Capítulo 29
La piedra
Aiden caminaba por los pasillos a paso apurado.
Varios de sus compañeros de clase lo saludaron, pero el mago solo les sonrió como respuesta, sin detenerse.
Llevaba desde el día anterior dándole vueltas a la situación y, después de mucho pensarlo, había decidido ir a hablar con Caleb.
Se notaba agitado y su cuerpo vibraba por los nervios del momento.
El entrenador estaba sentado en el despacho, con cara de concentración, tecleando en su ordenador.
—Buenos días, Aiden, ¿qué tal te va? —le saludó, antes de despegar la vista de la pantalla y dedicarle toda su atención.
—Quería hablar contigo un momento.
Caleb puso una sonrisa tensa antes de señalar la silla que estaba en frente a su mesa.
Aiden tomó asiento, algo obligado por la situación.
No quería estar sentado porque le costaba mantener a raya sus nervios.
Prefería dar vueltas por la habitación y no tener que controlar los movimientos involuntarios de sus piernas.
—Cuéntame, ¿qué te preocupa? —preguntó con cautela.
Aquella forma de dirigirse a él fue diferente a lo normal y no necesitó más para confirmar sus sospechas.
Por lo que el mago sabía, llevaban desde hacía casi dos meses buscándole un compañero.
Había hecho varias pruebas con algunos duelistas, pero cuando se despedían al final del entrenamiento, no volvía a saber de ellos nunca más.
Las primeras veces le había parecido razonable. Era posible que sus entrenadores vieran algo que él no. Después de probar suerte con media docena de candidatos ya había empezado a sospechar algo.
La semana anterior había notado, por el vínculo que aún tenía con Rian y que se había fortalecido en los últimos meses, un sentimiento extraño cuando había estado entrenando con Katrice.
Incluso había sentido una especie de conexión con ella, pero era difícil concentrarse en la práctica cuando Rian estaba en medio.
—Estamos en noviembre; queda poco tiempo para la clasificación y apenas unos meses para el torneo.
La cosa es que sigo sin tener a nadie con quien ir al campeonato.
Entiendo que encontrar a alguien para competir conmigo puede ser complicado, al final se presupone que tiene que tener experiencia y tener los objetivos puestos en el torneo nacional.
Llegados a este punto —Aiden se cruzó de brazos y apretó la mandíbula con rabia—, creo que directamente no queréis encontrar a nadie.
Caleb no reaccionó ante sus palabras, solo le devolvió la mirada, como si estuviera buscando la respuesta adecuada. Aiden endureció el gesto. Aquella era la confirmación que estaba buscando.
—¿Y bien? —insistió Aiden, clavándose las uñas en las palmas, intentando mantener la calma—.
Entiendo que la idea inicial era que Thiago fuera suplente y yo compitiera con otro duelista.
Si es imposible encontrar a alguien, debería empezar a entrenar en serio con él.
No quiero perder, es importante para mí.
Aiden cogió una bocanada de aire. Había mucho en juego.
Era su primer torneo desde que estaba en la universidad y miles de ojos estaban puestos en él.
Una buena clasificación le podría abrir las puertas a un equipo profesional.
Una victoria le podría dar un puesto titular, aun siendo estudiante.
Si fallaba, si no tenía un resultado a la altura, podría ser el fin de su carrera incluso antes de empezar.
El único inconveniente era que Thiago no tenía ese objetivo en mente. Estaba preparándose para el examen del ejército y, si todo iba bien, lo aprobaría y dejaría los duelos atrás. Seguir con él estaba fuera de las opciones, aunque Caleb no tenía por qué saberlo.
El entrenador suspiró y se llevó las manos a la cara. De repente lucía cansado.
—Escucha, Aiden, te prometo que estamos haciendo lo posible por encontrar a alguien.
—¿De verdad? —lo interrumpió—. Porque me da la impresión de que es justo lo contrario. Siento que me estáis poniendo trabas y no entiendo el motivo.
—Para nada. Sabes que la dirección del Igrom ha apostado por ti desde el minuto cero. Si tienes un entrenador personal es porque esperan, esperamos, que consigas grandes logros.
A Aiden se le escapó una risa irónica. No dudaba de aquellas palabras, pero tampoco eran del todo ciertas.
—Necesito saber por qué.
Caleb lo miró confuso, frunciendo el ceño.
—¿Por qué, qué?
—Por qué no tengo compañero. Por qué Rian está rechazando a todos los candidatos.
Por qué nadie me da una solución y me pedís paciencia.
Por qué tengo que esperar… —El enfado de Aiden había ido incrementándose poco a poco a medida que iba enumerando cada una de las cosas que le molestaban—.
¿Quieres que siga? —preguntó levantando las cejas, con gesto irónico.
Caleb se pellizcó el puente de la nariz.
—Hablaré con Rian —dijo el entrenador, con voz cansada.
Aiden asintió, mientras notaba como la ira se agitaba en su pecho. Por una parte, estaba dolido, por otra…
—Muy bien —respondió Aiden poniéndose de pie y dándole la espalda al entrenador—. Me dan igual los motivos. Solo quiero una solución. La que sea.
Dicho esto, salió del despacho sin mirar atrás, dejando que la puerta se cerrara con un golpe sordo. Sabía de sobra que Caleb no era el principal culpable de aquello, pero sí debía ser quien le pusiera remedio.
En cuanto salió del despacho, el aire frío le erizó la piel. No había cogido una chaqueta aquella mañana y, a pesar de que los rayos del sol calentasen un poco, las temperaturas eran muy bajas para estar en manga corta.
Justo cuando estaba a punto de girar, vio a Rian caminando en su dirección. Cuando sus miradas se encontraron, el entrenador levantó la mano para saludarlo.
—Perfecto, justo el que faltaba —dijo Aiden para sí mismo, mientras acortaba la distancia entre ellos.
—Buenas —lo saludó Rian, tranquilo como siempre.
Parecía que los celos del día anterior ya habían quedado en el olvido.
—Serán para ti —respondió Aiden con brusquedad.
Rian lo miró extrañado, pero no dijo nada. Se recolocó la mochila sobre los hombros y lo observó, intentando leer lo que le estaba pasando al chico por la cabeza.
—Acabo de salir del despacho de Caleb —aclaró Aiden—, y, aunque él ya te lo trasmitirá, a mí también me gustaría decirte un par de cosas. Es solo para dejar las cartas sobre la mesa.
Rian frunció el ceño. Se veía que todo aquello lo pillaba de sorpresa. Como si no hubiera estado poniéndole trabas durante los últimos meses, ni fuera el responsable de que Thiago tuviera que seguir entrenando a su lado.
—¿Qué pasa? —preguntó confuso.
—Qué no pasó. —Aiden llevó su dedo índice contra el pecho de Rian e hizo presión—.
Necesito que encuentres a alguien para empezar a entrenar de cara a la competición.
Me da igual quién sea. Me da igual donde lo, o la, tengas que encontrar.
Me dan igual tus exigencias. Me da absolutamente igual todo lo que no tenga que ver con ese alguien. ¿Lo has entendido?
Rian asintió, aunque Aiden no estaba seguro de si se sentía culpable o le era indiferente. Sus ojos azules lo miraban con la misma intensidad de siempre y Aiden no podía aguantarlo en aquel momento.
—Perfecto, me alegra que por fin haya quedado claro. Nos vemos. —Se despidió tan rápido que no le dejó tiempo a responder, aunque notó su mirada clavada en su nuca durante mucho tiempo.
De camino a casa, decidió dar un rodeo. Tenía mucho que pensar y decidir.
Estaba claro que Rian no quería que consiguiera un compañero y eso le causaba sentimientos encontrados.
¿Querría volver a competir con él? ¿Le diría que sí si se lo pidiera?
¿Estaría él dispuesto a competir con Rian de nuevo después de lo que habían pasado?
Aiden estaba enfadado consigo mismo por haber olvidado tan rápido.
Ya no consideraba tan grave que Rian se hubiera ido y, cada día que pasaba, estaba más dispuesto a perdonarlo.
Durante años había ido acumulando aquella ira, y habría jurado que, si volvía a tener a Rian delante, jamás lo perdonaría.
Pero después de aquellos meses, se había ido diluyendo.
Había empezado a disfrutar el pasar tiempo con él.
Lo había buscado con la mirada, conteniendo una sonrisa, cuando el entrenador decía algo que se podía malinterpretar.
Esperaba con ansias los gestos de validación que aparecían en la cara de Rian después de una buena defensa o ataque por su parte.
Y muchas veces su mirada se perdía inevitablemente en sus ojos azules o sus labios.
Mierda.
Aiden notó como su cara ardía ante el camino que habían tomado sus pensamientos, lo cual empezaba a ser bastante habitual.
Después de estar paseando casi una hora, se sentó en un banco de madera, cerca de un estanque lleno de patos. Era una zona recogida y el frío quedaba atenuado por los árboles y los rayos de sol. El mago miró al cielo y contempló las nubes, dejando escapar un suspiro.
Rian le había hecho mucho daño, pero sabía de sobra que, por mucho que se siguiera aferrando a la ira, había dejado todo aquello atrás.
Quería seguir entrenando duro, competir y ganar.
Y si dijera que no lo quería hacer a su lado, sería una mentira.
Llevaba dos meses enfadado consigo mismo por tener unos sentimientos y unas reacciones que no podía controlar.
Ya no tenía dieciséis años, ni se despertó solo en una habitación de hospital.
Ya no estaba tan enfadado con Rian.
Aiden cerró los ojos y respiró profundamente un par de veces, intentando que su corazón latiera un poco más lento. No estaba seguro de qué elegiría si le dieran a escoger entre competir con Rian o descubrir qué se sentiría al besarlo.
Ambas eran cosas que deseaba con fuerza y reconocerse eso a sí mismo le quitó un peso de encima.