Capítulo 8
Tú
La primera semana pasó tan rápido que, cuando Aiden quiso darse cuenta, ya era viernes.
Las clases no le habían ido mal, pero todavía no se había adaptado al ritmo de la universidad.
Además, apenas conocía a nadie. Desde la filtración de su teléfono, se mostraba reticente a hablar con los demás estudiantes y eso le incomodaba.
Desde niño había sido una persona muy abierta y extrovertida.
Eran cualidades que le gustaban de sí mismo y tenía miedo de tener que estar pensando siempre lo peor de los que le rodeaban.
Al menos, los chicos y chicas del equipo lo integraban siempre que podían y eso lo hacía más llevadero.
Poco a poco había conseguido establecer una rutina.
Los entrenamientos habían sido mucho más duros de lo que se había esperado en un principio.
El nivel de los duelistas estaba en otra liga y, en aquellos cinco días, Aiden había sentido continuamente que se mantenía un paso por detrás de los demás.
A pesar de ello, intentaba por todos los medios mejorar, avanzar, hacerlo bien.
Thiago estaba frustrado por el mismo motivo que él, aunque no lo demostraba tanto.
Al final, su compañero sabía que sus días como titular estaban contados y su función allí era de mero suplente.
En cuanto la clase de Anatomía terminó, Aiden metió su portátil en la mochila y salió deprisa del aula.
Hailey había intentado acercarse a hablar con él varias veces a lo largo de la semana, si bien él no se encontraba preparado para afrontar aquella situación y hacía lo único que se le había ocurrido: huir.
Aquel día iba a comer con Thiago en la cafetería, por lo que caminó hacia ella mientras miraba las notificaciones del móvil.
Cambiar de número y lo que ello conllevaba le había supuesto bastante carga mental, pero todo había vuelto a la normalidad: no tenía miles de mensajes, ni llamadas perdidas, aunque la gente seguía intentando contactar con él por el antiguo número de teléfono.
Tenía un mensaje de su entrenador:
CALEB:
Aiden, ¿cómo estás?
Hoy viene tu nuevo entrenador, ¿estás preparado?
No te pongas nervioso, que llegará al final del entrenamiento.
Las demostraciones las dejaremos para la semana que viene.
Me gustaría que hablaseis un poco antes del fin de semana.
Seguro que tienes mucho que procesar y quiero darte tiempo.
AIDEN:
Genial, me muero de ganas de conocerle.
¿Tengo que preparar algo?
CALEB:
¡Qué va! Para nada.
Tú ven tranquilo y con ganas de hablar :)
AIDEN:
Eso no será problema.
Quiero consultarle muchas cosas sobre mi entrenamiento.
Y cómo mejorar en ciertos aspectos.
Sobre todo en los que noto que voy por detrás de los demás.
CALEB:
Eso déjalo para el lunes.
Hoy céntrate en una charla ligera.
Con que intercambiéis un par de frases me doy por satisfecho.
Aiden miró confundido la pantalla de su teléfono. Le parecía una pérdida de tiempo tener que hablar con su entrenador de banalidades, pero entendía que, para poder ofrecerle un entrenamiento personalizado, tenían que conocerse un poco antes.
Tan pronto como abrió la puerta de la cafetería, se dio cuenta de que estaba llena. Menos mal que, como Thiago era previsor, ya le estaba guardando una silla en su mesa. Aiden se acercó a él con una sonrisa en la cara.
—Ey —saludó sentándose en frente de su compañero y echando un ojo al menú.
—Llegas tarde. Otra vez. Van tres veces esta semana —se quejó Thiago sin levantar la vista de la página de las ensaladas.
—Habla tú con la profesora de Anatomía y dile que acorte las clases y no aproveche hasta el último milisegundo… ¿Ya sabes qué vas a pedir?
—La ensalada de pasta. ¿Y tú?
—Lo mismo —contestó encogiéndose de hombros.
—Excelente, cópiame una vez más, persona sin criterio ni gusto.
Algunos alumnos que pasaban por detrás de él lo miraron horrorizados ante aquel comentario y Aiden tuvo que reprimir una sonrisa. Nadie conocía el humor de su compañero mejor que él y, después de aquellos tres años, le había cogido el punto.
—Qué culpa tengo yo si tu sentido del gusto es excelente —replicó Aiden, encogiéndose de hombros.
Thiago puso los ojos en blanco ante el halago y negó con la cabeza, levantándose para ir a pedir la comida, pero a Aiden no le pasó desapercibido el amago de sonrisa en sus labios.
Ambos comieron mientras comentaban un par de ejercicios de Física Mágica I que debían entregar aquel fin de semana.
Como era habitual, Thiago ya llevaba la mitad hecha mientras que Aiden aún no había ni abierto el libro, así que aprovecharon que tenían tiempo hasta la hora de entrenar con el equipo para avanzar juntos.
A las cinco en punto de la tarde, ambos vestidos con el uniforme del Igrom, entraban en la sala de entrenamiento. El resto de sus compañeros estaban ya por allí; hablaban y bromeaban tranquilamente.
Aiden se retorció los dedos de las manos con nerviosismo.
Sabía que conocer a su entrenador no le debería generar tanta intranquilidad; solo quería causarle buena impresión.
No le apetecía tener que aguantar malas caras o gestos durante toda la temporada.
Esperaba que fuera agradable como lo había sido Loan o como lo era Caleb.
—¿Estás bien? —le preguntó Thiago mirando los movimientos de sus manos.
—Algo alterado. ¿A ti no te preocupa cómo será nuestro nuevo entrenador?
—Es tu entrenador, a mí me salpica por ser tu compañero…
—Sea por lo que sea te afecta.
—Bah, solo por el momento. Es una persona fijándose en tus errores, seguro que es gracioso. Con un poco de suerte me dará material para reírme de ti un poco más.
—Ja, ja, ja, qué gracioso. Me parto.
Thiago sonrió y le dio unos golpecitos en la espalda, infundiéndole ánimos. El noventa y cinco por ciento del tiempo se estaban vacilando, pero sabía a ciencia cierta que, si lo necesitara de verdad, lo apoyaría en cualquier cosa sin dudar.
En ese momento, Caleb salió del despacho y empezó a darles indicaciones para el entrenamiento. Empezaron con una carrera de obstáculos para calentar, siguieron con unos duelos individuales contra una simulación, muy parecida a las pruebas de los torneos, y terminaron con unos combates por equipos.
Al contrario de lo que estaba acostumbrado, los duelos por equipos eran como un asalto campal.
La magia volaba por el terreno, intentando pillar a alguien desprevenido.
Además, solía haber alianzas para que los ataques se concentraran en una persona.
Por eso, cuando todos los del equipo contrario se lanzaron contra Aiden de forma sincronizada, este acabó volando por los aires.
Había logrado activar el escudo a tiempo, aunque la potencia del impacto le había despegado los pies del suelo sin remedio.
—Bien protegido, Aiden —le dijo Caleb con un gesto de aprobación en la cara, acercándose a él.
—Gracias, no pude hacer nada…
—Ante ese ataque me conformo con que estés intacto y sin ningún rasguño. Con respecto al resto de miembros de tu equipo ya tengo otra opinión al respecto. Hay que concentrarse más en el entrenamiento y menos en el reloj —protestó Caleb con el ceño fruncido.
Dos suaves golpes en la puerta resonaron por la sala, cortando el discurso del entrenador.
—Ya está aquí. Vale, damos por concluida la sesión de hoy, podéis marcharos. Aiden, quédate unos minutos —anunció Caleb.
Aiden se pasó una mano por la frente, secándose el sudor con la mano.
Estaba acalorado, jadeante y cansado. Hizo un esfuerzo por ponerse en pie y mirar hacia la puerta.
No sabía bien si debía acercarse o quedarse entre los demás miembros del equipo.
El entrenamiento había terminado, pero ninguno hizo el amago de ir hacia los vestuarios; charlaban, bromeando, sin ninguna prisa.
Aiden tenía una mueca nerviosa en la cara y la mirada fija en la puerta. Caleb la abrió y sonrió a la persona que estaba del otro lado. Luego, se hizo a un lado para dejarle pasar y el chico lo supo antes de verlo.
—Hay que joderse —murmuró Thiago a su lado.
Su mirada coincidió de nuevo con aquellos ojos azules y todo, absolutamente todo, dejó de importar.