Capítulo 3
La llegada a la universidad.
El viaje había sido mucho más duro de lo que Aiden había pensado en un primer momento. Después de coger un avión, dos trenes y un taxi, la luna brillaba en lo alto del cielo. El chico estaba esforzándose por mantener los ojos abiertos, pero el cansancio y el estrés del día le habían pasado factura.
—Llegaremos en cinco minutos. —La taxista era una mujer de mediana edad, muy agradable, que había intentado mantener una conversación fluida con él, aunque después de un par de intentos fallidos se había rendido.
Mayak no se asemejaba nada a su ciudad natal, ni al pequeño pueblo donde estaba situado el Bhainn Daiocht. Aquella era una gran ciudad, con edificios que se perdían en el cielo y multitudes que abarrotaban las calles.
El taxi se detuvo delante de un edificio de piedra de tres alturas.
La fachada se veía bastante deteriorada por el paso del tiempo, incluso se podía apreciar el óxido de las barandillas de los balcones desde la calle.
Las ventanas eran amplias y estaban adornadas con unas contraventanas de madera.
Aiden reprimió un suspiro mientras se arrepentía por haber dejado aquella decisión en manos de su amigo. Se veía como un antro.
—¿Es aquí? —preguntó la mujer, mirándolo por encima del hombro—. Con esas maletas tan pesadas te va a ser complicado caminar.
—Sí, es aquí. Gracias por el trayecto. —Después de pagar a la taxista, bajó del vehículo y sacó el equipaje del maletero.
En aquella ocasión, su madre no le había puesto tantos impedimentos para que se llevara sus pertenencias.
Al final, estaría en aquella ciudad al menos durante los próximos cuatro años, mientras estudiaba y, al terminar, no contemplaba volver a casa.
Si todo salía como lo había imaginado, encontraría su puesto titular en algún equipo profesional y se esforzaría para ser uno de los mejores duelistas del país.
Por este motivo, tardó casi quince minutos en subir las maletas y las cajas por las escaleras hasta el ático. El ascensor estaba estropeado.
Con la respiración agitada y el pelo pegado a la frente por el sudor, Aiden golpeó la puerta del piso con los nudillos.
—Ya pensé que te habías perdido —comentó Thiago, haciéndose a un lado para dejarle pasar—. Pusiste hace un buen rato que estabas abajo.
—El ascensor no funciona —comentó Aiden encogiéndose de hombros—. Subir mi equipaje se alargó más de lo previsto.
—Podías haber dejado la mitad junto a los contenedores.
—Deja que me ría de lo gracioso que eres.
Thiago reprimió una sonrisa como respuesta y Aiden entró en el piso.
La primera estancia con la que se encontró era un bonito salón, con un par de sillones en frente de una tele pequeña, que bien podría tener treinta años.
No era un espacio muy amplio, aunque era luminoso y agradable.
Al lado de la ventana había una mesa con dos sillas, un tocadiscos y una planta que, como no fuera artificial, estaba seguro de que acabaría muerta antes del segundo cuatrimestre.
Un rato después, con las maletas y las cajas ya en el salón, Aiden suspiró agotado. Si su energía ya estaba bajo mínimos hacía una hora de camino, en aquel momento solo pensaba en tirarse en cama y dormir.
—¿Cuál es mi habitación? —preguntó con el único objetivo de encontrar una superficie cómoda donde colocarse de forma horizontal.
Thiago llevaba instalado algo más de una semana por lo que lo acompañó al cuarto que quedaba libre. De camino le enseñó la cocina, que era bastante pequeña, y el baño, recién renovado y con bañera.
La habitación no era muy grande, aunque sí tenía un pequeño balcón.
Una cama individual, un armario y un escritorio eran todo el mobiliario disponible.
Aiden dejó una de las maletas en una esquina y abrió la puerta de la terraza.
Apenas cabían dos personas en él pero le gustaban las vistas que tenía desde allí.
—Cada cuarto tiene algo diferente —explicó Thiago apoyado contra el marco—. Este tiene el balcón, el mío una cama de matrimonio. Si te molesta la elección hubieras llegado antes.
Aiden negó con la cabeza. Se había levantado una ligera brisa que le golpeaba en la cara y le movía el pelo en varias direcciones.
—Al contrario. Me parece perfecta —añadió satisfecho.
—Te dejo que te instales tranquilo. Descansa —añadió, antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.
En cuanto se vio solo, la sonrisa de Aiden perdió fuerza.
Apoyó los brazos en la barandilla e inclinó la cabeza, perdiendo la mirada en el horizonte intentando ordenar todo lo que revoloteaba por su mente.