Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Una confesión inesperada

Aiden se arrepintió al instante de haber dicho aquellas palabras. No tendría que haberle confesado algo así. No en aquel momento.

Se tapó la cara con las manos y dejó escapar el aire. No merecía la pena lamentarse por lo sucedido. No podía volver atrás.

Rian lo miraba sin parpadear. Tenía los labios entreabiertos y Aiden podía jurar que se había puesto pálido. Como si hubiera visto un fantasma.

El corazón se le contrajo. La idea de que Rian nunca lo hubiera visto con otros ojos le ocasionó una decepción más grande de la que jamás podría reconocer en voz alta. Había llegado a creer que sus sentimientos eran correspondidos. Qué ingenuo.

—En fin, olvídalo —susurró el mago y se llevó las manos a los bolsillos para intentar camuflar la agitación que sentía. Ya no quería seguir teniendo aquella conversación.

Se había jurado a sí mismo cientos, miles, de veces que tenía a Rian superado. Había asegurado que solo quería volver a tenerlo enfrente para echarle todo en cara.

En aquel instante ya no lo tenía tan claro. El dolor que sentía en el pecho se parecía bastante a cuando te rompen el corazón, aunque el suyo llevará años hecho pedazos.

Aiden se giró. No podía seguir teniéndolo delante y no romper la distancia que había entre los dos. Ya fuera para golpearlo o para…

—¡Espera! —Los dedos de Rian se aferraron a su antebrazo y una descarga eléctrica lo sacudió con fuerza. Su vínculo se estremeció y le llegó un eco de las cientos de emociones desordenadas que estaba sintiendo el otro.

Y entonces lo percibió de nuevo: el impulso de acortar la distancia que había entre ellos.

Deseo, la necesidad imperiosa de descubrir cómo sería besar sus labios.

Por suerte el contacto se terminó y Aiden pudo volver a respirar tranquilo. Ni siquiera se había dado cuenta que estaba conteniendo el aliento.

Tragó saliva.

El corazón le latía demasiado rápido y su cuerpo todavía estaba intentando volver a la normalidad. Las manos le temblaban, como si estuviera muerto de frío; pese a que por dentro solo sentía calor.

—¿Qué? —protestó Aiden sin ocultar la incomodidad que percibía. No podía confirmar si aquello había sido algo que él sentía o, por el contrario, era el reflejo de lo que experimentaba el otro mago.

—No puedes irte. No después de decirme que… —Rian se calló. Sus mejillas adquirieron un tono rosado.

Aiden se mordió el interior de la mejilla con fuerza hasta que el regusto de la sangre le hizo poner una mueca. La rabia le recorría las venas ante la imagen de lo que podría haber sido.

—Fuiste lo más importante que tenía y me sorprende que no lo supieras. Todos lo veían, pero te fuiste y ahora ya no tienes derecho a exigirme nada. Ya no eres nadie.

Mentira. Mentira. Mentira.

Rian lo miraba serio, confuso, con preocupación en la mirada y Aiden no se sentía preparado para afrontar lo que acababa de pasar entre ellos. Por ese motivo, antes de que pudiera decir nada más, se dio media vuelta y echó a andar, huyendo de aquel callejón sin mirar atrás.

Por suerte o por desgracia, Rian no lo siguió.

El joven estuvo deambulando varias horas por los alrededores del piso, sin decidirse a volver.

Todavía no había logrado calmarse y cada vez que rememoraba el encuentro, cosa que pasaba aproximadamente dos veces por segundo, notaba cómo se le calentaban las orejas.

Había sentido un deseo tan abrasador que aún podía notar la sensación en la punta de los dedos.

Estaba seguro de que llevaba horas sonrojado.

Cerca de las cinco de la mañana, cansado, confuso y sin ganas de seguir congelándose en la calle, volvió a casa.

Subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta sin hacer ruido.

El piso estaba sumido en un silencio ensordecedor y Aiden se preguntó si volver había sido la mejor de las ideas.

No entendía nada de lo que había pasado aquella noche, no entendía por qué había deseado tanto aquel beso.

El mago se pasó las manos por la cara y suspiró.

Aquello no estaba bien, nada lo estaba. Seguía enfadado con Rian y las excusas que le había dado eran pobres e insuficientes.

No podía olvidarse tan fácilmente de lo que le había hecho pasar, de lo cobarde que había sido.

Otra parte de él quería perdonarlo y recuperar la relación tan especial que tenían tiempo atrás.

Aquella parte era la que le hacía sentir como un niño que se creía cualquier mentira. Como un ingenuo.

Aiden caminó hasta la puerta del cuarto de Thiago y se debatió unos instantes entre entrar o seguir en dirección a su cuarto.

Su amigo siempre sabía qué decirle en cada momento, qué palabras necesitaba escuchar para hacerle sentir mejor.

En aquella ocasión, supo que no había nada que le fuera a aliviar la presión que sentía en el pecho.

Estaba viviendo una batalla entre lo que quería y lo que debería de querer y, en medio de aquellos sentimientos descoordinados, se acordó de Nadya.

Mierda . Aiden cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la puerta. La culpa eclipsó todo lo demás y se sintió avergonzado. No habían estado juntos más de un par de meses, pero era como si, al ser tan reciente, la estaba traicionando de alguna manera.

Nadya había intentado que tuvieran una relación seria, ponerle etiquetas a aquel sentimiento que había surgido entre ellos un tiempo atrás; Aiden nunca se había sentido a gusto con la idea.

La quería muchísimo y disfrutaba de su compañía, si bien no creía que fuera lo adecuado.

Aquello les había pasado factura y terminaron distanciándose.

En aquel momento ni siquiera podía considerarse que siguieran siendo amigos.

Aiden se metió en su cuarto y se tiró sobre la colcha.

Era cierto que el recuerdo de lo que había vivido con Rian había provocado que estuviera a punto de cometer una estupidez, pero estaba determinado a mantenerse alejado.

Tendría que aprender a trabajar con él, era su entrenador y no tenía más remedio.

Intentaría no involucrarse más de lo estrictamente necesario.

Eso haría.

Se quedó dormido poco después con la imagen de unos ojos del color del cielo en primavera.