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Estábamos en el apartamento de Shada, un minúsculo loft en lo alto de un edificio no muy lejos de su librería.
Las vistas eran fantásticas, y quizás por eso vivía allí, pero por lo demás era una pequeña vivienda cuadrada que constaba de una cocina, un baño y un salón-comedor-dormitorio en el que apenas cabían un sofá cama, las sillas plegables en las que estábamos sentados y la mesa plegable sobre la que Shada iba extendiendo nuestras compras mientras hablaba.
—Louis-Marie pensaba que nuestra mejor oportunidad de encontrar algún rastro de Nanette era a través de los «objetos efímeros» : referencias cotidianas generadas mientras Nanette podría haber estado en París.
Es decir, esa estatua que encontraste en Saint-no-sé-qué fue una idea genial, pero le habría resultado un poco más difícil erigir una pista tan gigantesca en el centro de París aquel año, por mucho dinero que tuviera.
Y como ya sabemos que estaba a la fuga, posiblemente de matones de dos grupos a la vez, no tiene sentido buscar registros oficiales que demuestren que estuvo aquí, como el censo municipal o el registro de residentes.
—¿Y qué esperas encontrar en todo esto? ¿A Nanette dándolo todo en los bailes de sociedad de la Belle Époque?
Al final, sin embargo, levantamos la vista y nos miramos con aire cansado a la luz de un crepúsculo rojo difuso que abrazaba el horizonte detrás de Neuilly.
Habíamos gastado la tarde en vano: ni rastro de Nanette.
Shada se excusó y se fue al baño; justo cuando la puerta se cerraba y yo estaba estirando las piernas, Bengoechea me dio un golpecito en el hombro y se inclinó para susurrarme:
—Será mejor que me ayudes a convencer a tu amiga de que deberíamos levantar la sesión y salir a cenar.
—Habría pensado que preferirías pasar desapercibido.
—Sí, pero también me muero de ganas de mear. Y como tengo que vigilarte, la única forma de que alguno de los dos vaya al baño es si vamos juntos, lo cual, aunque sigue siendo un poco raro en un restaurante, sería muchísimo más difícil de explicar aquí.
Supongo que estar secuestrado conlleva algún que otro inconveniente.
Cuando Shada volvió, Bengoechea y yo empezamos a suplicar que nos dejaran cenar, y aunque Shada dijo que estaba cansada y que nos fuéramos a comer y continuáramos al día siguiente, al final conseguimos convencerla para que nos acompañara a cenar fuera.
Para ser sincero, yo estaba más o menos de acuerdo con ella, pero Bengoechea, de forma educada pero firme, insistió en que lo único que necesitábamos era un descanso antes de poder continuar con renovado vigor.
El restaurante italiano del primo de Shada estaba a rebosar, pero, por una vez, me alegré por un caso de nepotismo: Khaled nos tomó el pedido mucho antes de que realmente nos hubiera tocado el turno y, en cuanto se alejó, Francis y yo nos levantamos como si fuera lo más natural del mundo que dos hombres fueran juntos al baño.
Para entonces ya me estaba costando tanto aguantar el pis que no iba a preocuparme por las apariencias, y si Shada pensó algo divertido al respecto, se lo guardó para sí misma.
En cuanto volvimos a sentarnos, ella empezó a hablar del caso de nuevo, y nos esforzamos por escuchar su voz grave por encima del estruendo de un restaurante argelino-italiano repleto de comensales un sábado por la noche a finales de verano.
—Vale, chicos. Está claro que o bien hemos pasado algo por alto hoy, o no estamos buscando en el lugar adecuado. Supongamos que es la opción A. Tenemos que volver a revisar los documentos, pero esta vez busquemos cosas diferentes. Estamos seguros de que París es el lugar, ¿verdad?
Asentí con la cabeza y le volví a explicar lo de la estatua de Sainte-Odile.
Quizás si ella hubiera visto lo incongruente que resultaba una estatua girada en un ángulo diferente al de su base, habría entendido mi certeza.
Era imposible que aquella estatua estuviera girada accidentalmente 45º sobre su base, de modo que la mano extendida no apuntara a los espectadores desde ningún lado de la plaza, sino a París.
Y dado que aquella estatua había sido, en 1888, el elemento no residencial más grande de toda la ciudad, Nanette seguramente habría pensado que constituía una señal bastante evidente para cualquiera que la conociera lo suficientemente bien como para haber seguido sus pasos, tal y como ella esperaba que hiciera su sobrino. Tal y como lo había hecho yo.
Después de cenar, lo que más me apetecía era irme a dormir a algún sitio: me dolían muchísimo los ojos y el último descanso que había tenido había sido gracias a la anestesia que me habían suministrado mientras estaba atado en posición erguida a una silla.
Al levantarnos de la cena, sugerí que volviéramos a guardar todo lo que el Connoisseur nos había dado y que lo intentáramos al día siguiente con ojos descansados, quizá en algún lugar mejor iluminado y con más espacio; estaba seguro de que, incluso en París, podría incluir unas cuantas horas en una oficina de alquiler en mi desglose de gastos para Olin.
Suponiendo que seguía vivo para hacerlo.
Pero Shada parecía haberse recuperado tras la comida; ahora estaba de acuerdo con Bengoechea e insistía en que volviéramos a su piso para volver a revisar los documentos allí, diciendo que seguro que habíamos pasado algo por encima.
El «profesor Tate» no necesitaba que le animaran, así que, además de estar retenido como rehén, me vi en minoría democrática.
Bengoechea, como antes y por razones obvias, condujo con una prudencia exquisita. Tras aparcar y subir de nuevo al piso de Shada, ella asumió el mando de nuestra búsqueda, repartiéndonos de nuevo los documentos que cada uno tenía que revisar.
—Vale, veamos: no hay ninguna estatua de Henri V en el centro de París y Jack está bastante seguro de que nunca la hubo, ni siquiera en 1888.
Y nuestra búsqueda en los anuncios clasificados de tampoco dio ningún resultado.
Sin embargo, ¿y si París no fuera el final del camino, sino simplemente otra migaja en el camino?
Quiero que echéis un vistazo a las noticias y a las columnas semanales de sociedad.
¿Hubo algún tipo de reunión monárquica, tal vez una marcha de protesta o la formación de algún tipo de grupo de presión?
Supongamos que nuestra migaja aquí no tiene el tamaño de una estatua.
Algo me inquietaba, pero no conseguía identificarlo; quizá fuera solo el cansancio, o la convicción de que nada en aquellas páginas arrugadas y de bordes agrietados me parecería diferente esta vez.
Cada uno de nosotros se encogió sobre sus polvorientos periódicos, Bengoechea y yo codo con codo a un lado de la mesa plegable, Shada al otro.
Me concentré en ojear las estrechas líneas de vida tipografiadas, fila tras fila, y solo murmuré un «sí» cuando Shada se levantó y nos preguntó a él y a mí si queríamos café.
Mientras ella estaba en la cocina, intenté entender un artículo que parecía tratar sobre algún tipo de reunión monárquica, pero al final llegué a la conclusión de que solo se trataba de una nota de sociedad sobre la fiesta de presentación en sociedad de la hija de algún duque, a la que asistían numerosas cabezas coronadas —o, en este caso, descoronadas —.
Percibí vagamente el sonido del café filtrando en la cocina y, cuando se detuvo, Shada se levantó.
Cuando me dio mi taza, di un gran sorbo, esperando que me reanimara.
Bengoechea pidió más azúcar— vaya, pensé, un terrorista goloso .
Shada le trajo el azúcar y una cuchara y tras servirse a gusto, tomo un buen trago, risueño.
Pero a pesar del café, pocos minutos más tarde, sentí como los ojos se me cerraban. Aparté un poco los papeles y dejé caer mi cabeza sobre el codo que tenía apoyado en la mesa. —Cinco minutitos y estoy con vosotros—dije a nadie en particular.