Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 31 - Rian
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Capítulo 31 - Rian

Compite conmigo

Cuando se giró hacia mí, sus ojos ámbar no brillaban como de costumbre. No sabía si era la penumbra de la habitación, pero parecía que una sombra cubría sus iris. Tenía nuestra foto en la mano y la apretaba con fuerza. Tuve miedo de que la rompiera.

—¿Por qué? —preguntó sin más y no supe si me lo estaba diciendo a mí o si hablaba consigo mismo. Debió de apreciar la duda en mi rostro porque enseguida volvió a insistir—. ¿Por qué tienes esta foto aquí?

—Ya te dije que durante todo este tiempo yo t… —intenté decirle la verdad, aunque me interrumpió antes de que pudiera terminar.

—No, no me vengas con lo de que has seguido mis pasos o esa mierda de la que siempre me intentas convencer —gritó enfadado.

—¿Y cuál sería la respuesta adecuada para ti? Te he dicho la verdad.

—¿Cómo quieres que me crea eso que dices si hasta hace nada no sabía ni siquiera si seguías vivo?

—Ya te he pedido perdón por eso. ¿Qué más quieres que haga? —O no se había creído mis disculpas o no le valían.

Poco podía hacer para hacerle cambiar de opinión.

—¿Crees que con un perdón se arregla todo? ¿Crees que arregla el daño que me hiciste?

—Sé que de nada valen mis disculpas ahora, lo sé, Aiden, y te juro que me siento fatal —le dije acercándome a él—. Si pudiera, volvería al pasado y haría las cosas de otra manera. —Cogí aire—. No puedo volver atrás. No puedo hacer nada excepto disculparme de nuevo hasta que me creas.

Me sentía frustrado. Nada de lo que dijera o pensara le iba a hacer cambiar de opinión y, cuando me di cuenta, me vi quitándole el cuadro de la mano y colocándolo sobre la mesa. No podía soportar la idea de que terminara roto. Aquella foto era especial para mí.

—¿Qué te pasó durante el entrenamiento? —pregunté intentando cambiar de tema y desviar la conversación hacia donde me interesaba.

Aiden se miró la mano, estaba triste y enfadado.

Sus emociones me llegaban a través del vínculo de forma desordenada y confusa.

Quise consolarlo, pero no me pareció apropiado.

Quería que se abriera a mí y fuera sincero, como siempre había sido.

Nos quedamos mucho tiempo ahí, de pie, en silencio, hasta que finalmente Aiden decidió hablar.

—¿Conoces algo más aparte de lo que hemos investigado de la parálisis mágica? —preguntó con la voz queda y, para mí, todo se volvió negro.

No se sabía mucho sobre esa enfermedad. No había suficientes registros para poder saber cómo aparecía, cómo se desarrollaba o qué métodos preventivos había.

Seguía siendo un misterio. Lo único que se conocía era que aparecía como un ligero hormigueo en los dedos después de usar la magia.

Con el tiempo, se desarrollaba en un temblor de manos que iba empeorando hasta que el poder se volvía imprevisible.

El mago perdía la capacidad de controlarlo y salía herido la mayoría de las veces hasta que la magia desaparecía de un día para otro, dejando a una persona vacía.

Aiden me miraba de una forma extraña, atento a cualquier reacción por mi parte, pero yo estaba paralizado. Aterrado.

—Veo que has oído hablar de ella —dijo Aiden un tiempo después, al verme incapaz de articular palabra alguna.

Se giró y fue hasta mi cama. Se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda contra el colchón.

Aquel movimiento me llevó a tantos momentos bonitos de mi pasado que se me olvidó como respirar.

Aiden se abrazó las piernas; en ese momento se le veía tan pequeño, tan frágil, que no pude evitar acercarme y arrodillarme en frente de él.

Me senté sobre los talones y le cogí una mano. Tenía los dedos fríos.

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —le pregunté con tacto.

Me preocupaba lo suficiente como para no hacerle preguntas. Tenía que haber alguna solución.

—Antes de conocerte, desde que tengo magia —dijo alicaído—. Los médicos me dijeron que tal y como la magia había aparecido de un día para otro, desaparecería de igual manera.

—Encontraremos un remedio —prometí antes de que pudiera pensar las palabras que estaban saliendo de mi boca.

—Sí… La empresa de mi madre lleva investigando cuatro años.

Este verano estuve en casa el mes de agosto para probar un par de tratamientos experimentales, pero no han hecho el efecto esperado.

—Aiden se encogió de hombros, intentando restarle importancia—.

No te preocupes, es algo que tengo asumido desde hace tiempo.

—¿Por eso quisiste hacer el trabajo sobre ella? ¿Quieres investigar más?

—Sí, estoy seguro de que tarde o temprano alguien encontrará un tratamiento, aunque apenas hay sujetos con los que probar los ensayos.

—Aiden negó con gesto cansado. Por mucho que dijera que ya lo había asumido, hasta yo me daba cuenta de que no era verdad—.

Quizás yo no lo llegue a ver, pero quiero pensar que he colaborado de alguna manera en la solución.

No entendía por qué no había suficientes personas que quisieran participar en los ensayos. Si existía la posibilidad de recuperar la magia o retrasar su desaparición había que intentarlo. Cuando le expuse la situación a Aiden, él dejó escapar una carcajada cargada de dolor.

—Hay muy poca gente que esté en una situación como la mía.

La gente usa la magia para sus vidas cotidianas y apenas consumen poder.

Cuando los síntomas son lo suficientemente fuertes como para que se preocupen, ya es muy tarde.

Yo, por el contrario, gasto casi el cien por cien de mi poder en cada duelo.

Los síntomas en mí son más notables —me explicó con serenidad.

—¿Y no hay forma de que la magia vuelva una vez que desaparece? —pregunté con toda mi esperanza puesta en aquella pregunta, aferrándome a un clavo ardiendo.

—No se sabe. No hay registros.

En ese momento, el mundo se me estaba cayendo encima. Aiden tenía una enfermedad rara que era muy probable que le acabara quitando la magia. Sin ella, no podría ser un duelista, no podría cumplir sus sueños, no le quedaría nada.

Si yo no hubiera desaparecido durante esos dos años, Aiden habría ganado más torneos, habría llegado a ser mejor.

Quizás seríamos compañeros y podríamos optar a un equipo profesional.

Sin un compañero compatible con él, no conseguiría que lo ficharan.

Era lo malo de los duelos, que eran competiciones donde los vínculos, la confianza y la complicidad entre los dos magos eran imprescindibles.

Sabía que, en aquel momento, no debía de estar pensando en esas cosas.

Sin embargo, no podía evitarlo.

Lo miré a los ojos y lo vi asustado. Eso fue lo que me hizo actuar. Me levanté, lo agarré de la camiseta y tiré de él hasta que se puso en pie. Le agarré la cara con las manos y lo miré a los ojos.

—No te va a pasar nada malo, ¿vale? Voy a estar a tu lado.

Siempre. —Ya no podía dejar de hablar. Le estaba abriendo mi corazón de par en par—.

Me convertiré en tu compañero, ganaremos los torneos y entraremos en el mejor equipo profesional que haya.

—Nunca había pensado en aquella posibilidad.

Volver a competir con Aiden siempre fue un sueño fuera del alcance de mi mano, pero en cuanto dije aquellas palabras en voz alta, me sorprendí a mí mismo dándome cuenta de que era lo que más ansiaba.

Lo deseaba más que cualquier otra cosa—.

Y si un día te quedas sin magia, removeremos cielo y tierra para conseguir que la recuperes. Lo haremos tú y yo, juntos.

—Tú y yo —repitió mirándome fijamente.

Asentí y deslicé las manos por su rostro, eliminando alguna lágrima que se le había caído. Estábamos tan cerca en aquel momento…

—No sabes lo que dices. —Había tanta fragilidad en su voz que algo se me removió por dentro.

—Sí, tú y yo. Siempre, ¿vale? Lo demás no importa —le repetí.

Necesitaba que le quedara claro. No podía perderle. Pasara lo que pasase.

Él asintió y con una mano me agarró de los hombros justo antes de acortar la distancia que nos separaba y juntar sus labios con los míos.