XXXV #2
Apenas acababa de asimilar la fuente del documento cuando Francis empezó a reírse: primero una risita, luego un berreo entrecortado, y después sí, la cabeza hacia atrás y una carcajada aguda y amarga, una risa que denotaba más desprecio que diversión.
Seguía riéndose cuando le entregó el pergamino a Olin y se alejó, hablando por encima del hombro.
—Enhorabuena, señora . Es usted la reina de Francia.
Nadie dijo nada. Bengoechea se dirigió a la esquina más alejada de la tumba, murmurando para sí mismo, luego se dio la vuelta y regresó furioso. Arrebató el pergamino de las manos de una atónita Anna Olin y me lo puso delante de la cara, apuntándolo con la linterna con la otra mano.
—¿Ves esto? Esto es lo que Nanette intentaba proteger.
Yo interpretaba « petit trésor» y otros términos que ese imbécil de Galliands no paraba de usar en sus diarios como si se referían a un cofre, un caudal, dinero u objetos de valor —y está claro que ella también tenía de eso— pero, en realidad, lo que Galliands quería decir era el bebé de Nanette.
Él era el petit trésor. Los historiadores siempre han pensado que Henri V no podía tener hijos debido a sus propios problemas de salud.
Sin embargo, debió de ser su esposa la que era estéril y, a diferencia de Napoleón, Henri era demasiado caballero para dejarla, aunque seguir casado con ella significara la extinción de la línea masculina principal de los Borbones franceses.
—Pero entonces—prosiguió—sorpresa, sorpresa, finalmente le pone los cuernos ¿una vez? ¿cien? y, después de haber prometido ya los derechos de sucesión a su primo Philippe, la joven Nanette se queda embarazada.
—Entonces ella se fue a California...
—¡Por seguridad! Temía que los del otro bando, aquellos que salían perdiendo con su embarazo, les hicieran daño a ella y a su bebé, así que huyó.
Ya estaba embarazada cuando llegó a Estados Unidos y las dos facciones aquí lo sabían.
Puede que incluso fue idea de Henri que huyera.
Pasaron los años y Henri murió; unos años más tarde, también falleció su viuda, tras incitar a otro primo a reclamar el trono.
Pero cuando Nanette se disponía a volver para que su hijo pequeño fuera proclamado heredero…
Interrumpí, comprendiendo por fin adónde quería llegar Bengoechea con todo esto. —Alguien ya la había encontrado e intentado atacarla. Así que dejó al niño con su hermana en Estados Unidos —bien escondido, pensaba ella— y volvió aquí para allanar el camino hacia su reconocimiento.
—Efectivamente. Eso , y no el dinero, era el pequeño tesoro con el que el barón Galliands estaba obsesionado. Un pequeño tesoro lo suficientemente grande como para dinamitar a su candidato a la sucesión.
—Por desgracia para Henri y Nanette, los matones de la otra facción dieron primero con Colette.
Bengoechea asintió. —Este documento es un decreto dinástico de 1881 que reorganiza la sucesión al trono francés.
Nanette debió de llevárselo consigo a América y luego traerlo de vuelta tras la muerte de la viuda de Henri.
Henri reconoció como suyo al hijo aún no nacido de la señorita Nanette de Cassols, lo nombró su heredero y designó un consejo de regencia para gobernar el movimiento hasta que el niño cumpliera los 16 años.
—Pero Nanette llegó sin el retoño.
—Efectivamente. Esta joven debió de decepcionar a un número considerable de personas a su regreso— Bengoechea dio una patada a los bonos sin valor que yacían en el suelo.
—Seguramente sabía que, incluso contando con este decreto, conseguir que su hijo ilegítimo fuera aceptado como eventual heredero del trono francés iba a hacerse cuesta arriba.
Aun así, contaba con el decreto y la financiación para empezar, y pensaba que pronto recuperaría también a su hijo.
Pero entonces la tía del niño fue asesinada, y él nunca llegó a saber de sus raíces. El hijo pródigo nunca regresó.
En nuestro afán por comprenderlo todo, nos habíamos olvidado casi por completo de Olin. Ahora, por fin, ella tomó la palabra. —No lo entiendo. El trono francés es intangible, una quimera incluso en aquella época. ¿Por Dios, para qué mataría alguien por algo así?
—Usted misma lo acaba de decir— replicó Bengoechea con tono desagradable, sin dejar de dar vueltas por la cripta.
—Por Dios. ¿Quizás haya oído hablar de las guerras de religión?
La gente mata por ideas intangibles desde tiempo inmemorial, y para los legitimistas acérrimos ser rey es un encargo divino, ser el representante de Dios en una nación determinada.
Vamos, seguro que no es tan difícil de entender.
¿Alguna vez lee el periódico? ¿Le suena algo la yihad?
Se me ocurrió que el tono despectivo de Bengoechea resultaba un poco hipócrita viniendo de un terrorista ideológico, pero no dije nada.
El rostro de Anna Olin se había congelado en una amarga mueca.
—¿Eso es todo? —dijo. ¿Eso es todo lo que había en la caja?
¿Y qué hay de Clay Blackwood y su testamento?
¿Qué le envió por correo a su madre en Barcelona?
Me encogí de hombros. —Al parecer, nada que mereciera la pena conservar. Creemos que las chicas habían sido repudiadas por su familia, pero quizás Blackwood no lo sabía; podría haber sido simplemente una disculpa por el despido injusto de Colette. Tal vez él…
—¡Probablemente le enviaba un christmas !
—dijo Bengoechea. Olin puso los ojos en blanco y, medio segundo antes que ella, me di cuenta de por qué Bengoechea la había estado dando cuerda, de por qué cada comentario sarcástico que había hecho desde que empezó a dar vueltas alrededor de la tumba había sido deliberado.
Al despistarse Olin, siquiera por un instante, para externalizar esa expresión de desagrado por su sarcasmo, Bengoechea vió su oportunidad.
Se tiró al suelo con destreza, cogió su pistola, rodó una vez sobre sí mismo, y el silencio de la tumba se rompió con un disparo.