Capítulo 44
El poder de Aiden
Aiden jamás había entendido cómo funcionaba su magia. No sabía porqué su poder parecía no tener límite, ni el motivo por el cual no se comportaba igual que en el resto de personas.
De lo que sí que se había dado cuenta con el paso de los años, era que estaba terriblemente ligada a sus emociones.
La primera vez que había brotado una chispa de poder de sus dedos, había sido en aquel parque después de que sus supuestos amigos decidieran pegarle.
Como si le estuviera protegiendo de cada golpe.
Cuando hirió a Rian, la magia desapareció, evitando que hiciera daño a alguien a quien quería.
Aquella vez no fue diferente. Cuando el pequeño montículo sobre el que estaba colocado empezó a tambalearse tras recibir el hechizo de sus rivales, Aiden fue consciente de la gravedad de la situación.
Había echado a correr sin pensar en las consecuencias, siendo un inconsciente que había dejado tirado a su compañero que apenas era capaz de mantenerse erguido.
Sintió como la culpa lo envolvía y deseó con todas sus fuerzas estar allí a su lado, aunque solo fuera para ponerse en medio.
El mago cerró las manos con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la piel, haciendo que un hilillo de sangre se deslizara por sus palmas.
No era justo.
Cerró los ojos y gritó. Dejó escapar toda la frustración, el dolor, la rabia, todas aquellas emociones que lo llevaban persiguiendo los últimos meses, hasta que no quedó nada.
Y una vez más, lo sintió: su poder cosquilleándole por la punta de los dedos.
La sonrisa que Aiden esbozó podría iluminar una habitación entera y es que el joven mago siempre se había sentido una carga, alguien a quien todos debían de proteger. Ya no era así.
La roca sobre la que estaba colapsó a sus pies pero el escudo que había desplegado fue suficiente como para que no llegase a sentir el calor de la lava. Sentía su energía infinita corriéndole por las venas.
No dejó escapar ni un segundo, hizo que su magia se deslizara como hilos hacia Rian, mientras él echaba a correr.
No supo si fue por la adrenalina o por las consecuencias de haberse recuperado, pero Aiden consiguió acortar la distancia que lo separaba de su compañero en poco más de un minuto.
Miki y Aitor se habían dado cuenta de lo que estaba pasando y habían intentado dejar fuera de juego a Rian. Por suerte, el mago ya se había apropiado de parte de su magia y se lo estaba poniendo difícil. Cuando Aiden llegó, no tardaron nada en salir corriendo como si su vida dependiera de ellos.
Eran unos cobardes y los jueces los penalizarían por ello. No solo habían atacado a un mago en una situación vulnerable, sino que a la hora de la verdad no habían sido capaces de mostrar una técnica y capacidades a la altura de la situación.
Aiden no se molestó en salir corriendo tras ellos, aunque una parte de él se moría de ganas de darles su merecido. Había una parte más grande e importante que deseaba hacer otra cosa por encima de todo.
Se giró buscando a Rian y se encontró con aquellos ojos azules que lo miraban con una mezcla de orgullo y alivio.
—-Has recuperado tu magia —susurró. Aiden no dijo nada, se limitó a acortar la distancia que los separaba y envolverlo con sus brazos.
—Gracias.
—Yo tendría que ser el que está agradecido —respondió y lo estrechó con fuerza—. Si no fuera por ti ellos me habrían ganado.
Se separaron lo suficiente como para poder mirarse a los ojos.
—-Eso fue porque estabas al límite. En cualquier otro momento no habrían tenido ni una sola oportunidad frente a ti.
—Rian se sonrojó de forma evidente y Aiden le sonrió con afecto—.
Pero eso no es por lo que te doy las gracias.
Te las doy por haberme aguantado desde que nos reencontramos.
Confieso que no he sido la persona más fácil de llevar.
Y, a pesar de ello, viniste a la competición sin tener ninguna certeza de que yo fuera a estar aquí.
—Ya te dije que fue un poco un salto de fé. Algo me decía que estarías.
—Y no te equivocaste.
Rian cogió aire y sus ojos se enfriaron un poco. Supuso que había llegado el momento de aclarar ciertos puntos que tenían pendientes.
—Fuiste muy imprudente. ¿Cómo se te ocurre meterte ahí sin ningún plan?
Toda la preocupación se había transformado en un enfado profundo y comprensible.
—Tenía un plan —explicó—, que era un mal plan. Aun así, no podemos quejarnos del resultado.
—Si te llega a pasar algo…
—¿Te habrías ofrecido voluntario para cuidarme? —preguntó mientras una sonrisa vacilona le adornaba el rostro. Eso podía hacerlo. Fingir que volvían a ser ellos. No quería volver a discutir más.
—Sabes que sí —dijo sin un ápice de duda en su voz, mientras que su mano le apartaba un par de mechones que tenía sobre la frente.
Aiden cerró los ojos ante aquel contacto.
—Me alegra oír eso, porque me duele todo —confesó casi sin moverse. El roce de la ropa contra la piel le ocasionaba más dolor del que podía aguantar sin que se le notara.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte?
—Nada, mañana estará mejor.
Aiden sonrió antes de levantar la mano, mostrando la palma. El rostro de Rian no dio ninguna muestra de alivio, pero sus ojos brillaron con intensidad. Había cierto reconocimiento en su mirada. Luego hizo lo propio con su mano, enseñándole su pequeño logro. Las dos runas.
—No tenías magia y lo conseguiste.
—Lo conseguimos —corrigió.
Su compañero negó con la cabeza y Aiden no insistió. Entendía el punto. Él había sido el único en pensar que intentar hacerse con aquella runa era viable y, si en aquel momento todavía tenían opciones, era gracias a su imprudencia.
Rian ignoraba que había podido arriesgarse tanto porque confiaba en tenerlo a su lado.
Era su red. No le importaba saltar porque si caía estaría ahí para sostenerlo.
Después de conseguir la segunda runa, habían corrido durante unos veinte minutos en dirección al norte antes de conseguir salir victoriosos de la prueba.
Aquel último tramo no había tenido fuego ni agua, solo un terreno empeñado en retenerlos lo suficiente como para impedirles completarla a tiempo. Lo habían conseguido de milagro.
Como no terminaban a la vez y los jueces tenían mucho que analizar sobre su desempeño, no les habían dado ningún tipo de información al respecto. Ignoraban si pasarían a la siguiente ronda o sería otro fracaso más que añadir a su expediente.
Caleb se había tirado a sus brazos en cuanto habían salido de la Arena.
—-Chicos, estoy muy orgulloso de vosotros —-les dijo mientras los estrujaba a los dos, arrancándole una pequeña carcajada cansada a Aiden.
El entrenador estaba eufórico por su actuación teniendo en cuenta el poco tiempo que habían tenido y lo poco preparados que estaban.
De camino al vestuario, les había comentado todos los puntos que habían hecho bien y que les ayudaría mucho a subir puestos.
No había sido una actuación de mención de honor, pero creía firmemente que ambos chicos lograrían pasar el corte.
El viaje en avión no fue largo y de madrugada estaban de camino al centro de Mayak.
Aiden se pasó la mayor parte del trayecto admirándose las manos, notando cómo la magia le volvía a correr por las venas como siempre.
Al girar las muñecas, un pinchazo desagradable le hizo esbozar una mueca de dolor.
Meterse en aquel cráter había sido una locura y todavía pagaba las consecuencias de sus actos.
—¿Dónde os dejamos? —preguntó Caleb justo cuando el coche estaba entrando en la ciudad—. ¿En la universidad os va bien a los dos?
No habían pensado qué harían, aunque ninguno se mostraba con ganas de separarse todavía.
—Sí, es perfecto —respondió Aiden al final. Luego se giró hacia Rian—. ¿Te apetece pasar un rato juntos?
—Quédate a dormir conmigo.
Aquellas cuatro palabras lo descolocaron más de lo que podía admitir.
No sería la primera vez que lo hacían, pero hacía años desde la última.
Intentó que su cara no mostrara el anhelo y la preocupación que lo recorrían de pies a cabeza; terminó asintiendo.
Sabía que aquella era la única respuesta correcta.
Al llegar a la habitación, Aiden era un manojo de nervios. Rian dio un paso adelante, pegando su cuerpo al suyo, elevando sus manos hasta la nuca de Aiden, agarrando un par de mechones de pelo. Sus narices se rozaban y apenas había unos pocos centímetros que separaban sus labios.
Aiden estaba paralizado, perdido en aquellos ojos azules. Sus brazos estaban caídos a ambos lados de su cuerpo como si no encontrara fuerzas para poder levantarlos, ya fuera para apartarlo o pegarlo del todo.
¿Qué haría Rian si perdiera su magia definitivamente en los próximos meses?
¿Seguiría a su lado? ¿Estaría dispuesto a renunciar a ganar un campeonato nacional por él?
¿Se buscaría a otra persona con la que competir?
Aunque la pregunta que más pánico le daba era la que jamás podría expresar en voz alta.
Cuando perdiera su magia, porque no era un iluso, sabía de sobra que eso iba a suceder, ¿Rian lo seguiría mirando de ese modo, convencido de que era alguien especial que brillaba con luz propia?
No estaba preparado para conocer la respuesta.
Su compañero no merecía tener que aguantar toda aquella incertidumbre, pero el miedo era un sentimiento paralizante.
—¿Ducha y peli? —preguntó su compañero.
Para él, Rian era todo lo que siempre había buscado, no en un compañero de duelos, sino en un compañero de vida, y aquella afirmación le daba pánico.
—Ducha y peli —aceptó sintiendo que no confiarle la verdad le estaba ahogando un poquito más cada día.