echó para adelante en el balcón y dejó que la barandilla aguantara la mayoría de su peso—.
No tienes que decirme nada ahora. Sé que es mucho que asimilar y sé que necesitas tiempo.
Solo quería decirte que me harías muy feliz si decides acompañarme.
Porque lo único que importaba era su propia felicidad, no la de los demás.
—¿Cuándo es? —consiguió articular, aunque no estaba seguro de ser capaz de escuchar una respuesta. El constante pitido de sus oídos estaba amortiguando todo lo demás.
—El día veintidós. Justo dos semanas después de la primera ronda del torneo.
Susan y yo queríamos poner un día que no te influyera mucho en la competición y creímos que entre la segunda fase y la final sería perfecto.
—Susan. Ese era el nombre de la nueva mujer de su padre y él no sabía nada de ella.
Él se llenaba la boca recriminándole que no les contaba nada, pero Aiden ni siquiera sabía que estaba viendo a alguien—.
Tu madre ya lo sabe. Estoy seguro de que le encantaría que pasaras un par de días con ella aprovechando el viaje.
—Lo pensaré. —No dar una negativa directa le supuso mucho más esfuerzo del que esperaba.
No quería ir.
—Gracias, Aiden. Me haría muy feliz que estuvieras a mi lado ese día. Avísame con lo que decidas y si vas a venir acompañado.
—Vale.
—Bueno, pues nada, no te molesto más. Descansa —dijo su padre a modo de despedida y colgó.
La mano que sujetaba el teléfono perdió la fuerza que tenía y el dispositivo empezó a caer por el balcón hacia la calle.
A pesar de que todavía seguía procesando aquellas cuatro palabras, me voy a casar , Aiden pudo reaccionar lo suficientemente rápido para activar su poder y sujetar el móvil antes de que golpeara el suelo.
Sin embargo, estaba demasiado alterado para poder controlarlo bien y antes de hacerlo levitar de vuelta a su mano, se le resbaló e impactó contra la carretera.
No había caído desde mucha altura, esperaba que todavía se pudiera utilizar con normalidad.
Sin pensarlo ni un segundo, bajó a recuperarlo.
Tenía la pantalla rota y se había apagado. No podía creérselo.
Cerró los ojos y apretó los puños con tanta fuerza hasta hacerse daño.
—¿Qué cojones estás haciendo? —El gritó de Thiago resonó con fuerza y lo encontró fulminándolo con la mirada desde el balcón de su habitación—. ¿Eres consciente de la cantidad de poder que has liberado? Vas a conseguir que venga el ejército.
Debajo de todo el reproche Aiden percibió una preocupación genuina.
—Lo siento. —Había sido algo inconsciente.
—Sube, que lo hablamos en casa.
—Creo que voy a ir a pasear.
—No, no vas a ir a ningún lado. Sube o bajo yo a buscarte.
Después de un té, algo más tranquilo, Aiden le contó a su amigo la conversación que había tenido con su padre. El chico sabía con detalles el pasado que compartía con su progenitor y no hizo falta que le explicara por qué se había enfadado tanto por la noticia.
Sin obviar las fechas en las que coincidía.
Que de tantos días del año, su padre tuviera la imperiosa necesidad de casarse tan pronto, en menos de dos meses, y coincidiendo con las fechas del torneo, le parecía totalmente fuera de lugar.
—¿Qué necesidad hay? ¿No podría casarse en verano como la mayoría de la gente? ¿Por qué ahora?
Ninguno tenía la respuesta a esas preguntas.
—Y, ¿qué vas a hacer? —preguntó Thiago.
—No lo sé, supongo que tendré que ir.
—No tienes por qué ir si no quieres.
—Lo sé, pero tampoco quiero arrepentirme luego. Ya pensaré qué hacer. Por cierto —Aiden se quedó pensativo unos segundos, antes de añadir—, ¿crees que Rian vendría conmigo?