Derechos y Sangre XXXVI
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XXXVI

La linterna de Bengoechea se había roto al impactar contra el suelo; la que Olin llevaba colgada del cuello rebotó violentamente, proyectando patrones de luz caóticos a nuestro alrededor.

La bala le atravesó el hombro antes incluso de que ella se diera cuenta de que él se había movido.

El disparo la desequilibró e impactó de espaldas contra la pared frontal, junto a la puerta de la tumba, desde donde levantó su pistola apuntando a Bengoechea.

Pero antes de que pudiera disparar, él brinco hacia delante y le plantó el cañón de su pistola directamente en la frente.

—¡SUÉLTALA! ¡SUÉLTALA!

El arma estaba amartillada. Olin abrió los ojos, espantada.

El arma se le cayó de la mano derecha y aterrizó ruidosamente en el suelo: ella la siguió, deslizándose lentamente con la espalda contra la pared hasta quedar de rodillas, para luego desplomarse de costado, apoyándose en el codo derecho.

A mí me pareció que el disparo de Bengoechea había ido hacia arriba, atravesándole el omóplato izquierdo y saliendo por la espalda.

Probablemente tuvo mucha suerte. Dudo que Bengoechea soliera apuntar para evitar a propósito órganos vitales.

Bengoechea se agachó para coger la pistola de Olin y la lanzó por la puerta. Oí cómo rebotaba sobre el camino empedrado; luego volvió a guardar la suya en la funda, dentro de su chaqueta.

—¡Au secours, au secours!

Oímos un sonido como de rasguños en la oscuridad a nuestras espaldas: nos habíamos olvidado de Shada, pero los disparos la habían asustado y había empezado a gritar pidiendo ayuda en francés.

Bengoechea metió la mano en el bolsillo y yo me puse tenso, temiendo que volviera a sacar su pistola.

En cambio, sacó su pipa y una bolsita de tabaco.

Acercó la pipa a la cerilla y le dio una larga calada, hasta que el tabaco empezó a humear.

—Bueno, ¿ayudamos a esa encantadora amiga tuya a salir de la tumba?

Justo en ese momento nos vimos sumidos en la oscuridad: Olin debía de haber apagado su linterna. Los dos nos acercamos a la puerta de la tumba de un salto: ella había desaparecido.

—Ya nos hemos librado de ella—, dijo con indiferencia.

—Es tu jefa, y yo ya no tengo nada que ver con ella—.

Se agachó y, al fin, consiguió que saliera un débil haz ámbar de su linterna: el cristal se había roto, pero no la bombilla.

A la luz vacilante de la linterna, cada uno agarramos un lado de la losa que cubría la tumba delantera y la apartamos.

Casi en cuanto se abrió, Shada salió trepando del foso con un esfuerzo sobrehumano impulsado por la adrenalina pura; sus uñas hicieron un ruido como de garras al agarrarse al borde del agujero y se impulsó hacia fuera, arrastrándose primero por el suelo hacia una esquina delantera de la cripta, donde quedó hecha una bola, agarrándose las rodillas con las manos, mirándonos con cara del más profundo terror.

Me arrodillé y apunté la linterna al interior del foso: barro, moho y huesos, más o menos lo mismo que había en la otra fosa.

Me pregunté a cuántos posibles atacantes habría eliminado Nanette durante sus años enterrada en vida, protegiendo su tesoro. Tres como mínimo… ¿tal vez más?

Cuando me incorporé, Bengoechea volvía a examinar el pergamino que había esperado todos estos años a ser leído.

Soltó el extremo inferior y, mientras el papel tensado durante un siglo se volvía a enrollar solo, lo dejó caer de nuevo al suelo.

—No creo que volvamos a vernos, Jack. Adiós—levantó la pipa en un despido cortés y salió por la puerta, dejándome más bien a oscuras.

Tal y como había estado durante la mayor parte del verano, al parecer.

Ya me había agachado para recoger el pergamino cuando resonaron los primeros disparos, y esa es probablemente la única razón por la que no estoy muerto.

Algunas de las balas pasaron por la puerta abierta de la tumba y rebotaron contra la mampostería: al menos una rebotó contra las láminas de metal oxidadas que cubrían las criptas, emitiendo un tintineo hueco que, por un momento de locura, me recordó a los tambores de acero que tocan bandas isleñas del caribe.

Sentí el suelo húmedo y pedregoso de la cripta en mi mejilla mientras me aplanaba en el suelo con la esperanza de esquivar las balas.

Tenía la cara girada hacia la derecha, en dirección al fondo de la tumba; había dejado caer la linterna cuando comenzó el tiroteo y ahora iluminaba la mecedora casi vacía de Nanette.

Las balas habían esparcido lo que quedaba de ella por todo el suelo de la tumba, y el polvo de los huesos destrozados flotaba en el fantasmal haz de luz de la linterna.

Oí botas a mi izquierda, luego vino el destello cegador de una linterna, y otra más: oí una orden gritada y solo más tarde comprendí que había sido ¡Ne bougez pas! Y luego, desde detrás del barrullo, una voz conocida:

—¡Jack! ¿Estás bien?

—He estado mejor—levanté la vista hacia Txell, y sonreí.

Desde luego, Txell sabía cómo colarse en una fiesta.

La mayor parte de la policía francesa —o al menos su brigada antiterrorista de élite— parecía haberse dado cita aquella noche en el cementerio de Père-Lachaise.

Mientras me apoyaba en un codo y luego me ponía en pie tambaleándome, Txell se acercó a mí y me agarró de los hombros con las manos.

Hice una mueca de dolor cuando, sin querer, me apretó uno de los muchos moratones que me había hecho en las últimas 48 horas.

—Parece que mis amigos y yo hemos llegado justo a tiempo.

—Un poco tarde, la verdad, pero quién lleva la cuenta…

Resopló por labios fruncidos, rezumando frustración. —Nuestro dispositivo de vigilancia te perdió la pista. Bueno, quiero decir, era un solo policía, un novato. Te perdió en una estación de metro...

—¿Franklin D. Roosevelt?

—No lo sé, ¿por qué? Dijo que entraste cuando el metro ya había cerrado, así que pensó que saldrías enseguida.

Cinco minutos después entró para asegurarse de que estabas bien y entonces se dio cuenta de que te había perdido.

Corrió de vuelta al coche y se dirigió a la estación más cercana a tu hotel...

—A la que nunca llegué, porque me echaron del metro en la estación de transbordo donde intenté cambiar de tren.

—Ah. Así que empezó a dar vueltas en coche buscándote, pero ya era demasiado tarde.

—¿Y cómo me has encontrado ahora?

—Tu amigo George me ayudó con eso... —se interrumpió a sí misma y vimos como Shada seguía dócilmente a uno de los policías franceses, alejándose de la tumba hacia una camilla. ¿Asistencia médica? Mmm, qué idea más tentadora.

—…en fin, mientras el agente en prácticas daba vueltas en coche por el barrio de Le Marais buscándote—dijo Txell—aparece un cadáver, con un disparo en la cabeza, sin identificación, pero sin duda demasiado bien alimentado para ser un sin techo.

La policía comprueba las huellas dactilares y salta una alarma en Barcelona.

—¿George tenía antecedentes penales?

Txell asintió. —Conducción bajo los efectos del alcohol. En repetidas ocasiones.

Cabrón hipócrita , pensé. Con el rencor que me guardaba por ser simple pasajero borracho.

—Así que la muerte de George llegó a tu comisaría. Y como sabías que George y yo nos conocíamos, te preocupaste…

—La verdad, ya estaba preocupada. Nunca escribes, no llamas— dijo ella, a modo de regañina juguetona. —Pero eso tampoco habría bastado para que me subiera a un avión si el informe balístico no hubiera sido también alarmante.

—¿A qué te refieres?

—La bala que le sacaron a George de la cabeza fue disparada con un arma utilizada por miembros de ETA.

Avanzábamos lentamente en medio de un grupo de policías y agentes especiales con uniformes de lo más variados. Divisé al inspector Capdevila, y Txell y yo nos separamos del grupo para dirigirnos hacia él. —Pero entonces, ¿cómo sabías que estaba aquí?

—La policía francesa distribuye paulatinamente una lista de vigilancia de coches que saben que utilizan personas vinculadas a ETA.

A veces no es lo más inteligente detenerlos solo porque los hayan visto circular: es mejor vigilar el coche, vigilar donde los aparcan, a ver si aparece el pez gordo y entonces…

a por ellos. Pero este tipo fue bastante estúpido.

Dejó su coche sospechoso aparcado en doble fila cerca de la entrada del cementerio.

Nuestros equipos de enlace con la policía ya estaban intentando resolver el acertijo del americano muerto y la bala de ETA; cuando recordé cómo nos conocimos en Barcelona, después del íntimo roce entre tu cráneo y una lápida, todo quedó claro.

Esbocé una sonrisa amarga. Me di cuenta de que, cuando Shada había robado el coche de Bengoechea, no podía saber que ya lo estaban vigilando. Él, por supuesto, habría conducido y aparcado con mucho más cuidado.

Capdevila y otros dos policías estaban de pie junto a un cadáver que yacía boca abajo en la hierba cubierta de rocío, junto a un mausoleo decimonónico.

Nos saludamos con un gesto de la cabeza; ninguno de los dos habló.

La cola de la chaqueta de Bengoechea se había levantado por encima de la parte baja de su espalda y me pregunté si había quedado así al caer o cuando alguien le registró los bolsillos.

Tenía ambos brazos doblados por los codos, su cuerpo yacía en una especie de postura de cactus.

En una mano sostenía la pipa; en la otra, su pistola.

Si se hubiera limitado a la pipa, incluso el cáncer probablemente le habría concedido varios años más.

Ahora, estando él cara abajo y rodeado de policías, nuestros papeles se habían invertido por completo desde el día en que me dejó inconsciente en un cementerio de Barcelona, hacía menos de un mes.