Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Una fiesta universitaria

—Muy buen entrenamiento hoy —dijo Caleb tras dar dos palmadas, llamando la atención de todos—.

Lo estáis haciendo bien. Id a descansar y aprovechad este fin de semana para desconectar un poco.

Si alguno de vosotros quiere asistir al duelo del Dorogoy, que no dude en pedirme entradas.

Podéis mandarme un mensaje, pero que sea antes del domingo a las doce…

que nos conocemos —recalcó centrando su atención en Kioko.

Por lo que había oído Aiden, la chica le solía pedir las entradas casi en el momento en el que estaban entrando a la Arena.

—No te preocupes, Caleb, justo te las iba a pedir en este mismo momento —dijo la implicada algo avergonzada.

—Vente a mi despacho, anda —respondió Caleb, y ambos salieron de la sala de entrenamientos.

Olivier que estaba hablando con Igor de forma distendida, se volvió hacia los demás cuando Caleb desapareció de su campo de visión.

—Ahora que el entrenador no está, sin ofender, Rian, os comento: estábamos hablando de ir a cenar esta noche. Luego podemos aprovechar y salir un rato. No todos los días se tiene un fin de semana libre. ¿Qué decís?

Tara, la compañera de Kioko, suspiró.

—Ya sabía yo que esta tramaba algo —se lamentó refiriéndose a su compañera—. Supongo que no tengo más remedio. La última vez ya no fui y Mei no deja de recordármelo a diario. Contad conmigo.

—Estupendo. ¿Aiden? ¿Rian?

Aiden notó cómo Rian se tensaba contra él, pero no dijo nada.

Estaba esperando a que él aceptase o declinase la oferta.

¿Podía ser que no quisiera pasar tiempo juntos?

¿Iba a elegir lo contrario de lo que él eligiese?

Esa idea se le clavó en lo más profundo de su ser, molestándolo.

Por ese motivo, miró a Rian a los ojos y le habló directamente a él.

—Yo me apunto. ¿Tú qué?

Rian pareció sorprenderse de la propuesta, aunque asintió sin pensárselo mucho.

—Claro, suena bien.

—Genial. Cuenta con el entrenador y conmigo. Déjame hablar con Thiago a ver si se une y te confirmo luego —le respondió Aiden a Olivier.

—Perfecto, sobre las diez, como siempre. Tiraremos la puerta de cualquier habitación si osáis llegar tarde. Avisados estáis. —dijo antes de despedirse con un gesto y caminar hacia la salida.

Igor puso los ojos en blanco y negó con la cabeza antes de seguir a su compañero.

Una vez que se quedaron solos, Rian carraspeó llamando la atención de Aiden, que miraba a la puerta por donde se habían ido todos.

—¿Qué te pasa? —preguntó Aiden algo incómodo.

—No me pasa nada —respondió el otro confuso. Fuera lo que fuese a decir, se había arrepentido.

Aiden sintió tantas cosas a través de esas palabras que se le hizo un nudo en el estómago y no pudo evitar que sus ojos se desviasen hasta los labios de Rian.

Parecían algo agrietados por el frío. En aquella zona de la región habían dejado atrás el buen clima hacía tiempo. Además, tenía una pequeña herida en el centro del labio inferior, había estado jugando con alguna de las pielecillas hasta hacerse daño.

¡Oh, por favor! ¿Le estaba mirando los labios de verdad? Sí, sí lo estaba haciendo y por alguna extraña razón no podía apartar la mirada.

—¿Aiden? —preguntó Rian, apretándole el hombro con la mano, llamando su atención.

—Sí, claro.

Rian echó una carcajada.

—¿Sí, claro? ¿En dónde estabas? Te he pillado físicamente aquí pero mentalmente bastante lejos, por lo que parece.

—No te haces ni una idea —susurró avergonzado.

—Venga, anda, te acompaño a tu piso para que descanses un rato.

—No hace falta.

—Ya lo sé, me apetece. Así doy un paseo.

Aiden asintió porque no había mucho más que pudiera decir y en el fondo le gustaba pasar tiempo juntos.

El camino hasta su casa lo pasaron casi todo el tiempo en silencio, aunque por primera vez en meses no fue incómodo.

Habían llegado a un punto en su relación en que daban la impresión de que volvían a sentirse cómodos el uno con el otro y, para Aiden, aquello era un problema.

No sabía qué hacer. No sabía cuál era la mejor opción.

Ni siquiera conocía la verdad de los sentimientos de su entrenador.

Cuando llegaron al portal, Aiden se giró y ambos chicos se miraron. Parecía que habían tendido un puente en el abismo que había entre ellos.

—¿Quieres subir? —preguntó Aiden. No supo de dónde había salido aquel ofrecimiento.

Rian parpadeó un par de veces antes de abrir la boca.

—Me encantaría, pero tengo un par de cosas que hacer antes de la cena de esta noche.

Aiden asintió intentando camuflar la decepción que le subía por la garganta.

Había sido un ingenuo.

—Claro, nos vemos en un rato —respondió con una sonrisa tan falsa que le tironeó de las mejillas. Había sido una postura demasiado forzada.

◆◆◆

Después de comer algo, dormir un rato y darse una ducha, Aiden estaba como nuevo.

Se puso una camisa blanca, un jersey y unos pantalones negros de tela.

Esa ropa era la típica que siempre tenía a mano en el armario y que nunca se ponía.

Para él, era mucho más cómoda una sudadera y unos vaqueros, independientemente de la situación.

Cuando faltaban apenas dos minutos para las diez, el telefonillo resonó por todo el apartamento. Aiden se incorporó de la cama donde se había recostado para ver el móvil mientras esperaba y tras coger las llaves salió de casa. Thiago había rehusado la invitación y había salido hacía un rato.

En el portal, se encontró en primer lugar con Rian. Estaba vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa azul clara, muy parecida al color de sus ojos. Le quedaba muy bien. En su brazo, colgaba una cazadora de cuero.

—Qué rápido —saludó sorprendido de que no tardaran ni diez minutos en tocar el timbre desde que salieron de la residencia.

—Qué guapo —dijo Rian al mismo tiempo, después de mirarlo de arriba a abajo.

Su cara no revelaba ningún sentimiento; era como si acabara de decir una obviedad.

Aiden tuvo la sensación de que su corazón se había saltado un par de latidos.

No pudo responder, ya que el resto del equipo apareció por la calle armando alboroto, y lo agradeció profundamente.

No quería seguir sintiéndose vulnerable.

—Vámonos —gritó Mei, saltando encima de Olivier, sin hacer caso a las protestas de este.

Después de cenar, fueron hasta El Golden, el local donde había ido en su primera salida con la gente del equipo, hacía un par de meses. Allí, pidieron un par de copas y, con el paso de las horas, acabaron desperdigados por el local.

La música que resonaba por los altavoces recitaba muchas cosas que el chico estaba sintiendo. Promesas incumplidas, sueños rotos, un amor imposible.

Pensar en todo aquello hacía que su respiración se entrecortara.

Cerca de las tres de la mañana, Aiden estaba sentado en la barra, dando pequeños sorbos a la sexta copa de aquella noche. De vez en cuando, miraba por encima del hombro, hacia Rian, que hablaba de forma bastante distendida con Kioko.

—Es increíble —murmuró para sí mismo.

No estaba celoso. No lo estaba. O al menos, de eso se estaba intentando convencer cuando salió del local después de escuchar la risa de Rian a través de la música.

El frío de la noche le impactó en el rostro. El vaho salía de entre sus labios con cada bocanada. Cerró los ojos, concentrándose en mantener una respiración constante y estable.

No pasaba nada. Rian tenía derecho a rehacer su vida. Tenía derecho a ser feliz.

Creía firmemente en cada una de aquellas palabras, lo que no entendía era por qué le dolía el centro del pecho cada vez que se las repetía.