Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

El primer entrenamiento

Nada más llegar a casa, Aiden se había dejado caer sobre la cama y se había quedado dormido. Ni siquiera se había molestado en comer. Cuando Thiago lo despertó un par de horas después, las tripas le sonaban con fuerza.

—Van dos veces hoy —le recriminó su compañero—. ¿Se puede saber en qué estás pensando?

—Joder, gracias.

—¿Va todo bien? No tienes buena cara —preguntó preocupado.

—¿Qué hora es? —Estaba demasiado adormilado para procesar bien cualquier información.

—Las cuatro y media.

Aiden se puso de pie extrañado. Había puesto una alarma a las tres y media y no la había escuchado sonar. Además, había dejado el teléfono sobre la mesa para tener que levantarse y no posponerla de forma indefinida, como solía hacer por las mañanas.

—Te habrás confundido de día —dijo Thiago, dando por supuesto que el error había sido suyo.

—Me fijé bien —contestó Aiden, yendo hasta su escritorio y cogiendo el móvil.

Estaba apagado.

—Ponlo a cargar y mientras vete a comer algo. Tienes un plato de macarrones caliente encima de la mesa. —Aiden sonrió y lo siguió hasta el salón. Ya se comportaba como su madre.

Diez minutos después, Thiago lo estaba mirando con gesto serio desde la puerta del apartamento. Llevaba un buen rato esperando, con la mochila en sus pies, preparado para ir al entrenamiento.

—Cojo las cosas y nos vamos —anunció Aiden tras terminar los pocos macarrones que le quedaban en el plato. Fue corriendo a la habitación y volvió con el móvil en la mano y la mochila en el hombro—. Ya estoy.

—Salgamos ya —pidió Thiago cogiendo su mochila—. No me puedo creer que vayamos a llegar tarde el primer día… —Se calló al ver la cara de su compañero—. ¿Qué te pasa? —preguntó con gesto preocupado.

Aiden acababa de encender el móvil y miraba la pantalla con una expresión de horror. El aparato no paraba de vibrar, aumentando por cientos cada segundo las notificaciones que tenía pendientes de leer. En aquel instante acumulaba casi un millón de mensajes y miles de llamadas perdidas.

Thiago se acercó a él y le cogió el dispositivo de las manos.

—¿Se puede saber qué has hecho? —preguntó con cara de fastidio.

—No hice nada…

—Bueno, algo sí tuviste que hacer —le interrumpió, levantando las cejas y señalando el smarphone con el dedo, mostrando la obviedad—.

¿Puede ser que se haya filtrado tu teléfono?

Déjame ver —añadió cogiendo el portátil y tecleando rápidamente.

Unos segundos después, frunció los labios ante lo que aparecía en la pantalla—.

Exacto. Se ha filtrado tu número. Está por todo internet.

Aiden suspiró. Debería estar sorprendido, pero no lo estaba.

Hacía tiempo que no esperaba nada bueno de la gente fuera de su círculo cercano.

Aquella mañana en clase lo había intentado, aunque quizás no había elegido la mejor forma de hacerlo.

En el fondo sabía que, en el momento en el que había dejado que Hailey se sentara a su lado, debería haberse mostrado distante.

No lo había hecho y le tocaba pagar las consecuencias.

—Joder… —se quejó Aiden, mirando por encima del hombro de Thiago los mensajes que se estaban publicando en aquel mismo momento.

—No me lo puedo creer… —protestó Thiago antes de apagar el móvil y dejarlo encima de la mesa—. No se te puede dejar solo ni diez segundos. ¿Cómo has podido dejar que pasara algo así? ¿Te dejo tres horas solo y la lías de esta manera?

—Obviamente, no fue mi intención —dijo hastiado—. Solo fui majo con una compañera de clase.

—De ser majo a que ella comparta tu teléfono hay un trecho —le replicó, colocándose las gafas, nervioso.

—Gracias por el apunte, Thiago, te lo agradezco. No me había dado cuenta —continuó él con la voz cargada de ironía.

—De nada. Es que no me lo puedo creer. Eres el caos hecho persona… Anda, vámonos —dijo abriendo la puerta y sosteniéndola para que pasara.

—¿Me vas a estar gritando todo el camino?

—Por supuesto.

—Genial, justo lo que quería.

Thiago cumplió su promesa. Durante los veinte minutos que les llevó el camino a la universidad, solo le dirigió la palabra para repetirle lo absurdo que había sido darle el número de teléfono a una completa desconocida el primer día de clase.

—Ya te he dicho que lo hice sin pensar —contestó Aiden justo cuando estaban a punto de entrar en el pabellón deportivo.

—No, si está claro que las tres neuronas que tienes dentro de la cabeza se han tomado unas vacaciones largas.

Aiden resopló como respuesta. En cualquier otro momento le habría hecho incluso gracia la broma, pero no estaba de humor para replicar.

Eran las cinco y media cuando cruzaron la puerta del vestuario del club.

Era un espacio amplio, con el techo muy alto, rozando los cuatro metros y olía a una mezcla de desinfectante y sudor.

Las taquillas estaban colocadas en dos filas, en una de las paredes.

En medio, varios bancos dispuestos en hileras, donde había múltiples cazadoras, mochilas y tenis, pertenencias del resto de miembros del equipo.

En otra pared, una puerta daba a las duchas y, justo al lado, una vitrina llena de trofeos y un mural hecho con fotografías pegadas directamente a la pared de momentos especiales del equipo.

El mago se acercó ensimismado; el corazón le latía con fuerza.

Aquel era su momento. Aquello era la línea de salida para lograr sus sueños.

Aiden levantó la mano y la colocó sobre una imagen.

En ella, un chico y una chica de espaldas levantaban la copa del campeonato universitario.

En la esquina inferior derecha se podía apreciar la fecha en la que fue tomada, casi una década atrás.

Sus dedos recorrieron la fotografía de arriba a abajo, y notó cómo le hormiguearon con anticipación.

Lograría aquello, lograría levantar aquella copa, aunque fuera lo último que hiciera como mago. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo.

—¿Aiden? —lo llamó Thiago, llevándolo de nuevo a la realidad—. Deberíamos prepararnos ya, es bastante tarde.

—Sí, vamos.

Aiden abrió la taquilla rotulada con el número veintitrés, la que tenía asignada, y sacó la equipación del Igrom.

Era blanca, con líneas rojas: en la camiseta a la altura de los hombros y en el pantalón a lo largo de las piernas.

En el pecho, justo a la altura del corazón, llevaba el escudo del equipo: un emblema dorado, rodeando a los dragones entrelazados del mismo color y la banda roja alrededor.

Aiden tenía aquella camiseta en sus manos y todavía no se acababa de creer que fuera real.

Sin poder evitarlo, cerró los ojos y se llevó la prenda a la nariz. Olía a sándalo, a algo dulce y cálido.

El ruido de la cámara del móvil hizo que se girara rápidamente, encontrándose a Thiago con una sonrisa en la cara.

—Ya tengo mi nueva foto favorita —se mofó este ya con el uniforme puesto, mirando para la pantalla de su teléfono.

Aiden negó con la cabeza, reprimiendo una sonrisa, y guardó sus cosas en la taquilla, cerrándola con cuidado.