XXXIV
Bengoechea volvió a hacerme un gesto con la mano levantada, pidiéndome paciencia, y sacó la pistola de su funda de hombro.
Me indicó con un gesto que me colocara a la derecha de la puerta.
Se acercó por la izquierda, caminando sobre los adoquines casi de puntillas para no hacer ruido con las puñeteras botas.
Una vez que estuvo a la distancia adecuada, me hizo un gesto con la cabeza y, con la pistola en una mano y la linterna en la otra, abrió la puerta de una patada y entró.
Los haces de luz de nuestras linternas se posaron sobre una calavera amarillenta que miraba hacia arriba en un ángulo descabellado.
Oímos un grito horrible y ambos rayos de luz empezaron a bailar frenéticamente en el aire mustio; tropezábamos desorientados y tuve el fugaz temor de que Bengoechea se desorientara y me disparara en la oscuridad.
Apuntamos nuestras linternas el uno hacia el otro y estoy seguro de que parecíamos uno de esos dibujos animados absurdos en los que dos personajes se miran y gritan antes de salir corriendo.
Solo que volvimos a dirigir los haces de luz hacia el esqueleto de la esquina y nos cercioramos de que los gritos no venían de ahí.
Los gritos, cuyo tono seguía subiendo y bajando, procedían de nuestros pies.
Bajé la mirada. Debajo de nosotros había dos láminas de metal corroídas, cada una con dos asas a cada lado; una de las láminas, de aspecto pesado y ligeramente torcida con respecto a la cripta que cubría, estaba rodeada de diversas herramientas abandonadas, y un trozo de cuerda, floja, salía de debajo de una de las láminas hacia la pared izquierda de la tumba, donde un nudo mal atado y suelto yacía en el suelo bajo una pequeña ventana enrejada.
No hacía falta ser licenciado en Física para darse cuenta de lo que había pasado.
Por algo siempre hay que ir acompañado cuando se va a saquear tumbas.
Los gritos, entremezclados con sollozos, provenían de debajo de una de las losas metálicas oxidadas, de una de las bóvedas. Me incliné, carraspeé y probé suerte.
—¿Shada?
—¡Ayuda, por favor! Hay esqueletos aquí abajo, ayúdame, ayúdame, no puedo salir, Dios mío, es horrible, por favor, por favor, por favor…
Bengoechea me guiñó un ojo. —Creo que podemos dejarla a su aire un rato—. Se enderezó y apuntó con su linterna al esqueleto que había en la esquina. Yo hice lo mismo.
Me di cuenta de que la razón por la que el cráneo tenía ese ángulo tan curioso era que el esqueleto estaba sentado.
En una mecedora. El mausoleo tenía más o menos el tamaño de una pequeña habitación de hotel, y había una mecedora en el fondo de la esquina derecha.
El esqueleto estaba sentado pulcramente en la silla, con el cráneo inclinado hacia atrás justo en el ángulo en el que habría estado si la persona se hubiera quedado dormida allí.
Si hubiera muerto allí. Los codos seguían apoyados en los reposabrazos, y las manos huesudas del esqueleto seguían, en su mayor parte, agarradas a algo.
Una escopeta larga y oxidada de doble cañón.
Una estrecha repisa recorría toda la pared trasera de la cripta y, cerca de la mecedora, estaba repleta de cera de vela; además, me di cuenta de que por todas partes había latas vacías de conservas, de esas en las que solían envasar pescado, las que se abrían con una llave.
En la otra esquina había unas cajas abolladas y, cuando las iluminé con la linterna, me pareció ver más latas en su interior.
Los gritos de Shada, procedentes del foso se habían convertido en gemidos ininteligibles.
Bengoechea y yo nos acercamos al esqueleto, con los haces de luz aún fijos en él.
El cráneo parecía estar perfectamente equilibrado entre un omóplato y la pared: algunos mechones sueltos de pelo quedaban, pero el resto, concluí, debía de haberse caído hacía mucho tiempo.
La ropa de la persona se había podrido por completo, salvo unos pocos jirones que se aferraban a algún hueso aquí y allá, y como no soy muy buen biólogo, tampoco pude adivinar el sexo con solo mirar los huesos.
Entonces divisé la pulsera de oro que aún rodeaba holgadamente uno de los huesos de la muñeca. Enfoqué la luz hacia ella y percibí el destello de algo más: un collar con una pequeña llave, que colgaba sobre la caja torácica.
Pensé en lo que estaba viendo, en todas las pistas que había seguido durante el último mes, y por muy espantoso que fuera —por mucho que realmente no quería decirlo—, solo había una cosa que podía decir.
—Hola, Nanette.
Miré a Bengoechea. Se encogió de hombros y sacó el labio inferior como diciendo: —Bueno, sí, probablemente.
Se había quedado completamente pálido; podía verlo incluso a la tenue luz del mausoleo.
Ahora estoy seguro de que no fue así, pero en ese momento me pareció que pasó mucho tiempo antes de que alguno de los dos hablara.
Empecé a decir algo, pero se me quebró la voz y ambos nos quedamos en silencio, sumidos en nuestros pensamientos.
¿Cuántos años? Quizá se enteró de que su hermana había muerto, de que su hijo había sido adoptado por unos desconocidos…
Después de ser perseguida y de pasar a la clandestinidad, con la esperanza de que las pistas fueran suficientes y de que el chico hubiera aprendido lo suficiente sobre su tía como para venir a reclamar su herencia…
¿Cuántos años? Montando guardia, esperando…
enterrada en vida. Intentando protegerse a sí misma y la herencia del hijo de su hermana asesinada, sentada aquí en la oscuridad, vigilando la puerta, antes del derrame cerebral o del infarto…
¿Cuántos años?
Bengoechea se frotó las manos con nerviosismo. —Venga. Veamos qué intentaba proteger.
Shada estaba en la cripta justo al otro lado de la puerta: supuse que había estado preparado como una trampa, o quizás ella misma había levantado la plancha de metal que la cubría y se había caído dentro al descubrir que pesaba demasiado.
Francis y yo tiramos cada uno de uno de los manillares de la losa, y la apartamos un poco.
Iluminamos el interior del foso con nuestras linternas.
Dos esqueletos más.
Incluso después de todos estos años, un hedor húmedo se elevaba desde el foso.
Francis volvió a guardar la pistola en la funda y se tapó la boca apresuradamente mientras movía la linterna de arriba abajo por los esqueletos.
El haz de luz se detuvo un segundo en un destello: un gran reloj de bolsillo.
Francis me miró. —Estos deben de ser los dos tipos que el barón Galliands envió a buscarla.
Veo que tuvieron bastante menos éxito que nosotros.
Supongo que habrá al menos uno más en la otra, donde está tu amiga—señaló con la cabeza en dirección a mi espalda—pero no creo que ella hubiera escondido su dinero allí abajo.
Al fin y al cabo, tener que bajar ahí habría echado un jarro de agua fría sobre la esperada reunión familiar, ¿no crees? Venga, ayúdame a volver a cerrar esto.
Volvimos a colocar la lámina sobre la cripta y Bengoechea empezó a dar vueltas con la luz; entonces, al apuntar hacia Nanette, ambos lo vimos al mismo instante: un cofre metálico de aspecto robusto, entre las patas de la mecedora.
Como una gallina clueca, Nanette había estado sentada sobre su tesorín .
Bengoechea cruzó el mausoleo de dos zancadas.
—Tiene que ser eso. Tráeme un cincel de la bolsa—.
Se arrodilló para empezar a sacar el cofre de debajo del esqueleto.
—No tan rápido. Y suelta el arma, amigo.
Los dos miramos hacia la puerta. Una figura que nos apuntaba con una pistola se acercaba lentamente y, cuando Bengoechea se enderezó tras dejar con cuidado su pistola en el suelo, la figura se acercó lo suficiente como para que pudiera ver su rostro a la luz difusa.
Anna Olin me sonrió dulcemente. —Hola, señor Rudolph.
Bengoechea me miró sin comprender. Asentí con la cabeza hacia nuestra visitante. —Anna Olin. La señora Olin es mi jefa…
—Me suena su nombre —dijo Francis con tono seco.
Olin llevaba una linterna de alta intensidad colgada de una correa alrededor del cuello, por lo que se movía con bastante más facilidad que nosotros.
Mantenía el arma apuntando firmemente entre los dos: pude ver otra enfundada en su cadera.
—Dale a tu pistola una patada hacia mí. —Bengoechea hizo lo que se le dijo.
—Lo ha hecho muy bien, señor Rudolph. Enhorabuena. Sabía que debía de haber encontrado lo que yo buscaba cuando desapareció de repente de su hotel, y esa fue mi señal para lanzarme detrás suyo.
En un instante me di cuenta de lo que había traído a Olin a París.
Pensaba que había decidido hacerle a ella lo que Shada me había hecho a mí.
¿Cómo iba a convencerla de que la verdadera razón de mi desaparición era que me había secuestrado un terrorista vasco después de que un viejo amigo resentido intentara asesinarme?
—Señorita Olin, lo ha malinterpretado todo…
—Oh, déjese de tonterías. Su historia se estaba volviendo tan descabellada que era obvio que se estaba preparando para tenderme una trampa, así que ayer volé a París y descubrí que había desaparecido.
Olin se recostó contra la pared junto a la puerta de la tumba.
—¿Sabe? Si hubiera investigado un poco más antes de salir de Estados Unidos, quizá se habría enterado de que la Securities and Exchange Commission me está investigando por chanchullos con la empresa…
y lo más triste es que yo no lo hice. Mi director financiero robó millones de Vaxenda e hizo que pareciera que era yo quien manipulaba el precio de nuestras acciones.
Así que esto nunca iba solo de las patentes—.
Se balanceó de un pie a otro. —Podría perder todo lo que tengo.
Voy a tomar el control de la fundación para poder despojarla de todos sus activos.
Creía que le pagaba lo suficiente para evitar que se volviera codicioso.
Solo por curiosidad, ¿cuánto le paga la Fundación Blackwood por entregarles los documentos a ellos en vez de a mí?
La verdad es que nunca se me había ocurrido traicionar a Olin de esa manera, y ahora no sabía si me daba más pena o vergüenza que nunca lo había pensado. Por algo la capitana de una multinacional es ella y no yo , pensé.
Bengoechea quedó callado, parecía estar pendiente de ella como un alumno entusiasta. Me aparté suavemente a un lado, para que la linterna de Olin pudiera proyectar luz sobre la pared que tenía detrás.
—Hay alguien a quien me gustaría presentarle—dije. —Su tía-tatarabuela.