Capítulo 4
El primer día
La primera vez que sonó el despertador aquella mañana, Aiden todavía estaba profundamente dormido. La noche anterior se había ido a la cama nada más terminar de cenar, pero el viaje y la diferencia horaria lo habían dejado exhausto. Aún no se había recuperado del todo.
La segunda vez que sonó el despertador, decidió posponerlo de nuevo. Como era el primer día lo había configurado a las siete de la mañana. En aquel momento ya no le pareció tan necesario levantarse dos horas antes teniendo el campus a menos de veinte minutos andando.
La tercera vez que sonó el despertador, vino acompañado de dos fuertes golpes en la puerta y un grito de Thiago desde el otro lado. Aiden gruñó como respuesta y se incorporó de la cama mientras se frotaba los ojos. No tardó demasiado en salir de la habitación mientras bostezaba.
La idea de compartir piso con su amigo había surgido en mitad de la fiesta que celebraron después del acto de graduación. Había sido una noche muy especial, estaban cerrando una etapa de sus vidas, una importante, y todos imaginaban, impacientes, lo que les depararía el futuro.
Aún podía recordar los nervios que había sentido en un primer momento, cuando decidió las universidades a las que les enviaría una carta, solicitando admisión.
A pesar de que ya tenía una plaza asegurada en la Universidad de Inoue, con la cual el Kettou tenía una especie de convenio, había pedido plaza también en la Universidad de B.A.
donde Nadya iba a estudiar Leyes mágicas.
Su participación en el torneo de duelos durante los tres años consecutivos le había labrado una reputación bastante buena y, tras la victoria en la competición de la mano de Thiago, sabía que al final tendría que elegir entre ambas.
Cuando Loan lo citó en su despacho para comentarle las resoluciones, estaba tan nervioso que notaba como cada parte de su cuerpo temblaba de anticipación.
—Buenos días, Aiden. ¿Cómo estás? —preguntó Loan desviando la mirada.
—Muy nervioso —confesó con sinceridad.
—Me imagino… No te preocupes que no voy a alargar más tu agonía. —Loan metió la mano en el cajón y sacó tres sobres blancos—. Creo que no hace falta decir que te han admitido en todas las Universidades a las que has pedido plaza. Ten —dijo desplazando las cartas por encima de la mesa.
Aiden dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Aquellas eran buenas noticias, no entendía el ambiente pesado en el que estaba sumido el despacho de su entrenador.
—Pero hay tres sobres y yo presenté dos solicitudes —comentó Aiden confuso, cayendo en el detalle.
—Sí, bueno, ha habido una pequeña excepción con Thiago y contigo. —Loan se pasó la mano por el pelo, apartándose los mechones de la cara, mirándolo de una forma extraña.
—¿A qué te refieres? —preguntó con el corazón en un puño.
—Supongo que has oído hablar de la Universidad de Mayak —respondió el profesor, haciéndole una pregunta con la mirada.
Aiden se puso de pie al oír ese nombre. Por supuesto que la conocía; todo el mundo lo hacía.
Era donde estaba el mejor equipo universitario de duelos: el Igrom, la cantera de un equipo de duelistas profesionales.
Estaba a otro nivel. Si no habían enviado una carta de solicitud de admisión era porque para obtener una plaza tenías que recibir una invitación.
Cada año, la dirección elegía a tres magos para formar parte del equipo y eran ellos los que contactaban personalmente con los duelistas.
—Loan… ¿Qué me estás intentando decir? Porque estoy a punto de perder los nervios —confesó Aiden, mientras se tapaba la boca con las manos.
Era imposible, él lo sabía. Pese a ello, en cuanto había escuchado pronunciar el nombre de esa universidad, no había podido evitar soñar a lo grande. Pensó en Thiago y en las emociones tan raras que había mostrado a través de su vínculo.
—Habéis recibido, tanto tú como Thiago, una invitación formal por parte del Igrom para uniros al equipo, con una beca completa para los próximos cuatro años. —Loan sonrió emocionado—. Enhorabuena, has llegado a lo más alto.
Después de aquello, todo había pasado muy rápido y si tuviera que usar una palabra para definir las siguientes seis semanas de su vida, sería caos. Su madre empezó a buscarle plaza en la residencia universitaria mientras intentaban agilizar el papeleo de la matrícula.
La Universidad de Mayak, además de estar en otra ciudad, estaba en otro país, en otro continente, a más de doce mil kilómetros de distancia. Aceptar aquella plaza supuso un antes y un después en su vida.
Unos días después, Thiago le había propuesto compartir piso los dos.
Hasta aquel momento no le había comentado mucho sobre sus planes de futuro, pero al final, su amigo había decidido desobedecer los deseos de su padre e ir a la universidad.
No podía desaprovechar la oportunidad que le habían ofrecido.
Unos días después, descartaron la opción de la residencia y buscaron un pequeño piso cerca del campus.
En aquel momento, después de escuchar los golpes en la puerta, le dio mucha pereza tener que aguantar la mirada de desaprobación de su compañero, pero, como no tenía otro remedio, suspiró y salió.
Tal y como había anticipado, Thiago lo miraba con cara de pocos amigos mientras bebía café, sentado en la mesa del salón. Ya estaba vestido, preparado para salir. Aiden no necesitó ver la hora para saber que se le había hecho tarde.
—Buenos días —dijo al aire.
—De nada —respondió Thiago unos segundos después—. Por despertarte —añadió.
—Estaba despierto, aunque demasiado cansado como para poner un pie fuera de la cama.
—No pienso cogerte apuntes para que tú te quedes durmiendo, que lo sepas.
—Que no, que no —respondió Aiden, haciendo un gesto con la mano, descartando por completo aquella opción—. Cuando encuentres el aula, mándame un mensaje con la ubicación. Y guárdame un sitio.
Thiago puso los ojos en blanco, pero no le dijo nada y Aiden tuvo que reprimir una sonrisa. Su rutina seguía siendo la misma que en la escuela.
Veinte minutos después, recién duchado y con una botella de plástico llena de café templado, Aiden recorría los últimos metros hasta la puerta de la facultad de medicina. En su mano, sujetaba el móvil con las indicaciones de su compañero para que pudiera encontrar la clase sin problema.
A pesar de que las carreras a las que se habían anotado eran opuestas, Aiden se había decantado por Medicina deportiva y Thiago por Ingeniería de telecomunicaciones; durante los dos primeros años tenían varias asignaturas comunes, por lo que (para desgracia de Thiago) habían terminado compartiendo alguna clase.
El campus universitario era enorme. Había decenas de edificios dando cabida a miles de estudiantes en cientos de carreras.
La facultad de medicina era uno de los primeros edificios y, aunque no era muy grande, por dentro era impactante.
Tan pronto como Aiden puso un pie dentro, descubrió un espacio amplio, con varias alturas, mucha luz y decenas de estudiantes corriendo de un lugar para otro.
A pesar de las indicaciones que tenía en el teléfono, se sentía bastante perdido.
Había demasiadas clases, pasillos y gente.
Por suerte, en una de las paredes, había un plano en 3D por niveles y gracias a él, pudo situarse.
Cuando Aiden encontró el aula y abrió la puerta ya pasaban casi diez minutos del inicio de la clase.
Por suerte, la profesora acababa de sacar el portátil del maletín, por lo que tras suspirar aliviado buscó a Thiago con la mirada.
Lo encontró sentado en tercera fila y, después de colocarse a su lado, se pasó una mano por la frente, eliminando las pequeñas gotas que se habían acumulado.
Estaba tan sudado que no le había servido de nada la ducha de aquella mañana.
—Llegas tarde —lo reprendió Thiago, mirándolo con una ceja levantada—. Te dije que llegarías tarde.
—Podrías haberme esperado —respondió Aiden susurrando—. Con tus instrucciones me fue imposible encontrar el aula.
—Entonces habríamos llegado tarde los dos —contestó Thiago en el mismo tono de voz—, y mis indicaciones fueron claras y precisas.
Aiden levantó las cejas, mirándolo con sorna.
—Sabes de sobra que eso no es cierto.
—No empieces —le avisó—. Si me vas a molestar, no te dejo sentarte conmigo.
—Que no, que no —le aseguró, haciendo un gesto con la mano, como si se hubiera cerrado la boca con una cremallera.
—Eso espero.
En ese momento la profesora empezó la clase de Física mágica I.
La clase terminó dos horas después, dando por resultado un trabajo pendiente, tres ejercicios a resolver para el siguiente día de clase, dos temas de teoría explicados y cinco exámenes fijados.
—¿Me puedes explicar qué acaba de pasar? —preguntó Aiden, llevándose las manos a la cabeza.
—Que acabamos de empezar la asignatura más dura de toda la carrera… —contestó Thiago recogiendo sus cosas.
Ya habían oído hablar de aquella profesora y sus métodos de enseñanza, pero haberlo vivido en primera persona en el día uno los había desanimado por completo.
—¿Hacemos los ejercicios juntos? —le preguntó Aiden, mientras miraba su horario y la localización del aula a la que debía ir.
—Ya contaba con ello —le respondió su compañero con una pequeña sonrisa—. Hay cosas que ya no hace falta que preguntes después de estos tres años.
—Seguro que protestarías si no lo llego a hacer.
Thiago negó con la cabeza mientras salía del aula. Aiden sabía que estaba en lo cierto. Como bien acababa de decir, se conocían a la perfección.
La siguiente clase que tenía en el horario era Anatomía Humana I y, para su completa desgracia, no conocía a nadie.