Capítulo 30
Déjà vu
Noviembre llegaba a su fin, las clases habían empezado hacía casi tres meses y los profesores estaban insistiendo bastante sobre no dejar los estudios para el último día.
El grupo de trabajo se había reunido un par de veces para avanzar con la investigación de la parálisis mágica, pero no habían avanzado tanto como deberían.
El tema era complejo, demasiado para unos estudiantes universitarios de primer año.
Aiden llegó al entrenamiento algo más tarde de lo habitual. Se cambió en el vestuario lo más rápido que pudo y salió corriendo a la sala de entrenamientos. Sus compañeros ya habían llegado y estaban recibiendo algunas indicaciones del entrenador.
—Bueno, ahora que estamos todos vamos a ir empezando —dijo Caleb revisando una libreta con anotaciones.
—Falta Thiago —comentó Aiden al ver que su compañero no había llegado aún.
Obviamente todavía no le habían encontrado a nadie. Compatibilidades horarias, esa había sido la excusa de Rian aquella semana.
—Sí, pero me acaba de avisar de que al final no vendrá.
Tenía que hacer un papeleo —contestó el entrenador—.
Hoy, al ser impares, Rian será tu compañero y haremos dos combates por equipos.
¿De acuerdo? Tenéis una hora para calentar.
Podéis salir a correr o usar las máquinas.
Que nadie se sobreesfuerce. No quiero ningún lesionado.
Aiden y Rian se miraron unos segundos. Ninguno parecía emocionado en exceso por la noticia. Aiden miró al suelo y maldijo a Thiago en silencio. Aquello definitivamente no estaba en sus planes. Cuando levantó la vista vio a Rian acercándose al entrenador.
—No creo que sea buena idea —le dijo Rian en voz baja, pero Aiden estaba lo bastante cerca para poder oírlo sin problemas.
—¿Por qué? Ya habéis competido juntos, no es algo nuevo para vosotros —argumentó Caleb, confuso—. Vais a tener que darme una buena razón para no hacerlo.
—Él no está aquí para competir conmigo —respondió.
Aiden lo miraba a cierta distancia sin saber muy bien cómo debía reaccionar. De repente se encontró con la mirada de Caleb, que lo observaba mientras valoraba qué hacer con ellos.
—Aiden —dijo dirigiéndose a él—. ¿Prefieres entrenar con Rian o prescindir del entrenamiento de hoy y volver a casa?
—Esas no tienen por qué ser las únicas opciones —protestó Rian.
—No estoy hablando contigo —replicó con la mirada fija en Aiden.
El chico notó como Caleb estaba evaluando su reacción. Aquello era una especie de prueba, aunque no tenía claro para qué. No hacía falta que le diera vueltas de más, lo tenía muy claro.
—Entrenar con Rian —respondió sin dudar y su corazón dio un latido de más ante la expectativa.
Entrenar con Rian.
Como hacía dos años. Como compañeros.
—Estupendo —celebró Caleb con una sonrisa—. Decidido entonces. —Le dio una pequeña palmadita en el hombro a su nuevo compañero y se alejó hacia una mesa situada en un rincón.
Rian se quedó unos segundos quieto, dándole la espalda, hasta que se giró hacia él con un suspiro. Acortó la distancia que los separaba y lo miró a los ojos.
—¿Quieres salir a correr un poco? —le preguntó al final.
—¿Tanto supone para ti entrenar conmigo? —inquirió Aiden algo molesto, sin contestar a su pregunta.
—Yo no he dicho eso —se excusó Rian.
—No hizo falta que dijeras exactamente esas palabras. Si le dices esas cosas al entrenador también me estás perjudicando a mí.
—¿Y qué querías que hiciera?
—Te lo dije la semana pasada —respondió fulminándolo con la mirada—. Te dije que me encontraras a alguien.
—Lo estoy intentando…
—Igual deberías dejar de intentarlo y hacerlo de una vez.
Rian apretó la mandíbula con fuerza, guardando una respuesta, y aquello le sorprendió. Su versión de dieciséis años no se habría mordido la lengua. Jamás habría pensado dos veces en las consecuencias de sus palabras.
—Estoy intentando hacer que las cosas sean sencillas entre nosotros, pero tú no me lo pones fácil.
Aiden soltó una pequeña risa irónica antes de contestar.
—¡Sigo enfadado! Llevo odiándote más de dos años. No puedes pretender que a los diez segundos de reencontrarme contigo ya te diga lo mucho que te aprecio —le dijo convencido de que era lo más obvio del mundo—. En serio, ¿eres capaz de que tus sentimientos cambien de un día para otro?
Rian entrecerró los ojos. Tenía los labios apretados, formando una fina línea. Se acercó todavía más a él, antes de hablar y, cuando lo hizo, utilizó un tono de voz bajo para que los demás no lo pudieran escuchar.
—Mis sentimientos no han cambiado. Cada vez que te tengo delante, siento exactamente lo mismo que hace dos años.
El corazón de Aiden se aceleró y, antes de darse cuenta, estaba formulando en voz alta la pregunta que lo llevaba atormentando desde entonces. Porque si Rian sentía lo mismo que él…
—¿Qué es lo que sientes? —La voz salió de su boca como un susurro.
Rian esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—No hagas preguntas si no quieres saber la respuesta —contestó, y por un instante su voz perdió firmeza.
Aiden se quedó mirándolo unos segundos más, consciente de que aquella sonrisa no era una huida, sino una advertencia y él no terminaba de ver el peligro.
Estuvieron corriendo en silencio los siguientes quince minutos.
Recorrieron a paso apurado los alrededores del campus, evitando a las personas que paseaban por la calle a esa hora.
Algunos niños los habían señalado emocionados al reconocer el uniforme y Aiden procuraba abstraerse y regalarles una sonrisa, aunque no habían disminuido el ritmo.
Cuando volvieron a la sala de entrenamientos, fueron hasta una de las zonas habilitadas para practicar los combates y activaron los escudos.
Rian caminó hasta un extremo y se apartó el pelo hacia un lado, mientras flexionaba las piernas.
Lo miraba serio, con el rostro inexpresivo, y en ese instante le recordó al chico que había conocido.
Rian levantó la palma y formó una pequeña esfera de energía, lo mismo que había creado el día en que se conocieron. Una bonita elección.
Aiden sonrió, preparado. Aquella vez sería diferente.
Rian le lanzó con fuerza la pequeña esfera.
Al principio, Aiden pensó que la haría desaparecer como aquel día, pero cuando vio la postura de combate de su compañero supo que eso no iba a pasar.
Le había lanzado el ataque a él y estaba preparado para poder defenderse en caso de que lograra esquivar su energía o devolvérsela.
El joven mantuvo la posición relajada hasta el último segundo, en el que movió la mano con rapidez y desvió el ataque contra una esquina.
—No vas a conseguir nada contra mí si no te esfuerzas —le avisó Aiden con una ligera sonrisa en los labios.
Un cosquilleo agradable le recorría las manos. Entrenar así con él, como en los viejos tiempos, era especial en el mejor de los sentidos.
—Te llevo viendo entrenar dos meses. Creo que tengo una idea bastante clara de lo que puedes y no puedes hacer.
—Prepárate entonces.
En un gesto que daba valor a aquella amenaza, levantó las palmas de las manos y formó cuatro pequeñas esferas.
Dejó que todo su poder se concentrara y notó los hilos dorados envolviendo el ambiente.
Rian también lo notaba. La dilatación de sus fosas nasales y la fuerza con que cerró los puños le bastaron para saberlo.
El niño de poder descontrolado había quedado atrás; Aiden era ahora un mago excepcional.
—¿Sorprendido? —preguntó Aiden mientras jugaba con las pequeñas esferas. Estaba haciendo que dieran vueltas alrededor de su cabeza, despacio.
Era cierto que Rian lo había visto combatir muchas veces a lo largo de sus entrenamientos, pero al estar en medio de un duelo, podía sentir la parte de la magia que quedaba oculta a los espectadores.
—Para nada —respondió Rian sonriéndole de vuelta—. Ya te dije que había seguido tu trayectoria. Sé bien de lo que eres capaz. Aunque he de reconocer que es mucho más impresionante enfrentarse a ti que verte combatir contra otros o por la tele.
De repente, la sonrisa de Rian desapareció.
Aiden lo miró con extrañeza hasta que entendió qué había captado la atención de su compañero.
Entonces dirigió los ojos a su mano izquierda, la única alzada, desde la que controlaba las esferas de energía.
No se había dado cuenta de que temblaba de manera evidente.
Se sujetó la muñeca con la otra mano, intentando que el agarre fuera más estable, y le lanzó el ataque a Rian.
Este cruzó los brazos para protegerse y levantó un fuerte escudo a su alrededor en el último segundo.
Cuando las esferas chocaron contra las protecciones, el suelo tembló.
Ante la fuerza del ataque, Rian se deslizó por el suelo un par de metros.
No le había pasado nada, su escudo era lo suficientemente fuerte.
Cuando sus ojos se encontraron, Aiden se percató de que todavía seguía sujetándose la muñeca con firmeza.
Se la soltó rápidamente, pero Rian ya lo había percibido.
Siempre había sido un magnífico observador.
—¿Qué te pasa? —preguntó Rian con la mirada fija en su mano izquierda.
Aiden tuvo que hacer un esfuerzo para no ocultar su mano detrás de su espalda.
—Nada.
—¿Por qué me estás mintiendo?
—No te estoy mintiendo, estoy bien —replicó Aiden enfadado.
—Inténtalo de nuevo. Estoy sintiendo a gritos que no es verdad a través de nuestro vínculo. Tú también has tenido que notar lo fuerte que se ha vuelto en el último mes, así que no puedes ser tan ingenuo como para pensar que puedes mentirme de esa forma tan descarada —le contestó alterado.
De repente, el silbido de Caleb resonó por la sala de entrenamientos.
—Ha surgido un imprevisto y me tengo que ir, así que el entrenamiento queda cancelado. Nos vemos mañana aquí a la misma hora —gritó para que todos lo escucharan antes de recoger su mochila y salir corriendo de la sala.
—Estupendo, tú te vienes conmigo —ordenó Rian agarrando a Aiden de un brazo y tirando de él antes de que el resto de compañeros pudieran proponerle algún plan.
Lo llevó arrastras hasta la residencia. Subieron en el ascensor y, a pesar de ser un espacio cerrado y no tener a dónde escapar, Rian lo siguió sujetando con fuerza. No lo soltó hasta que llegaron a la habitación novecientos veintitrés y, tras abrir la puerta, lo metió dentro con un empujón.
Aiden tropezó contra una alfombra que estaba justo a la entrada, pero consiguió recuperar el equilibrio. Miró a su alrededor.
La habitación de Rian era muy similar a la que habían tenido en la escuela media.
Olía a él. Tenía la persiana medio bajada y estaba en penumbra.
Aun así, se podía apreciar la estancia. La cama estaba sin hacer y había un par de libros abiertos sobre la colcha, debía de haber estado estudiando en la cama.
Había tres posters colocados en las paredes, y encima de la mesa…
—Ahora vas a decirme qué te pasa. Cuánto tiempo hace que te pasa y por qué nadie sabe nada sobre eso —le gritó furioso.
Aiden no le escuchaba. No podía apartar la mirada de la mesa, donde descansaba un marco sencillo con una foto dentro.
En ella estaban ellos dos, vestidos con el uniforme del Kettou, cerca del lago de la escuela.
Rian tenía una sonrisa algo tímida y lo estaba mirando a él, que estaba con los ojos cerrados mientras lloraba de la risa.
Aiden se acercó hasta la mesa y cogió el marco, pasando los dedos por encima de la foto.
Recordaba a la perfección el instante capturado y todas las emociones que sentía por aquel entonces.
Por ese motivo, cuando se giró y se encontró con los ojos azules de Rian, que lo miraban fijamente, lo supo con una certeza abrasadora.
Quizás Rian había cambiado. Quizás tenía menos fantasmas atormentándolo, pero en el fondo seguía siendo el mismo chico, y eso era un problema. Ya se había enamorado de él una vez y no había nada que pudiera hacer para que no volviera a pasar. Para evitar lo que ya estaba pasando.