Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Los últimos segundos

Aiden no podía dejar de mirar el reloj mientras el taxi recorría los últimos kilómetros para llegar al estadio donde se celebraría la primera ronda del campeonato.

No estaba seguro de quién se enfadaría más con él: Caleb, por no dar señales durante aquellos dos días, o Rian, precisamente por el mismo motivo.

Su móvil seguía en el bolsillo exterior de la mochila, el mismo lugar donde lo había guardado tras quedarse sin batería.

En casa de Loan no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de ponerlo a cargar.

En aquel momento, daría cualquier cosa por tener un uno por ciento de carga para avisar a su compañero de que estaba cerca.

Que llegaría a tiempo. Aunque ni siquiera sabía si él se había presentado.

Cuando el taxi paró en un semáforo, todavía le quedaban unos quinientos metros hasta la puerta, pero el tráfico era tan denso que, si seguía allí sentado, el torneo empezaría antes de que él llegara.

—Gracias —gritó. Bajó del coche con la mochila sujeta con fuerza y empezó a correr con la urgencia de quien se juega la vida. En parte lo sentía así.

La gente que caminaba por la acera en dirección al estadio, incluso los coches que estaban allí parados por culpa del atasco, no tardaron en darse cuenta de quién era.

Había aprovechado el trayecto para cambiarse y lucía el uniforme con los colores del equipo: pantalón blanco y camiseta roja.

En su espalda llevaba su apellido, Ashton, que eliminaba cualquier duda que la gente pudiera tener al respecto.

—¡Es Aiden!

—AIDEN.

—Mira, mamá.

—Dales duro, Ashton.

—Ánimo, chaval.

Por suerte, cuando la gente se dio cuenta de su presencia se hicieron a un lado, formando un pequeño pasillo para que pudiera pasar sin perder más tiempo.

Durante los últimos metros, la multitud ya le estaba aplaudiendo, generando cada vez mayor alboroto.

La parte buena era que no haría falta que Aiden mandara ningún mensaje.

Como la gente siguiera gritando de ese modo, Rian y Caleb se enterarían sin problema.

Cuando llegó al lado de los de seguridad, jadeando después de haber hecho el esprint de su vida, dejó caer la mochila al suelo y empezó a buscar la documentación.

—Búscala de camino, Aiden, llegas muy tarde. Te están esperando —dijo una de las mujeres mientras se sujetaba el pinganillo que llevaba en la oreja—. Acaba de llegar —añadió empujándolo al interior del edificio.

Gracias a la ayuda de la agente de seguridad que se ofreció a sostenerle todas las pertenencias que iba sacando de la mochila, Aiden pudo encontrar la documentación a tiempo.

—Aquí tienes.

Después de escanearla con un lector que llevaba sujeto al cinturón, asintió y le abrió la puerta que llevaba a la Arena.

—No te da tiempo a pasar por el vestuario, tienes quince segundos para llegar a tu posición. Mucha suerte —le animó antes de tenderle una pequeña mochila con el material que les suministraban para la prueba.

Aiden no terminó de escuchar lo que le estaban diciendo, salió corriendo por aquel estrecho pasillo, pasando a toda velocidad por las diferentes puertas que daban a los vestuarios. Tan pronto como pisó la Arena, todo el público se puso en pie, gritando una ovación.

—Y aquí tenemos al último integrante del Igrom, Aiden Ashton.

A sus dieciocho años compite de la mano de Rian Kane, con quien ya había compartido equipo hace un par de años.

Estos dos jóvenes son unos de los favoritos para ganar, a pesar de que llevan años sin entrenar juntos —anunció la megafonía justo en el momento en el que perdió el equilibrio y resbaló hasta caerse de culo sobre la tierra.

No tuvo tiempo para limpiarse o lamentarse, se levantó y siguió corriendo hasta que llegó a su posición.

Cuando sus pies por fin tocaron la marca, el reloj marcaba los últimos tres segundos.

Aiden se pasó una mano por la frente y se giró hacia Rian, que lo miraba con una mezcla de emociones que no supo entender bien.

Suponía que era algo entre enfado y preocupación, pero sin su vínculo se sentía perdido.

Antes de que les diera tiempo a decir cualquier cosa, el silbato que anunciaba que la cuenta atrás había finalizado resonó por todo el estadio. Los gritos y los aplausos de la gente todavía inundaban el ambiente cuando Aiden siguió a su compañero a través de la barrera.

La sensación fue más desagradable que de costumbre, lejos de parecer agua era algo más viscoso y pringoso.

Cuando por fin llegó al otro lado, incluso antes de que pudiera abrir los ojos, notó las manos de Rian agarrándolo con fuerza de la camiseta, a la altura del pecho. No pudo reaccionar.

—¿Se puede saber qué cojones has hecho durante estos días?

¿Te haces una idea de lo preocupado que he estado?

—Rian estaba gritándole sin ningún tipo de medida, fulminándolo con la mirada.

Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo real por no estamparle la cabeza contra uno de los árboles de los alrededores—.

Caleb y yo ni siquiera estábamos seguros de que fueras a aparecer.

Básicamente me has pillado en la Arena por un salto de fe.

La respiración de Rian era agitada, sus ojeras estaban más marcadas que de costumbre y unas líneas rojas en el blanco de sus ojos le daban a su mirada un tono cansado.

Aiden llevó sus manos a las de su compañero y se deshizo de su agarre.

Tuvo suerte de que este no hiciera ningún amago por impedirle poner algo de espacio entre ellos.

Antes de empezar una conversación incómoda, el chico miró a su alrededor.

Estaban en mitad de una zona de árboles, aunque no era muy frondosa.

No se escuchaba ningún sonido, ni siquiera de pequeños animales de la zona.

Había algo inquietante en aquella calma.

Aiden se dio cuenta en ese momento de que no era real: Rian los protegía tras un escudo.

Todavía no había recuperado su magia y estaba completamente fuera de lugar. No podía percibir nada, era como si sus sentidos estuvieran embotados.

—Tenemos que hablar de una cosa —dijo antes de que Rian siguiera soltando otra retahíla de reproches.

Supuso que, dentro de lo malo, tampoco se podía quejar: el escudo los estaría protegiendo de los oídos externos y cualquier persona daría por hecho que su compañero le estaría echando la bronca por llegar tarde.

—Por supuesto que tenemos que hablar. Y no solo de una cosa, de muchas.

—Ya, ya lo sé. Escúchame tú primero…

—No —lo interrumpió—, llevo escuchándote los últimos dos meses y me niego a quedarme callado ahora.

—¡Joder, Rian, déjame explicarme! —Supuso que aquellas palabras fueron suficientes para que Rian dejara de hablar, pero también para que lo mirara dolido—.

No tengo magia —soltó de pronto. No quería darle más vueltas al asunto.

Su compañero merecía saberlo porque les iba a ocasionar muchos problemas—.

El otro día la perdí y todavía no la he podido recuperar.

—¿De qué hablas?

Aiden dejó escapar un suspiro que sonaba a resignación.

—Ahora mismo no tengo ni una gota de poder. Nada, estoy vacío.

Rian parpadeó confuso.

—¿Qué ha pasado? ¿Cómo estás? Yo… —Su actitud cambió de golpe. Parecía preocupado, aunque se tragó sus sentimientos de forma evidente. Sabía de sobra que no era momento para estar discutiendo sobre ese tema—. ¿Qué haces aquí siquiera?

—¿Dónde pretendías que estuviera? —preguntó elevando las cejas con gesto sombrío.

—En cualquier otra parte, joder, ¿te haces una idea de lo peligroso que es estar aquí para alguien como tú?

Una risa irónica abandonó los labios de Aiden sin que el mago hiciera ningún intento por reprimirla.

—¿Alguien como yo? Estoy donde tengo que estar.

—No puedes ser tan estúpido como para poner tu vida en riesgo de esta manera.

Aiden conocía los peligros. Una mala caída o un golpe sin nada de magia para protegerse podía ser la diferencia entre una herida aparatosa y una muerte agónica. Entendía perfectamente dónde se había metido, no necesitaba que nadie le recordase lo que se estaba jugando.

—Pues aquí estoy.

Rian se llevó las manos a la cabeza, tirándose de los pelos con desesperación, al tiempo que empezaba a dar vueltas por la zona sin alejarse más de un par de metros de él.

Para Aiden era complicado estar allí, de pie, sin notar por el vínculo los verdaderos sentimientos que estaba experimentando el otro y supuso que para su compañero también lo era.

Rian no podía saber el miedo que sentía al haberse expuesto de aquella manera.

Si algo salía mal y su falta de magia salía a la luz, muchos equipos podrían dejar de interesarse en él.

Incluso el Igrom podría llegar a romper su contrato. Se estaba jugando todo.

—Vale, tenemos que pensar —dijo Rian.

—No tenemos que pensar nada. Necesito que me expliques la prueba y empezar a tramar un plan para ganar.

—No eres consciente de lo peligroso que es.

—Lo sé, y si dejaras de infravalorarme, todo iría mejor.

—No te infravaloro, nunca lo hago. Solo… Me preocupo por ti, ¿vale? No puedo evitarlo.

—No necesito que te preocupes por mí. Puedo cuidarme solo.

—Eso no es cierto —le acusó, afectado—. Me acabas de decir que no tienes magia.

—Y una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—Joder, Aiden, por favor…

—He dicho que puedo cuidarme solo

Rian estuvo unos segundos luchando consigo mismo, una parte de él se oponía en rotundo a seguir con aquella prueba, pero la otra confiaba a ciegas en las palabras de Aiden. Finalmente, le tendió un pequeño papel.

—Han escondido cuatro símbolos grabados sobre diferentes elementos, supongo que relacionados: aire, fuego, agua y tierra. —Explicó casi por obligación—. Hay que localizar dos y tocarlos, da igual cuáles de ellos. Una vez conseguido, tenemos que viajar hacia el norte hasta que encontremos la salida.

Aiden contempló el papel con curiosidad, donde aparecían dibujados los símbolos que tenían que encontrar.

El aire eran unas líneas que se curvaban, formando una espiral.

El fuego era la representación de una llama.

El agua era una gota.

Y, por último, la tierra era una especie de árbol.

—¿Por qué han elegido algo tan extraño? —preguntó Aiden levantando la vista del papel y centrándose en los ojos azules de su compañero, que no paraban de escrutarlo con la expectativa de ver algo bajo su piel.

—No lo sé —dijo encogiéndose de hombros—. Seguro que quieren probar algo.

—Supongo. ¿Y cómo vamos a encontrar esto? Bueno, en realidad lo tendrás que hacer tú, yo no puedo detectar nada de poder, ni de personas ni de objetos.

—Es curioso —comentó Rian con los ojos entrecerrados, ladeando la cabeza—, porque yo sí noto cómo el poder sale de ti. Creo que incluso puedo hacerme con él.