Capítulo 12 - Rian
Tú
El local estaba muy lleno aquella noche y por eso estábamos en la terraza de fuera.
Cuando Kioko me invitó a tomar algo pensé en rechazarla.
Todavía no me había recuperado del viaje y estaba agotado tanto física como mentalmente.
Habían sido unos días muy intensos, pero insistió tanto en que la acompañara que no tuve más remedio que aceptar.
Además, me había reencontrado el día anterior con Aiden.
Aquello no estaba en mis planes. No debería de estar allí, conmigo de nuevo.
Cuando el ataque del rival lo alcanzó y salió herido de gravedad, me prometí a mí mismo que me mantendría alejado de él.
Aunque Aiden era una persona muy importante para mí, quizás había sido una decisión egoísta.
Me dio miedo tener algo tan valioso y enfrentarme a la posibilidad de perderlo.
Durante el segundo año en el instituto él lo fue todo: mi primer compañero, mi primer amigo, la primera persona que me hizo ver que no estaba solo.
Aquello fue más de lo que esperaba y cuando estuve a punto de perderlo…
hui. No tenía ninguna excusa. Solo cobardía.
Aiden nunca lo habría entendido. Él habría logrado convencerme de que conseguiríamos que funcionase si me quedaba a su lado.
Tomé la mejor decisión para los dos en aquel momento, o al menos la que creí que era la mejor.
El peor error de mi vida.
Nada más llegar al bar, Kioko me estuvo contando los problemas que había tenido con su novia.
Llevaban casi seis años juntas y se encontraban en un momento crítico.
Un par de malas rachas seguidas y se estaban replanteando la relación.
Era curioso cómo dos personas que eran iguales evolucionaban y seguían caminos tan distintos hasta convertirse en extrañas. La vida daba muchas vueltas.
—Qué, Rian, ¿tú no tienes a nadie? ¿Algún amigo o amiga especial? —me preguntó Kioko para cambiar de conversación.
Yo sonreí como respuesta. Aquella no era una conversación fácil. Me había costado mucho conocerme, saber por qué yo era diferente del resto de mis compañeros.
Durante mucho tiempo no entendía por qué no me sentía sexualmente atraído por nadie.
Éramos adolescentes con las hormonas revolucionadas, debería estar el día entero pensando en lo mismo.
Yo no. Me gustaba la idea del sexo, pero no podía pensar en nadie con quien quisiera hacerlo.
Solo hubo un momento en mi vida, con una persona con la que pensé que podría llegar a querer algo más…
—No hay nadie —contesté sin más.
—Puedo presentarte a alguna amiga si te interesa —respondió ella sonriendo.
—Las chicas nunca me han llamado la atención de ese modo —contesté encogiéndome de hombros. Eso ya lo tenía claro desde que era un niño—. Y no estoy interesado en ningún tipo de relación en estos momentos.
—Siempre me respondes con lo mismo y ya nos conocemos desde hace bastante tiempo.
Nadie está diciendo que te tengas que comprometer con el primer chico mono que te encuentres.
Podéis divertiros. —Debí ponerle mala cara, porque suspiró con fuerza y desvió la mirada hacia la puerta del bar—.
¿Te apetece otra copa? —preguntó poniéndose de pie.
—No, no quie… —En ese momento lo vi.
Estaba con unos chicos del equipo. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones negros. Estaba guapo. Muy guapo, demasiado para mi propio bien, pero me miraba como si acabara de ver un fantasma. Me lo tenía merecido.
—Mira quienes son —dijo Kioko y elevó la mano para llamar la atención.
Olivier, Igor y Mei se acercaron a saludarnos. Apenas intercambiamos un par de frases. Aiden se había mantenido apartado, con la mirada fija en su móvil.
Quería hablar con él. Necesitaba explicarle lo que había pasado y pedirle perdón. No iba a solucionar nada; era lo mínimo que podía hacer.
Cuando le vi empezar a caminar, dispuesto a pasar por delante de mí sin apartar la mirada del suelo, mi mano se movió antes de que mi cerebro pudiera registrarlo.
Lo había agarrado de la muñeca, impidiéndole seguir andando.
Aiden se quedó quieto unos instantes antes de girar la cabeza y clavar sus ojos en los míos.
—¿Podemos hablar? —le pregunté con la voz ronca.
Levantó las cejas, con gesto sorprendido.
—¿Ahora quieres hablar? —me preguntó a su vez con una voz carente de emoción alguna. Aquello parecía que iba a ser más complicado de lo que había pensado en un primer momento.
—Sí. —No supe descifrar lo que estaba pensando.
Asintió. Bien. Eso era bueno.
Le dejé que se fuera a despedir de los demás, mientras yo hacía lo propio con Kioko.
—Te llamo luego —le dije y fui consciente de que mi voz sonó temblorosa. La anticipación me estaba matando.
—¿Él es…? —No hizo falta que terminara la pregunta. Ambos nos entendíamos sin necesidad de palabras.
—Sí, ya te contaré.
—Más te vale —susurró y, tras darme un abrazo, se marchó con Olivier, Igor y Mei.
Miré hacia los lados, sin saber muy bien a dónde ir.
Estaba tan nervioso que era incapaz comportarme con normalidad.
Cogí el vaso de agua que estaba bebiendo y caminé en silencio hasta uno de los callejones de la zona.
No necesitaba darme la vuelta para saber que me estaba siguiendo, y aquello me dio esperanza.
Puede que nuestro vínculo no se hubiera roto del todo.
Cuando nos quedamos solos, me giré hacia él. Se encontraba a unos cuantos pasos, con las manos en los bolsillos mirándome con gesto serio. Estaba tan cambiado… No podía dejar de mirarlo. Me había imaginado cómo sería volver a tenerlo delante pero nunca pensé que se pudiera hacer realidad.
—Oye, Aiden…
—Si me vas a mentir ahórrate las molestias —me interrumpió cortante.
Me pasé una mano por el pelo, frustrado. Al igual no resultaría tan sencillo como me esperaba.
—No te voy a mentir —dije al final.
Era verdad. No quería mentirle más. Aquella situación no era lo que había planeado.
No era lo ideal, pero no había más opciones.
Teníamos que acostumbrarnos a estar juntos de nuevo.
Y le debía una explicación. Le debía muchas cosas y mi corazón latía excesivamente rápido, silenciando mis pensamientos.
El vaho salía de su boca con cada respiración. Hacía frío, bastante más de lo normal para ser octubre; en aquel momento ni siquiera lo notaba.
—Has crecido —dije al cabo de un rato.
—Tú también —respondió unos segundos después.
Era cierto. Hacía dos años éramos de la misma altura.
En aquel momento él me superaba. Quizás no fuera mucho más alto, pero sí había crecido en todos los sentidos.
Tenía los hombros más anchos, estaba más fuerte, sus rasgos se habían vuelto más afilados…
Y estaba más serio. Nunca lo había visto con aquel gesto.
Estaba enfadado y dolido. Parecía mayor.
—Necesito saber el porqué —me pidió.
Desvié la mirada de sus ojos de color ámbar. Era sencillo ver sus sentimientos reflejados en su mirada.
—No hay nada que pueda decirte que te vaya a hacer sentir mejor, Aiden.
—No necesito que me haga sentir mejor. Solo quiero la verdad. Creo que no te estoy pidiendo tanto —me replicó, igual que siempre.
En realidad sí era para tanto. Me estaba pidiendo que reconociera el mayor error de mi vida.
Que reconociera que me había equivocado.
Que había actuado como un cobarde. No estaba seguro de cómo reaccionaría ante aquella confesión, incluso se me pasó por la cabeza la idea de mentirle.
Al final, lo descarté. No iba a conseguir nada. Ya había perdido.
—Tuve miedo —dije finalmente.
—Mientes.
—No miento. Cuando te vi tirado en el suelo, herido…
—A pesar de que ya habían pasado más de dos años desde aquel momento, todavía sentía escalofríos al pensar en ello—.
No podía quedarme a tu lado y cumplir lo que nos prometimos si existía la posibilidad de que te pasara algo por mi culpa.
Tú… te habías convertido en alguien muy importante para mí y preferí hacerme a un lado y verte cumplir tus sueños a ser el culpable de que lo perdieras todo.
Aiden me miró confuso, como si lo que acababa de decirle no se le hubiera pasado por la cabeza en ninguna ocasión.
—¿Cómo te ibas a sentir culpable porque yo perdiera la concentración? —me preguntó extrañado.
—Bueno, pude haberlo parado. Pude evitar que salieras herido. Sabes… —El recuerdo de aquel momento me atormentaba. Cómo había acaparado su poder, dejándolo prácticamente sin nada. Había perdido la concentración y se había quedado sin magia para defenderse.
Lo que recordaba con mayor nitidez eran mis dudas. La indecisión entre bloquear aquel ataque o seguir atacando un poco más y ganar el combate. Todavía no me había perdonado tomar la decisión equivocada, y no creía que jamás lo hiciera.
—Sabes que dudé durante una milésima de segundo entre seguir con el ataque o concentrarme en la defensa. No me merecía ser tu compañero si no te iba a poner siempre por delante.
Aiden puso cara de enfado. Avanzó hacia mí y me agarró de la camiseta que llevaba puesta, me empujó hasta que choqué con la espalda contra la pared y el vaso de agua se me escurrió de la mano.
Aquello me sorprendió. Mis músculos protestaron ante el impacto, pero no hice nada.
Mantuve los brazos pegados al cuerpo, sin pretender tranquilizarlo.
Si me quería pegar un puñetazo, que lo hiciera.
—¿Me estás vacilando? —preguntó entre dientes, intentando controlar el enfado. Estaba respirando de forma entrecortada y tenía la mandíbula apretada—. Porque te juro que a mí no me hace ni puta gracia.
Tuve que reprimir el impulso de agarrarle de la nuca, como solía hacer, y tranquilizarlo. Seguramente tampoco le hiciera «ni puta gracia» y consiguiera cualquier cosa menos eso.
—¿Por qué te iba a mentir?
—¿Me estás diciendo que todo lo que tuve que pasar fue porque fuiste un cobarde? ¿Porque no querías que me pasara algo y que al final, según tú, fueras el culpable? ¿Es lo que me estás intentando decir? ¿No se te ocurre una excusa mejor?
Tragué saliva, nervioso. Lo tenía cerca, demasiado cerca, y podía notar el olor de su colonia y la calidez que desprendía su cuerpo.
—No puedo decirte que haya sido mi decisión más acertada —reconocí con una mueca—. Desde entonces, no he reunido el valor suficiente para hablar contigo. Cuando te vi ayer en los entrenamientos… entré en pánico —confesé avergonzado.
Aiden me seguía sujetando de la camiseta, aunque aflojó el agarre y se echó a reír.
Era un sonido extraño, casi histérico. Mis manos se elevaron un poco, reaccionando a sus sentimientos.
Podía sentir a la perfección la frustración que estaba sintiendo y me estaba consumiendo.
Quería… No. Necesitaba sujetarle la cara con las manos y decirle lo mucho que lo sentía, lo muchísimo que lo había echado de menos, pero no fui capaz, y mis manos volvieron a bajar.
—No me lo puedo creer —dijo, para sí mismo, suspirando—.
¿Sabes lo mal que lo pasé? ¿Te puedes llegar a hacer una idea de lo destrozado que estuve durante este tiempo?
No entendía por qué me habías dejado. Salí del hospital y ya no estabas.
Ni una explicación, ni una llamada, ni siquiera tenía un teléfono para contactarte…
Solo una mísera nota con un… —Hizo una pausa para sacar la cartera del bolsillo trasero.
Sacó un papelito mal doblado y me lo estampó en el pecho.
Lo agarré por inercia. Sabía exactamente qué era—.
Ahí tienes lo único que recibí por tu parte después de ser mi mejor amigo durante aquel año.
Un «lo siento, no puedo». Nada más. Podías haber tenido el valor de mirarme a la cara y decírmelo.
Suspiré. Era un egoísta, siempre lo había sido. Durante ese tiempo nunca pensé en cómo se sentiría Aiden. Solo pensé en mí.
—No creí que fuera capaz de mantenerme alejado si volvía a hablar contigo o si me contactabas por algún lado. Ya habías ido a buscarme una vez a casa de mis padres. Estaba seguro de que si te enterabas de donde estaba, irías detrás de mí —dije en voz baja.
—¡Pues claro que iría detrás! ¡Habría hecho cualquier cosa por ti! Eras mi mejor amigo, mi compañero. Te admiraba más que a nadie, joder, estaba estúpidamente enamorado de ti —gritó furioso.
Mi corazón empezó a latir de forma errática ante su confesión. Dejé de escuchar, no entendía lo que me estaba diciendo. Todo estaba ensordecido. Solo podía pensar en Aiden. En su voz, su boca, sus labios. En que había estado enamorado de mí. En Aiden. Aiden. Aiden. Aiden.