XXIX
Una vez dentro del coche, eché un vistazo a nuestro alrededor: habíamos dejado atrás un conjunto insulso de viviendas sociales en lo que supuse que era un barrio obrero de las afueras de París.
Bengoechea se incorporó con suavidad a la autopista, controlando la velocidad y mirando por el retrovisor, conduciendo siempre con precaución y manteniéndose alejado del carril rápido.
Tras unos minutos de silencio, señaló con un gesto la guantera. —Pásame un teléfono.
Metí la mano y saqué un móvil: había tres o cuatro allí dentro.
Lo encendió, esperó a que sonara el tono que indicaba que tenía cobertura y luego marcó el número de mi hotel mientras yo le leía el número desde la tarjeta de registro que llevaba en el bolsillo de la camisa.
Pulsó el botón de LLAMAR y me entregó el teléfono.
—Explícale al recepcionista que has enfermado y que te quedarás en casa de un amigo.
Pídeles que, por favor, desocupen tu habitación y diles que enviarás a una señora esta noche a recoger tus cosas.
Hice lo que me dijo: estaba seguro de que se presentarían oportunidades para escapar, a pesar del aterrador discurso de Bengoechea en el umbral de la puerta.
Pero un coche en marcha en una autopista muy transitada no era el lugar para plantarle cara.
Cuando terminé, colgué y le tendí el teléfono a Bengoechea, pero él me hizo un gesto para que me lo quedara.
Un par de minutos más tarde cruzamos un puente sobre el Sena.
Al hacerlo, Bengoechea señaló la ventanilla. —Bájala y tira el teléfono. Con fuerza.
Lancé el teléfono describiendo un amplio arco, observando cómo caía hacia el agua que supuse que había debajo.
Bengoechea no quería correr ningún riesgo.
Una llamada desde un coche en movimiento sería más difícil de rastrear hasta una única antena de telefonía, y deshacerse de los móviles con regularidad probablemente también formaba parte de su rutina.
Cuando llegamos al barrio en que se situaba la librería de Shada, Bengoechea dio unas vueltas tranquilas por las calles adyacentes, inspeccionando la zona en busca de cualquier cosa fuera de lo normal antes de girar hacia la calle de ella.
Una vez que se convenció de que no había amenazas visibles, aparcó con cuidado junto al bordillo y salimos del coche.
Shada levantó la vista al oír tintinear la campanilla situada detrás de la puerta verde mar de su tienda. —Llegas tarde, monsieur .
Señalé con el pulgar al «profesor Tate», que venía un paso por detrás de mí. —Lo siento, mademoiselle . Tuve que recoger a un amigo. Shada Abadji: Sebastian Tate, profesor de Historia.
—Encantada de conocerle.
Se dieron la mano y Shada se volvió hacia mí. —Buenas noticias: ha llamado el Connoisseur . Cree que tiene algo. Le he dicho que estaríamos allí a las dos y media.
Tras cerrar su tienda, Shada arrancó su Vespa recién reparada y nos siguió a Bengoechea y a mí.
Él parecía conocer las calles de París lo suficientemente bien como para que yo supusiera que haber estado allí a menudo.
Al girar hacia la calle estrecha y anodina donde se encontraba el escaparate del Connoisseur , miró a Shada por el retrovisor.
—No está mal, nada mal. Lástima que sea lesbiana.
—¿Y cómo coño sabes eso?
—Perspicacia, Jack, perspicacia. Quizás algún día tú también desarrolles un poco. Si es que vives lo suficiente —dijo con sequedad.
Yo había visto a Shada tres veces antes de que me soltara esa noticia y, aun así, tuvo que decírmelo cuando yo todavía estaba coqueteando torpemente con ella.
No me molesté en darle una réplica ingeniosa a Bengoechea, me atragantaba en mi propia vergüenza.
Su pella me hizo pensar: en las últimas semanas no me había dado cuenta de que un viejo amigo estaba intentando matarme, y de que un terrorista fugitivo me estaba siguiendo; estuve a punto de usar una pistola de aire comprimido para mutilar a un policía que intentaba protegerme, le tiré los tejos a una lesbiana y me habían secuestrado.
Y esos eran solo las meteduras de pata de las que sabía.
Empecé a preguntarme por los errores de los que aún no era consciente, y eso ya terminó de deprimirme.
Shada aparcó su moto en el pequeño hueco que había entre nuestro maletero y el coche contiguo, junto a la acera.
La tienda del Connoisseur parecía más cerrada que abierta: de las dos persianas metálicas que cubrían cada una la mitad de su escaparate, solo una estaba enrollada, dejando al descubierto un único escaparate tapado con carteles del Moulin Rouge descoloridos, y la mitad de un letrero pintado y descascarillado sobre la puerta en el que se leía Antiquités.
Pensaba que dentro de la tienda, sin ventilación, haría un calor sofocante, pero estaba fresco y húmedo como una cripta, y en cuanto Shada soltó el picaporte oxidado, la puerta se cerró de un golpe con un suspiro agudo y nos dejó en una oscuridad casi total.
Casi podía sentir cómo Bengoechea se ponía tenso ante una repentina sensación de desventaja.
Mientras él movía discretamente la mano derecha bajo su chaqueta, Shada recorrió los pocos pasos hasta la única bombilla que colgaba del techo.
En el interior, la tienda apenas merecía ese nombre; sorprendentemente grande, parecía más bien un garaje que alguien había convertido en trastero.
A lo largo de cada pared había estanterías metálicas de aspecto destartalado, dispuestas en ángulo con respecto a las paredes y repletas de libros, revistas antiguas, juguetes de época, viejas botellas de cristal polvorientas con etiquetas art déco e incluso una estantería entera de sombreros de copa de diversos grosores.
Algunos objetos estaban en cajas de cartón, otros en bolsas de plástico apiladas sin cuidado.
Eché un vistazo a la estantería más cercana a mí y divisé una gruesa pila de antiguas escrituras y documentos legales del siglo XIX escritas en caligrafía negra sobre papel con sellos fiscales en el encabezado: el tipo de cosas que habrían valido una fortuna para un coleccionista o un museo, y que aquí acumulaban polvo en la oscuridad.
Un único pasillo se abría paso entre las estanterías hacia el fondo de la tienda, dondequiera que estuviera; era imposible ver dónde terminaba aquel desorden.
Shada llamó en voz alta: —¡Louis-Marie! Bonjour, c’est Shada. ¿Vous êtes là?
Un anciano encorvado, con el rostro arrugado como una nuez, apareció ante ella, como si siempre hubiera estado a un paso de distancia, entre las sombras.
Se dieron esos besos en la mejilla tan típicos de los franceses: yo no podía ver los ojos de Louis-Marie tras las gruesas gafas y, tal vez, como nos manteníamos en las sombras, él tampoco podía vernos a través de la nube gris de tabaco que se arremolinaba alrededor de su cabeza, mientras gesticulaba con la mano en la que sostenía el cigarrillo.
Su larga barba y su bigote de manillar tenían un extraño tono amarillento, y con la escasa luz de la tienda no sabía si eran rubios por naturaleza o simplemente estaban manchados por el tabaco.
Mientras permanecían juntos bajo el resplandor ámbar de la bombilla, Louis-Marie parecía estar dando a Shada una serie de explicaciones en tono ronco, una letanía interrumpida únicamente por los asentimientos de Shada y la ocasional tos con flemas que emitían los pulmones agobiados de Louis-Marie.
Por fin, se adentró de nuevo en la oscuridad y empezó a entregarle a Shada unas bolsas de plástico abultadas, una tras otra, que ella nos pasó a Bengoechea y a mí sin decir palabra.
La vi rebuscar en sus bolsillos y entregarle a Louis-Marie una serie de billetes arrugados antes de que él asintiera y los dos se dieran otro besito.
Entonces, Louis-Marie miró de repente hacia Bengoechea y hacia mí, y nos dirigió un gesto de cabeza cortés que no carecía de orgullo profesional antes de retirarse de nuevo a las humaredas de su peculiar tienda.
Shada se volvió hacia mí mientras andábamos hacia el marco de luz que perfilaba la puerta de calle.
—Me debes mil quinientos francos, monsieur.
Cuando volvimos a salir al aire cálido del verano —no sin cierto alivio, al menos por mi parte—, miré las bolsas que llevábamos.
Cada uno de nosotros sostenía unas bolsas de plástico color magenta, muy gastadas, de la cadena francesa Monoprix , repletas hasta arriba de papeles amarillentos, periódicos con las esquinas dobladas y libros de encuadernación raída.
—¿Qué demonios es esto? —dije.
—Esto —dijo Shada triunfalmente— es París en el año 1888.