Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 9 - Rian
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Capítulo 9 - Rian

Tormenta eléctrica

Debería haberlo sabido. Debería haber tenido esa información antes de llegar. No la tuve y, joder, fue una mierda. Había sido un día largo, un vuelo eterno y estaba agotado. No tenía fuerzas para nada y mucho menos para verlo a él. No estaba mínimamente preparado.

En cuanto nuestras miradas se encontraron su cara perdió el color de golpe.

Se puso pálido y su sonrisa se esfumó. Por un instante pensé que vomitaría allí, en mitad de la sala de entrenamientos.

Luego me di cuenta de la cantidad de poder que estaba acumulando en la punta de los dedos.

No sabía si lo estaba haciendo de forma consciente o inconsciente, pero electrificó el aire.

Sus ojos dorados brillaban con furia, fijos en los míos y yo era incapaz de hacer nada.

Sabía que Caleb me estaba hablando, me llamaba, y aun así no podía llegar a escuchar sus palabras. En aquel momento todo se reducía a él.

Caleb tiró de mi brazo, obligándome a caminar. No fue hasta que Thiago se metió entre los dos, rompiendo el contacto visual, cuando volví a ser consciente de lo que había a mi alrededor.

—… por favor —estaba diciendo Caleb.

—Perdona —me disculpé porque no sabía bien qué otra cosa decir.

Mis ojos volvían una y otra vez a donde estaba él. Quería acercarme. Quería salir de allí y desaparecer. Quería hablar con él y que me contara lo que había pasado estos dos años sin vernos. Quería que nuestras miradas se volvieran a cruzar y, al mismo tiempo, no quería volver a verlo de nuevo.

El silencio que se había adueñado de la estancia era ensordecedor.

La mayoría de miembros del equipo me observaba sin mucho entusiasmo, pero habían sido testigos del cruce de miradas que tuvimos Aiden y yo…

Además, estaba convencido de que conocían el pasado que compartíamos.

Debían de recordar que fuimos compañeros, aunque no estaba seguro si también sabrían que lo había abandonado.

El que sí que lo tenía claro era Thiago, que llevaba un rato haciendo de barrera protectora.

—¿Vamos a mi despacho? —me pidió Caleb, haciéndome un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Asentí y empecé a andar tras él. Luego se giró y miró a un punto a mi espalda—. Aiden, ¿nos das dos minutos y vienes tú también?

Supuse que asintió porque no escuché ninguna respuesta por su parte y Caleb aparentaba estar contento.

Aquella encerrona debía de ser su idea. Antes de entrar en el despacho, giré la cabeza y le miré un instante.

No sé qué esperaba encontrar o de qué quería asegurarme.

Aiden seguía parado donde estaba hacía unos segundos y continuaba mirándome como si quisiera desintegrarme con la mirada. Excelente.

No fui consciente de que apenas estaba respirando hasta que sentí como la puerta se cerraba, aislándonos del exterior. En ese momento, al ver cómo Caleb me sonreía desde el otro lado del despacho, sentí como la ira me subía por la garganta.

—¿En serio? —pregunté alterado y el entrenador supo exactamente a qué me refería. No hizo falta que le aclarase nada.

—Sé que estás molesto…

Me llevé las manos a la cabeza, exasperado.

—Estoy más que molesto, Caleb —le corté—.

¿Cómo has podido hacer algo así? Puedo… —Hice una pausa para coger aire, intentando tranquilizarme—.

Puedo entender que me lo ocultaras a mí.

No me parece bien, pero lo puedo aceptar.

Ahora bien, ¿a Aiden? ¿Te has dado cuenta de la cara que ha puesto en cuanto me ha visto?

Caleb había ido perdiendo la sonrisa mientras me escuchaba hablar. Me miraba sin saber bien qué decir y no me extrañaba. Puede que no supiera a ciencia cierta cómo habían terminado las cosas entre Aiden y yo; igual no se lo esperaba.

—No fue mi decisión, Rian. Contratarte a ti como el entrenador de Aiden fue un movimiento por parte de la dirección, yo solo he acatado las órdenes.

—No me lo puedo creer —gruñí.

Había tantas emociones en mi interior en aquel momento que ni siquiera era capaz de procesarlas correctamente. Caminaba en círculos por el despacho, moviendo las manos de forma nerviosa, frotándome la cara o revolviéndome el pelo. Todo estaba mal. Muy mal. No le podía hacer aquello a Aiden.

—No pienso aceptar ningún contrato bajo estas condiciones —sentencié unos segundos después.

—No tienes opción.

—No he firmado nada.

—Le revocarán a Aiden su puesto como titular, ¿eso es lo que quieres? —Caleb levantó las cejas, esperando una respuesta que no tardó en llegar.

—No podéis hacer eso…

Caleb suspiró.

—Si él ha conseguido el puesto fue porque se lo ganó a pulso, pero de nada vale ser muy bueno si no tiene un compañero a la altura. Y creo que eres lo bastante inteligente para saber que debes ser tú.

En cuanto escuché aquellas palabras me paré en seco. No lo podía estar diciendo en serio.

—Eso es jugar sucio.

—El presidente está convencido de que un equipo formado por vosotros dos será la clave en el futuro y ha organizado todo para que así sea.

—No voy a volver a competir —respondí seco. Ser duelista se había terminado para mí.

—¿Por qué no? Posiblemente si hubieseis entrenado juntos estos dos últimos años ambos perteneceríais ya al Dorogoy.

¿No era vuestro sueño? Lo dijisteis varias veces en aquellas entrevistas.

—Caleb me miraba con la ambición escrita en el rostro.

Al ver que dudaba en contestar siguió hablando—. Él lo sigue diciendo desde entonces.

Claro que lo decía. Había seguido los pasos de Aiden durante aquellos dos años. Desde que lo dejé tirado en la Arena después de que ganáramos la semifinal. Durante aquellos dos años había seguido luchando por su sueño y, si yo me había apartado de su lado, era para que pudiera alcanzarlo.

Caleb suspiró de nuevo y se levantó de la silla, rodeando el escritorio y acercándose a mí. Me miró con comprensión, como si nada de aquello hubiera sido idea suya.

—Lo siento, sé que ha sido un poco una encerrona. —Levantó una mano, con intención de consolarme. Me aparté de forma brusca antes de que me llegara a tocar.

—Lo fue y lo sigue siendo. Ahora mismo estoy entre la espada y la pared —contesté enfadado.

No quería ser el entrenador de Aiden. No quería ese puesto; ahora bien, no pensaba ser el responsable de que dejase la titularidad.

—¿Por qué no meditas sobre volver a competir?

—Ya lo habíamos hablado antes de que me fuera —le recordé.

—Sí, pero no sabías que Aiden entraba en la ecuación por aquel entonces.

Tenía toda la razón del mundo. Yo sabía de sobra que competir de nuevo solo era una opción si era con él y, en aquel momento, me estaban ofreciendo lo que en el fondo seguía queriendo.

La idea de volver a compartir un duelo con Aiden hacía que las puntas de mis dedos me hormigueasen con expectación.

Agité la cabeza rechazando aquellos pensamientos.

—Mi respuesta sigue siendo la misma. —No le podía hacer eso de nuevo—. Como bien has dicho, no puedo renunciar a mi contrato; sin embargo tampoco formaré parte del juego. Le ayudaré a mejorar, vigilaré sus movimientos y me aseguraré de que se compenetra bien con su compañero. Nada más.

Caleb suspiró. Volvió a sentarse detrás del escritorio y sacó el contrato del cajón. Se mostró conforme y eso me asustó todavía más.

—De acuerdo, empezaremos el lunes. Por el momento sigue entrenando con Thiago porque estábamos guardando el puesto para ti.

La semana que viene empezaremos la búsqueda de su compañero.

—Puso una mano sobre el documento y me lo acercó por encima de la mesa—.

Será tu responsabilidad encontrarle uno adecuado.

—¿Mi responsabilidad? —repetí. Debía estar bromeando.

Caleb se encogió de hombros.

—Es lo que haría un entrenador. ¿Quieres que empiece a destacar y logre su sueño? Muy bien, encuéntrale a alguien con quien pueda hacerlo.

Las manos me temblaban mientras recogía el contrato de encima de la mesa. Estaba muy cabreado con aquella situación.

—Elegirme a mí como su entrenador es la peor decisión que habéis podido tomar. Nos perjudicará a todos: a mí, a él y al equipo.

—No te preocupes por cosas que no te conciernen. Tú céntrate en los entrenamientos y ya veremos nosotros cómo afrontar la situación.

Aquellas palabras habían salido afiladas de la boca de Caleb. Parecía molesto porque no fuera a competir con él.

Vaya sinsentido.

Recogí mis cosas y salí disparado hacia la puerta. Estaba ansioso, por lo que no conté con que, al abrirla, me lo iba a encontrar al otro lado, con una mano levantada, listo para llamar. Cuando nuestras miradas se cruzaron, Aiden abrió la boca, sorprendido.

Tenía el pelo rubio mucho más corto de lo que se veía por la televisión. Había crecido, un poco más que yo y sus ojos quedaban ligeramente por encima de los míos, aunque apenas serían un par de centímetros de diferencia.

Podría haberle dicho algo. Podría haberle saludado siquiera, pero notaba una presión tan grande en el pecho que lo único que sabía hacer en momentos como aquel era desaparecer. Por ese motivo, desvié la mirada y pasé por su lado tan alterado que no pude evitar chocar contra él al cruzar la puerta.

Nuestros hombros se tocaron el tiempo suficiente como para que el vínculo que solíamos tener se estremeciera. Apreté el paso y salí de la sala de entrenamientos sin mirar atrás. Tenerlo delante de nuevo, tan cerca, era más de lo que podía aguantar.