Capítulo 32
Un beso que debió existir tres años antes
Una vez más, Aiden estaba actuando de forma impulsiva. Se había imaginado aquel beso más veces de las que nunca admitiría; ninguna de ellas era en aquella situación.
Los labios de Rian estaban cálidos y, antes de que el beso se pudiera profundizar, Aiden se apartó.
—Yo… Me voy a ir —dijo de pronto, poniendo distancia entre ellos y acercándose hacia la puerta.
Su corazón latía a un ritmo acelerado y su cabeza no dejaba de pensar en lo que acababa de suceder. Deseaba volverse, estrecharlo entre sus brazos y besarlo de nuevo, aquella vez de verdad. Quería demasiadas cosas con Rian y, a pesar de ello, necesitaba salir de allí.
—No, no te vayas —pidió Rian, agarrándolo por el antebrazo.
Aiden no se giró para contestarle. Rebuscó en su cabeza alguna excusa plausible para salir de aquella habitación lo antes posible. Ninguna era mínimamente aceptable.
—Tengo prisa —dijo cerrando los ojos por la estupidez que acababa de soltar. Estaba aliviado de que Rian no pudiera verle la cara, aunque temía que no fuera necesario, que lo supiera de todas formas.
—Dijiste que tenía que dejar de suponer cosas y comunicarme contigo —le contestó. Su voz temblaba un poco y sonaba algo más ronca de lo habitual—. Creo que este sería un buen momento para ponerlo en práctica porque estoy suponiendo muchas cosas.
Aiden respiró de forma entrecortada mientras notaba como su cuerpo temblaba. Aquello era excesivo. Necesitaba pensar y hacer las cosas bien por una vez en su vida. Lo que le estaba pidiendo Rian tenía todo el sentido del mundo, pero él tenía que salir de allí.
—Sí, lo sé. De verdad que ahora no puedo.
Y antes de que el otro chico pudiera decir algo, Aiden salió de aquella habitación sin mirar atrás.
Estuvo andando sin rumbo, inmerso en sus pensamientos, durante tanto rato que perdió el concepto del tiempo. Podían haber pasado minutos u horas.
No sabía qué debía hacer y se sentía perdido.
Estar con Rian le parecía lo correcto, y no solo al combatir juntos.
Siempre se habían compenetrado muy bien.
Cuando estaban en el colegio, la mayoría de sus problemas los había causado la actitud insoportable que tenía el otro chico.
En aquel momento no quedaba nada de aquella prepotencia que tenía, ni de sus contestaciones fuera de tono, ni siquiera de su agresividad.
Durante los dos meses que llevaban conviviendo de nuevo le había estado ayudando en todo lo que podía.
Habían trabajado ejercicios muy específicos para mejorar su técnica.
Le había ayudado con la concentración, haciendo que no hubiera nada que lo molestase cuando alcanzaba ese estado.
Aiden sentía que estaba cerca de alcanzar un nivel aceptable para convertirse en un profesional y, si lo pensaba fríamente, seguía opinando lo mismo que años atrás.
Con Rian alcanzaría el nivel más alto. El nivel de la élite.
En aquellos dos años que habían estado separados la actitud de Rian había cambiado por completo. Ya no encontraba nada que no le gustara de él.
Quería ir al torneo, quería ganar e ir a los nacionales. Quería alzarse con la victoria.
Y no se imaginaba a nadie mejor con quien lograrlo.
Aquella afirmación fue todo lo que necesitó para decidir volver a donde vivía Rian.
Estaba dispuesto a arriesgarlo todo una vez más.
◆◆◆
Llevaba un rato sentado en uno de los bancos de la plaza, en frente de la residencia.
El invierno estaba a la vuelta de la esquina y el vaho salía de su boca con cada respiración.
Durante el día, las temperaturas se mantenían estables, pero por la noche descendían hasta estar bajo cero.
Aiden se frotó los brazos intentando entrar un poco en calor antes de sacar el móvil del bolsillo y desbloquearlo.
Entró en la conversación que tenía con Rian.
No había muchos mensajes en aquella pantalla y el último todavía estaba sin leer, a pesar de que lo había mandado hacía algo más de un cuarto de hora.
Aiden suspiró, nervioso, empezando a morderse la uña del dedo pulgar.
No tenía claro lo que le diría cuando lo tuviera delante.
Era consciente de que no había parado de confundirlo: sus palabras decían una cosa; sus acciones, justo lo contrario y, en el fondo, lo que él quería era…
—¿No tienes frío?
Aiden giró la cabeza hasta encontrarse con su mirada.
Rian se encontraba parado, justo al lado del banco y lo miraba con cautela.
Llevaba la sudadera de la universidad con la capucha puesta.
Un pantalón de chándal gris y una cazadora por encima.
Estaba serio y agitado, como recién llegado de hacer deporte.
—Un poco —confesó al final—. ¿Podemos hablar?
Sentía que aquel frío le había ayudado a ordenar sus pensamientos.
—Claro. ¿Prefieres que hablemos dentro? —preguntó Rian, señalando hacia la entrada de la residencia. Si era lo que el joven prefería o no, Aiden no podía saberlo.
Sin pensar mucho en la respuesta, asintió una vez y se puso en pie.
Ambos caminaron el uno al lado del otro hasta entrar en el edificio.
Aiden no se dio cuenta del frío que tenía hasta que sintió la calidez del portal.
Durante la subida en el ascensor, las manos le temblaban y se retorcía los dedos sin darse cuenta.
En su cerebro pasaban a toda velocidad posibles conversaciones y escenas e intentaba encontrar unas cuantas palabras que explicaran el cúmulo de emociones que se amontonaban en su interior.
—¿A dónde has ido? —preguntó Aiden.
—A buscarte. —Rian le abrió la puerta al llegar a la habitación. La primera vez que había entrado no se había dado cuenta del detector mágico—. Pasa.
Todo estaba igual que hacía un par de horas, pero él se sentía diferente. Escuchó como Rian cerraba la puerta tras él. La luz estaba apagada y aunque la persiana estaba levantada, apenas entraba claridad.
Rian pasó a su lado, encaminándose hacia el interruptor, y Aiden entendió lo que iba a hacer. Antes de que se alejara, le sujetó el brazo. Fue un gesto instintivo; lo soltó casi de inmediato, con la misma rapidez con la que lo había hecho.
—Perdona.
—¿Por qué te disculpas? —preguntó Rian girándose.
Aiden no contestó y fijó la mirada a sus pies.
Estaba muy nervioso y le temblaba el cuerpo.
Unos segundos después, las zapatillas deportivas de su compañero aparecieron en su campo de visión.
Se quedó a unos pocos centímetros de él, aunque fueron suficientes para que Aiden fuera todavía más consciente de su presencia.
Levantó la cabeza hasta encontrarse con sus ojos azules, que lo miraban con intensidad.
—Siento lo que pasó antes. Actué por impulsividad —respondió Aiden sin ser capaz de seguir en silencio—. No volverá a pasar.
—¿Por? —preguntó el otro, confuso, llevándose una mano a la nuca—. ¿Te arrepientes?
Aquella pregunta le descolocó. Esperaba muchas contestaciones, pero ninguna era que le preguntara por qué.
No. Claro que no. Además, Aiden estaba deseando volver a hacerlo, aunque eso no lo dijo en voz alta.
—No —dijo al final, haciendo uso de una valentía que no sentía.
—Bien —los dedos de Rian se posaron en su muñeca, iniciando un suave roce, acariciándole la piel despacio, hasta que acabaron con las manos entrelazadas—. Porque yo tampoco.
—¿Tú tampoco qué? —Creía saber a qué se refería, pero no quería cometer ningún error.
—No me arrepiento del beso. Es más, tenía la intención de repetirlo ahora. —Su voz sonó sin fuerza, como si estuviera tan nervioso que hasta las palabras se le atascaran—. Si tú quieres —añadió.
—¿Ahora? —Su corazón latía tan rápido que estaba seguro de que en cualquier momento se le saldría del pecho.
—Sí. Lo cierto es que esto de comunicarme no se me da muy bien y como sigas preguntándome tantas cosas, me vas a volver loco —explicó y dejó entrever una sonrisa nerviosa.
Aquella situación era surrealista y, al mismo tiempo, era lo que él esperaba.
Le estaba diciendo lo que quería escuchar.
Sin pensarlo dos veces, elevó la mano que tenía libre hasta el cuello de Rian.
La piel del mago se estremeció ante el contacto.
Aiden metió los dedos entre su pelo y, agarrándolo con suavidad, lo atrajo hacia él.
Parecía que llevaba cada instante de su vida anhelando ese momento.
—¿Lo decías en serio? —susurró y sus labios estaban tan cerca que se rozaron.
—¿El qué?
—Lo de competir juntos.
—Sí. —Rian no dudó—. Aiden, yo… He cometido muchos errores a lo largo de mi vida, pero solo hay una cosa en la que pienso todas las noches al irme a dormir: tú.
—Las manos de Rian sujetaron sus mejillas con delicadeza—.
Tú y siempre tú. Quiero estar contigo de cualquier forma que me dejes.
Competir a tu lado y alzarnos con la victoria, esa que se nos escapó de entre los dedos hace dos años.
Quiero que consigamos vestir con los colores del Dorogoy y que cuando cuenten tu historia, también hablen de mí.
—Qué flipado —respondió Aiden con la voz tomada y las lágrimas inundando sus ojos, aunque no pensaba que lo fuera.
—Sí. —Rian sonrió y lo miró de una forma que hizo que se olvidara de todo lo demás—. Es lo que pienso y después de hacernos perder los dos últimos años creo que me tocaba ser sincero.
—Voy a besarte.
—Vale.
Sus labios se juntaron durante un instante tan corto que a ambos les pareció insuficiente.
—¿Por qué te has separado? —preguntó Rian en un susurro.
—Para asegurarme de que no te estabas arrepintiendo —contestó Aiden en el mismo tono de voz.
—¿A ti te parece que me estoy arrepintiendo de algo? —preguntó molesto.
Cuando Rian abrió los ojos y sus miradas se encontraron, Aiden vio el deseo escrito en su mirada.
—No —contestó con voz ahogada—, no me lo parece.
—Bien —dijo Rian y, soltando la mano de Aiden, lo agarró del cuello y juntó sus labios de nuevo.