XXXV
Anna Olin se quedó mirando fijamente el esqueleto mohoso que yacía en la mecedora detrás de mí, y pude intuir que pasaban por su cabeza muchos de los mismos pensamientos que a mí me habían asaltado apenas unos minutos antes.
En el silencio rancio de aquella tumba olvidada hace tiempo, sentí un escalofrío al encontrarme entre aquellas dos mujeres que vivieron con un siglo de diferencia, pero que, ahora me daba cuenta, guardaban un fuerte parecido en muchos aspectos.
A Olin se le crispó la boca mientras luchaba por contener alguna reacción.
Por fin habló, la mirada fija en un punto detrás de nosotros.
—Una mujer extraordinaria.
Al cabo de un rato —y, la verdad, antes de lo que habría esperado—, apartó la mirada de aquella inquietante imagen y volvió a hablar, la voz tan firme como antes. —Y ahora, señor Rudolph, es hora de terminar con todo esto. Ya va con retraso, unos cien años. Creo que su compañero estaba a punto de….
—No es mi compañero. Si me diera la oportunidad de explicarlo…
—Qué pesado, déjelo ya. ¿Cree que no sabía que iba a caer en la tentación?
Solo estaba esperando a que empezara a comportarse de forma extraña, y cuando no recibí ese informe que me prometió y no descolgaba a la hora de nuestra siguiente llamada, me di cuenta de que debía de estar ocultándome cosas porque el premio estaba al alcance de la mano.
Maldito ordenador de hotel de tercera , pensé. La conexión por módem se había interrumpido antes de que terminara de salir mi correo electrónico a Olin, el día que llegué al hotel. Ella nunca había recibido mi informe, solo lo había leído Bengoechea.
—Por suerte, sabía dónde se alojaba gracias al cargo del hotel que aparecía en la tarjeta. Así que, en cuanto llegué aquí, fui a su hotel, y deben de haberme confundido con otra persona, porque me dieron todas sus cosas…
Mierda . Bengoechea tenía que ponerse creativo.
Cuando llamé al hotel desde su móvil desechable, para decirles que no iba a volver, me hizo decirles que una señora pasaría más tarde a recoger mis cosas, puramente—supuse—por decir algo, para que pareciera plausible que yo no había vuelto para hacer la maleta antes de largarme.
Lo que Bengoechea no sabía era que, en efecto, ¡una señora pasaría preguntando por mí!
—Después de revisar todas sus cosas, encontré el número de teléfono de su amiga Kimberly.
Chica encantadora, por cierto. No solo me contó más sobre la cocina marroquí de lo que jamás hubiera querido saber, sino que también mencionó a la librera anticuaria que le estaba ayudando, y me dio su dirección particular cuando le expliqué que necesitaba contactar contigo urgentemente porque estaba embarazada.
Seguramente se me arquearon las cejas, porque Olin esbozó una sonrisa burlona, gesto por cierto que no le sentaba nada bien. —Todavía estaba sentada fuera del edificio donde vive ella, en mi coche de alquiler, cuando los vi salir corriendo y subir a esa ridícula moto.
Genial. Anna Olin debió de llegar entre el momento en que Shada nos dejó inconscientes y atados, y nuestra propia huida precipitada para ir a desvalijar una librería.
Olin señaló el suelo detrás de nosotros. —Bueno, chicos, ¿creo que estaban a punto de hacer una retirada del Blackwood Bank ?
Me arrodillé y deslicé el cofre metálico entre los tobillos de Nanette, hacia nosotros.
Al hacerlo, se me encendió una bombilla, pero no me di cuenta de porqué hasta un instante antes de que Francis expresara la misma opinión:
—Eso parece algo ligerito para ser un cofre lleno de oro.
Dejé el cofre en el suelo entre los tres y los demás se inclinaron para acercarse.
El cofre tenía un pestillo con una pesada cerradura.
Mientras yo lo sacudía, comprobando que seguía siendo bastante resistente, Bengoechea simplemente extendió la mano, desenganchó la llave de la cadena que colgaba sobre la caja torácica de Nanette y me la pasó. Giré el pestillo y levanté la tapa.
Bengoechea iluminó el interior de la caja con su linterna. Ninguno de nosotros dijo nada. Por fin, Olin preguntó: —¿Qué coño es eso?
Metí la mano y, con el pulgar y el índice, saqué con cuidado un grueso fajo de papeles ricamente grabados, un paquete atado con una cinta de seda azul: la caja hermética de plomo había funcionado tan bien que la cinta parecía como si la hubieran anudado el día anterior.
Desaté el nudo y pasé el pulgar por las hojas: era una pila de al menos un centenar de unidades o más, que se habían enrollado verticalmente y atado en forma tubular.
Al ver que todos eran iguales, le entregué uno a Francis y otro a Olin; ambos enfocaron inmediatamente sus linternas hacia los papeles, de modo que lo único que pude ver al levantarme fue el águila bicéfala que encabezaba las hojas, iluminada por detrás la luz de cada linterna.
Fue Bengoechea quien rompió el silencio, resoplando con sorna antes de carraspear y leer en voz alta, con tono sarcástico, el texto de la hoja que sostenía: —« Gobierno Imperial de Rusia.
Empréstito en oro al 3 %, primera emisión, 1887.
Bono de ciento veinticinco rublos de oro, equivalente a 500 francos, equivalente a 19 libras esterlinas, 15 chelines y seis peniques, equivalente a 96,25 dólares de oro de Estados Unidos, al portador…
»— su voz se fue apagando y me devolvió el bono encogiéndose de hombros.
Olin seguía sin decir nada. Francis nos miró y dijo: —Son bonos al portador en denominados en rublos de oro, respaldados por todo el poder y prestigio del zar de todas las Rusias.
En otras palabras, no valen absolutamente nada.
—¿Qué quiere decir con que no valen nada? —espetó Olin.
—¿No estudió nada de historia en la universidad?
— espetó Bengoechea con tono burlón. —Cuando la fuerza de invasión tripartita estadounidense, francesa y británica atacó a los bolcheviques en 1918, Vladimir Lenin declaró unilateralmente nulos y sin efecto todos los bonos rusos emitidos bajo el régimen zarista.
Hace unos años, con el fin de mejorar la calificación de la deuda soberana de Rusia, Boris Yeltsin accedió finalmente a pagar una cantidad simbólica por cada uno de ellos.
Unos 75 dólares actuales por cada uno, si no me falla la memoria.
Olin abrió la boca, luego la cerró y se mordió el labio distraídamente.
Incluso en la penumbra pude ver lo desencajado de su rostro.
La decepción de Bengoechea, me di cuenta luego, debió de ser aún mayor tras tantos años más de búsqueda.
Sin embargo, él se recuperó antes, y resumió rápidamente su narración de la genealogía del desastre:
—Los diarios de Galliands solo hacen referencia a un petit trésor y quizás yo proyecté sobre sus palabras mi creencia inconsciente de que una mujer fugitiva llevaría lingotes de oro o joyas; quien sabe, quizás, se marchó de California con un saco de monedas de doble águila , acuñadas en la casa de moneda de San Francisco.
Pero el oro es pesado y difícil de transportar.
Sabemos que debió de vender parte del oro nada más llegar al continente: aquella estatua de Sainte-Odile no fue barata, y tampoco lo fue este mausoleo.
Por no hablar de los años que pasó huyendo antes de que finalmente se escondiera aquí.
No, incluso si suponemos que Nanette se largó con todo el oro que pudo llevar, simplemente debió de gastarse una buena parte del dinero, y el resto, por razones de portabilidad, lo convirtió a un formato más manejable.
Y, dejando que su dogma monárquico guiara sus inversiones, invirtió su dinero en lo que consideraba la monarquía absoluta más fuerte de su época…
—La Rusia imperial del Zar— completé la narración de Bengoechea. Le entregué el fajo de bonos sin valor a Olin: ella los cogió distraídamente, pero de repente salió de su aturdimiento y tiró el fajo al suelo con fuerza, esparciendo bonos a nuestro alrededor.
—¡Al diablo con el dinero! ¿Está la carta de Clay Blackwood en la caja?
Metí la mano de nuevo en el cofre y no noté más que un fondo de metal liso, hasta que me di cuenta de que una parte tenía una textura diferente al resto: parecía haber una especie de tubo encajado firmemente entre ambos extremos de la caja.
Estaba atascado: yo sujeté los lados de la caja mientras Bengoechea tiraba, y finalmente salió en su mano un cilindro metálico largo y delgado.
Me recordaba a algo: al principio pensé que era el estuche de un telescopio, pero luego me di cuenta de que mi padre solía guardar mapas en tubos como esos: viejos mapas del siglo XIX y cartas de navegación.
Francis encontró el pestillo en un extremo, lo giró y sacó una única hoja de pergamino grueso y enrollado.
Dejó caer el cilindro al suelo y desenrolló el pergamino: al hacerlo, dos gruesos sellos de lacre colgaron de un extremo sujetos a una cinta de seda azul.
Francis se apartó un poco para que pudiera enfocar mi linterna en el papel: murmuraba mientras leía, y me di cuenta de que sus labios se movían.
El pergamino lucía en la parte superior un dibujo heráldico esmeradamente pintado a mano: dos ángeles sostenían un escudo azul coronado en el que figuraban tres lirios dorados.
Me quedé de piedra al ver el nombre grabado en el primer renglón, que coincidía con la firma que aparecía al pie, una sola palabra en letras grandes y gruesas.
En un instante comprendí dónde había buscado refugio Nanette entre el momento en que se marchó de Sainte-Odile y su llegada a California, y por qué había atesorado aquella postal de Frohsdorf que se encontró en el diario de Colette.