Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Loan

El chico que Loan tenía delante hacía tiempo que había dejado de ser un niño, aunque en aquel momento todavía lo pareciera. Sus ojos estaban tan llenos de dolor y angustia que para él era complicado mantenerle la mirada sin que se le removiera todo por dentro.

Aiden era un mago espectacular, eso lo sabía el mundo entero.

Si tenía que decir una cualidad que destacara por encima de las demás sería lo buena persona que era.

Loan lo había visto crecer durante más de dos años, mientras aprendía a gestionar la frustración y el abandono de su compañero.

En aquel momento, sentado en su despacho, todavía podía ver al crío de quince años.

Jamás haría daño a alguien a propósito, jamás dejaría a alguien que lo necesitara de lado y por ese motivo no le sorprendió lo que le estaba contando.

El mago era muy autoexigente y eso le había hecho perder el control durante unas décimas de segundo.

Sabía que no debía justificar ningún tipo de agresión, fuera del tipo que fuera, pero podía ponerse en su lugar.

Había sido más mala suerte que otra cosa.

Si Rian hubiera llegado diez segundos más tarde, no lo hubiera agarrado del brazo o lo hubiera llamado con algo más de intensidad, nada de aquello hubiera pasado.

En aquel momento, Aiden se estaba castigando a sí mismo de forma inconsciente, impidiéndose usar magia por haber herido a alguien importante. Alguien a quien, obviamente, quería mucho.

Loan revisó su reloj para comprobar la hora. Aquel día ya había terminado todas sus labores en el centro, así que se puso en pie y rodeó la mesa, verificando una última vez la agenda desde su ordenador.

—¿Tienes donde quedarte? —Al ver que negaba con la cabeza, Loan asintió—. ¿Te parece si seguimos esta conversación en mi casa? Tengo una habitación de sobra, puedes quedarte en ella todo el tiempo que necesites.

—No me puedo quedar mucho.

—¿Vas a ir a la competición? —Aquella era una pregunta estúpida y, aun así, se la hizo igual. Quería escuchar la respuesta.

—Por supuesto —dijo con determinación.

Loan sonrió. Aquello no pintaba tan mal.

—¿A qué hora te sale el avión?

—A las cinco de la tarde y voy directamente a la competición, no paso por Mayak —explicó el mago.

—Perfecto. Vamos.

Ambos camin aron hasta el parking en silencio y luego hicieron en coche los quince minutos que había hasta el piso donde vivía Loan, un pequeño apartamento de dos habitaciones en un complejo residencial. No era muy amplio, pero para él solo era más que suficiente.

Después de enseñarle un poco la distribución y de decirle cuál sería su cuarto, le dio una toalla y lo mandó a la ducha. Un rato bajo el agua caliente seguro que le ayudaba a relajarse y aclarar las ideas.

Mientras el chico estaba en el baño, Loan empezó a preparar algo para cenar.

No tenía casi nada en la despensa, menos para dos personas, y por eso le tocó improvisar.

Hirvió pasta, cortó un poco de melón, pasó unos filetes por la sartén y abrió un par de conservas para acompañar.

Parecía más una cena de picoteo que otra cosa.

Era lo que había. Justo cuando estaba sirviendo todo en dos platos, Aiden entró en la cocina con mejor aspecto.

Todavía tenía el pelo rubio mojado y los ojos hinchados. Se le veía más tranquilo.

—¿Qué tal te encuentras? —preguntó Loan con interés.

—Estoy mejor, gracias por dejar que me quede y por la cena, pinta bien —dijo mirando con curiosidad la mezcla tan extraña que había sobre la mesa.

Comieron compartiendo un silencio agradable, que a veces se interrumpía por el sonido del tenedor contra el plato.

Al terminar, Loan cogió de la nevera los últimos dos yogures que le quedaban mientras pensaba que tendría que ir a la compra.

El comedor del colegio le proporcionaba demasiadas comodidades, haciendo que se desentendiera con facilidad.

—¿Yogur? —le preguntó mientras se lo tendía junto con una cuchara—. Lleva un par de días caducado, pero ya sabes lo que dicen.

—¿Qué dicen? —preguntó Aiden dispuesto a comérselo.

—Que no caducan.

—Bah—protestó mientras sonreía abiertamente.

Después de cenar, los dos se acomodaron en el sofá del salón. Loan llevaba posponiendo aquella conversación desde que habían abandonado la sala de entrenamientos y notaba que Aiden estaba ansioso por su ayuda. El matiz era que él no tenía ninguna solución.

Cuando el chico le había hablado de su enfermedad, había estado investigando un poco por su cuenta.

La información estaba muy clasificada y apenas había registros.

En los pocos foros en los que había encontrado a magos en su misma situación, contaban que, antes de perder la magia por completo, presentaban periodos cortos de ausencia de poder.

Normalmente, vinculados a algún momento estresante o traumático.

Aiden estaba sentado con los pies en el sofá abrazándose las piernas. Cualquiera que lo viera en aquella posición pensaría que ocupaba poco espacio. No era así. El chico estaba cada vez más fuerte.

—Por mucho que te encojas sigues ocupando la mayor parte del sofá —dijo Loan, pero no añadió que el sofá, en realidad, era minúsculo.

Aiden dejó a la vista una pequeña sonrisa antes de responder.

—No sé qué hacer. —Dejó caer la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos durante unos segundos.

—Lo de siempre.

—¿Y si me quedo sin magia?

Aquella respuesta le iba a doler. No quería mentirle.

—Sabes que eso pasará tarde o temprano.

—Lo sé. ¿Y si esta vez es la definitiva? ¿Y si ayer fue el último día?

—En el fondo sabes que eso no es así, Aiden. Recuperarás tu magia. —Al menos en aquella ocasión, aunque eso no lo dijo en voz alta—. Lo noto, ¿sabes? Tu poder. Sigue estando ahí.

—Yo no noto nada. —Estiró una mano y se quedó mirando sus dedos, esperando hallar en ellos la respuesta a todas sus dudas.

—Tendrás que fiarte de mi palabra —respondió el entrenador encogiéndose de hombros.

—¿Qué voy a hacer si no me aparece antes de que empiece la competición?

Loan se pasó la mano por las mejillas frotando la incipiente barba.

—Pues apañártelas como puedas: tirar de la magia de Rian o simplemente aceptar que quedaréis eliminados y enfocaros en el siguiente campeonato.

—Lo dices dando por hecho que debo perder otra oportunidad sin protestar.

—Y tú lo dices como si pudieras hacer algo al respecto.

Estáis obsesionados con el tiempo. —Se puso en pie incapaz de permanecer un segundo más en aquella posición.

Se sentía frustrado—. Esa mentira de que esta es tu última oportunidad es la mayor estupidez que he oído en la vida.

—Loan había ido aumentando el tono de voz a medida que las palabras salían de sus labios.

Aquello le daba mucha rabia. Llevaban presionando a los duelistas durante años, forzándoles a dar el cien por cien antes de que un plazo ridículamente corto de tiempo se terminara—.

Pensé que serías más inteligente. A ti te llevan diciendo toda la vida que llegas tarde y has demostrado que, con esfuerzo, nunca es tarde.

Da igual si pierdes esta competición. Da igual que pierdas la siguiente, Aiden. No habrás perdido nada si fallas ahora.

Supuso que aquellas palabras habían calado hondo en el chico, ya que no respondió nada. Estaba mirando al que había sido su entrenador con una mezcla de asombro y gratitud. Loan no le había dicho nada nuevo, pero en ocasiones necesitaba que la gente que quería le recordara las cosas importantes.

—No lo había pensado de ese modo —reconoció en un susurro.

—Lo sé y tú no tienes la culpa. Nos insisten desde pequeños que hay tiempos adecuados, Aiden.

En tu caso puede que no tengas hasta los cincuenta para cumplir tus sueños.

Eso no significa que vayas tarde. Si los duelistas profesionales suelen debutar a los veintiuno, tú puedes demostrarles que puedes debutar a los veinticinco, veintisiete o a los treinta.

Si eres bueno, si es tu sueño, el resto son solo números.

Quizás fue imaginación de Loan, aunque parecía que la tensión que había acompañado a Aiden hasta ese momento se había disipado.

Ya no apretaba los puños ni la mandíbula con fuerza, como quien está a punto de romper algo, ni mantenía los hombros agarrotados o la postura rígida.

Y la sonrisa que empezaba a dejar ver era la más sincera que había mostrado en las últimas horas.

El entrenador respiró, algo más aliviado.

Si aquellas eran las palabras que necesitaba escuchar, le alegraba haber sido él quien se las hubiera dicho.

Aiden había sido uno de los cientos de duelistas que habían pasado por sus manos, pero la conexión que había sentido con él no se podía igualar a la de los demás.

Había sido él quien le había enviado un par de videos a los del Igrom durante su primer año y le había ayudado a convencer a Thiago de que compitiera con él. También quien lo había apoyado cuando lo había necesitado y le había dado tiempo cuando había sentido que era lo mejor.

Nunca reconocería en voz alta que Aiden siempre había sido su niño estrella, su debilidad, y solo quería verlo llegar a lo más alto, que cumpliera todos sus sueños.

La línea que separaba su relación de lo estrictamente profesional se había desdibujado hacía tiempo.

—Me voy a ir a dar una ducha —dijo Loan poniéndose en pie. Quería darle unos minutos para que sus palabras hicieran el efecto que deseaba—. Si te aburres, puedes buscar algo para ver en la tele, pero que no sea muy largo, ya no tengo edad de quedarme despierto hasta las tantas.

Aiden lo miró con las cejas levantadas, divertido.

—¿Cuántos años tienes? ¿Treinta, treinta y uno?

—Treinta y siete, aunque no sea de tu incumbencia, niño. Ya hablaremos cuando llegues a mi edad, a ver si quedarte toda la noche en vela es tan fácil de superar.

Una pequeña carcajada salió de los labios de Aiden y Loan caminó hacia la puerta sintiéndose más tranquilo. Todo iba a ir bien.

Antes de que abriera la puerta, el chico lo llamó.

—Loan. —Su voz había sonado algo más seria de lo que esperaba. El entrenador no se giró, se quedó dándole la espalda, esperando—. Muchas gracias. De verdad.

Aquellas palabras le hicieron sonreír.

—Ya no soy tu entrenador y quizás suene raro decir que soy un amigo, pero siempre, siempre, podrás contar conmigo.