Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 41 - Rian
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Capítulo 41 - Rian

Compañeros

Los primeros metros fueron sencillos. Descendí en vertical hasta que llegué a la entrada del túnel.

Luego llegó lo complicado. En cuanto mi cuerpo se adentró por la cavidad, un sentimiento de angustia se instaló en mi pecho.

Era muy estrecho, apenas tenía espacio para bracear con comodidad.

Si me despistaba, aunque fuera un poco, las rocas afiladas que conformaban la pared me raspaban la piel, haciéndome sangrar.

Era la sensación de estar atrapado dentro en un tubo.

Tendría que volver con los pies por delante.

Aproveché para impulsarme con las manos, mientras pataleaba con fuerza, intentando mantener el control.

Necesitaba acortar el tiempo de ida para disponer de más para la vuelta.

Mi cabeza iba contando los segundos que pasaba bajo el agua, como una forma estúpida de darme ánimos.

Cuando iba por el número veintinueve, pude ver con claridad la runa grabada sobre la roca, al fondo del túnel.

Ya faltaba poco.

Me impulsé con algo más de ímpetu al ver que mi objetivo estaba tan cerca y, cuando mi palma tocó la piedra, justo acababa de contar hasta el número cuarenta. Aquella era una buena noticia. Tenía algo más de un minuto para volver.

Después de comprobar que la runa se había grabado con éxito en la palma de mi mano, empecé a retroceder, despacio.

La cavidad era angosta y no me permitía girar, ni siquiera al final del conducto.

Era algo con lo que ya contaba. Mi cuerpo entero se quejó por los movimientos que me veía obligado a realizar para desandar el camino.

Acababa de empezar y supe que recorrer tanta distancia de esa forma iba a ser especialmente duro.

Me concentré en impulsarme con fuerza, manteniéndome lo más horizontal posible, haciendo que la inercia me permitiera avanzar con mayor facilidad.

Tras cruzar lo que sería la mitad del trayecto, la presión que sentía sobre el pecho empezó a resultar bastante desagradable.

Había pasado casi un minuto y medio y todavía me quedaban bastantes metros antes de poder abandonar el túnel.

Intenté mantener la calma y pensé en Aiden.

En todas las cosas que quería hacer con él.

En lo bien que nos iba a ir en el campeonato y en todos los planes que podríamos hacer aquel verano.

Durante los siguientes diez segundos, aquellos pensamientos fueron suficientes para permitirme controlar la situación. Después empecé a desesperarme.

La piel de los dedos se me había desgarrado y cada impulso que daba contra las rocas eran como cientos de agujas hurgando en mis heridas.

En cualquier otra situación aquello hubiera hecho que perdiera la concentración o hiciera menos fuerza de forma inconsciente para no dañarme más. El dolor era lo único que permitía mantenerme enfocado en seguir retrocediendo.

Cuando llevaba algo más de un minuto y cincuenta segundos, todavía no había sido capaz de salir del túnel.

La desesperación luchaba por adueñarse de mí, pero siempre fui mal perdedor.

Apoyé las palmas una vez más y volví a impulsarme. Un gemido brotó de mis labios al desgarrarme uno de los dedos, perdiendo el poco aire que me quedaba.

En aquel momento, noté algo cerrándose alrededor de mis tobillos y creí que había llegado mi momento. No estaba en condiciones de enfrentarme a nada. Por suerte, no tuve tiempo de apartarme o luchar contra lo desconocido antes de verme lanzado hacia atrás.

Vi a Aiden tirar de mí con fuerza una última vez antes de poder reaccionar.

Nadé hacia la superficie mientras agitaba las manos y las piernas lo más rápido que podía. Apenas quedaban un par de metros y no estaba seguro de ser capaz de que, la primera bocanada que diera intentando llenar de aire mis pulmones, fuera a ser en la superficie.

La vista se me empezó a nublar, la distancia se fue diluyendo y empezaba a sentirme confuso. Un pequeño cosquilleo me recorrió las piernas y los brazos. Sabía que estaba a punto de perder la consciencia.

Los últimos centímetros los hice pataleando ya con desesperación, mientras la boca se me abría sin poder evitarlo, haciendo que el agua me inundara los pulmones. Por suerte, él estaba allí, a mi lado. Me impulsó hacia fuera hasta colocarme con medio cuerpo sobre la hierba.

Estaba vivo.

Estaba vivo, joder.

Mientras agradecía encontrarme en tierra firme, tosía y vomitaba el agua que había tragado unos segundos antes.

No fue un espectáculo digno de ver.

—¿Estás bien? —me preguntó Aiden con la preocupación pintada en sus ojos dorados.

Había algo en ellos, aunque estaba demasiado espeso como para saber el qué.

Asentí incapaz de pronunciar una sola palabra.

Tardé diez minutos en recuperar la compostura.

Otros cinco minutos más tarde, pude incorporarme sin que los brazos me fallaran. Las náuseas todavía me incomodaban y me sentía tan débil que no estaba seguro de poder hacer el camino de vuelta por mi propio pie. Por suerte, no estaba solo.

Aiden me ayudó a incorporarme y, poco a poco, noté cómo la magia volvía a mí. En mi palma se podía apreciar la runa del agua grabada sobre mi piel, el trofeo por el que había estado a punto de perderlo todo.

Los primeros pasos fueron los más complicados, luego conseguí establecer una especie de mecánica y fui avanzando arrastrando los pies, mientras el oxígeno volvía a llenarme los pulmones.

—Lo conseguiste —me felicitó y pude ver el orgullo en su mirada.

—Gracias a ti. Yo habría muerto en ese túnel —reconocí.

Ya no me importaba no ser el más fuerte.