XXVI #2
—Pasa—dijo en francés lo suficientemente despacio como para que yo lo entendiera, mientras abría la puerta de acceso para empleados que daba al andén. —Trabajo aquí, me llamo Charles. Si alguien te da problemas por no tener billete, dile que llame a esta estación.
Le di las gracias y crucé la plataforma a toda prisa, con el tiempo justo para darme la vuelta y saludar a Shada desde el interior del vagón antes de que las puertas se cerraran y arrancara el tren.
Durante el tedioso trayecto entre Roosevelt y Bastille hice balance de mis pérdidas.
Los limpiabotas me habían quitado todo el dinero en efectivo y las tarjetas de crédito, mi abono de metro y mi carné de conducir.
Por suerte, había dejado escondido mi pasaporte y una tarjeta en el hotel.
Mañana tendría que decidir si sacaba el tema con Olin o no.
Cuando el tren llegó a Bastille , corrí a toda velocidad por los pasillos vacíos hasta llegar al andén de la línea naranja en dirección norte, pero fue en vano.
Al poner un pie en el andén, la voz incorpórea de un invisible empleado del metro comenzó a resonar por los pasillos vacíos, diciéndome que lo olvidara.
—Veuillez sortir, monsieur. Le dernier train est déjà passé. Le dernier train est déjà passé.
Genial. Al fin y al cabo, tendría que volver al hotel andando, aunque al menos por una parte más corta del trayecto.
Salí de la estación cerca de la nueva y bastante desangelada Ópera de la Bastilla.
Al parecer, había habido función esa noche, y los rezagados hacían cola para disputarse cualquier taxi que se dejase caer por la plaza.
A la luz de una farola eché un vistazo al mapa que llevaba en el bolsillo y puse rumbo al norte para emprender el largo camino de vuelta a mi hotel.
La rue Richard Lenoir —o calle Dick Black, como ya la había bautizado mentalmente— estaba desierta y a oscuras en aquella noche entre semana, sin una sola farola ni siquiera el tenue resplandor que se escapara por la ventana de alguna brasserie .
La calle describía una curva gradual hacia mi izquierda.
Estaba dividida por el centro por una isleta poblada de arbustos densos donde los niños jugaban durante el día, pero que por la noche harían de refugio estupendo a los delincuentes.
Mantuve la mirada alerta a diestro y siniestro mientras caminaba: no me quedaba nada que robar, pero temía que algún atracador decidiera inmovilizarme para comprobarlo.
Ya había doblado la esquina y estaba casi en el cruce junto a mi hotel cuando recibí el primer impacto.
En la oscuridad y sin poder creérmelo, me costó mucho entender qué había pasado, pero al agacharme para palparme la pantorrilla izquierda, mis manos descubrieron lo que mis ojos no podían ver: había una flecha clavada en mi pierna.
Apenas tuve tiempo de dar un paso adelante antes de que otra se clavara en unos cables eléctricos cerca de mi cabeza; las chispas salpicaban el aire ante mí mientras avanzaba a saltitos por la acera, arrastrando a medias mi pierna izquierda.
Si me hubiera dado en la derecha con el primer disparo, no habría podido dar ni un paso sin tropezar con la propia flecha.
Otra flecha rozó la acera una fracción de segundo por delante de mi pie derecho.
No sabía desde dónde disparaba mi atacante, pero era muy bueno: seguía lanzándolas en la oscuridad tan rápido como yo podía cojear hacia adelante.
Eché un vistazo a mi alrededor en busca de algo detrás de lo que cobijarme, pero en ese tramo de calle estaba prohibido aparcar.
Otra flecha me rozó la espalda y sentí el ardor de la piel desgarrada justo debajo del cuello.
Me estaba quedando rápidamente sin opciones.
La esquina aún estaba a unas cincuenta yardas y todo era terreno abierto.
Oí un estallido sordo, y luego otro. Me obligué a avanzar tan rápido como pude, a pesar del dolor, y por el rabillo del ojo vi algo que caía.
Entonces me lancé a la esquina del edificio y me arrastré hacia el interior de un portal, sin importarme que me raspara las palmas de las manos y las rodillas.
Esperé. No hubo más flechas. El cabrón debía de haber cambiado a una pistola, pero entonces, ¿por qué no disparaba? Había una gran maceta a la izquierda del portal. Me aplasté contra la acera y miré hacia atrás, a través del hueco entre la maceta y la pared.
El cuerpo de un hombre yacía boca abajo al otro lado de la calle. En una mano empuñaba una ballesta.
Me sentía mareado, como cuando te levantas demasiado rápido.
Sabía que no podía quedarme agachado allí mucho más tiempo o podría quedarme inconsciente antes de conseguir ayuda; se me puso la piel de gallina al darme cuenta poco a poco de que las gotas relucientes salpicadas en la acera, iluminadas por la única farola de la esquina, eran mías.
Estaba a punto de intentar incorporarme y empezar a pulsar los botones del telefonillo, rogando ayuda a quien respondiera, cuando oí a un coche arrancando: un tres puertas cruzó a toda velocidad la isleta y vino hacia mí.
Paró con un frenazo y un hombre alto que llevaba una chaqueta oscura —¿con este calor?
pensé alucinado— saltó de la puerta del conductor y corrió hacia el cadáver.
Llevaba botas de cowboy y con una de ellas pisó el cadáver cual ganado tendido en un campo, como si comprobara que estaba muerto.
Satisfecho, vino corriendo hacia mí, y cuando habló oí un acento británico nítido:
—Vamos, Jack. Ya no te molestará más, y necesitas atención médica. Dame la mano, por favor.
El inglés me tendió una mano enguantada y, a tientas pero con fuerza, me ayudó a ponerme en pie. Cojeé hacia delante apoyándome en él, y me ayudó a apoyarme de espaldas a la puerta del copiloto.
—¿Puedes aguantar así un momento? Necesito que veas esto—. Dio media vuelta, pasó con paso enérgico al lado del cadáver y empujando firmemente con un pie le dio la vuelta. La cabeza giró inerte hacia mí, el cuello roto.
El arquero muerto era George Rivers.
Empecé a tambalearme y el inglés volvió y me ayudó a tumbarme de lado en su coche, colocándome de forma que la flecha clavada en mi pierna no chocara con nada.
Pero entonces, al retroceder él para salir, su chaqueta se enganchó en la pluma de la flecha y apenas tuve tiempo de notar la pistola con silenciador que llevaba en su funda de hombro, antes de desmayarme por el dolor.