Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

¿Amigos?

Unos cuantos días después, Aiden se encontraba con Rian en la biblioteca de la universidad.

Ava, una de las chicas con las que compartían grupo para el trabajo de Anatomía, había organizado una sesión de investigación sobre la parálisis mágica a la que, al final, solo habían asistido ellos.

Las cosas con Rian no habían variado mucho, seguían hablando como siempre, a pesar de que nada era como antes, o al menos es como lo percibía Aiden.

Además, había cambiado tanto en aquellos dos años que en ocasiones le costaba reconocer a su amigo en el hombre que era.

Estaba más relajado, aparentaba ser más feliz y eso, por alguna razón, lo sacaba de quicio.

—¿Ya tienes la respuesta a la pregunta cinco? —preguntó Rian rompiendo el hilo de sus pensamientos.

—Aún no —respondió sin levantar la mirada del papel.

Estaba enfadado, aunque no podía determinar la razón. Tenía la sensación de que él era el único que le daba vueltas a las cosas.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—¿Qué te pasa?

—No me pasa nada.

Rian resopló antes de ponerle una mano sobre la libreta en la que estaba escribiendo, impidiéndole seguir con el ejercicio. Aiden lo miró con el ceño fruncido, exasperado.

—¿Por qué no me cuentas lo que te preocupa? Llevas un par de días algo ausente, tanto en clase como en los entrenamientos.

Aiden asintió pensativo. Las cosas no le estaban saliendo como esperaba y sabía que se encontraba falto de ánimos. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que los demás habían podido percibir el cambio en él.

—Bueno, han pasado un par de cosas que me han afectado más de lo que esperaba —reconoció, aunque no tenía nada que ver con su malhumor del día.

—¿Tiene algo que ver con los entrenamientos? —se aventuró Rian, bastante acertado.

Que hubiera estado probando diferentes ejercicios con varios compañeros y que ninguno acabara de encajar con él le estaba afectando más de lo que creía.

Además, con Katrice las cosas asemejaban ir bien, pero Rian no acababa de asegurarle que ese cambio fuera definitivo y le mandaba practicar con Thiago cada dos por tres.

Por suerte su amigo todavía no había abandonado los entrenamientos, aunque Aiden sentía que se le estaba agotando el tiempo.

—Sí, en parte…, podría decirse que sí.

—¿Y no me vas a contar qué te preocupa?

—Es algo personal.

—Antes me lo habrías contado. Me contabas todo —dijo Rian, rozándole la mano con la punta de los dedos.

Fue un toque muy ligero. Aiden apartó la mano como si le hubiera quemado.

—Antes éramos amigos —replicó con una ligera sonrisa irónica en la cara.

—Lo seguimos siendo. No he dejado de ser tu amigo en este tiempo.

Aiden se levantó y, tras cerrar de un golpe la libreta, la guardó en la mochila. Si antes ya estaba enfadado, en aquel momento estaba furioso. Rian debió de notar su cambio de actitud, porque miró con cautela a su alrededor.

—Aiden… —Intentó agarrarle del brazo de nuevo para que no se alejara, pero se lo pensó en el último momento y bajó la mano hasta su regazo.

—Me abandonaste. Traicionaste mi confianza —dijo con la voz algo más alta de lo que debería.

Sabía que, como siguieran así, mañana habría cientos de videos con fragmentos de aquella conversación en todas las redes sociales. Le daba igual, no podía callarse más.

—Creí que ya habíamos hablado de ese tema…

—Claro, tiene que ser como tú quieres. —Estaba siendo injusto, aunque no podía evitarlo, estaba superado—.

Como ya hablamos del tema yo tengo que aceptarlo y volver a ser tu amigo de nuevo.

No puedo seguir enfadado. No puede molestarme nada.

No sé por qué me sorprende. Ha sido así desde siempre.

Tú marcas el camino y el ritmo y yo te sigo.

Siempre fue así, como tú querías y estoy un poco cansado.

¿No puede ser, por una vez, como yo quiero?

—Aiden sabía que no estaba siendo racional, pero no podía parar.

—¿Y cómo quieres hacerlo? —No tenía respuesta para eso.

Se puso en pie, dispuesto a salir de la biblioteca; esa vez Rian sí lo agarró de la muñeca, impidiéndoselo.

—Espera, no te vayas así. Hablemos. No quiero que lo pases mal por mi culpa.

—¿De qué quieres hablar?

—De todo. De nada. No sé, Aiden. Esto tampoco es fácil para mí.

—Rian, hoy no tengo un buen día. Dejémoslo aquí, por favor —respondió Aiden.

Rian lo miró unos segundos, indeciso. Al final se animó a hablar.

—Hay una cosa que me gustaría darte. No tienes por qué decirme nada, solo acompáñame un segundo y deja que te la dé. Luego te dejaré tranquilo.

Aiden se frotó los ojos. No sabía qué le pasaba. Quería meterse en cama y existir; dormir un rato y olvidarse de todo.

—¿Qué es? —preguntó al final.

—Ven, anda —dijo poniéndose en pie e indicándole con la cabeza que lo siguiera. Aiden suspiró y echó a andar detrás de él.

Aquella situación le recordaba mucho a todas las veces que lo seguía por los pasillos, esperando que Rian decidiera poner de su parte y hacerse su amigo.

Lo había acompañado en mil ocasiones a los jardines del Bhainn Daiocht, a la azotea, a su habitación, al comedor…

No pudo evitar recordar cómo se sentía por aquel entonces.

Deseaba desesperadamente que Rian lo aceptase como compañero, como amigo.

Pensándolo bien, aunque en aquel momento lo estuviera siguiendo, no era él quien estaba poniendo todo de su parte para conseguir que las cosas fueran diferentes.

Rian no había cambiado demasiado, al menos no de forma evidente. Era cierto que había crecido un poco y quizás estaba algo más delgado, pero seguía siendo el mismo. El pelo negro algo largo y siempre despeinado, la ropa una talla más grande de lo que debería y aquellos ojos azules.

Aquellos malditos ojos azules.

Estaba tan sumido en sus propios pensamientos que, cuando se dio cuenta, estaba entrando en el ascensor de la residencia de estudiantes, donde vivía Rian.

Las puertas se cerraron tras ellos y empezaron a subir hasta llegar al noveno piso.

Cuando se abrieron de nuevo, Aiden se quedó asombrado por las fotografías que había en las paredes.

Dio un par de pasos absorto y apoyó su mano en una instantánea fechada hacía casi quince años, donde se veía a dos chicas del Igrom levantando el trofeo del torneo nacional.

—¿Esperas aquí? —preguntó Rian, situándose a su lado, recordándole que no estaba solo.

—Claro —respondió enseguida.

Esperaba con toda el alma que Rian no le hubiera hablado durante el camino. Si lo había hecho, no era extraño que se hubiera sentido ignorado.

—Vuelvo ahora.

Rian recorrió el pasillo con paso apurado y entró en su cuarto, no se molestó en cerrar la puerta tras él.

Mientras, Aiden apoyó la espalda en la pared y se dejó escurrir hasta el suelo.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Salió a los pocos segundos y se acercó a con la cabeza gacha, mientras jugueteaba con un papel entre los dedos.

—Me ha parecido que no has tenido un buen día —empezó—. Si necesitas hablar de algo…

—¿Acudo a ti? —lo interrumpió Aiden con la voz cargada de ironía.

—Sí, bueno, solo quería que supieras que existía la posibilidad. Tampoco lo tienes por qué decir de esa forma, ni que me estuviera burlando de ti —protestó.

Aiden volvió a fijar su atención en el papel doblado a la mitad que llevaba entre los dedos, el cual no paraba de mover. Le daba vueltas sobre sí mismo, lo tocaba con los dedos, lo cambiaba de posición… Estaba nervioso. Fuera lo que fuera, era algo importante para él. No tenía ninguna duda.

—¿Eso es para mí? —preguntó Aiden.

—Sí, bueno, es tuyo. No tuve la oportunidad de dártelo antes de… ya sabes.

—De desaparecer. Ya. Sí. Entiendo.

Rian asintió con gesto de tristeza.

—Igual ya no lo quieres y piensas que es una chorrada, pero solo espero que te ayude a que me creas cuando te digo que siempre fuiste mi mejor amigo. Y que, si hice lo que hice, fue porque pensé que era lo mejor para ti.

Aiden puso los ojos en blanco. Estaba harto de aquel discurso, de que todos hicieran cosas sin contar con él porque pensaban que era lo mejor para él.

—¿Qué es? —preguntó sin mostrar mucho interés.

Rian bajó la mirada a sus manos, mientras seguía jugando con el papel. Luego, su cara se puso roja.

—Hicimos una promesa hace varios años y no quería romperla.

Aiden se puso en pie, sin hacer amago de coger el papel.

—Es curioso cómo solo te preocupó romper determinadas promesas.

—Joder, Aiden, te juro que estoy poniendo de mi parte. Cógelo de una vez. Si no lo quieres eres libre de hacer con él lo que te dé la gana. Como si lo quieres tirar por el desagüe —insistió agitando el papel delante suya.

Aiden notó como su mano temblaba mientras lo cogía. Por un momento, los sentimientos de Rian que le habían llegado a través del viejo vínculo que tenían lo habían desconcertado: nervios, emoción, cariño… Algo más.

Tragó saliva y abrió el papel. Era un recorte de un periódico, donde se veía una foto del último torneo al que se presentaron juntos. En ella, se los veía a los dos con el uniforme del Kettou, preparados para salir a la Arena. La firma de Rian descansaba en una esquina.

—¿Esto…? —empezó Aiden, pero un nudo en el estómago le impidió terminar la frase. No podía creérselo.

—Sí —dijo Rian, asintiendo con la cabeza—. Yo…

Aiden notaba como su corazón latía de forma descontrolada.

En una de las esquinas se podía apreciar la fecha de publicación, por lo que Aiden supo que Rian ya se había ido cuando firmó aquel periódico. Durante todo ese tiempo lo había estado guardando, sin saber tan siquiera si se volverían a ver. Había decidido conservarlo de forma indefinida.

Las lágrimas amenazaban con salir, por lo que Aiden tuvo que apartar la mirada de aquella foto.

Se habían prometido que se dedicarían el primer autógrafo.

Él no lo había hecho, se había olvidado por completo.

Por ese motivo, que Rian se hubiera acordado y lo hubiera cumplido, significó más para él de lo que estaba dispuesto a confesar.

—No quería hacerte llorar —susurró con la voz rota. Aquella situación los estaba destrozando más que seguir separados.

Quizás, por ese motivo, cuando los dedos de Rian atraparon una de las lágrimas que descendía por su mejilla, no lo apartó y su estómago se contrajo ante el contacto.

Sentía un nudo en el pecho: amor, rencor, rabia, frustración…, todo a la vez, sin dejarle espacio para respirar.

Luego el contacto se rompió y Aiden sintió frío.

—Gracias —dijo al final, conteniendo un suspiro, todavía con el corazón en un puño. No había otra cosa que pudiera decir. Nada que no les fuera a hacer más daño.

Rian asintió.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —propuso y la posibilidad de no despedirse se prendió en su pecho como una llama.

Se apresuró a negar con la cabeza. No sería bueno.

—No te preocupes, conozco el camino.

—Vale, nos vemos —respondió Rian.

Después comenzó a caminar de vuelta a su habitación.

Cuando pensaba que ya no le iba a decir nada más, se giró y se quedó mirando hacia él, indeciso.

Hizo el amago de hablar varias veces, pero parecía que no lograba encontrar las palabras exactas para expresar lo que tenía en mente.

Al final, su voz resonó por todo el pasillo, a pesar de que no estaba hablando alto.

—Sé que no me crees y que, en realidad, ese autógrafo es una estupidez. Si puede valer para que confíes en mí cuando te digo que siempre te tuve presente, ya me sirve. Daba igual la distancia, siempre estuviste conmigo.

Aiden no quería creerle, aunque ya no estaba tan decidido a no hacerlo.